FUCKSIMIL

Noviembre de 1998

Frío, en aquellos lejanos parajes no cesaba de hacer frío, frío exterior, frío interior,   frío dentro de todos sus sentimientos. Campo del Agua, así se la conoce.

A Delfín le habría importado una mierda que ella se hubiese matado en el accidente; ni lo sabía, ni maldito era su interés en saberlo. Por ese motivo había decidido aislarse de todo el mundo y autocondenarse al exilio agreste de las montañas… Pero un principio de leve arrepentimiento (unido éste a la falta de material para poder pintar en condiciones, lógicamente) comenzaba a asomarse por sus cansadas retinas…

– ¿Sabes ya la fecha de la exposición?

– No. Todavía no es definitiva, aunque me han dicho que podría comenzar entre el quince y el veinte; depende del éxito de la de Barceló, que ahora está en esa sala. Yo ya lo tengo todo preparado.

– ¿Vas a incluir el cuadro de Sally?

– ¿A cuál de ellos te refieres? Sally suele ser mi modelo en casi todos los cuadros con temática femenina.

– ¡Joder, cuál va a ser…! El de la polémica, el que casi siempre te censuran por pornográfico.

– No sé qué coño tiene de pornográfico… sólo es una escena íntima entre Sally y su consolador. No le veo nada de particular.

– Ya, pero eso suele coartar a los posibles compradores. Casi todos los de la pasta son unos auténticos carcas retrógrados.

– ¡Qué se jodan todos los hipócritas…!

picasso-painter-model_0Delfín había estudiado Bellas Artes en la facultad de Salamanca. Allí conoció a Sally, una chica escocesa estudiante de Literatura Española en la Universidad de Sheffield, que se encontraba en Salamanca gracias a esas nuevas Becas llamadas Erasmus, que servían para que la juventud europea conociese otros países, otras gentes, otras juergas, nuevas culturas; que follasen los unos con los otros y las unas con las otras a tumba abierta, sin necesidad de pensar que al día siguiente volvería a amanecer, aunque todo ello con motivos educacionales, por descontado. Se enamoraron de una forma extremadamente química; dos años de pasión desatada entre lienzos y la obra de Francisco de Quevedo, sobre la cual ella elaboraba con inusitada pasión su tesis doctoral; pero gracias también a los efectos de la previsible química, el moho comenzó a cubrir todo su espacio tan envolventemente pasional; se pudrían por momentos, el uno pintando dieciséis horas al día, y la otra frente a su ordenador intentando reflejar en el procesador de textos todo su basto conocimiento sobre el archienemigo de Góngora.

El indicio de fama que ella pudo intuir en su amante comenzó a taladrar su incorregible ego. Delfín comenzaba a recibir buenas críticas por su obra; Sally, por el contrario, veía como su tutor no hacía más que amargarla día tras día: nunca estaba de acuerdo con el enfoque que ella trataba de dar a su obra, a su tesis… a su ‘hija del alma’, el hijo de puta, que quería ir más allá con su tutoranda pero jamás era capaz de vislumbar resquicio alguno en las sinceras sonrisas de Sally. Quizá la envidia la obligó a posar para él, o quizá ese sentirse tan puteada después de cientos de horas dedicadas a la pura y dura investigación literaria…Lo único seguro es que desde ese momento comenzaron las desgracias artísticas de su compañero de cama.

– Joder, Sally… no puedo entenderlo, es como un mal sueño, como una broma demasiado pesada… Puede que todavía sea una broma, ¿no?

I dinnae ken whit ye mean .

– Fuck you! ¡Hablame en castellano, hostias, que no estoy yo ahora para hablar inglés-escocés del tuyo, joder…! En este instante odio ese puto idioma… Odio a ese hijo puta galés a muerte. Odio mi puta vida.

– ¡Tranquilízate, Delfo, que ya verás como no será para tanto…! Envidias, no son más que envidias.

– Ya, puede que sólo sea eso, envidia, puta envidia. Voy a echar una siesta, a ver si así me relajo de una vez.

Delfín había sido acusado de plagio por un pintor galés llamado Scott Walker; alegaba que el cuadro de Delfín ‘Mujer con Vibrador’ era una copia de uno suyo titulado ‘Woman touching herself’ (Mujer tocándose), registrado y fechado tres años antes que el de Delfín.

El día que Delfín pudo ver por fin ese maldito lienzo de cinco por siete metros decidió que debía acabar con la vida de su, hasta ese día, estimada Sally. Por eso provocó el accidente; por eso se dio a la fuga tras resultar ileso en el siniestro; por eso se esconde de lo que pueda ser en una aldea casi abandonada de los Ancares bercianos.

– No sé, puede resultar un poco fuerte, ¿no crees, Sally?

– ¡Qué va! Al contrario, con la polémica que despertará seguro que acabas siendo famoso, muy famoso, y eso te allanará el camino. Tú hazme caso.

– Lo que no me acaba de convencer es esa manta de cachemira que has puesto encima del sofá. Demasiados colorines, demasiado cantosa. Ya sabes que odio tanta mezcla de colores. No es mi estilo.

– Arriésgate; cambia un poco tus formas, no seas tan cerrado, yo creo que está muy bien, que hará un gran efecto… no sé, algo similar a Klimt, a ‘Danaé’, por ejemplo… Déjate llevar, ya verás como aciertas de pleno.

– Joder, Sally, que a mí no me gusta Klimt. Yo siempre he sido más de Dalí.

OTRA LENGUA EXTINTA (MI PRIMER POEMARIO EN SOLITARIO)

17670790_10212264816084165_1846092338_oEl pasado lunes, 10 de abril, salió a la venta mi primer poemario en solitario, Otra lengua extinta, publicado por Suburbia Ediciones dentro de su colección Malas Tierras. 

Suburbia Ediciones publica el que es el primer poemario en solitario del poeta Jose Yebra. Dividido en tres libros: La memoria, Godless Dios y Animales casi domésticos, Otra lengua extinta recorre con maestría y pulso rítmico el pasado y el presente construyendo una poética de la cotidaneidad en la que el mero hecho de poner una lavadora se convierte en un acto de resistencia y arte.

“Sin rodeos, no vas a salir intacto de este poemario. Los poetas miran los pasos que dejan detrás de manera altiva, por encima del hombro, poetizando cada segundo que vivieron. Pero lo siento, no estamos ante un poeta. Porque lo de Jose no es poesía, es guerrilla hecha papel. Avanzar por sus páginas es escuchar, verso a verso, las bombas españolas que caían en Costa Rica que cantaba Strummer, o mirar directamente a la pupila, eternamente dilatada, del Duque Blanco. (…) Ahora, paga el billete, o cuélate, estás perdonado y justificado de sobra; y si tienes espacio al fondo del ALSA reclínate en tu asiento y disfruta del viaje.”

(Nayar Crespo Sánchez, en el prólogo, Las tres últimas filas)

Podéis encontrar vuestros ejemplares en cualquier librería o pedirlo a suburbiaediciones@hotmail.com y recibirlo en casa sin gasto de envío alguno; o también en estas otras direcciones: 

http://www.agapea.com/libros/Otra-Lengua-extinta-9788494547942-i.htm

http://www.paquebote.com/9788494547942/

Agradecidísimo a Suburbia y a la enorme editora Silvia Cosío.

 

MITOLOGÍA BASURA

El hilo de Ariadna

envíamelo,

que yo, como Teseo,

lo seguiré:

pero no habrá minotauros

ni ninguna otra barrera

aunque feroz es la carretera

o la vía del tren,

y pueden actuar,

hacer bien su papel…

Iré y quemaré ese ovillo,

lo convertiré en botillo

para no tener que volver jamás

a este maldito sitio.

PERO AQUÍ, ¿QUIÉN BOSTEZA?

  • ¿Y ahora, qué hacemos?

  • Ni puta idea, tío… No sé, para un taxi si ves alguno, que no nos queda pasta… También podemos echar a caminar y hacer dedo de paso, a ver si alguien nos coge.

  • Joder… Pues vale. Me hago el peta que nos queda y vamos tirando.

No, no, no. No me gusta un pijo cómo está quedando, y el otro anormal va y le dice al editor que ya lo tiene casi todo listo. No se me ocurre otra, que bastante tengo con lo mío como para andar cubriendo la mierda de los demás. Si ya me decía Andrés que no se me ocurriera meterme en estos fregaos, que las colaboraciones cuando esté todo bien organizado y detallado.

  • Hostia puta, tío, que son casi trece kilómetros, y yo estoy frallao.

  • No te jode, ¡y yo! Pero tenemos que estar allí a las ocho en punto, que ya sabes que este domingo va a ser el de más jaleo… y encima hace bueno, va a ir todo dios a vendimiar. No quiero ni imaginar la cola de tractores que va a haber todo el puto día. No vamos a salir de allí hasta las doce de la noche, ya verás.

  • Eres un cabronazo, joder… dando ánimos no tienes precio, cagondiós.

Venga, hijo de puta, coge el teléfono, mamón… piiiiiiiip…. Piiiiiiip… Que sé que estás en casa, que veo tu puerta desde la ventana y no te vi salir. Piiiip… piiiiip… ¡CLACK! ¡a tomar por culo, hostia! Ya lo acabo yo.

  • Yo ya paso de sacar el pulgar, tío, total, de Camponaraya a la cooperativa ya no queda nada.

  • Pues yo sigo, joder, que si no no nos da tiempo a llegar a casa y coger el mono para ir a currar.

  • Si apuras el paso y me sigues, joder, llegamos de sobra. Déjate ya de hostias y acelera, cabrón.

Pues ya está. Ni lo reviso, que creo que ha quedado la hostia de bien. Voy a abrir el correo y se lo mando ya directamente… A ver, quito el nombre de Jaime, dejo sólo el mío y pista que va el artista. Enviar. Ya… Listo. Ahora salgo a tomar un café con un sol y sombra, que me lo tengo más que merecido.

  • ¿Ves como daba tiempo de sobra, gilipollas? Anda, ya nos vemos allí en veinte minutos.

  • Vale.

  • Cambiate y tira p’allá, no te vayas a tumbar que te duermes fijo… ¿me oyes? ¡EH?

  • Sí, sí, te oigo, joder, que ya nos vemos luego, tira pa casa…

  • Venga, colega… Estuvo bien, ¿no?

  • Joder, de puta madre. Glorioso.

Spam, spam, puto spam de los putos cojones. Seguro que les llegó como spam, hostias. Voy a llamarlos a ver qué mierdas pasa… “El número marcado no existe… il nímiri mirquidi ni ixisti…” Putos cabrones hijos de su putísima madre que los parió ayer. Me cago hasta en el santísimo dios y su putísima madre… P-p-p-pero… ¿Quiénes hostias sois? Fuera, fuera de mi casa

  • ¡Qué pasa, Albino, cómo va todo?

  • Joder, Pol, vaya careto que llevamos esta mañana. La noche debió ser larga.

  • Jajajaja, más de lo aconsejable, no lo voy a negar, pero ya sabes que aquí, a bloque, sin problema, a aguantar como un puto campeón.

  • Ay, bendita juventud, rediós.

  • Oye, Albino, ¿no viste al Ciri? Igual se durmió el muy cabronazo y hay que llamarlo a casa.

  • No, no, aún no ha llegado, que acabo de venir yo del sinfín de alante y allí sólo estaba Gonzalo.

  • Jodeeeer… Voy hasta la báscula en un segundo y ya lo llamo yo.

Y siempre me hacen tragarme esa mierda; y me siento impotente total, sin poder mover ni un músculo, sin hablar nada más que conmigo mismo y nadar perdido entre mis paranoias. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Por qué nunca me dicen nada?

  • ¡POL, POOOOOOOL!

  • ¡QUÉ PASA?

  • ¡DEJA EL FURCÓN AHÍ Y VEN HASTA AQUÍ, QUE TE BUSCAN!

Todavía siguen con ese rollo de hacerme creer que yo me cargué al Ciri, y yo no soy gilipollas, que lo dejé en la puerta de casa a las ocho menos veinte…

No son los antipsicóticos que me había recetado Don Venancio, no, que yo sé muy bien que no tuve nada que ver, y si lo atropellaron sería porque por su cuenta y riesgo decidió dar la vuelta desde la puerta de su casa, donde yo lo dejé a las ocho menos veinte, y desandar todo lo andado un par de horas antes. Y van y se inventan ese rollo macabeo de que el Ciri fue quien lo escribió todo y que yo lo maté para quedarme con todo el mérito… ¡Si a mí tres cojones me importa que vayan por la sexta edición, que yo paso, joder! Además, seguro que está vendiendo la de dios por todo el morbo que la situación está provocando….

Pol recordó aquella helada de aquel invierno de 1996. Su padre se había ido a trabajar a la fábrica de cemento bien temprano y él, como hacía siempre, iba resbalando contento sobre los charcos congelados hasta la casa de su amigo Ciri para luego tirar juntos para el colegio. Quedaban unos diez minutos para el ansiado recreo. Llaman a la puerta de 5º B. El conserje, Baldomero. “Buenos días, doña Tina, ¿pueden salir un momento Ciri y Pol?” Y en el despacho de la directora, Doña Nati, recibieron la noticia, mejor dicho, las noticias, porque si para Pol era de muerte, de cambio, de vida nueva con muchas menos sonrisas que antes, para Ciri era de un cierto alivio. Un accidente mortal. La carretera con demasiado hielo y muy poca, casi ninguna sal para mitigar su efecto devastador. Benigno, el padre de Ciri, conducía; él se había roto el esternón pero estaba fuera de peligro; José, el padre de Pol, había fallecido al instante debido a un traumatismo cráneo encefálico. A tomar por culo las tardes de los sábados viendo juntos una película de indios y vaqueros, los viajes en los veranos de domingo a la playa de Miño, las risas compartidas y las divertidas patadas a aquel balón de reglamento, el del Mundial de Alemania ‘96. Aunque el sentimiento de dolor por parte de su amigo era totalmente real y sincero, Pol nunca pudo soportar la obligada suerte de su amigo, esos momentos recurrentes en los que piensa “¡no es justo, mi padre no era quien conducía, a él no se le fue el coche, joder!”, y no podía evitar esas señales contradictorias que viajaban por toboganes interiores de neurona a neurona, de la vida a la muerte, la de Ciri, su amigo. Pero él sí sabe de sobra que no fue él quien lo empujó hacia la carretera, hacia la antigua Nacional VI, cuando un Megane gris venía a mucha más velocidad de la permitida. Otra muerte en el acto que, parece ser, a Pol se le olvidó al instante ya que siguió caminando en dirección a su casa mientras tarareaba una de las canciones favoritas de su padre, Españolito, la de Serrat, ésa del disco homenaje a Antonio Machado. “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón…”

  • ¿José Pol Sernández?

  • Sí, soy yo… ¿Pasa algo, agente?

  • Acompáñenos, por favor, tenemos que hacerle unas preguntas.

VOZ QUE NUNCA MUERE (A MIGUEL HERNÁNDEZ)

A Miguel Hernández Gilabert (1910 – 1942), poeta eterno, poeta del pueblo.

luz, oscuridad;

olvido y recuerdo;

fachadas blancas

hoy relucientes

y plenas de grafitis,

que Orihuela arde,

y en sus paredes respira

esta mañana el arte:

alcalde de barrio, miliciano;

prisión, pan y cebolla:

la muerte antes

de la misma muerte

en el ataúd, seca,

la juventud perdida,

el fascismo en la cresta

de su ola represora,

de señores con bigote

ajustando bien sus boinas:

los ojos cansados

mas nadie te los cierra,

la voz secuestrada,

y la risa de una niña sola

que desconoce

el tacto infinito

del cañón de una pistola

que deviene en tuberculosis:

la cárcel infinita

vomita

sobre la revisión

de un juicio

eterno.

 

Jose Yebra

MH zapadores sept 1936

FRÁGIL EXISTENCIA COMBINADA

maniquí fartedcuenta el rumor
que vuestros cuerpos
están invadidos
por miles de bacterias,
y me sorprende
vuestra frágil existencia,
ese inútil empeño
de lucha
contra esta sonrisa,
la mía,
que seguirá dando luz
a la atmósfera
mucho tiempo después
de vuestra anhelada
y definitiva
extinción;

de las gotas
que no os dejan
disfrutar de la exagerada
magnitud
de mi eterna sonrisa
se deriva la intención
de no dejarme perecer jamás
pasto del fuego
de la envidia
de vuestra estúpida
caducidad.

 

ovieradas(Otropiezo viagenial en alsabiduría)
Esta oscuridádiva
embistemores
en un día comoco estertores
ni las arrebajas, ropayasos,
complacerarán mentestosteronas,
ni caminocillas
pecaminosarán los elegidosificados;
la mezclavicordio
suponencia perezalamera
algunacional
de ámbitóxico
cuando vendesesperación
tus gopropios idealesivos.
Ésa es la miradadaista
que conjuramentolado
este poemaniático
y, de manomenclatura, desenfrenopático
una visitardía
a la bodegacela
pisadación en pagodanacoliflor
ambidiestroll
desddt una perspectivanagloria
que, absolutamentecata,
se acabalaustrada
aquímera, en este momentormento.

EL VIEJO PROFESOR DE QUÍMICA

Las mordazas me atan. Los sinsabores del pánico me encienden cada mañana. ¿Qué? ¿A qué? ¿Por qué? No tengo ni puta idea. Mi juicio no fluye con el ritmo que yo habría deseado inconscientemente para él. Acabo de parir y no me veo con fuerzas para recuperar mi estilizada figura.”

El viejo profesor de Química acababa de publicar su primera novela, ‘La Ira de los Átomos’. Ella había consumido gran parte de su tiempo libre durante los dos últimos años, y ahora se sentía vacío, sin más ideas que plasmar sobre un papel en blanco. Y luego el calor, el maldito verano. Desde pequeño siempre había sentido como el tiempo se desvanecía entre sus manos cada vez que “perdía” una tarde de verano en la playa (maldita molicie). Hoy se sentía igual que antaño, pero con una pequeña diferencia: no estaba ya solo, su mujer y sus dos hijas, de siete y tres años, parecían estar pasándoselo en grande a su lado.

Abstraído como estaba tratando de hilvanar una especie de argumento fantástico que le sirviese como punto de partida para su segunda novela, no fue capaz de intuir que un fantasma del pasado inmediato se le iba a aparecer de repente aquella tarde: Lorena Menéndez. El viejo profesor no se había dado cuenta de que él y su familia se habían situado a tan sólo unos metros de Lorena y su chico. Los dos componían una escena de lo más rebelde y provocadora: ella llena de pendientes y colgantes por todos los rincones de su cuerpo, los visibles y los no visibles – el viejo profesor lo sabía muy bien, hasta el más mínimo detalle -; y él, un punki de cresta rizosa, enemigo acérrimo de los bañadores al uso, que se adentraba en el mar con unos desgastados vaqueros negros cortados justo por debajo de las ingles. Camisetas de Manolo Kabezabolo para ella, y de Gwar para él. Retozaban con toda la libertad del Universo en caída libre, lo que exasperaba a los más reaccionarios de entre los presentes. No al viejo profesor. No. Él estaba nervioso por otros motivos. A su depresión ‘post-parto’ se unía ahora el recuperado despecho, el sutil abandono que le había obligado a sentarse a escribir la historia de un asesino en serie que actuaba en pos de la ansiada venganza después de sentirse engañado por una chica que había succionado todas sus ansias de vida amorosa. Ese era él, la proyección de su otro yo, del esquizofrénico que cada ser humano esconde en su interior.

No es verdad, ¡no es verdad! Nunca se puede decir que lo que uno escribe sea la proyección de los trapos sucios que se esconden viscosos en cualquier conexión de su cerebro. Yo tuve aquel affaire con Lorena porque necesitaba un poco de evasión… porque me estoy haciendo viejo, y todos somos vampiros… hasta cierto punto. Todos buscamos inconscientemente la juventud perdida; y a mi mis hijas no me servían. No me entiendas mal, querido contador de historias ajenas, que yo no soy ningún pederasta. Para mi los hijos son símbolos de muerte; están ahí para avisarte de que vas a morir, tarde o temprano, pero te vas a morir y ellos seguirán caminando….. los muy cabrones.”

Lorena estudiaba COU, y Lorena buscó premeditada e intencionadamente al viejo profesor. Sabía que estaba buena, y sabía también que ese simple hecho podría darle el siempre tan difícil aprobado en química. Le sacó todos los símbolos químicos uno a uno hasta ver reflejado en su libro de notas un inesperado sobresaliente. Para ser sinceros, ella también disfrutó lo que pudo de esa relación; pero además tenía claro, muy claro, que en cuanto su nota quedase sellada en su expediente, en las actas del instituto, el nombre del viejo profesor pasaría automáticamente a engrosar la lista – amplia, demasiado amplia para la mentalidad del viejo profesor – de sus novios y amantes. Él en un tris estuvo de dejarlo todo atrás: mujer, hijas y hasta su carrera como investigador en el departamento de bioquímica de la Facultad de Biología. También pudo sentir el frío tacto del cañón de su pistola contra su sien derecha durante quince minutos que le parecieron una eternidad condensada.

Nunca llegué a pensar seriamente en el suicidio. Ni siquiera estaba cargada… Sí que sufrí; para que engañarnos. ¡Yo sí que sigo con mi vida de engaño permanente! No quiero a mi esposa… tampoco mis hijas me aportan nada gratificante. A veces pienso que tampoco las quiero…”

El día de playa era perfecto: no demasiado calor; de vez en cuando alguna nube permitía, como gran sombrilla salvadora, tomar un respiro; la temperatura del agua era la ideal: 18 grados centígrados. Pero al viejo profesor todo eso le importaba hoy un carajo. Lorena acababa de unirse a los productos de su desesperación, y eso sí que era insoportable.

La digestión de tanto crustáceo se hacía dificultosa en su interior. Se lo podía permitir. Sólo era dinero, del que a espuertas entra cada mes. Todo en esta vida iba sobre ruedas para el viejo profesor: tenía dinero, posición social… pero no tenía entre sus manos ese apetitoso bocadillo de foie-gras que su joven ex-amante se disponía a manducar con cara de hambre atrasada. Quería ser parte de aquel hígado de cerdo hecho papilla que se mezclaba con la saliva que él tanto había saboreado dos años atrás. Quería matar a aquel joven punki que osaba meterle mano descaradamente a ‘su’ joven ex-amante ante sus narices… Lorena lo vio, y le envió un gesto afectuoso con su mano izquierda antes de incorporarse para ir a saludarlo.

– Hola, profesor.

– Hola… ¿Lorena?

– Sí, eso es. Lorena Menéndez. Me dio usted clase de química hace dos años, en el instituto.

– ¡Ah, sí…! Era usted una de mis alumnas más brillantes… por no decir la que más.

– También era usted ‘mi profesor más brillante’. Pude disfrutar de sus mejores clases…

– ¡Ejem, ejem! Mire, le presento a mi esposa Laura y a mis dos hijas…

Tus oscuros pensamientos enviaban tus manos directamente a su cuello. Ya estaba muerta, muerta para ti, muerta “por su bien”. ¡Qué sufrimiento provocaba en ti su muerte! ¡Y cómo duele por dentro, cómo hurga sin compasión en nuestras vísceras más necesarias…!

En verdad, yo no pretendía haber llegado a tanto… Creo que se me fue un poco la mano. De todos modos, su muerte pasó por accidental. No fue más que eso, un accidente, un imprevisto accidente. No tengo más que decir.”

Es cierto. La muerte de Jorge, el punki de la camiseta de Gwar, se debió única y exclusivamente a su imprudencia, a su temeridad, a su “valentía” de nadar y nadar contra marea, lejos, muy lejos de la orilla. Se ahogó en sus pretensiones. El que tú estuvieses nadando lejos, también lejos, pero cerca de él, no fue más que un fruto de las incongruencias de la casualidad, de la puta casualidad de haber coincidido ese domingo en la playa, en la misma playa… y con la misma chica, Lorena Menéndez.

EL CHOPO T-REX Y BOWIE EN PELUCHE

chopo-cacabelosla locura no consiste
en ver un T-rex
en el tronco de un árbol
mientras paseas al atardecer
bajo el frío sol de un invierno
agotado de esperar
su propia temperatura,
no;
la locura viaja y vibra
dentro de nuestras vísceras
sin interesarse apenas
por seres que dejaron de serlo
muchos millones de años atrás;
la locura, en definitiva,
tan sólo radica en creer
que todavía pueda existir
un rex o “similárico” ejemplar
que por haber salido a este mundo
por el coño de una madre señalada
alce su cabeza,
su busto parlante,
lector aburrido
poco electrizante,
por encima de las sombras
del resto de las gentes;
sub… sub… y sub
sin ditto lo cual
me traslado al árbol siguiente
para ver si no me habla
de criaturas ya extintas…
o, en su de(fuck)to,
de aquéllas que sin duda
sólo merecen la más absoluta
y regia
extinción
(sin excepción)

bowie-pelucheEsos días en los que paseo
por galaxias paralelas
noto como tu ojo izquierdo
nos observa sin intentar
ni por un instante controlarnos
porque tú no eres uno de esos grandes hermanos
que todo lo quieren vigilar,
tan solo eres, y lo proclamó aquí
sin anestesia alguna
desde mi atea atalaya,
lo más parecido a un dios
que jamás habré venerado;
por eso a veces “emigro”
a otras galaxias cercanas,
fumo sin fumar un montón de cigarrillos
y comparto un par de chutes
con el mayor Tom,
abusando complacido
de su eterna sonrisa
de dientes perfectamente imperfectos.

EL POETA PATÉTICO – RAMONA LO QUERÍA FISCAL

Las notas de la primera evaluación de COU no habían sido demasiado buenas, lo que provocó el consiguiente enfado familiar, casi un cisma. Al Poeta Patético le tocó sufrir una cena de Nochebuena más que peculiar en perfecto sandwich entre su tía Antonia y la amiga de ésta, Ramona, que gastaba y repartía por doquier una mala hostia descomunal (tiempos aún de eufemismos en los que una relación sentimental entre dos mujeres que llevaban viviendo juntas, compartiendo vida, milagros, quehaceres y demás más de veinte años ya, se consideraba como amistad por no irse más pa lo hondo). “Pues ya te puedes poner las pilas, majo, que tienes que llegar a fiscal, como mi hermano, que no hay mejor trabajo que ése, y bien lo sabes, que te lo tiene dicho él unas cuantas veces. Mira que trajes gasta, con que gente se codea…”, Ramona desconocía lo que era la discreción, y sus arengas siempre prevalecían sobre cualquier otro atisbo de opinión. Aunque no había concordancia alguna entre la canción y la amiga de su tía, al Poeta Patético en estos casos le venía ipso facto a la mente la canción aquella tan chabacana de Fernando Esteso, la de “la Ramona es la más gorda de las mozas de mi puebloooo…”, aunque él, recurriendo certero a su mente rápida y poética, modificaba la letra en un santiamén, “la Ramona es la más boba de las mozas de mi pueblooo…”, y así cambiando el adjetivo calificativo en cada sermón en el que la tía Ramona estaba al servicio, un ace tras otro. Al final pasó lo que tenía que pasar, que el Poeta Patético no llegó a ser nunca fiscal. Sí que empezó derecho, pero no le fue muy bien, y lo más cerca que estuvo de un juez fue cuando fue cazado con varios gramos de hachís en aquella Operación Primavera de 1987. Se acabó derecho, adiós a la ley, bienvenida la filología, la noche y todas sus circunstancias que siguen hoy en día casi a medio recordar. Esta tarde volvieron a su mente aquellos días, y mientras bebía a sorbos el segundo de los cafés que servían como epílogo al menú del día, esbozó una sonrisa pelín hijoputa mientras de fondo contaban en las noticias que Urdangarín era un ser libre, condicional pero libre, que podía vivir en Suiza sin trabajar (nada nuevo en su vida ajena al balón pequeño). “Ay, si yo tuviera Twitter…”, se dijo a sí mismo antes de elaborar uno de esos tweets mentales que tanto le ponen:

“De UrdangarÍN a UrdangarOUT en cero coma fiscales, porque en Suiza siguen atando a los perros con longanizas”

Y con las mismas se fue a su casa a escribir este bello y melodioso poema:

Yo quiero ser fiscal

y que la ley se aplique

a todo el mundo por igual,

que sin fianza alguna

sea la libertad condicional,

y reírme a vuestras caras

a la velocidad de la luz

de una nave nodriza

que vuela directa a la misma Suiza.

Yo quiero ser fiscal,

de la justicia un semental

de ésos que saben que el pan

no se trabaja sudando

sino que se consigue robando,

extorsionando a mandíbula batiente,

y que al reír reluzcan bien mis dientes.

Yo quiero ser fiscal

y mear en vuestro orinal,

ser amigo real

de groseros y embusteros

de ésos que se tiran pedos calentitos

sentados sobre cojines de dinero,

y cepillar mi traje nuevo

cada mañana por la mañana

antes de ir al juzgado

con un poco de galbana

y el sentido de la justicia

muy bien anestesiado.

“¡Que se sepa bien quien manda aquí!”,

me espetó mi superior el otro día,

“un poco de fianza basta”,

y aunque a mi mente

vino muy de repente

eso de aquel anuncio de la tele,

¡Gioooooor!,

pensé que era mucho mejor

asentir como un pelele

y dejar que el mismo tiempo

y las redes sociales

echen su capa de cemento

para al fin acabar creyendo

que sí, que todos somos iguales,

porque no es lo mismo

robar en abstracto, en diferido

un dinero que no se ve

que una lata de anchoas,

que se veía bien claro,

que allí bien que ponía el precio:

¡un euro, joder!

Y ahora déjenme pasar

que falta la parte más importante,

la parte final,

que les salga a devolver…

Impasible

el

ademán,

bitches!!!

PIEDRAS: DEL TEJADO AL RÍO

tejado-de-arriondassi una piedra nueva
llega a tu casa un día,
que el tejado no la acoja,
que la puerta se abra,
que no se esconda,
que alcancemos
abriendo bien
el ojo del entendimiento
a comprender su viaje,
su huida,
su llanto amargo de grava
que en su origen se queda,
triste y rabioso,
indicaciones de demora
para la muerte
que atrás
en la sombra
se suicida
en un tiempo
que a destiempo
no nos enseña
más amor,
nula empatía,
curiosa flor
que a sangre apesta
tras una imprevista ingesta
de odio multiplicado
por la potencia
elevada al cubo
de odio por plomo,
de asco por p
ólvora:
ahora ya,
baja despacio de mi tejado
y siéntate a la mesa,
tenemos macarrones
para cenar,
inventaremos conversaciones
antes de que regresen
y nos vuelvan a matar.

river-cua

Érase una vez un río que pasaba por mi pueblo, que se llenaba de niños y niñas cada verano, que tenía un trampolín desde el que saltábamos una y un millón de veces, por cuyo puente trepábamos para zambullirnos desde allí arriba…

Sí, éramos demasiado jóvenes y despreocupados, la vida esperaba nuestro aterrizaje forzoso, y no nos ha ido del todo mal.


Tranquilo este invierno en contraste con otros de riadas increíbles, el río Cúa sigue su curso, y seguirá mucho tiempo después de nuestro adiós, porque él es mucho más eterno e inmortal que todos nosotros. Es el alma del norte, es el frío del norte, y en el norte siempre recordamos.

TRILOGÍA MANCHEGO-AUSTRALIANA, PARTE III: EN REALIDAD, ME LAMO SARITA

Ante todo, quiero dejar claro, clarísimo, que mi nombre no es Gina. Yo me llamo Sarita, que es a las ovejas de Campo de Criptana, lo que María a la infinidad de mujeres de mi país de origen. No sé, lo de Gina me suena como a Vanesa, Lorena, Nerea o cualquiera de esos llamativos nombres tan horteras que muchas madres humanas han puesto en los últimos años a sus crías, perdón, hijas, quería decir hijas. Mi antiguo amo me asignó “Sarita” en honor a Sara Montiel, Saritísima, nacida, al igual que yo, en aquella insigne villa.

Echo mucho de menos mi tierra, a mis amigos, así como a nuestro buen pastor… Aún no me explico qué perra le habrá dado a este tío conmigo; así porque sí, mata al gurú, que en aquel preciso instante ejercitaba su ritual conmigo, y me lleva luego con él en un extraño vehículo para, al final, viajar durante horas dentro de un pájaro de hierro rodeada de perros, gatos, ¡y hasta un cocodrilo devuelto por el zoo de Madrid…! A mí, la verdad, no me importa seguir a otro gurú, pero es que éste debe ser agnóstico o algo por el estilo ya que nunca legamos al clímax que provocaba la liturgia de mi anterior pastor, tan sólo me mira y me acaricia con mucho mimo, nada más… Aunque a veces pienso, por su actitud, que va a dar el paso definitivo, eso nunca ha llegado a ocurrir. Como en el remedio está la alternativa, mi paso a continuación consiste en buscarme un macho de mi propia especie para así saciar mis ansias espirituales de cumplir devotamente con el rito ancestral que heredamos de nuestros antepasados, generación tras generación, desde los tiempos de Abel, el hermano de Caín, que fue el Gran Iniciador. El único impedimento sobreviene al intentar comunicarme con alguno de los corderos de estas tierras: todos hablan un idioma irreconocible para mí; pero al final, como creyentes en el simbólico ritual del falo, acabamos consumando todo el proceso.

En mi última ceremonia, la suerte me fue esquiva: me quedé preñada… y yo no lo pretendía. Me encuentro ahora activando un comité ovino pro-abortista, ya que considero que el parir debe ser una decisión meditada y unipersonal de la propia oveja embarazada. El mismo problema, el idioma supone una barrera momentánea que me impide, por ahora, llevar a cabo todos mis propósitos; pero me esfuerzo con tesón y voy aprendiendo su lengua poco a poco (“We have to fight against the male power!”). Incluso creo que ya he convencido a dos para que se unan al comité. No sé, ya veremos.

El año pasado estuve a punto de escaparme de la compañía de mi nuevo amo; para ello me infiltré, con la suficiente cantidad de barro de camuflaje cubriendo todo mi cuerpo, entre la multitud del rebaño. Casi lo consigo: al poco de emprender la marcha guiados por dos humanos, sirvientes del pastor Manolo, éste de repente llegó azorado hasta nuestra altura… y me encontró. ¡Me cago hasta en la leche de cabra! ¡Qué mala pata la mía! Aquí me tuve que quedar, sola, preñada y con un pastor ateo que no conoce los rituales de unión entre hombres y ovejas. ¡Vaya un plan de futuro…! Además, esta tierra es muy agreste, no se parece en nada a mi Campo de Criptana. Está plagada de animales rarísimos, totalmente desconocidos para una oveja de pueblo como yo – algunos llegarían a asustar incluso a Zeus, el perro que ayudaba al buen Graciano -.

El otro día, (y no estoy mintiendo, que conste) vi una mosca – supongo que sería una mosca – gigante, tan grande como un gorrión; ¡y volaba hacia mí para posarse en mi lomo y chuparme toda la sangre! Yo la llamo la chupa-ovejas. No, si yo aquí cualquier día aparezco tiesa, patas arriba y muerta, sino por la acción de una de estas criaturas salvajes, al menos de un paro cardiaco.

En estos días, sola con el interfecto éste, no me atrevo ni a salir del cercado. No ceso de preguntarme, ¿pero qué hace una merina como yo en un sitio como éste? Creo que la culpa la tienen estos locos homínidos que, a la mínima de cambio, se salen de sus casillas. El Manolo se carga a mi Graciano, y yo acabo viviendo junto a él sin comerlo ni beberlo; no, si ya lo digo yo: “están locos estos humanos”… Supongo yo que el ver el mundo desde las altitudes que ellos lo ven hará que el viento les afecte un poco más al cerebro, aunque reconozco que no a todos por igual, que mi anterior pastor era un ser muy coherente y, sobre todo, muy buena persona. Doy fe.

EL NAZI REDIMIDO / ANIMALES HERVÍBOROS – PARTE II

20170203_150855Con el fósil de tu memoria

me masturbé

ochenta y ocho veces:

una vez a punto

de adentrarme

en la número

ochenta y nueve,

me di cuenta

de la realidad:

bajé despacio

mi brazo derecho;

tu encanto anterior

no era ya más

que pura arqueología.

y sigo queriendo, sí
habitar en la mansión
de los animales herbívoros,
alimentarme solo de hierba
y llenar el prado de mierda,
no sentir la lluvia
ni el frio;
alejarme de la historia,
escupir en los días
sin esconderme en el tiempo
y que mi humo
se acabe confundiendo
con esta niebla tan densa;
quiero recitar mis poemas
a burros y caballos,
a burras y yeguas,
que admiran mi palabra
sin apenas dejar de masticar
su total
y cuadrúpeda
indiferencia.