Leer con amigos…

¿Qué más podría añadir de María, poeta, amiga, un ser excepcional? Muchas gracias, amiga.
No os la perdáis; seguidla, leedla y disfrutad de su mundo poético, que merece la pena el viaje.

Te miro me miras... Nos miramos

Hoy os cuento de un descubrimiento que hice hace algún tiempo…

La poesía de José Yebra. “Otra lengua extinta”

Le conocéis, imagino que muchos de vosotros, por ese blog suyo tan original y personal, en el que a bordo del Alsa, nos cuenta sus historias (https://viajesalfondodelalsa.blog/).

La poesía de José, no es una poesía al uso. No te acaricia, ni te contempla. Su poesía te golpea, te conmueve desde las vísceras y te deja con un sabor amargo, no exento de cierta ternura.

La humanidad y la vitalidad, se dejan ver entre las líneas de este poemario.

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Yo, romántica impenitente, y adicta a otro tipo de poesía, me he dejado zarandear por la poesía de José y he disfrutado en el intento.

Dice en su prólogo Nayar Crespo Sanchez:

“Ahora, paga el billete, o cuélate,

estás perdonado o justificado de sobra;

y si tienes espacio al fondo del ALSA

reclínate…

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LAS HERMANAS CLARK

Las hermanas Clark
nunca fueron a ninguna guerra.
Esperaban, guardaban la casa
y tejían bufandas
de extensiones imposibles.
y los hombres
con sus cargamentos
rebosantes de testosterona
y plenos de adrenalina
buscaban trincheras
húmedas y vacias;
humanos en movimiento,
deserción de sentidos
inesperados y cambiantes.

Las hermanas Clark
esperaban, sí,
porque no sabían hacer otra cosa,
porque las habían creado así,
y hoy, entre décadas malgastadas,
te dicen que te quieren,
que necesitan de tu amor
para seguir viviendo
sin respirar.
Las hermanas Clark
os quieren de verdad;
nunca duermen
y acarician vuestros cabellos
en el umbral de vuestros sueños.

 

Las Hermanas Clark es el título de un poema de Otra lengua extinta, mi primer poemario, de la Editorial Suburbia Ediciones, el número 9 de su colección malas tierras. Este poema está inspirado en una fotografía del año 1850, de la fotógrafa Frances Benjamin Johnston. Una imagen ciertamente inquietante, la verdad, de ésas de las que no puedes ni apartar la vista porque te atrapan en su contexto.

Por cierto, podéis adquirir Otra lengua extinta enviando un correo a la editorial: suburbiaediciones@hotmail.com: preguntando en librerías o en estas webs:

https://www.amazon.es/Otra-Lengua-extinta-malas-tierras/dp/8494547941
http://www.agapea.com/libros/Otra-Lengua-extinta-9788494547942-i.htm

http://www.paquebote.com/9788494547942/

A PROPÓSITO DE YEBRA. Otra lengua extinta. Suburbia, 2017

Laura Fjäder, poeta, creadora, musa disidente y alma mater de las jams de La Revoltosa de Gijón. Imposible presentar un poemario en mejor compañia. Seguro.

MUSAS DISIDENTES

La mayoría de los escritores de este país llevan como mínimo cien años de retraso con respecto a los tiempos. Y no es que esto sea una carrera, ni que en arte haya realmente «progreso», puesto que no lo hay; pero yo creo que el escritor debe ser ante todo un hijo de su tiempo.

– Roger Wolfe.



Otra lengua extinta, número nueve de la colección Malas Tierras de Suburbia y prologado por Nayar Crespo Sánchez, son tres libros con los textos rugosos de uno de los quince degenerados salvajes, el viajero del fondo del Alsa, el profesor que todos hubiéramos querido. José Yebra nos pone delante de las narices una reflexión crítica sobre el entorno y las realidades mientras muestra su posicionamiento político que es, por tanto, vital, sus propias contradicciones y su indignación.









Hay en estos poemas un olor que me golpea y me agarra por el cuello…

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BOTONES Y CARDIOSALUDABLE

Botones¿Qué significará
soñar con botones,
montones de ellos,
de todos los tamaños
y colores imaginables?
Rebelión en masa
contra cremalleras
y velcro,
contra cordones
y sus lazadas…
Pero qué querrán decirme:
me da pena
no poder entender
su lenguaje.
Buscaré pues ojales
para que se entretengan
y así abandonen
mis sueños,
ésos que nunca recuerdo.

el estilo de vida,
cardiosaludable;
la panceta,
biodegradable;
la bicicleta,
sin ruedas hinchables;
kilogramos de más
para neuronas de menos:
habitáculo perecedero
el cuerpo humano es,
para pensar,
para vivir, contemplar,
sólo necesitamos
levantarnos
y dejarnos llevar,
una vez allí
ya nos dirán
qué hay que hacer
para poder llevar
un estilo de vida
cardiosaludable…
miocardio,
salud
de sable…
corto
circuito;
si tú me dices allahu,
yo te digo akbar.

OTRA LENGUA EXTINTA (MI PRIMER POEMARIO EN SOLITARIO)

17670790_10212264816084165_1846092338_oEl pasado lunes, 10 de abril, salió a la venta mi primer poemario en solitario, Otra lengua extinta, publicado por Suburbia Ediciones dentro de su colección Malas Tierras. 

Suburbia Ediciones publica el que es el primer poemario en solitario del poeta Jose Yebra. Dividido en tres libros: La memoria, Godless Dios y Animales casi domésticos, Otra lengua extinta recorre con maestría y pulso rítmico el pasado y el presente construyendo una poética de la cotidaneidad en la que el mero hecho de poner una lavadora se convierte en un acto de resistencia y arte.

“Sin rodeos, no vas a salir intacto de este poemario. Los poetas miran los pasos que dejan detrás de manera altiva, por encima del hombro, poetizando cada segundo que vivieron. Pero lo siento, no estamos ante un poeta. Porque lo de Jose no es poesía, es guerrilla hecha papel. Avanzar por sus páginas es escuchar, verso a verso, las bombas españolas que caían en Costa Rica que cantaba Strummer, o mirar directamente a la pupila, eternamente dilatada, del Duque Blanco. (…) Ahora, paga el billete, o cuélate, estás perdonado y justificado de sobra; y si tienes espacio al fondo del ALSA reclínate en tu asiento y disfruta del viaje.”

(Nayar Crespo Sánchez, en el prólogo, Las tres últimas filas)

Podéis encontrar vuestros ejemplares en cualquier librería o pedirlo a suburbiaediciones@hotmail.com y recibirlo en casa sin gasto de envío alguno; o también en estas otras direcciones: 

http://www.agapea.com/libros/Otra-Lengua-extinta-9788494547942-i.htm

http://www.paquebote.com/9788494547942/

Agradecidísimo a Suburbia y a la enorme editora Silvia Cosío.

 

MITOLOGÍA BASURA

El hilo de Ariadna

envíamelo,

que yo, como Teseo,

lo seguiré:

pero no habrá minotauros

ni ninguna otra barrera

aunque feroz es la carretera

o la vía del tren,

y pueden actuar,

hacer bien su papel…

Iré y quemaré ese ovillo,

lo convertiré en botillo

para no tener que volver jamás

a este maldito sitio.

PERO AQUÍ, ¿QUIÉN BOSTEZA?

  • ¿Y ahora, qué hacemos?

  • Ni puta idea, tío… No sé, para un taxi si ves alguno, que no nos queda pasta… También podemos echar a caminar y hacer dedo de paso, a ver si alguien nos coge.

  • Joder… Pues vale. Me hago el peta que nos queda y vamos tirando.

No, no, no. No me gusta un pijo cómo está quedando, y el otro anormal va y le dice al editor que ya lo tiene casi todo listo. No se me ocurre otra, que bastante tengo con lo mío como para andar cubriendo la mierda de los demás. Si ya me decía Andrés que no se me ocurriera meterme en estos fregaos, que las colaboraciones cuando esté todo bien organizado y detallado.

  • Hostia puta, tío, que son casi trece kilómetros, y yo estoy frallao.

  • No te jode, ¡y yo! Pero tenemos que estar allí a las ocho en punto, que ya sabes que este domingo va a ser el de más jaleo… y encima hace bueno, va a ir todo dios a vendimiar. No quiero ni imaginar la cola de tractores que va a haber todo el puto día. No vamos a salir de allí hasta las doce de la noche, ya verás.

  • Eres un cabronazo, joder… dando ánimos no tienes precio, cagondiós.

Venga, hijo de puta, coge el teléfono, mamón… piiiiiiiip…. Piiiiiiip… Que sé que estás en casa, que veo tu puerta desde la ventana y no te vi salir. Piiiip… piiiiip… ¡CLACK! ¡a tomar por culo, hostia! Ya lo acabo yo.

  • Yo ya paso de sacar el pulgar, tío, total, de Camponaraya a la cooperativa ya no queda nada.

  • Pues yo sigo, joder, que si no no nos da tiempo a llegar a casa y coger el mono para ir a currar.

  • Si apuras el paso y me sigues, joder, llegamos de sobra. Déjate ya de hostias y acelera, cabrón.

Pues ya está. Ni lo reviso, que creo que ha quedado la hostia de bien. Voy a abrir el correo y se lo mando ya directamente… A ver, quito el nombre de Jaime, dejo sólo el mío y pista que va el artista. Enviar. Ya… Listo. Ahora salgo a tomar un café con un sol y sombra, que me lo tengo más que merecido.

  • ¿Ves como daba tiempo de sobra, gilipollas? Anda, ya nos vemos allí en veinte minutos.

  • Vale.

  • Cambiate y tira p’allá, no te vayas a tumbar que te duermes fijo… ¿me oyes? ¡EH?

  • Sí, sí, te oigo, joder, que ya nos vemos luego, tira pa casa…

  • Venga, colega… Estuvo bien, ¿no?

  • Joder, de puta madre. Glorioso.

Spam, spam, puto spam de los putos cojones. Seguro que les llegó como spam, hostias. Voy a llamarlos a ver qué mierdas pasa… “El número marcado no existe… il nímiri mirquidi ni ixisti…” Putos cabrones hijos de su putísima madre que los parió ayer. Me cago hasta en el santísimo dios y su putísima madre… P-p-p-pero… ¿Quiénes hostias sois? Fuera, fuera de mi casa

  • ¡Qué pasa, Albino, cómo va todo?

  • Joder, Pol, vaya careto que llevamos esta mañana. La noche debió ser larga.

  • Jajajaja, más de lo aconsejable, no lo voy a negar, pero ya sabes que aquí, a bloque, sin problema, a aguantar como un puto campeón.

  • Ay, bendita juventud, rediós.

  • Oye, Albino, ¿no viste al Ciri? Igual se durmió el muy cabronazo y hay que llamarlo a casa.

  • No, no, aún no ha llegado, que acabo de venir yo del sinfín de alante y allí sólo estaba Gonzalo.

  • Jodeeeer… Voy hasta la báscula en un segundo y ya lo llamo yo.

Y siempre me hacen tragarme esa mierda; y me siento impotente total, sin poder mover ni un músculo, sin hablar nada más que conmigo mismo y nadar perdido entre mis paranoias. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Por qué nunca me dicen nada?

  • ¡POL, POOOOOOOL!

  • ¡QUÉ PASA?

  • ¡DEJA EL FURCÓN AHÍ Y VEN HASTA AQUÍ, QUE TE BUSCAN!

Todavía siguen con ese rollo de hacerme creer que yo me cargué al Ciri, y yo no soy gilipollas, que lo dejé en la puerta de casa a las ocho menos veinte…

No son los antipsicóticos que me había recetado Don Venancio, no, que yo sé muy bien que no tuve nada que ver, y si lo atropellaron sería porque por su cuenta y riesgo decidió dar la vuelta desde la puerta de su casa, donde yo lo dejé a las ocho menos veinte, y desandar todo lo andado un par de horas antes. Y van y se inventan ese rollo macabeo de que el Ciri fue quien lo escribió todo y que yo lo maté para quedarme con todo el mérito… ¡Si a mí tres cojones me importa que vayan por la sexta edición, que yo paso, joder! Además, seguro que está vendiendo la de dios por todo el morbo que la situación está provocando….

Pol recordó aquella helada de aquel invierno de 1996. Su padre se había ido a trabajar a la fábrica de cemento bien temprano y él, como hacía siempre, iba resbalando contento sobre los charcos congelados hasta la casa de su amigo Ciri para luego tirar juntos para el colegio. Quedaban unos diez minutos para el ansiado recreo. Llaman a la puerta de 5º B. El conserje, Baldomero. “Buenos días, doña Tina, ¿pueden salir un momento Ciri y Pol?” Y en el despacho de la directora, Doña Nati, recibieron la noticia, mejor dicho, las noticias, porque si para Pol era de muerte, de cambio, de vida nueva con muchas menos sonrisas que antes, para Ciri era de un cierto alivio. Un accidente mortal. La carretera con demasiado hielo y muy poca, casi ninguna sal para mitigar su efecto devastador. Benigno, el padre de Ciri, conducía; él se había roto el esternón pero estaba fuera de peligro; José, el padre de Pol, había fallecido al instante debido a un traumatismo cráneo encefálico. A tomar por culo las tardes de los sábados viendo juntos una película de indios y vaqueros, los viajes en los veranos de domingo a la playa de Miño, las risas compartidas y las divertidas patadas a aquel balón de reglamento, el del Mundial de Alemania ‘96. Aunque el sentimiento de dolor por parte de su amigo era totalmente real y sincero, Pol nunca pudo soportar la obligada suerte de su amigo, esos momentos recurrentes en los que piensa “¡no es justo, mi padre no era quien conducía, a él no se le fue el coche, joder!”, y no podía evitar esas señales contradictorias que viajaban por toboganes interiores de neurona a neurona, de la vida a la muerte, la de Ciri, su amigo. Pero él sí sabe de sobra que no fue él quien lo empujó hacia la carretera, hacia la antigua Nacional VI, cuando un Megane gris venía a mucha más velocidad de la permitida. Otra muerte en el acto que, parece ser, a Pol se le olvidó al instante ya que siguió caminando en dirección a su casa mientras tarareaba una de las canciones favoritas de su padre, Españolito, la de Serrat, ésa del disco homenaje a Antonio Machado. “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón…”

  • ¿José Pol Sernández?

  • Sí, soy yo… ¿Pasa algo, agente?

  • Acompáñenos, por favor, tenemos que hacerle unas preguntas.

VOZ QUE NUNCA MUERE (A MIGUEL HERNÁNDEZ)

A Miguel Hernández Gilabert (1910 – 1942), poeta eterno, poeta del pueblo.

luz, oscuridad;

olvido y recuerdo;

fachadas blancas

hoy relucientes

y plenas de grafitis,

que Orihuela arde,

y en sus paredes respira

esta mañana el arte:

alcalde de barrio, miliciano;

prisión, pan y cebolla:

la muerte antes

de la misma muerte

en el ataúd, seca,

la juventud perdida,

el fascismo en la cresta

de su ola represora,

de señores con bigote

ajustando bien sus boinas:

los ojos cansados

mas nadie te los cierra,

la voz secuestrada,

y la risa de una niña sola

que desconoce

el tacto infinito

del cañón de una pistola

que deviene en tuberculosis:

la cárcel infinita

vomita

sobre la revisión

de un juicio

eterno.

 

Jose Yebra

MH zapadores sept 1936

FRÁGIL EXISTENCIA COMBINADA

maniquí fartedcuenta el rumor
que vuestros cuerpos
están invadidos
por miles de bacterias,
y me sorprende
vuestra frágil existencia,
ese inútil empeño
de lucha
contra esta sonrisa,
la mía,
que seguirá dando luz
a la atmósfera
mucho tiempo después
de vuestra anhelada
y definitiva
extinción;

de las gotas
que no os dejan
disfrutar de la exagerada
magnitud
de mi eterna sonrisa
se deriva la intención
de no dejarme perecer jamás
pasto del fuego
de la envidia
de vuestra estúpida
caducidad.

 

ovieradas(Otropiezo viagenial en alsabiduría)
Esta oscuridádiva
embistemores
en un día comoco estertores
ni las arrebajas, ropayasos,
complacerarán mentestosteronas,
ni caminocillas
pecaminosarán los elegidosificados;
la mezclavicordio
suponencia perezalamera
algunacional
de ámbitóxico
cuando vendesesperación
tus gopropios idealesivos.
Ésa es la miradadaista
que conjuramentolado
este poemaniático
y, de manomenclatura, desenfrenopático
una visitardía
a la bodegacela
pisadación en pagodanacoliflor
ambidiestroll
desddt una perspectivanagloria
que, absolutamentecata,
se acabalaustrada
aquímera, en este momentormento.

EL VIEJO PROFESOR DE QUÍMICA

Las mordazas me atan. Los sinsabores del pánico me encienden cada mañana. ¿Qué? ¿A qué? ¿Por qué? No tengo ni puta idea. Mi juicio no fluye con el ritmo que yo habría deseado inconscientemente para él. Acabo de parir y no me veo con fuerzas para recuperar mi estilizada figura.”

El viejo profesor de Química acababa de publicar su primera novela, ‘La Ira de los Átomos’. Ella había consumido gran parte de su tiempo libre durante los dos últimos años, y ahora se sentía vacío, sin más ideas que plasmar sobre un papel en blanco. Y luego el calor, el maldito verano. Desde pequeño siempre había sentido como el tiempo se desvanecía entre sus manos cada vez que “perdía” una tarde de verano en la playa (maldita molicie). Hoy se sentía igual que antaño, pero con una pequeña diferencia: no estaba ya solo, su mujer y sus dos hijas, de siete y tres años, parecían estar pasándoselo en grande a su lado.

Abstraído como estaba tratando de hilvanar una especie de argumento fantástico que le sirviese como punto de partida para su segunda novela, no fue capaz de intuir que un fantasma del pasado inmediato se le iba a aparecer de repente aquella tarde: Lorena Menéndez. El viejo profesor no se había dado cuenta de que él y su familia se habían situado a tan sólo unos metros de Lorena y su chico. Los dos componían una escena de lo más rebelde y provocadora: ella llena de pendientes y colgantes por todos los rincones de su cuerpo, los visibles y los no visibles – el viejo profesor lo sabía muy bien, hasta el más mínimo detalle -; y él, un punki de cresta rizosa, enemigo acérrimo de los bañadores al uso, que se adentraba en el mar con unos desgastados vaqueros negros cortados justo por debajo de las ingles. Camisetas de Manolo Kabezabolo para ella, y de Gwar para él. Retozaban con toda la libertad del Universo en caída libre, lo que exasperaba a los más reaccionarios de entre los presentes. No al viejo profesor. No. Él estaba nervioso por otros motivos. A su depresión ‘post-parto’ se unía ahora el recuperado despecho, el sutil abandono que le había obligado a sentarse a escribir la historia de un asesino en serie que actuaba en pos de la ansiada venganza después de sentirse engañado por una chica que había succionado todas sus ansias de vida amorosa. Ese era él, la proyección de su otro yo, del esquizofrénico que cada ser humano esconde en su interior.

No es verdad, ¡no es verdad! Nunca se puede decir que lo que uno escribe sea la proyección de los trapos sucios que se esconden viscosos en cualquier conexión de su cerebro. Yo tuve aquel affaire con Lorena porque necesitaba un poco de evasión… porque me estoy haciendo viejo, y todos somos vampiros… hasta cierto punto. Todos buscamos inconscientemente la juventud perdida; y a mi mis hijas no me servían. No me entiendas mal, querido contador de historias ajenas, que yo no soy ningún pederasta. Para mi los hijos son símbolos de muerte; están ahí para avisarte de que vas a morir, tarde o temprano, pero te vas a morir y ellos seguirán caminando….. los muy cabrones.”

Lorena estudiaba COU, y Lorena buscó premeditada e intencionadamente al viejo profesor. Sabía que estaba buena, y sabía también que ese simple hecho podría darle el siempre tan difícil aprobado en química. Le sacó todos los símbolos químicos uno a uno hasta ver reflejado en su libro de notas un inesperado sobresaliente. Para ser sinceros, ella también disfrutó lo que pudo de esa relación; pero además tenía claro, muy claro, que en cuanto su nota quedase sellada en su expediente, en las actas del instituto, el nombre del viejo profesor pasaría automáticamente a engrosar la lista – amplia, demasiado amplia para la mentalidad del viejo profesor – de sus novios y amantes. Él en un tris estuvo de dejarlo todo atrás: mujer, hijas y hasta su carrera como investigador en el departamento de bioquímica de la Facultad de Biología. También pudo sentir el frío tacto del cañón de su pistola contra su sien derecha durante quince minutos que le parecieron una eternidad condensada.

Nunca llegué a pensar seriamente en el suicidio. Ni siquiera estaba cargada… Sí que sufrí; para que engañarnos. ¡Yo sí que sigo con mi vida de engaño permanente! No quiero a mi esposa… tampoco mis hijas me aportan nada gratificante. A veces pienso que tampoco las quiero…”

El día de playa era perfecto: no demasiado calor; de vez en cuando alguna nube permitía, como gran sombrilla salvadora, tomar un respiro; la temperatura del agua era la ideal: 18 grados centígrados. Pero al viejo profesor todo eso le importaba hoy un carajo. Lorena acababa de unirse a los productos de su desesperación, y eso sí que era insoportable.

La digestión de tanto crustáceo se hacía dificultosa en su interior. Se lo podía permitir. Sólo era dinero, del que a espuertas entra cada mes. Todo en esta vida iba sobre ruedas para el viejo profesor: tenía dinero, posición social… pero no tenía entre sus manos ese apetitoso bocadillo de foie-gras que su joven ex-amante se disponía a manducar con cara de hambre atrasada. Quería ser parte de aquel hígado de cerdo hecho papilla que se mezclaba con la saliva que él tanto había saboreado dos años atrás. Quería matar a aquel joven punki que osaba meterle mano descaradamente a ‘su’ joven ex-amante ante sus narices… Lorena lo vio, y le envió un gesto afectuoso con su mano izquierda antes de incorporarse para ir a saludarlo.

– Hola, profesor.

– Hola… ¿Lorena?

– Sí, eso es. Lorena Menéndez. Me dio usted clase de química hace dos años, en el instituto.

– ¡Ah, sí…! Era usted una de mis alumnas más brillantes… por no decir la que más.

– También era usted ‘mi profesor más brillante’. Pude disfrutar de sus mejores clases…

– ¡Ejem, ejem! Mire, le presento a mi esposa Laura y a mis dos hijas…

Tus oscuros pensamientos enviaban tus manos directamente a su cuello. Ya estaba muerta, muerta para ti, muerta “por su bien”. ¡Qué sufrimiento provocaba en ti su muerte! ¡Y cómo duele por dentro, cómo hurga sin compasión en nuestras vísceras más necesarias…!

En verdad, yo no pretendía haber llegado a tanto… Creo que se me fue un poco la mano. De todos modos, su muerte pasó por accidental. No fue más que eso, un accidente, un imprevisto accidente. No tengo más que decir.”

Es cierto. La muerte de Jorge, el punki de la camiseta de Gwar, se debió única y exclusivamente a su imprudencia, a su temeridad, a su “valentía” de nadar y nadar contra marea, lejos, muy lejos de la orilla. Se ahogó en sus pretensiones. El que tú estuvieses nadando lejos, también lejos, pero cerca de él, no fue más que un fruto de las incongruencias de la casualidad, de la puta casualidad de haber coincidido ese domingo en la playa, en la misma playa… y con la misma chica, Lorena Menéndez.