VIOLENTO

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Puede que al final de todo hasta me de un poco de lástima haberlos matado. A todos. Puedo también, en este preciso instante, dejar de hacerme el duro y sincerarme hasta llegar a exteriorizar todo lo que siento. Pero nunca dejar de matar, de ganarme el pan. Es mi trabajo, y no sé hacer otra cosa. El avestruz, cuando huele el peligro cerca, esconde su cabeza dentro de un agujero excavado en el suelo. Yo no soy – ni por supuesto, ni por encontrarme ahora ante vosotros contextualizando mi palabra – un avestruz, pero sí que me oculto dentro de mi agujero, porque yo soy mi propio agujero, mi zulo y mi cripta, negra e interminable… y quizá esté deseando poder salir ya de él de una puta vez.

Era demasiado joven cuando empecé. Permití, como todos hacemos en algún momento de nuestras vidas, que me lavasen el cerebro a conciencia. Mi barrio fue mi escuela, y yo uno de sus alumnos más aventajados. (Qué tópico, ¿verdad?) Por encima de toda cualidad, prevalecía la inteligencia en su vertiente más picaresca, egoísta hasta decir basta, (aunque todos nos decíamos “colega” con la boca rebosante de intensa sonoridad cada vez que nos veíamos por la calle). He de reconocer que a mí también me favoreció el físico, mi imponente presencia de uno ochenta y siete y noventa y pico kilogramos, capaz de atemorizar, en soberbio cóctel con mi acusadora y profunda mirada, al más gallito de entre los gallitos. Me zambullí de lleno en el “grupo” apenas cumplidos los catorce años. Antes de los quince ya había matado a uno en una pelea cargada de ira. A golpes, a hostia limpia, con un par de cojones, como “los hombres de verdad”. El miedo hacia mi persona se extendió por todo el barrio, como esa niebla repentina que súbitamente nos impide ver con claridad. Comencé a recibir encargos después de pasar mi prueba de fuego: asesinar a sangre fría al vecino de mi tía Rafaela, un solterón empedernido, huraño, con muy malas pulgas. Su delito consistió en toquetear con sus sucios dedos el sexo aún dormido de la sobrina nieta del jefe, la angelical Lisa, que por aquellos tiempos aún no habría llegado ni tan siquiera a la edad de recibir su primera comunión (que no su primera “hostia”). Tiro en la nuca, rematándolo en el suelo con otro en la sien. Limpio y rápido. Y sin testigos. Había superado con éxito mi salto del umbral, ya nunca más un niño ante los ojos de nadie, ni siquiera ante los de mi propia madre.

Odio la violencia gratuita. Yo siempre cobro, y mis cuotas siempre han ido en progresivo aumento…, al menos hasta el momento presente. Mi vejez está más que asegurada ya que dinero no me falta, pero temo no poder llegar a viejo, a cojear apoyado en mi bastón con mango de nácar cada vez que pasee a orillas del lago, a dar de comer a las putas palomas que todo lo cagan. ¡Tengo que salir de aquí como sea!

Me armé por completo de valor, y fui a hablar con el jefe, cara a cara, como lo deben hacer los hombres, mirándose a los ojos, casi sin parpadear, con la mano derecha apuntando de cerca y en todo momento – y de manera inconsciente – en dirección a la cartuchera de mi Smith & Wesson, bien resguardada bajo mi chaqueta negra de corte clásico, mi uniforme de trabajo. “He pensado dejarlo”, le dije justo después del obligado “buenos días” a nuestro bien amado capo. “Está bien. No hay problema”, me respondió el jefe antes de sacar del bolsillo interior de su americana – acto que me puso inmediatamente alerta, que ya estaba yo sintiendo urgente el tacto del gatillo sobre la epidermis de mi dedo índice – un sobre que contenía unos cuantos billetes de los grandes. Me tendió su mano y me dijo adiós; adiós a una historia de respeto mutuo bajo el yugo de la muerte por contrato. Después de todo, no parecía mala persona, tan sólo era cuestión de suponer que la suerte le había permitido ocupar ese lugar; (no sé si buena o mala, la suerte, pero por lo que a mí respecta, sí que ella me había regalado un futuro sin que yo hubiese tenido que luchar excesivamente por él.) Un obrero, en una cadena de producción cualquiera, no sabe después de muchos años cuántas piezas habrá atornillado, engrasado o manipulado. A mí me ocurre lo mismo. No puedo acordarme de todos los que me cargué, tampoco recuerdo la suma total… No es saludable, no se debe uno dejar atrapar las veinticuatro horas del día por los problemas que genera el trabajo. Mi familia es feliz, yo soy feliz. Ellos son mi refugio, los que, sin comerlo ni beberlo, me han quitado mis enormes orejeras, que yo ya me siento viejo y necesito un cambio de aires, otro trabajo, poder llamar “compañero” a alguno de los que trabaje a mi lado, sin que haya desconfianzas mutuas. Supongo que eso será sencillo.

Acabo de cumplir cuarenta y cinco, (el día veinte del mes pasado, concretamente). Llevó tres semanas en mi nuevo trabajo, y me gusta; no necesito esconder ya mi rabia en algún oscuro rincón de mi memoria. No necesito fingir, ni manipular más mis egos. Puedo hasta llegar a pasarme alguna que otra tarde jugando con mis hijos, con sus pistolas de juguete, siendo consciente de que de ese cañón de plástico jamás saldrá una bala de verdad… No sé, la primera vez que el pequeño me sorprendió agazapado tras la puerta del trastero me dio un vuelco el corazón. Por unos instantes, dos, tres segundos, creí que había llegado mi última hora. Luego abracé a mi hijo y lloré en silencio sobre él. Durante casi cinco lustros de mi vida, nunca antes me había nadie sorprendido; ni el más profesional de entre los más cualificados del ramo de asesinos a sueldo me había hecho subir las pulsaciones a más de noventa. Y mi hijo me había matado. “Pum, pum, pum. Forajido, estás muerto”, y su padre casi se muere, sí, pero del susto. Me senté a consolarme conmigo mismo, pensando en la cantidad de ocasiones en las que habría estado a punto de caer en una emboscada (como la que me acababa de tender mi propio hijo pequeño, de tan sólo cinco años) sin ser para nada consciente del peligro intrínseco que mi sucia labor conllevaba… Pero yo no estoy hecho para el pensamiento profundo, me da dolor de cabeza, y éste no me permite luego pensar, concentrarme a fondo. Extraña contradicción, realmente.

En la planta embotelladora me siento realmente a gusto. He descubierto incluso que soy capaz de mantener una conversación con otra persona utilizando más de una o dos palabras en cada intervención. Ayer mismo, sin ir más lejos, estuve riéndome sin parar, como todos los demás, durante unos minutos. Fue verdaderamente gracioso lo que le ocurrió al encargado de la bodega. Venía el hombre corriendo a traernos un aviso sobre un pedido importante de la Presidencia, cuando comenzó a resbalar, a deslizarse sobre las gastadas suelas de sus zapatos uno, dos, tres y hasta cuatro metros, yendo a chocar violentamente contra Mel “la Fudre”. Joder, acabó con su calva cabeza entre los enormes pechos de “La Fudre”, mujer de unos ciento veinte kilos, más o menos, que gasta una mala hostia descomunal, y que, en buena lógica, devolvió semejante afrenta con un tortazo de los que duelen más por su sonido que por el daño físico que puedan llegar a provocar. Esa noche me dolieron mucho las mandíbulas (debe ser la falta de costumbre). Quizá por esa razón, puede que también entre muchas otras, yo había envejecido más aprisa… por no haberme reído apenas. La verdad es que hasta me costaba horrores forzar una sonrisa en Navidades, cuando por norma debes sonreír y desear el bien a tus semejantes, al menos a los que no tenías que cargarte antes de que pudiesen decorar el abeto rodeados de su familia, de sus hijos. ¡Pum, pum! (Navidad, Navidad, dulce Navidad…¡a tomar por culo!)

Mañana cumple el renacuajo siete años. Quería comprarle un juego nuevo para su ordenador, uno de esos que dicen que desarrolla tu intelecto, tu capacidad de deducción. Yo ésa ya la he perdido. He perdido el instinto de supervivencia. Ni siquiera llevaba conmigo mi antes inseparable Smith & Wesson… (Oh, Dios, toda esta gente… no saben bien cuánto me están agobiando, me roban el aire que es mío… y en este instante lo necesito más que nunca.) No lo vi venir. Seguramente me estaba siguiendo desde la fábrica. Salí de trabajar, fumé un cigarrillo con dos de mis compañeros (ya casi amigos, además), y me despedí, no ya hasta mañana, como todos los días, sino hasta después de pasado el día de Navidad. (Joder, esto duele… y no sé si mañana llegará, o, mejor dicho, si yo llegaré a él.) Era un chico joven, de no más de veinte años. Se acercó de frente a mí, decidido, mirándome con rabia a los ojos, profundamente, buscando el miedo, el pánico en ellos. Me quedé quieto, totalmente inmóvil, facilitándole la tarea. Un segundo antes de que me disparase a bocajarro, a mi cerebro llegó la imagen nítida de mi ahora añorada Smith & Wesson, como un plano de una película de cine negro, la pistola sola dentro de un cajón abierto, pero ninguna mano se acerca para empuñarla, y pronto se oirán tres disparos. “Esto de parte de mi padre, cabrón”, me soltó en un tono muy bajo, aunque vocalizando despacio, muy despacio cada sílaba, intentando multiplicar por mil su contenido semántico. Tres balazos en mi abdomen. Estoy perdiendo mucha sangre, y la ambulancia está tardando mucho. Creo me estoy yendo al infierno. Pero, ¿quién cojones sería el padre de ese muchacho? Vaya una pregunta más gilipollas, lo sé. Sólo es un resto, un poso de mi trabajo anterior, de alguno que quedó a medias por no registrar a conciencia el entorno. No sería, desde luego, el primer niño al que habría tenido que matar sin una pizca de compasión. No es que me guste especialmente la violencia, lo que ocurre es que no veo cuál es la diferencia entre apretar un gatillo o encorchar una botella de tinto; y ya puestos, qué más da encorchar una botella Gran Reserva o una de cosecha; qué diferencia hay entre apretar el gatillo ante una cabeza de treinta o ante una de diez años. Ninguna, porque el trabajo supone el mismo esfuerzo en ambos casos. Ya puedo oír la sirena de la ambulancia. Puede que incluso hasta tenga un poco de suerte y todo.

A TRAICIÓN

Boy gun Xmas

(…Aún no nos hemos podido sobreponer al impacto. José Carlos y María Laura eran tan buenas personas, tan puros, tan… perdonen mi voz, pero, comprendan, yo los casé, yo bauticé a José Carlos… y ahora están aquí, dentro del templo de Dios, inertes, secos ya de materia. Seguro que nos están viendo en este momento a través de sus almas; seguro que también están viendo a su hijito de siete años…y seguirán sin comprender el porqué. Ley divina. Dios Padre lo ha querido así,y sus razones tendrá. Descansen en paz.)

“Buenas tardes. Me llamo José Carlos Fuentes Márquez. Tengo dieciséis años, y soy huérfano desde hace casi nueve. Los médicos dicen que no rijo del todo bien, pero yo no les creo. Yo sé lo que hice, sé por qué lo hice… y lo volvería a hacer sin dudarlo tan siquiera instante, por ínfimo que éste fuere.

Como a todos los niños, me encantaba la Navidad. Entraba cada diciembre en ese estado semi-catatónico al que nos conducían irremisiblemente todas las luces decorativas, los villancicos sonando incesantemente en todos y cada uno de los grandes y pequeños almacenes, el árbol que mi padre cortaba ilegalmente en un bosque cercano, y, ¡cómo no!, esa presunta alegría que irradiaban todos nuestros mayores, como si se hubiesen vuelto gilipollas así, de repente. Hasta el colegio se volvía camaleón y nos hacía creernos que era un lugar acogedor. Mierda, todo una puta mierda…

En mi carta a los inefables Reyes Magos, sólo pedía cuatro o cinco cositas de nada: una muñeca con una serie de vestiditos varios, un supermercado, un estuche de ceras y pinturas, unos patines rosa y… la verdad, ya ni recuerdo qué más. La envié con toda la ilusión del mundo; era la primera vez que me atrevía a pedir lo que yo realmente deseaba. Ya estaba harto de pistolas, rifles, ametralladoras,tanques, soldaditos de plomo… Melchor, Gaspar y Baltasar eran buenos, comprensivos, no iban a tener prejuicios bobos. La mirada aprobatoria de Gaspar durante la cabalgata disipó por completo todas mis dudas. ¡Me iban a traer todo lo que yo quería! Mis padres parecían estar un poco preocupados por algo que yo no alcanzaba a comprender. Quizá fuese por el castigo que me habían impuesto unos días antes – no ver la correspondiente película de Disney en el cine esas Navidades – por haberme pintado las uñas con el esmalte bermellón de mi madre. Mi padre chillaba y chillaba como un condenado. ‘No se qué de un maricón’, gritaba dirigiéndose a mi madre. Yo sólo estaba jugando. Sentí por primera y última vez el intenso dolor que provoca una bofetada paterna. No lloré; me quedé allí, petrificado y siguiendo inconscientemente con la mirada cada movimiento que mi padre efectuaba. Vi dónde guardaba su pistola. Mi padre era funcionario. Era policía nacional.

Esa noche de Reyes yo no podía pegar ojo. Había cenado demasiado roscón y me sentía un poco empachado. Me levanté a beber agua. No recuerdo qué hora sería, pero sí que me sobresalté al oír un ruido que provenía del salón. Me acerqué sigilosamente y los vi… ¡Eran ellos! ¡Los Reyes! ¡Y estaban colocando todos mis regalos al pie de nuestro multidecorado abeto! Casi se me sale el corazón. En un tris estuve de ir a abrir todos aquellos paquetes, pero no, fui paciente, bebí mi vaso de agua y me encerré en mi cuarto; tan sólo tenía que esperar unas horas. Tres, dos, puede que sólo una… Ya me estaba quedando dormido, cuando otro ruido me sacó de un tirón del mundo del sueño. Me incorporé. Ya no se oía nada. Esperé unos segundos… ¡Pude oír risas! Me levanté de la cama y fui corriendo a toda pastilla en dirección al salón. Pude, entonces, distinguir perfectamente sus voces: eran mis progenitores. ¡Estaban cambiando mis regalos por otros! La rabia me encaminó al cajón del taquillón en el que mi papá guardaba su arma reglamentaria. Pesaba mucho, ¡muchísimo! La levanté, me puse en posición de apuntar y me dirigí lentamente, con pasos cortos pero seguros, hacia el salón. La puerta estaba entreabierta. La abrí de par en par de un golpe con mi cadera y ¡¡¡pum, pum, pum, pum…!!! Cuatro disparos que acabaron certeros con aquella traición. Me caí al suelo impulsado por la fuerza del retroceso de la pistola de mi padre. Allí tumbado vi sus caras, vi como la sangre iba manchando paulatinamente la alfombra persa que mi mamá se acababa de comprar. Tiré la pistola y abrí mis regalos. No había llegado a tiempo: allí sólo había un futbolín, un traje del Barça, un juego de hundir la flota o no sé que gaitas, una ametralladora sideral… y ya no seguí mirando. Me senté en el suelo a llorar hasta que alguien derribó la puerta de nuestra casa y me encontró al lado del árbol de Navidad hundido en mi gran desolación.

Desde entonces todos me han ido abandonando: primero mis abuelos, luego mi tía Enriqueta… Vivo en un centro de reclusión de menores. No tengo amigos. Aquí están todos locos. Ah, y ya no creo en los Reyes Magos, no son más que unos simples hijos de puta que no te traen nunca lo que les has pedido. ¡Nunca! Y eso que hay quién dice que los Reyes son los padres. A otro perro con ese hueso.”

LOS CALZONCILLOS ASESINOS

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(“Cualquier objeto, por inofensivo que pueda éste parecer, puede ser utilizado como arma arrojadiza y mortífera” – Adolescente palestino, año 2005)

Desde el primer instante supe que aquella operación no saldría bien. Y ahora que ya estoy casi muerta, agonizando aplastada contra esta pared, puedo afirmarlo con toda rotundidad: un desastre, un auténtico desastre.

Surgí del agua estancada en aquel charco y comencé a volar libre hasta que me divisaron mis jefes. “Tienes que adentrarte en aquella casa”, me ordenaron, “porque debes alimentarte”, se justificaron. Volé hacia la casa que me habían indicado, el viento de cara – mal comienzo; menos mal que tengo mis balancines, que si no…; mas, una vez allí, vi con gran satisfacción que una ventana se encontraba abierta. Era un día soleado, con el viento cálido del sur haciéndonos sudar en infame combinación con la humedad del ambiente. Entré rauda, aunque sigilosa, y me escondí agazapada tras una cortina cerrada. Nadie me había advertido del peligro. “Tu propio instinto te irá aconsejando qué paso dar a continuación”. Como no sabía aún qué debía hacer, eché una siesta. Al despertar, ya se había hecho de noche. Tuve miedo, mucho miedo, pero una luz en la habitación, que me atrajo irremisiblemente hacia ella, lo eliminó de un solo plumazo. Aparecieron dos gigantes en la estancia. Tras un grotesco ritual en el que se iban quitando capas de piel, los gigantes se escondieron bajo una enorme tela, de un grosor considerable, dejando al descubierto sólo sus cabezas. Se apagó la luz y dejé de dar vueltas a su alrededor. Por fin supe en qué consistía mi misión, supe además que aquellos eran dos especímenes de humanos de los cuales me habían hablado los jefes. Tenía hambre, un hambre atroz, y los rostros de aquellos enormes homínidos brillaban en la oscuridad llamándome a gritos. Emprendí de nuevo mi vuelo. Aterricé con extrema suavidad, extendí mi aguijón y, ¡oh, dios, qué maravilla, qué sabor tan rico! De momento, ya me siento saciada, volaré hacia esa pared.

(“¿No lo has oído?”, “¿El qué?”, “Un mosquito, un jodido mosquito revoloteando cerca de nuestras caras… Espera”, “Pero, ¿qué coño estás haciendo con los calzoncillos en la mano? ¡Apaga esa luz y déjame dormir, pesado! ” … … “¡Ya está! ¡A tomar por culo!”, “Qué… ¡Serás imbécil! ¡A ver cómo limpias eso! A quién se le ocurre despachurrar un mosquito contra la pared… recién pintada, joder, y con los calzoncillos, además”, “Eh, eh, que estaban ya para lavar, así que…”)

NO FUN TO BE ALONE

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Esta noche no puedo dormir. Doy media vuelta sobre mí mismo y te observo pasivo desde la oscuridad; acaricio tu pelo rizado antes de incorporarme y salir a tientas de la habitación. Llego hasta el salón y me siento en el sofá. Enciendo la tele y luego un cigarrillo. Una actriz francesa parece querer hablar conmigo. No le daré ese gusto, por dos razones; una, que no sé francés; la segunda, y definitiva, que no me apetece hablar con nadie en esta noche aciaga de sueño. Me acurruco contra el cojín teñido de rojo, el que nos impregna de esa extraña sabiduría que nos obliga a malvivir sin odio, y trasciendo sin yo quererlo al mundo de los pensamientos más profundos, aquellos que no nos dejan dormir; aquellos que nos convierten en seres racionalmente impulsivos y libertarios. Empieza la lucha entre el sueño, que avanza irremisiblemente hacia la frontera de mis párpados, y el análisis crítico sobre mi vida y sus miserias. Yo ni siquiera peleo, que cualquiera de los dos contendientes con toda seguridad me alienará entretejiendo sin límites su inhóspita tela de araña ante mi estúpida presencia. El sofá me está engullendo ahora. Quiere digerirme y hacerme formar parte de los dibujos lineales de su tela. Tú duermes plácidamente. Siempre lo haces. No comprendes mis desvelos. Es la muerte que nos visita. “¿Es a mí?”, le pregunté la otra noche mientras trataba de aguantar en pie su fría e hiriente mirada. “No, no es a ti a quien vengo a buscar”, respondió aquella Vieja Dama a la vez que me apartaba con un gesto de su camino. Porque, sí, Ella avanzaba hacia ti dejándome a mí atrás, solo y cobarde ante su enorme figura. Cinco días han transcurrido ya y tú no despiertas, no despertarás jamás de ese sueño eterno. Toda esa sangre me asusta y, repito, soy un cobarde, un blando, un gallina… medroso desde el mismo día en que mis padres me obligaron a dormir solo, devorado por dentro por el implacable silencio de la oscuridad. Por eso se quemaron vivos dentro de la casa mientras dormían plácidamente (también plácidamente, como tú). Quizá, en el fondo, Ella no sea más que mi amiga del alma, la que me ayuda a vencer mis miedos, la que inconscientemente puso en mi mano el mechero aquel día; la que me entregó el cuchillo de negro mango, instrumento errático que finalizaba certero con los inhóspitos entresijos de tu traición. El sueño me vence por momentos, y creo que ya va siendo hora de irse a dormir. Culo gordo, hazme sitio, por favor.

FUCKSIMIL

0 Campo del Agua

Noviembre de 1998

Frío, en aquellos lejanos parajes no cesaba de hacer frío, frío exterior, frío interior,   frío dentro de todos sus sentimientos. Campo del Agua, así se la conoce.

A Delfín le habría importado una mierda que ella se hubiese matado en el accidente; ni lo sabía, ni maldito era su interés en saberlo. Por ese motivo había decidido aislarse de todo el mundo y autocondenarse al exilio agreste de las montañas… Pero un principio de leve arrepentimiento (unido éste a la falta de material para poder pintar en condiciones, lógicamente) comenzaba a asomarse por sus cansadas retinas…

– ¿Sabes ya la fecha de la exposición?

– No. Todavía no es definitiva, aunque me han dicho que podría comenzar entre el quince y el veinte; depende del éxito de la de Barceló, que ahora está en esa sala. Yo ya lo tengo todo preparado.

– ¿Vas a incluir el cuadro de Sally?

– ¿A cuál de ellos te refieres? Sally suele ser mi modelo en casi todos los cuadros con temática femenina.

– ¡Joder, cuál va a ser…! El de la polémica, el que casi siempre te censuran por pornográfico.

– No sé qué coño tiene de pornográfico… sólo es una escena íntima entre Sally y su consolador. No le veo nada de particular.

– Ya, pero eso suele coartar a los posibles compradores. Casi todos los de la pasta son unos auténticos carcas retrógrados.

– ¡Qué se jodan todos los hipócritas…!

picasso-painter-model_0Delfín había estudiado Bellas Artes en la facultad de Salamanca. Allí conoció a Sally, una chica escocesa estudiante de Literatura Española en la Universidad de Sheffield, que se encontraba en Salamanca gracias a esas nuevas Becas llamadas Erasmus, que servían para que la juventud europea conociese otros países, otras gentes, otras juergas, nuevas culturas; que follasen los unos con los otros y las unas con las otras a tumba abierta, sin necesidad de pensar que al día siguiente volvería a amanecer, aunque todo ello con motivos educacionales, por descontado. Se enamoraron de una forma extremadamente química; dos años de pasión desatada entre lienzos y la obra de Francisco de Quevedo, sobre la cual ella elaboraba con inusitada pasión su tesis doctoral; pero gracias también a los efectos de la previsible química, el moho comenzó a cubrir todo su espacio tan envolventemente pasional; se pudrían por momentos, el uno pintando dieciséis horas al día, y la otra frente a su ordenador intentando reflejar en el procesador de textos todo su basto conocimiento sobre el archienemigo de Góngora.

El indicio de fama que ella pudo intuir en su amante comenzó a taladrar su incorregible ego. Delfín comenzaba a recibir buenas críticas por su obra; Sally, por el contrario, veía como su tutor no hacía más que amargarla día tras día: nunca estaba de acuerdo con el enfoque que ella trataba de dar a su obra, a su tesis… a su ‘hija del alma’, el hijo de puta, que quería ir más allá con su tutoranda pero jamás era capaz de vislumbar resquicio alguno en las sinceras sonrisas de Sally. Quizá la envidia la obligó a posar para él, o quizá ese sentirse tan puteada después de cientos de horas dedicadas a la pura y dura investigación literaria…Lo único seguro es que desde ese momento comenzaron las desgracias artísticas de su compañero de cama.

– Joder, Sally… no puedo entenderlo, es como un mal sueño, como una broma demasiado pesada… Puede que todavía sea una broma, ¿no?

I dinnae ken whit ye mean .

– Fuck you! ¡Hablame en castellano, hostias, que no estoy yo ahora para hablar inglés-escocés del tuyo, joder…! En este instante odio ese puto idioma… Odio a ese hijo puta galés a muerte. Odio mi puta vida.

– ¡Tranquilízate, Delfo, que ya verás como no será para tanto…! Envidias, no son más que envidias.

– Ya, puede que sólo sea eso, envidia, puta envidia. Voy a echar una siesta, a ver si así me relajo de una vez.

Delfín había sido acusado de plagio por un pintor galés llamado Scott Walker; alegaba que el cuadro de Delfín ‘Mujer con Vibrador’ era una copia de uno suyo titulado ‘Woman touching herself’ (Mujer tocándose), registrado y fechado tres años antes que el de Delfín.

El día que Delfín pudo ver por fin ese maldito lienzo de cinco por siete metros decidió que debía acabar con la vida de su, hasta ese día, estimada Sally. Por eso provocó el accidente; por eso se dio a la fuga tras resultar ileso en el siniestro; por eso se esconde de lo que pueda ser en una aldea casi abandonada de los Ancares bercianos.

– No sé, puede resultar un poco fuerte, ¿no crees, Sally?

– ¡Qué va! Al contrario, con la polémica que despertará seguro que acabas siendo famoso, muy famoso, y eso te allanará el camino. Tú hazme caso.

– Lo que no me acaba de convencer es esa manta de cachemira que has puesto encima del sofá. Demasiados colorines, demasiado cantosa. Ya sabes que odio tanta mezcla de colores. No es mi estilo.

– Arriésgate; cambia un poco tus formas, no seas tan cerrado, yo creo que está muy bien, que hará un gran efecto… no sé, algo similar a Klimt, a ‘Danaé’, por ejemplo… Déjate llevar, ya verás como aciertas de pleno.

– Joder, Sally, que a mí no me gusta Klimt. Yo siempre he sido más de Dalí.

¿QUÉ HA SIDO DE LAS VIEJAS COSTUMBRES?

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Recuerdo que, nada más salir de su casa, nosotros, el Aníbal y yo, esperábamos en el portal, y no subimos porque íbamos con mucha prisa, que quedaba sólo media hora para que empezara el partido y ya se sabe, los atascos de última hora y todo eso… Sí, sí, al grano, al grano, vale. Pues eso, que no hizo más que llegar abajo, y va y nos dice, el Antonio, ya saben, el otro colega, “¡hostias, si me he dejado las llaves puestas por dentro!”. Claro, no había tiempo para intentar lo de la tarjeta y todo eso, y menos para andar esperando allí a que llegase algún cerrajero de urgencias, de esos de veinticuatro horas. Ya trataríamos de solucionarlo a la vuelta del partido, que la UEFA nos estaba esperando y estábamos realmente nerviosos. (partidazo, sí. Un ambiente como nunca se vio. Saca el corner Lacatus y gol de Bango… 1 – 0).

Lacatus saca el corner

Lacatus saca el corner

Para celebrarlo en condiciones, y aprovechando que era San Mateo, ¡qué cojones!, decidimos irnos de copas, y como estaba todo hasta arriba de gente, más de diez mil del Génova, nos metimos en un bar en el que nunca antes habíamos entrado. Nos emborrachamos con unos cuantos desconocidos hasta casi perder el control. (Las copas, ay, las copas, que una acabada llama urgente a la siguiente; tienen imán las muy cabronas, que lo sé yo). Pero no es éste el momento de la venganza, y menos aún cuando, al parecer, me encuentro entre los sospechosos. No recuerdo casi nada, pero sí sé que yo no lo hice… Intentaré hacer memoria.

Nada. Es como ese lenguaje que utilizan los yonquis cuando viajan en un autobús urbano cualquiera en busca de su particular botín. Nada. Se vuelven trascendentes, filosóficos, casi gritando a los cuatro vientos su tremenda impotencia vital. Atemorizan inconscientemente a las señoras que vienen cargadas de la compra.

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Lo dicho, nada; nada de nada. De pequeño, tendría yo unos once o doce años, fui al cine de mi pueblo con unos amigos – la costumbre de todos los domingos, no importaba la película, que a esas edades todavía carecíamos de vanas pretensiones cinéfilas – a ver ‘Nueva York bajo el Terror de los Zombis’. Puro masoquismo visual que me impidió dormir en condiciones más de una semana. Recuerdo una escena en la que un zarrapastroso muerto viviente agarraba fuertemente por el cuello a una indefensa chica mona, que gritaba realmente asustada, para acercar su ojo – no recuerdo si el derecho o el izquierdo, y, la verdad, este dato no tiene relevancia alguna, pero es que yo soy muy tiquismiquis con estas pijadas –zombi2_astilla2 … eso, a lo que iba, que acercaba su ojo a una astilla que sobresalía amenazante del marco de una desvencijada puerta, lentamente, recreándose en todo aquel inhumano sufrimiento. La astilla se clavó hasta lo más hondo de su globo ocular. El cabrón del zombi, sabiéndonos ya con los ojos desorbitados, con el pulso a más de ciento cincuenta y las pupilas dilatadas por el terror más absoluto, dio marcha atrás al cuello de la bella señorita hasta desencajar por completo aquel ojo azul – vaya, ese detalle sí que lo recuerdo. Es curioso… -. Pues eso, a lo que iba, a lo de los yonquis. ¿Que a cuento de qué viene todo este rollo? Déjenme explicarme, que llegar llegaré, seguro. Un poco de paciencia. ¿Podrían darme otro cigarrillo? Gracias, muchísimas gracias. Lo estaba dejando. Es más, ya llevaba nueve días sin encender un puto cigarrillo, pero ahora, no sé, la tensión, la ansiedad que me provoca esta extraña situación. ¿Saben?, mañana tendría que hacer un examen en la facultad… Ya, ya, ya lo sé… Al grano. Ya voy… Cogimos el autobús para ir al campo. Todo el mundo con sus bufandas, con sus banderas y camisetas del equipo, preparados para disfrutar de nuestra primera comparecencia europea. Y allí estaban aquellos tres. Todo dios callado y atento al colmo del surrealismo que manaba de su conversación. Que si el Julio se había comprado unos playeros de cincuenta talegos – ¡ja! -. Que si la última vez estaba demasiado cortada. Que si el peluco del Matías era de oro, aun así el temblor me obliga a sentarme, que llevo día y medio sin ponerme. Recordé la escena de la astilla en el ojo de aquella chica rubia de ojos azules. Cerré los ojos e imaginé por un momento que aquel autobús no pararía nunca, y que aquellos tres heroinómanos se iban a comer todas nuestras vísceras mientras nuestro equipo ganaba por goleada a esos malditos italianos – no es que tenga nada en contra de los italianos, pero, como ya sabrán, esos malditos cabrones siempre ganan todas las putas competiciones europeas, que si el Inter, el Milán, la Juve, el Parma… qué sé yo -, y, eso, nosotros sin hígado, sin cerebro, sin páncreas… sin poder haber visto el partido. El Aníbal me despertó de mis ensoñaciones – mi padre siempre me decía que me pasaba todo el día soñando despierto – de un codazo en mi antebrazo; “mira a ése, tío”, me dijo sonriendo. Uno de los yonquis se acababa de sentar en el suelo, ¡en el puto suelo del autobús! “Qué gentuza”, pensé yo, “no son capaces de tener ilusión por nada, con todo lo que se estaba jugando nuestro equipo y ellos allí, a su bola, sólo pendientes de conseguir su dosis del día,  luego a dormir, y al día siguiente más de lo mismo”.

Creo que fue Antonio el que propuso lo del puti-club, y digo ‘creo’ porque no estoy del todo seguro. Todo se había vuelto oscuro, muy oscuro.8638421_1 Es como esa niebla que repentinamente se instala frente a tu campo visual y a duras penas te deja seguir tu camino. A pesar de la borrachera, aún no había encendido un solo cigarrillo. Ni siquiera me había acordado de comprar tabaco, ni de pedirle algún pitillo al Aníbal, que fumaba compulsivamente uno tras otro, como cada vez que salíamos de marcha. Lo estaba consiguiendo, pensé yo de repente mientras nos dirigíamos los cinco a la parada de taxis más cercana. (No fumar, no verme atado al puto tabaco. ¡Demasiao!) Sí, éramos cinco, aunque ahora no recuerdo el nombre de aquellos dos que se nos unieron al salir del bar… Esperen… Sí,  Pepe, me parece que uno de ellos se llamaba Pepe, bajito, pelo cano, con barba de varios días. Sí, sí, Pepe… Nos venía contando que su mujer era enfermera, y que esa noche tenía guardia en el hospital, lo que aprovechaba él para salir por ahí a su aire. Tenía bastante coca, y un mogollón de pasta en la cartera. ¿Que cómo lo sé? Porque preparé unas rayas en los aseos del bar, y él me entregó su cartera para que yo cogiese un billete e hiciese un canutillo para luego esnifarlas. Sólo había allí billetes de cinco y diez mil pelas. Un buen taco, bien gordo. Pagó, ahora lo recuerdo, la cuenta del bar, la de todo dios, y dijo que también pagaría él lo del puti-club. ¿Que si me suelo meter coca? No, no, qué va. Casi nunca tengo pelas, y sólo lo hago muy de vez en cuando, cuando alguien invita. Además, aquella noche, entre los tres… el Aníbal, el Antonio y yo, no debíamos tener más de tres o cuatro talegos para gastar. Ya saben, la dura vida del estudiante, del eterno estudiante. ¿Puedo?… Gracias. Ya le compraré un paquete de Winston cuando salga de aquí, que se lo estoy fumando yo todo.

Fuimos al puti-club en dos taxis. Debían ser casi las cuatro de la madrugada, o por ahí. Era la primera vez que yo entraba en aquel club, y me fijé muy bien en todo. Era un día de semana, y había más putas que clientes a esas horas de la noche. Tenían puesto en las pantallas de televisión un canal de esos musicales, y me senté en un taburete a ver un video-clip de Skunk Anansie… es un grupo inglés, con una cantante negra llamada Skin que se rapa la cabeza al cero… Ya, ya, pensé que igual les interesaría, o que quizá me preguntarían… qué sé yo.

El club no era demasiado grande, el espacio, me refiero, aunque eso ya lo sabrán ustedes. No, no, yo no estoy insinuando nada, jefe, sólo supuse que ustedes habrían tenido que actuar allí en alguna que otra ocasión, no sé, alguna redada, alguna pelea, y así me ahorraría yo las descripciones y todo ese rollo. Ya, es verdad, igual veo demasiadas películas… Perdón, lo siento… procuraré no pasarme de listo. Entendido. ¿Las putas? La mayoría eran sudamericanas, muy jovencitas, algunas se podría decir que casi niñas. La cocaína me había despejado un poco el pedo, aun así, casi no podía beber la copa de ron que amablemente me había traído Pepe. Tragos muy pequeños para luego olvidarla casi conscientemente sobre la mesa. Se nos fueron acercando algunas chicas. Al Aníbal se le veía tremendamente animado con una. Estábamos justo al lado de la entrada a las habitaciones. (Lo sé porque de aquella puerta no hacían más que salir señores acompañados de chicas.)
drinking_womenUna, llamada Andrea, supongo que sería su nombre de guerra, ¿no?, se acercó a hablar conmigo. Me dijo que era de Colombia, y cada vez se iba insinuando un poco más, pero yo no tenía ni las ganas ni el dinero suficientes como para irme con ella a la zona reservada al folleteo, aunque, como tampoco había muchos clientes, parecía estar a gusto charlando conmigo. Pepe se ma acercó y me dijo que no me preocupase, que si tenía ganas de tirarme a aquella tía él pagaría. Le respondí que no, que estaba bien allí tomándome mi copa – le di un trago para así ratificar mi respuesta -, y él se metió allá adentro con una brasileña de grandes tetas. Transcurridos diez minutos, me di cuenta de que yo era el único de los cinco que no había sucumbido a la tentación de follarme a alguna de aquellas putas. No sé, me estaba dando un poco el rollo ese de lo políticamente correcto, que si la explotación de aquellas pobres chicas y todo eso. Andrea, que se había largado unos minutos antes a hablar con uno de los camareros, regresó a mi lado y continuamos con nuestra anterior conversación. Me puse en plan periodista – pura curiosidad, no se crean -, y ella parecía contestar gustosa a todas mis preguntas. Me contó que ella no estaba allí a la fuerza, que era una forma fácil de hacer dinero, y que gracias a ella su familia en Colombia comenzaba a prosperar, a salir de la puta miseria en la que habían vivido generación tras generación. Se fue al baño un momento, y se me acercó una brasileña, sin contemplaciones, “¿quieres follar conmigo?”; “no”, le respondí yo muy seguro de mi mismo; “no serás maricón, ¿verdad?”, prosiguió ella mientras Andrea regresaba ya del servicio dirigiéndose otra vez a mi posición. No me dio tiempo a contestar a semejente insinuación, ya que la propia Andrea le envió a la brasilera una de esas miradas asesinas que son capaces de alejar a cualquiera. Eso me hizo sentirme bien. No me molaría nada tener que esperar allí yo solo a que mis cuatro colegas nocturnos acabasen cada uno de ellos con sus respectivos polvos. En ésas estaba cuando la vi. Salía del reservado con un paisano de unos cincuenta y pico años. Se me vino todo el mundo encima. Tenía que pensar algo, y rápido. No sé, acercarme a ella y decírselo directamente, para que se ocultase. Pero ella no me había visto, y ahora estaba tomando una copa invitada por el señor que acababa de salir con ella del reservado, tan tranquila. Andrea notó mi repentino nerviosismo, y yo no sabía qué decirle. Joder, ya no hubo tiempo para más, el Aníbal salió de allí con su puta y, para más inri, va y se dirige hacia la barra con ella… y se da de bruces con su madre, que se suponía estaba cuidando por las noches a una señora inválida desde hacía siete meses. Mi amigo salió disparado en dirección a la calle, su madre, Teresa, detrás de él, y yo a continuación, sin saber todavía por qué, ni para qué. Una reacción instintiva, supongo. Yo no la maté, y pondría la mano en el fuego por mi amigo Aníbal. Sí, sí, estaban discutiendo afuera, a gritos. Hacía bastante frío y ella estaba allí, en bragas y sujetador, frente a su hijo, diciéndole no sé qué sobre su hermano. Yo no sabía siquiera que el Aníbal tuviese un hermano… Ya estaba a punto de llegar a su altura, sin saber todavía qué coño hacer, en plan pacificador para tratar de evitar que aquella discusión materno-filial derivase hacia otro tipo de violencia más explícita, pero una mano me agarró fuerte de mi hombro derecho obligándome a darme la vuelta. Era uno de los matones. No me dio tiempo ni a abrir la boca, porque el tío aquel me soltó una hostia de campeonato; con esa aún fui capaz de levantarme, no así con la segunda, que me dejó ya inconsciente para un buen rato. Y ya no recuerdo nada más. Tan sólo pude hablar con el Aníbal ayer, diez minutos, aquí, en comisaría, antes que que el entrase para que lo interrogaran. Su hermano, un heroinómano que vivía en Madrid, estaba desintoxicándose en una clínica privada que costaba un huevo y la mitad del otro… Lo que yo decía, el terror de los zombis, lo del ojo de aquella chica rubia y la astilla… una puta mierda… ¿Creen que podré estar fuera para las ocho y media? Es que hoy es el partido de vuelta de la UEFA. Ya, ya sé que es casi imposible que pasemos, a pesar del uno a cero, pero siempre queda la posibilidad del milagro, aunque en Italia, ya se sabe, los árbitros que se acojonan y barren para casa, además de esa puta suerte que tienen siempre pegada a su puñetero culo. ¿Le importa que le coja otro cigarrillo?