PERO AQUÍ, ¿QUIÉN BOSTEZA?

  • ¿Y ahora, qué hacemos?

  • Ni puta idea, tío… No sé, para un taxi si ves alguno, que no nos queda pasta… También podemos echar a caminar y hacer dedo de paso, a ver si alguien nos coge.

  • Joder… Pues vale. Me hago el peta que nos queda y vamos tirando.

No, no, no. No me gusta un pijo cómo está quedando, y el otro anormal va y le dice al editor que ya lo tiene casi todo listo. No se me ocurre otra, que bastante tengo con lo mío como para andar cubriendo la mierda de los demás. Si ya me decía Andrés que no se me ocurriera meterme en estos fregaos, que las colaboraciones cuando esté todo bien organizado y detallado.

  • Hostia puta, tío, que son casi trece kilómetros, y yo estoy frallao.

  • No te jode, ¡y yo! Pero tenemos que estar allí a las ocho en punto, que ya sabes que este domingo va a ser el de más jaleo… y encima hace bueno, va a ir todo dios a vendimiar. No quiero ni imaginar la cola de tractores que va a haber todo el puto día. No vamos a salir de allí hasta las doce de la noche, ya verás.

  • Eres un cabronazo, joder… dando ánimos no tienes precio, cagondiós.

Venga, hijo de puta, coge el teléfono, mamón… piiiiiiiip…. Piiiiiiip… Que sé que estás en casa, que veo tu puerta desde la ventana y no te vi salir. Piiiip… piiiiip… ¡CLACK! ¡a tomar por culo, hostia! Ya lo acabo yo.

  • Yo ya paso de sacar el pulgar, tío, total, de Camponaraya a la cooperativa ya no queda nada.

  • Pues yo sigo, joder, que si no no nos da tiempo a llegar a casa y coger el mono para ir a currar.

  • Si apuras el paso y me sigues, joder, llegamos de sobra. Déjate ya de hostias y acelera, cabrón.

Pues ya está. Ni lo reviso, que creo que ha quedado la hostia de bien. Voy a abrir el correo y se lo mando ya directamente… A ver, quito el nombre de Jaime, dejo sólo el mío y pista que va el artista. Enviar. Ya… Listo. Ahora salgo a tomar un café con un sol y sombra, que me lo tengo más que merecido.

  • ¿Ves como daba tiempo de sobra, gilipollas? Anda, ya nos vemos allí en veinte minutos.

  • Vale.

  • Cambiate y tira p’allá, no te vayas a tumbar que te duermes fijo… ¿me oyes? ¡EH?

  • Sí, sí, te oigo, joder, que ya nos vemos luego, tira pa casa…

  • Venga, colega… Estuvo bien, ¿no?

  • Joder, de puta madre. Glorioso.

Spam, spam, puto spam de los putos cojones. Seguro que les llegó como spam, hostias. Voy a llamarlos a ver qué mierdas pasa… “El número marcado no existe… il nímiri mirquidi ni ixisti…” Putos cabrones hijos de su putísima madre que los parió ayer. Me cago hasta en el santísimo dios y su putísima madre… P-p-p-pero… ¿Quiénes hostias sois? Fuera, fuera de mi casa

  • ¡Qué pasa, Albino, cómo va todo?

  • Joder, Pol, vaya careto que llevamos esta mañana. La noche debió ser larga.

  • Jajajaja, más de lo aconsejable, no lo voy a negar, pero ya sabes que aquí, a bloque, sin problema, a aguantar como un puto campeón.

  • Ay, bendita juventud, rediós.

  • Oye, Albino, ¿no viste al Ciri? Igual se durmió el muy cabronazo y hay que llamarlo a casa.

  • No, no, aún no ha llegado, que acabo de venir yo del sinfín de alante y allí sólo estaba Gonzalo.

  • Jodeeeer… Voy hasta la báscula en un segundo y ya lo llamo yo.

Y siempre me hacen tragarme esa mierda; y me siento impotente total, sin poder mover ni un músculo, sin hablar nada más que conmigo mismo y nadar perdido entre mis paranoias. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Por qué nunca me dicen nada?

  • ¡POL, POOOOOOOL!

  • ¡QUÉ PASA?

  • ¡DEJA EL FURCÓN AHÍ Y VEN HASTA AQUÍ, QUE TE BUSCAN!

Todavía siguen con ese rollo de hacerme creer que yo me cargué al Ciri, y yo no soy gilipollas, que lo dejé en la puerta de casa a las ocho menos veinte…

No son los antipsicóticos que me había recetado Don Venancio, no, que yo sé muy bien que no tuve nada que ver, y si lo atropellaron sería porque por su cuenta y riesgo decidió dar la vuelta desde la puerta de su casa, donde yo lo dejé a las ocho menos veinte, y desandar todo lo andado un par de horas antes. Y van y se inventan ese rollo macabeo de que el Ciri fue quien lo escribió todo y que yo lo maté para quedarme con todo el mérito… ¡Si a mí tres cojones me importa que vayan por la sexta edición, que yo paso, joder! Además, seguro que está vendiendo la de dios por todo el morbo que la situación está provocando….

Pol recordó aquella helada de aquel invierno de 1996. Su padre se había ido a trabajar a la fábrica de cemento bien temprano y él, como hacía siempre, iba resbalando contento sobre los charcos congelados hasta la casa de su amigo Ciri para luego tirar juntos para el colegio. Quedaban unos diez minutos para el ansiado recreo. Llaman a la puerta de 5º B. El conserje, Baldomero. “Buenos días, doña Tina, ¿pueden salir un momento Ciri y Pol?” Y en el despacho de la directora, Doña Nati, recibieron la noticia, mejor dicho, las noticias, porque si para Pol era de muerte, de cambio, de vida nueva con muchas menos sonrisas que antes, para Ciri era de un cierto alivio. Un accidente mortal. La carretera con demasiado hielo y muy poca, casi ninguna sal para mitigar su efecto devastador. Benigno, el padre de Ciri, conducía; él se había roto el esternón pero estaba fuera de peligro; José, el padre de Pol, había fallecido al instante debido a un traumatismo cráneo encefálico. A tomar por culo las tardes de los sábados viendo juntos una película de indios y vaqueros, los viajes en los veranos de domingo a la playa de Miño, las risas compartidas y las divertidas patadas a aquel balón de reglamento, el del Mundial de Alemania ‘96. Aunque el sentimiento de dolor por parte de su amigo era totalmente real y sincero, Pol nunca pudo soportar la obligada suerte de su amigo, esos momentos recurrentes en los que piensa “¡no es justo, mi padre no era quien conducía, a él no se le fue el coche, joder!”, y no podía evitar esas señales contradictorias que viajaban por toboganes interiores de neurona a neurona, de la vida a la muerte, la de Ciri, su amigo. Pero él sí sabe de sobra que no fue él quien lo empujó hacia la carretera, hacia la antigua Nacional VI, cuando un Megane gris venía a mucha más velocidad de la permitida. Otra muerte en el acto que, parece ser, a Pol se le olvidó al instante ya que siguió caminando en dirección a su casa mientras tarareaba una de las canciones favoritas de su padre, Españolito, la de Serrat, ésa del disco homenaje a Antonio Machado. “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón…”

  • ¿José Pol Sernández?

  • Sí, soy yo… ¿Pasa algo, agente?

  • Acompáñenos, por favor, tenemos que hacerle unas preguntas.

¿PARA QUÉ LLAMAR POR TELÉFONO HABIENDO BICICLETAS?

Es así de sencillo:

suena el teléfono

a las 7.17 de la mañana

de un 9 de julio

del año 2016.

– Sí, soy yo.

– Vale, ¿lo sabe ya mi madre?

De acuerdo, no era el peor de los hombres, ni siquiera el mejor de los padres, tan sólo era el pequeño de cinco hermanos que se quedaron huérfanos de padre demasiado pronto, mucho más pronto que yo, por supuesto.

Hoy, como es costumbre cada julio, nos fuimos Nuria y yo a tomar un café al Siglo XIX tras haber dejado a los niños en casa de mi madre, y de fondo, en la televisión, estaban retransmitiendo la correspondiente etapa del Tour de Francia, y en éstas que veo a Froome sin bicicleta corriendo cuesta arriba como un poseso. ¡La hostia! ¿Qué acaba de suceder? El caso es que, de vuelta a casa de mi madre (antes conocida como “de mis padres”) iba pensando en contarle a mi padre ese hecho curioso que acababa de ver en “La Grande Bouclé”, que él siempre tenía por costumbre estos últimos años preguntarme por el resultado de la etapa del día… hasta que me di cuenta de que ya no iba a ser así, que mi padre ya no me iba a preguntar nunca más por el resultado de la etapa del Tour, y no pude evitar sentir un escalofrío de ésos que provocan las ausencias que son ya para los restos.

La misma serenidad,

la misma sangre fría

que en mayo de 1983

cuando murió mi abuela.

A ella la quería más,

no tengo la menor de las dudas.

Aunque ya no hablamos de amor

ni de cariño:

es ese enlace genético

ese pegamento

que da gracias

por haber llegado aquí

y haber respirado

con los pies imantados

a la puta Tierra.

img016Reconozco que no éramos grandes amigos, que no coordinábamos ni empatizábamos nada bien, pero debe haber algo en la sangre que te envía una señal de vez en cuando con la única y simple intención de avisarte y recordarte de donde vienes.

Él, que en un intervalo de tres meses me explicó que el niño cocodrilo aquel que habían traído en un circo friki no era de verdad (era el gran atractivo de un circo que siempre venía a Ponferrada a las fiestas de la Encina a primeros de septiembre), y que los Reyes Magos no eran tales, que los padres se encargaban de todo. Tenía yo siete años. Yo fui transmisor de “malas noticias” al resto de mis amigos…

¿Y ahora, qué?

Rezos, misas, cristos y lloros.

No, por mi parte no.

Pocos fueron los momentos buenos,

de risas y complicidad:

densidades muy dispares,

poca comprensión,

mutua,

que yo no rehuyo mi parte

y sería muy hipócrita proclamar

ahora

desde el umbral de lo fácil

que era un gran hombre,

que lo quería a dolor

y que lo echaré un montón de menos.

“¿Para qué llamar por teléfono habiendo bicicletas? No paga la pena”, es una máxima literal que resume a la perfección la filosofía vital de mi padre; mitad graciosa, sí, y mitad bronca sutil por, según él, gastar a lo tonto, sin pensar.

En un cajón de su armario “yacían” dos cinturones de piel, de los buenos, que era “más cómodo atarse una cuerda” para evitar las constantes bajadas de pantalones.

Echaré de menos, sí

su ironía y su sarcasmo:

el ingenio tan veloz siempre

para definir situaciones

y personas.

Me hacía reír,

reír con ganas.

Gran contador de historias a la par que gracioso, es mi labor ahora mismo recuperar alguna de sus aventuras:

  • Recién cumplidos los seis años, comenzó a trabajar como pastor de ovejas, que el hambre proveniente de la guerra ya azuzaba, y una madrugada, mientras llevaba el rebaño desde Pieros, su pueblo, hasta Valtuille de Arriba, con luna llena, tuvo que esconderse de una manada de lobos que acabó desayunándose un par de ovejas. Para él, eso era el miedo y su misma metáfora.

No echaré de menos

su avaricia,

su no saber vivir,

sus nulas muestras de cariño,

sus exigencias exageradas,

carentes de un mínimo de apego

y comprensión

hacia un niño

que sólo quería agradar

y ser feliz.

  • En su casa, cuatro hermanos y una hermana más la madre, Amparo, viuda y huérfanos, no había vajilla alguna; se cocinaba en una perola al fuego de leña en medio del patio y luego ya comían todos juntos alrededor de la pota todavía humeante. Mi padre aún conservaba a sus 83 años una marca en su mano derecha que provenía del tenedor de su hermano Amador: “¡Come de tu lao, cagondiós!”, por atreverse a ir a buscar algo de chicho en zonas ajenas a las que correspondían a su lado de la olla.

  • Pasó hambre, mucha, pero eso, decía él, era puro alimento para el ingenio, que solía ir hasta la casa de la tía Rafaela que, no sólo le regalaba media hogaza de pan, sino que se aprovechaba de la visita de cualquiera de sus sobrinos para que los mismos le acercasen calderos de agua caliente hasta el barreño en el que se iba a dar su baño semanal y, de paso, cada uno de ellos alegraba su vista y grababa recuerdos para deseos venideros plenos de fantasía onanista.

¡Y lo era!

¡Lo es!

Quizá por haber sabido

huir a tiempo

de ese narcisismo

tan nocivo

como mal entendido

en el que viví

mis primeros años.

  • En el colegio le iba muy, muy bien, casi el número uno en la clase de Don Venancio y, aún así, no pudo irse a estudiar con los frailes cuando estos mismos lo seleccionaron porque en su casa no había dinero para una muda nueva, algo que siempre lamentó desde su siempre insistente anticlericalismo, ya que consideraba que una educación a un nivel superior podría haberle sido la mar de útil para saber más, para aprender más, para haber adquirido una cultura que, ahora que lo pienso, tampoco tuvo nunca demasiado interés en adquirir.

El terror contenido

de una mala nota

en el colegio,

de un mal paso,

de un tropezón inoportuno…

o de un vaso de Duralex

que resbala de tus manos

y estalla escandaloso

contra una baldosa del suelo.

  • Pero tuvo que emigrar a Francia, a Estrasburgo, a trabajar catorce o dieciséis horas y dormir en barracones con otros amigos del pueblo, Pieros. Un puesto en la Suchard, varios años que no sirvieron ni para aprender un mínimo indispensable de francés; una novia canadiense que duró poco y un regreso a casa sin pena ni gloria, eso sí, con un odio eterno al chocolate Suchard (“En estas Navidades, turrón de chocolate… ¡Y una puta mierda p’al turrón, p’al chocolate y pa Suchard!”).

  • Siempre contaba muy orgulloso que le había ganado dos juicios a Franco, juicios laborales por despidos improcedentes. Ahí empezó su etapa sindicalista y luchadora. Recuerdo huelgas indefinidas, manifestaciones, noches y más noches de encierros, alegrías y decepciones, suspensión de pagos en Talleres Canal, S. A., donde trabajaba como soldador, y los obreros a tomar viento fresco. Una pelea larga y sin cuartel, muy dura. Indemnización y, al final, prejubilación. Orgullo obrero y de clase hasta el final.

Y todo ello siempre desde el más puro y duro pragmatismo activo; el cariño ausente y la austeridad suma como patria y bandera. Por eso era mucho mejor y más sano ir a dar un recado en bicicleta que descolgar el teléfono y marcar el número correspondiente para darlo, porque eso luego lo cobraba Telefónica.

Ahora, adiós,

y si existe otro lugar,

otra dimensión,

que sea ésta ajena

a ese mundo

tan estoicamente

materialista

en el que te gustaba

vivir.

En verano, con la amanecida, solíamos ir juntos a sulfatar la viña, yo como aguador y, en ocasiones ya siendo yo un fornido adolescente, como sustituto sulfatador máquina a la espalda para dejar las hojas de vid teñidas de un azul demasiado exagerado, sin mascarillas ni hostias, con ese olor ya impregnado en el fondo de los pulmones durante dos o más días.

img014

Ahí está su bastón, ya olvidado, descansando. Puede que no fuese un gran hombre, lo sé, y que el amor para él fuera tan sólo un sencillo “que no te falte de nada”, puede que suficiente o puede que demasiado escaso. Yo no lo sé, la verdad. Quizá el amor está sobrevalorado…

Hijo de la Guerra Civil, de la posguerra, del hambre, del odio, sin miedo a nada ni a nadie, austero hasta la extrema extenuación mental, el humor negro, negrísimo como bastión de su sorna y su deje gracioso…

y mi padre.

POST DATA

Dos momentos de aquellos buenos de verdad que recordaré mientras respire:

El primero, tendría yo unos cinco años, en el antiguo campo municipal de la Unión Deportiva Cacabelense, donde hoy se ubica el colegio público. La Unión ganaba 4 a 0 al Guardo, un baño descomunal de actitud y de juego, y en éstas que le llega el balón en un clarísimo fuera de juego a Ricardo el Relojero, uno de los jugadores con más clase de los que yo haya disfrutado jamás, que marca de tiro ajustado al palo derecho. “Fuera de juego por mucho”, me dice mi padre al mismo tiempo que comienza a explicarme qué era aquello del orsay. “¡Qué más da, que se jodan, haber estao atentos, joder!”, le responde un paisano que aún celebraba alborozado el quinto gol. “No, no da igual, es fuera de juego y ya está”, fue la seria contestación de mi padre.

El segundo sucedió como un mes y medio antes de que yo cumpliese los diecisiete años. Regreso casi de madrugada de un concierto en Ponferrada, son las fiestas de la Encina. El Castillo de los Templarios era un lugar cojonudo para albergar todo tipo de conciertos; aquél era de Gwendal, si no recuerdo mal. Mi madre, que encuentra algo en img010el bolsillo de mis vaqueros justo antes de meterlos en la lavadora al día siguiente. “Ay, que igual es droga”, sospecha. “Pepe, vete con esto y pregúntale al niño”. “¿Qué es esto que encontró tu madre en tus pantalones?”, “a veeeeer… Ah, no, nada, nada, sólo un poco de pólvora prensada para los petardos que tiramos ayer en las fiestas de la Encina… que sobró un poco y tal…”. “Vale, toma”, y me devuelve un buen trozo de mejor costo con cara de no haberse creído una mierda de lo que yo le acababa de contar a la vez que me indica con un gesto de su cara “cuidado, cuidado, hasta ahí y nada más” (la psicosis aquella de los años 80 con la droga, la de la gente desinformada y todo aquel fandango que sobre todo benefició a quienes traficaban). Asiento con cierto deje de chulería adolescente, se va y escucho acto seguido, “nada, que es pólvora para hacer petardos en las fiestas de la Encina”, lo cual no era del todo mentira, semánticamente hablando.

Sé que desde esa silla vacía

de la galería

sigues mirando la gente

que va

y que viene

porque tú no creías

en cielos

ni en infiernos

ni en nada que no pudieras

ver o tocar.

Sé que puedo ser injusto

o incluso quedarme corto,

que nadie es capaz de dar

aquello no tiene,

no sabe

o no comprende

cómo dar.

¡Buen viaje!

Nos veremos

sin dios mediante

en eso que aquí

conocen como

tresmundu.

img015(Un día cualquiera de febrero de 1975. Mi primo me regala un mes antes una radiocasete grabadora que ya no utiliza. Llego del colegio, la puerta de casa está abierta, que mi madre trabaja en la peluquería con la ayuda de mi abuela; entro y dejo la cartera en mi habitación, me dirijo a la cocina, que tengo hambre y huele la hostia da bien, a cabrito al horno, una de las especialidades de mi abuela Luisa, me paro en la puerta porque escucho como mi padre canta: “mañana por la mañana te espero Juana junto al café, que tengo ganas, querida Juana, de verte la punta’l pie, la punta’l pie, la pantorrilla y el peroné, te digo Juana que tengo ganas de verte la punta’l pie…”. Stop, play y a escuchar. “¿Qué haces, papá?” “Eeeeh, no, nada, nada, probando esto que te dejó tu primo…” En aquella cinta Tudor de 60 minutos le grabé yo posteriormente canciones de las Grecas que ponían siempre en la radio, que le gustaban un montón, lo más cerca que mi padre estuvo jamás de la modernidad entendida como tal. Nunca jamás volví yo a escuchar esa canción que hablaba de Juana y su peroné.)

¿Pero dónde vas tú con esa pinta de jipi? Nunca me gustaron los jipis y tengo uno en casa.” – El aspecto, antes de irme a clase: botas militares, pantalones negros rotos, camiseta de Bauhaus y abrigo negro largo – que había sido suyo -, pelo de punta… Daba igual, todos éramos jipis para él.

TAPA DE CACHUCHA VS. CHELSEA GIRL

A Julián le brillaban los ojos, pero no por el motivo habitual de un fin de semana al uso, sino porque todavía no era capaz de dar crédito a la realidad que llevaba viviendo en primera persona esos últimos diez días. “Joder, si me viesen ahora los del pueblo”, pensaba cada poco como acto de mero pellizco para ir creyéndose que aquella chica tan guapa y carismática estaba por y con él. Imposible imaginarlo hace no demasiado tiempo, al hijo de Julián, el de la Regoxa, el rey de los bares más tristes del pueblo, paseando por el Soho londinense de la mano de Sharon, tan plena de cabellos rubios como de dientes de esos que iluminan las calles oscuras como si de luciérnagas se tratasen.

Cada día se miraba incrédulo al espejo de ese armario SILVERÅN que había comprado en el Ikea de Croydon por un precio muy razonable mientras Sharon se iba preparando para otro día de trabajo, otro día en ese papel de modelo que quiere triunfar a costa de todo lo que se pueda interponer en su camino, incluida, por descontado, la comida en cualquiera de sus apetitosas formas.

Julián sabía que el viaje al pueblo era la prueba de fuego, ese paso del umbral para una relación que podía avanzar hacia una normalidad que se presuponía era pretendida por ambos. Pero el pueblo era mucho pueblo, y los bares demasiado tristes y lúgubres para las retinas de la pobre Sharon, que huyó espantada al baño ante la primera tapa de oreja de cerdo, conocida coloquialmente en el pueblo como cachucha, con aceite de oliva y pimentón dulce que les pusieron en el Mesón del Rediós como acompañamiento a los dos cosecheros de mencía que habían pedido. Ni siquiera su familia pudo pasar el corte: demasiado ruidosos, demasiado olor a ajo, demasiados chorizos, botillos y lacones presidiendo cuadras ya vacías de animales y tan sombrías como el invierno más septentrional.

El regreso a Londres fue un canto reverencial a los sonidos del silencio. Dos semanas más tarde, Sharon se había mudado con una compañera de agencia a un piso de Chelsea, su barrio de toda la vida, menos bohemio que Crystal Palace, pero más cómodo para ella a nivel de credo, raza o religión, puede que hasta a nivel aromático, si la apuran. En menos de un año ya había conseguido dos portadas y había dejado de contestar los mensajes de whatsapp de Julián, al que, esbozando una mueca de asco con la cachucha en el recuerdo, bloqueó irremisiblemente tras haber follado aquella mañana de julio con Andy Giuliani, el fotógrafo más pijo, pendenciero y heterosexual de todo el Londres guay.

Julián sigue trabajando como profesor de español y francés. Se le da bien, le gusta y lo disfruta de un modo más que vocacional. Muchas tardes, al llegar a casa, saca de un cajón del armario del salón todos los recortes que va guardando de los reportajes y anuncios de Sharon, los extiende con un cuidado más que reverencial sobre la moqueta beige, y se masturba con fiereza sin apartar su vista de todas aquellas Sharons que lo miran enamoradas, con un deseo que él imagina infinito. Cuando la última gota asoma, va al baño, se lava y regresa al salón a hacerse un buen porro de maría, el cual fuma vehementemente con los ojos cerrados mientras escucha a todo volumen “Chelsea Girl”, de los Simple Minds, que no es que le gusten especialmente, todo lo contrario, que Jim Kerr siempre le pareció un gilipollas, pero esa es la única canción de ellos que le mola, porque era LA canción, SU canción, la de él y Sharon. Y jamás, así broten mil pandemias, jamás renunciará al sabor, a la textura gelatinosa de una buena tapa de cachucha. Acaba la canción, muere el canuto: la boca agua…

CAMPAMENTO LAXE – JULIO DE 1979

Y en éstas que va mi primo Pablo, y se olvida una cinta de cassette antes de regresar a Vigo para embarcar rumbo a mares muy desconocidos, al menos así lo eran para mí por aquel entonces; se trataba del Platinum de Mike Oldfield, y yo, harto de tanto Manolo Escobar a la hora del almuerzo, voy y lo pongo en aquel reproductor que teníamos encima de la nevera, un Sanyo de color negro, que lleno era de grasa. Suena no más de dos minutos la parte 1, el Airborne, porque mi padre insiste en que no se escucha música yeyé mientras se come, “¡cojones de Dios!”, recalca con un leve atisbo de inocente vehemencia. No pasa nada, lo escuché luego con detenimiento en mi habitación, una, dos, mil veces, tantas que, sin aún saber inglés por aquel entonces, finales de junio de 1979, era capaz de cantar de principio a fin “I got Rhythm”, como épico final al álbum, ignorando aún que no era más que una buena versión de la original que canta Gene Kelly en “Cantando bajo la Lluvia”,

I got sunshine

I got blue sky

I got my guy

Who could ask for anything more…?

¿Y qué significa para mí Platinum? Cada vez que hago un recorrido por mi colección de discos (lo acabé pidiendo al Discoplay, claro) y lo veo 20150927_173343ahí, tan gastado ya, esa portada con el color perdido, me acuerdo de aquel campamento de verano en Laxe, A Coruña, 21 días de julio de 1979, una odisea individual, grupal, un despertar casi total a mundos que permanecían agazapados, latentes dentro de mi todavía (poco le quedaba ya) infantil inocencia. ¿Qué significa ahora? No sé, creo que me hace ser consciente de que envejezco, de que aquel niño rechoncho, tímido y con tantas ganas de saber, de conocer ya no existe. Pero, ¡Qué hostias está pasando aquí? Fuck nostalgia, joder!! Ahora lo que en realidad  me apetece hacer es contar la historia de aquel campamento de verano, digno heredero de aquellos franquistas de la OJE, de los flechas que meaban sin remisión las colchonetas casi cada noche de verano.

A finales de mayo de 1979 varios niños de 6º de EGB (nosotros estábamos finalizando 5º) nos animaron a unos amigos y a mí a ir al campamento que desde el colegio público de mi pueblo, Cacabelos, el Virgen de las Angustias, promovían para las tres semanas finales del mes de julio próximo. Ellos ya habían estado el año anterior en el campamento que había tenido lugar en Burela, Lugo, y, al parecer, se lo habían pasado genial. Cinco miembros de nuestra numerosa pandilla nos apuntamos muy felices. A nuestras familias les parecía más que bien, ya que eso de perdernos tres semanas de vista les debía parecer algo así como un sinónimo de paraíso o algo similar.

Y allí que nos plantamos todos los de Cacabelos, un autocar de los de 54 plazas casi lleno, con niños (era sólo masculino, faltaría más) cuyas edades oscilaban entre los 9 y los 16 años. Viaje lleno de curvas, varias vomitonas y muchas canciones de la época, Carrascal, Un Flecha en un Campamento, la de los elefantes y la tela de araña… Aparte del conductor, nos acompañaba Eladio, un señor del pueblo, pero sólo con la misión de dejarnos allí y volverse ipso facto con el autocar. No teníamos muy claras las normas, tan sólo que teníamos que llevar cuatro camisetas blancas de rayas negras o azul marino, dos pares de pantalones cortos azules, o en su defecto vaqueros, dos pares de playeros (los Converse patrios de la época, marcas Tejuca o La Pérgola), una gorra y ropa interior. Ah, y un chubasquero por si llovía, que estábamos en Galicia, y otra chaqueta para el fresco de la noche o de la mañana; neceser completo y poco más. Nos reunieron a todos en el patio de lo que parecía un colegio como el nuestro. Yo calculo que seríamos más de cuatrocientos. Allí comenzó a hablar un señor de bigote en un acento Campamento 2gallego muy cerrado, mucho más que el nuestro, que era gallego-berciano. Nos daba la risa floja. Explicó que íbamos a dormir en grupos de 16, que había 8 literas en cada habitación y que cada una de las mismas tenía asignado un nombre de flor. Me tocó ir con Los Gladiolos, con otros 10 de mi pueblo (entre los que se encontraban dos de mis amigos de clase, Jose y Miguel), y cinco chavales desconocidos hasta el momento. Una monitora, la nuestra, Estrella se llamaba, nos acompañó a “nuestros aposentos”. Jose y yo caminábamos mientras analizábamos las caras y los gestos de los demás. Quizá había demasiados niños de los mayores, y eso acojonaba un poco. Menos mal que en el autocar ya habíamos hecho un frente común cacabelense, todos a una y, ante cualquier percance que pudiese tener uno de nosotros, allí estarían todos los demás al quite. Esa sensación de pertenencia que resulta tan gratificante, que luego uno es capaz de entender cuando ve cualquier película sobre la Mafia, éramos una familia, unos cincuenta Corleone de la villa del Cúa. Pocas explicaciones nos dieron. Recuerdo la primera, que consistía en proteger la servilleta de tela, una muy fea de cuadros azules y rojos, que nos habían entregado nada más terminar las arengas, con una condición indispensable para evitar cualquier posible castigo: no perderla en los ¡21 días! Que duraba la estancia, bajo amenaza de castigo implacable. Yo imité a los veteranos de mi pueblo, y me la até al cuello como ellos. La gama de olores que llegó a adquirir aquel trozo de tela es indescriptible, a pesar del recuerdo, que me dice “déjate de gilipolleces, que al cuarto día ya te habías acostumbrado a dormir con ese olor insoportable emanando de tu cuello” Mas de uno la perdió o se la robaron, y tuvo que pagar por ello con limpiezas de baños, pelado de patatas, series de veinte flexiones, etc. A mí, de hecho, me la robaron los Dalton, pero no duró en su poder más de cinco minutos, que raudos llegaron Omar, Roberto, Fran y Miguelón para recuperar mi servilleta de las manos de aquellos hijos de puta abusones. ¿Y quiénes eran los Dalton? Un grupo de ocho chicos entre 14 y 16 años, todos de Coruña capital, muy chulitos, hasta rubitos y con cara de lo que pocos años más tarde serían los Javis de Verano Azul. Se dedicaban a hacer la vida imposible a todo aquel niño que se interpusiese en su camino, eso sí, como buenos cobardes que eran, eso sólo lo hacían con los niños menores de diez años, que se encontraban solos, sin protección alguna por parte de chicos más grandes, de los de pelo púbico y vozarrón de paisano.

Un día normal consistía en lo siguiente: levantarse a las 8 en punto de la mañana bajo el sonido atronador de marchas militares que nos atacaban desde un número considerable de altavoces; ir corriendo al baño, mear, lavarse a toda leche, comprobar que la servilleta seguía anudada a tu cuello, vestirse, hacer las camas, recoger la habitación, fregar el suelo de la misma y situarse en fila al lado cada uno de su litera correspondiente esperando la inspección mañanera (por cierto, cada mañana el equipo de monitores y monitoras elegía un equipo ganador, el que fregaba más limpio. Nosotros éramos un desastre, sólo vencimos una vez, pero lo celebramos como si fuese el mejor triunfo deportivo de nuestras vidas. Siempre ganaban los capullos de Los Nardos, unos pelotas asquerosos presididos por dos de los Dalton, Quique “el Facha” y Josemari, al que llamábamos Jaimito por su gran parecido con el actor Álvaro Vitali, aquél de las películas italianas de Jaimito que tanta gracia nos hacían… no me Laxeexplico por qué, la verdad.) Luego dábamos un paseo por el pueblo, o hacíamos alguna ruta, hasta la hora de comer. Almuerzo, muy malo, descanso y tarde de playa o de ejercicios gimnásticos todos a una, uno, dos, uno, dos. Juego libre más tarde, y, para rematar el día, cena y algo de lectura o televisión en una sala-biblioteca reducida a su expresión más mínima en días grises de lluvia persistente. Bastante aburrido todo. Pero, ay, llegaban las noches, y empezaba el cachondeo sumo: concursos de pedos, de eructos, historias de miedo y de muerte, de cementerios, de ovnis, concursos de pajas que los mayores llevaban al más absoluto paroxismo competitivo. Yo no sabía aún de qué iba aquello, ya que los pequeños nos encontrábamos ubicados en las literas más cercanas a la puerta de entrada y así nos costaba ir aprendiendo, imagino que por si las moscas nocturnas vigilantes asomaban sus alas sin previo aviso, y lo hacían bastante a menudo. “¡Ya llevo cuatro!” “A ver, a ver… ¡De eso nada, monada, ahí no hay corrida, no se ve la leche, no cuenta, no vale!” Y así pasaban las noches, poco sueño, mucha diversión, y yo sin dejar de preguntarme de dónde narices sacarían aquellos chavales tanta leche… bueno, sólo la primera semana, que en la segunda ya nos lo habían explicado bien los veteranos.

Y esos recuerdos, selectivos a más no poder, van evolucionando en mi mente, claro. Me voy a quedar con varios momentos que, por la razón que sea, se han grabado ahí como platino líquido y viajarán conmigo hasta la eternidad de mi finita existencia.

El primero de ellos ya lo mencioné en otra historia, quizá el más determinante de todos, ya que, si me llego a ahogar, todo se habría acabado para mí. O quizá me ahogué y esté ahora “viviendo” en una dimensión diferente… El caso es que nos dejaban solos, sin vigilancia alguna, en muchos momentos a lo largo del día, y había una playa muy cercana, y nadie quería ir a darse un baño, que estaba fresco y la mar tenía muy mala pinta, y pasó esto: As If From a Distance

El segundo sirve como homenaje al mejor amigo que hice aquellos días (los demás, ya los llevaba “puestos” del pueblo), Andrés, al que llamábamos Regata porque cada vez que iba a mear decía a voces “¡vou meixar a regata do Miño!” Un chaval muy divertido, muy noble, de Mondoñedo, con el que me reí, nos reímos todo lo que quisimos y aún más, y al que nunca jamás volví a ver. Recuerdo una tarde que nos llevaron a todos a coger mejillones, y el Regata y yo casi nos caemos al agua porque allí se resbalaba mucho, y no llevábamos calzado adecuado para tal menester. El Regata me agarró por el brazo justo antes de que me escurriese en dirección al agua. Al menos aquella noche cenamos bien, a base de mejillones, claro.

El peor recuerdo está, ¡cómo no!, relacionado con aquella pandilla de cabrones maltratadores, abusones, cerdos hijos de la gran puta. Había un niño con un aspecto muy angelical que siempre andaba por ahí solo, se llamaba Ricardo, si no recuerdo mal. Un día de mucho sol, mucho bochorno, mientras los demás descansaban o dormían la siesta, yo salí un rato al patio, a jugar solo con unos bates de béisbol y unas pelotas que guardaban en un trastero adyacente al patio, y allí vi al niño aquel, en su mundo, sentado a la sombra con la espalda apoyada en la pared. Me acerqué y le pregunté si le apetecía jugar. “No”, fue su escueta respuesta sin tan siquiera mirarme a la cara. Más que triste, se le veía absorto, perdido en cavernas interiores a las que solamente él podía acercarse. Cuando regresé a nuestra habitación, comenté el hecho con mis amigos, hasta que Fran, uno de los mayores de mi pueblo me contó lo que los mierdas de Los Dalton le habían hecho. Según su versión, lo habían jodido con montones de perrerías, vejaciones, humillaciones, abusos. Mebullying bat quedó grabado aquello de introducirle “la pilila en la boca y luego mear…” “No te preocupes, Yebra, ya no lo van a molestar más, ya nos hemos encargado de eso.”, me dijo con el afán de tranquilizarme, sin conseguirlo. Por las noches, antes de quedarme dormido, me imaginaba a mí mismo asesinando de miles de maneras a aquellos seres deleznables, que seguro que más tarde llegarían a “algo en la vida”, porque eran de familias pijas, familias bien, de ésas en las que los trapos sucios ni se lavan siquiera porque para ellas no parecen existir actuaciones ajenas al orden que ellos llevan manteniendo tantos y tantos años. Puta escoria. Cuando en el jukebox del bar al que íbamos cada tarde alguien ponía “Psycho Killer” de Talking Heads, casi sin darme ni cuenta mi mirada se dirigía al rincón en el que se sentaba aquel niño, y sin aún saber inglés parecía cantarle telepáticamente eso de “run… run… run… run… run… run… run… awaaaaaaaaaaay”

Hablando de ese bar de pescadores de Laxe en el que nuestras horas muertas cobraban algo de sentido, allí gastábamos nuestros duros en canciones que nos ofrecía aquel glorioso jukebox. Había de todo, Umberto Tozzi y su inefable Te Amo, varias de Rafaella Carrá, Las Grecas, que nos amaban locamenti, y una que pedía siempre Omar, el de mi pueblo, un chaval grande y voceras que siempre ponía la misma canción, y si no le quedaba dinero, te pedía un duro, o te decía a gritos, “¡Yebra, ponme la de Apipapú!”, y yo se la ponía, y él se volvía medio loco y comenzaba a cantar aquel pegadizo “Apipapú”. A ver quién se atrevía a decirle que allí no decía nada de Apipapú, sino The Big Bamboo, pero él era de aquellas promociones que estudiaban francés como primera lengua extranjera, mientras yo, que ya iba a empezar sexto de EGB, ya estaba a punto de estudiar inglés, que la pérfida Albión parecía irse “with fresh wind” al mismo limbo irlandés que aquella Armada Invencible con la que tanto nos daban la vara en clase.

Y queda para el casi final la pequeña cooperativa que montamos espontáneamente unos cuantos de mi pueblo, con todo el ánimo de lucro que a esas edades se puede llegar a tener. El segundo domingo de nuestra estancia en aquel campamento cutre lux, vinieron casi todos nuestros padres, madres, alguna abuela, algunos tíos y algunas tías (dos autocares que contrataron entre todos, tremendo) a visitarnos, a comernos a besos y a asustarse al ver lo sucios que estábamos, a querer a toda costa nuestras madres arrancarnos aquellas servilletas de nuestros cuellos… En definitiva, que nos echaban de menos y todo. No sólo aparecieron con un cargamento enorme de comida para pasar aquel domingo hincando el diente sin pausa debido al hambre que llevábamos atrasada, sino que casi todos los niños recibimos como regalo para nuestros últimos nueve días de campamento unas gigantescas cajas de galletas y de pastas caseras. Casi no nos cabían en nuestros armarios de Laxe 1979 - los de Cacabelostanto que abultaban. Los niños ajenos a Cacabelos, con caras famélico-golosas de pura envidia empezaron a pedirnos galletas a todas horas, hasta que Roberto, un incipiente emprendedor, que se llamaría hoy en día en una programación LOMCE al uso, nos reunió a unos cuantos y dijo: “a ver, que parecemos gilipollas, joder. Estamos regalando galletas a todos estos fatos sin ton ni son. A partir de ahora, cada galleta a duro, que estos pijos tienen dinero de sobra. En esta caja vamos juntando todo y al final repartimos entre todos los que tenemos galletas y pastas. ¿De acuerdo?” “¡SÍ!”, gritamos todos al unísono con todo el entusiasmo que el negocio en ciernes nos estaba generando. Y generamos buenas colas, tras cada comida, hasta que se nos acabaron las viandas tres días más tarde. Aquella caja que trajo Roberto para hacer el reparto pesaba lo suyo. Tocamos a 185 pesetas cada uno. El jukebox no daba abasto con tanta canción en la cola, y el “Apipapú” acabo tan rayado, daba tantos saltos aquella aguja que la canción duraba casi un minuto menos, lo cual era de agradecer.

Queda tan sólo una anécdota más, la que recuerdo siempre con una sonrisa de oreja a oreja. No sé si quedó claro antes, pero nuestro único contacto con el agua, aparte de beberla, lógicamente, fue en forma de agua marina y alguna mojadura de lluvia que otra. El día antes de regresar, se nos ordena ir en turnos a la ducha. Los gladiolos vamos los segundos, hay cuatro duchas y nos asignan dos minutos a cada cuatro para un aseo rápido. Yo estoy entre los cuatro primeros gladiolos, casi agoto todo mi tiempo luchando por desanudar aquella maldita servilleta, por despegar aquella ropa de mi cuerpo (¡hasta dormía con ella puesta!). Unos chorros de agua templada tirando a fría y ya, a secarse un poco con una toalla ínfima que nos habían dado a cada uno, y vestirse de nuevo con aquella ropa apestosa (en mi mochila descansaban las otras camisetas, calzoncillos, etc. aunque casi podría decirse que más que descansar, fermentaban, o al menos eso indicaba el olor que de allí provenía.) Salimos de allí los cuatro juntos, pero Fran y yo nos “equivocamos” y, en vez de tirar en dirección al pasillo, a la izquierda, para dirigirnos a nuestra habitación, nos metemos por una puerta a la derecha que estaba entreabierta. “hostia, hostia, para, quieto”, me susurra Fran. “¿Qué pasa?”, pregunto yo en tono muy bajo y muy intrigado. “Mira”, me dice mientras señala con el dedo índice de su mano derecha hacia una puerta que da a un vestuario. Esa puerta está abierta, y al fondo del vestuario vemos una figura humana que parece estar desnuda. El instinto nos hace acercarnos y espiar desde el borde de esa puerta. Era Estrella, nuestra monitora, que se acababa de duchar y se estaba secando. Yo no sabía qué decir; Fran, sí, “Diosss, me van a reventar los huevos”. Y yo que me quedo muy intrigado, “¿por qué le iban a reventar los huevos a Fran? ¿Sería eso peligroso? ¿Acaso era la leche aquella que me habían explicado? Y, en ese caso, ¿qué se supone que debería hacer yo?” Salimos de allí con todo el sigilo del mundo, y, nada más llegar a la habitación, Fran se va en dirección a su cama, se mete bajo las sábanas, aquello se empieza a mover, y a los veinte o treinta segundos gime como loco y comenta, “¡ya está! Joder, no podía más. ¡Vaya tetas! ¡Vaya coño más peludo!” A partir de ahí ya se ve en la obligación de comentárselo a los demás, que nos felicitan como si fuésemos héroes que han vencido al enemigo en una guerra muy cruenta y acaban de llegar de regreso a su tierra. Algo empezaba a comprender, claro, que ya era el último día y había aprovechado a tope esos días de cursillo acelerado sobre la vida y sus menesteres, puede que no de la manera más apropiada, pero quizá sí que era la única posible en aquellos días, que en mi casa nadie me iba a enseñar jamás nada sobre temas sexuales, que esos suponían toneladas de tabúes plenos de pecados de todos los pelajes. A la fuerza te despiertan, sin remisión. Inocencia perdida, bienvenidas hormonas que ya estáis empezando a montarme ese lío interno que tanto te quiere como te hará sufrir. En fin,…

Y todo esto por culpa del Platinum. Aparte de alguna canción del jukebox aquel, no dejé esos veintiún días de tararear el álbum enterito, aunque, cuando me animaba y me venía arriba (casi siempre estando solo), me20150927_192934 hacía unos guitarrazos en el aire a base del Punkadiddle que no se los habría saltado ni el mismísimo Mike Oldfield, y hasta me quitaba la camiseta y todo, que hubo días de calor muy húmedo, demasiado pegajoso… Y veo ese rayo verde de verano que aparece de repente y se carga a aquellos malditos Dalton mientras la mariposa azul se torna violeta, consigue despegarse de ese platino líquido y huye rabiosa hacia mundos nuevos, quizá menos salvajes.

ELISA DAY’S EVICTION

Desde el blog elbicnaranja proponen cada viernes que escribamos una historia que nos inspire una determinada imagen.CREWD-2001-ed.-10-Untitled-Ophelia El viernes 10 de abril nos ofrecieron esta imagen de Gregory Crewdson, Untitled Ophelia. Nos lleva a todas las Ofelias habidas y por haber, desde la de Shakespeare pasando por mi favorita, la de la imagen de inicio de esta entrada, la del pintor pre-Rafaelita Sir John Everett Millais, que podéis disfrutar en la Tate Gallery de Londres; hasta llegar a la interpretación de Nick Cave junto a Kylie Minogue, en cuyo vídeo clip (al final de la entrada) me baso para la siguiente historia.

ELISA DAY’S EVICTION

Estaba ya harta, la verdad, de que todo el mundo me llamase Rosa, cuando yo en realidad me llamo Elisa. Rosa es mi hermana gemela (bueno, mejor diríamos que “era”, porque desapareció sin dejar rastro hace ya casi tres años, con el que aún debe seguir siendo mi marido, Eladio. Por mí, como si los aplasta un maldito meteorito.)

No paran de decir que vivíamos por encima de nuestras posibilidades, nosotros, ¡precisamente nosotros! ¡Yo! Yo que no supe lo que era jugar, que desde que alcanzo a recordar me veo con mi padre, mis hermanos y mi hermana en las viñas, podando, vendimiando, arando; cerezas, manzanas, ciruelas, sí, también teníamos fincas heredadas con todo tipo de árboles frutales; nos lo trabajamos muy duro, el sudor era nuestro compañero y aliado. La tierra es dura, mucho. De sol a sol, la espalda machacada, sin casi días libres para poder disfrutar de una simple caña bien tirada. Conocí a Eladio poco antes de cumplir los 18, un ser especial, de los que saben vivir la vida sin darse prisa nunca por nada. Muy buen amigo, mejor amante; nos casamos pronto porque queríamos estar juntos toda la vida. Nos alejamos de la vida agrícola. Sí que seguía yo gestionando junto al resto de mi familia nuestra empresa de exportación de fruta, de varios camiones diarios con trailers cargados hasta arriba de la mejor fruta imaginable; y nuestra bodega, nuestro vino estrella, Castro Bérgidum, un mencía Gran Reserva que se vendía por todo lo largo y ancho de este puto mundo, con pedidos mensuales de la Casa Real monegasca… Invertimos todo ese dinero que se duplicaba sin que apenas nos diéramos cuenta de ello porque teníamos asesores que nos lo aconsejaban. Ganamos a espuertas, pero eso sólo ocurrió al principio, en los últimos seis años el diámetro de la gotera fue creciendo y creciendo, y por ella se iba yendo el dinero a mares, arrollado por esa mierda de corrientes bursátiles. Yo no tengo ni puta idea de economía, y la gente que la tenía fue abandonando la nave frutícola y vitivinícola en proporción directa al número de nominas no cobradas. Crédito tras crédito, y uno más, así, aumentando el nivel del color rojo en nuestras vidas… Y mientras tanto, la puta de Rosa me la estaba colando doblada con el cabronazo de Eladio. ¿Y los dos hijos qué? Ahí estaban, sobreviviendo por su cuenta y riesgo a la vorágine familiar, conscientemente ajenos a toda desgracia y felices en sus mundos Nintendo y PlayStation.

Y ahí siguen, creo. Ni siquiera se han dado cuenta de que aquí abajo he abierto hace un rato todos los grifos y me he tumbado en el suelo permaneciendo nada más, sin apenas parpadear, escuchando las voces de Kylie y de Nick. Ya nadie me llamará jamás Rosa Salvaje, seguiré siendo Elisa para toda la ínfima eternidad… ¿Quién secará ahora todas estas lágrimas que resbalan por mi cara? ¿Por qué toda belleza tiene que morir? ¿Y quien vendrá ahora y pondrá una rosa entre mis dientes?

Demasiado ruido ahí fuera, que si “¡HIJOS DE PUTA, CABRONES!”, que si “¡SÍ SE PUEDE! ¡SÍ SE PUEDE!”. No he querido salir con ellos, y no es por vergüenza, creo que son más que suficientes, aunque quizá no en número ante tanta policía, ante tanto funcionario diligente… Os dejo a mis hijos, vosotros sabréis qué hacer con ellos. Yo me voy ahora, que el agua ya está llegando a mi boca, a mis orificios nasales, que los golpes suenan más alto, más cerca, pero yo ya no los puedo escuchar. Quedaos con todo, que yo ya no tengo nada.

Que os aproveche, que mi nombre era Elisa Day.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA (A DELOREAN COVER) – PARTE XVII

16 de septiembre de 2014

Aquellos trayectos Ponferrada – Oviedo de finales de los 80 pasado ya el puente del Pilar, tras finalizar la vendimia en Cacabelos. Hasta con ganas de estudiar llegaba a mi destino…

Como no éramos modernos, no utilizábamos tijeras, sino unas navajas pequeñas en forma de hoz. Los cortes en los dedos eran más que habituales. Un poco de jugo de uva, un trozo de hoja de vid y a seguir, tal y como me había enseñado mi abuela. Mi tío Amador, que hacía de cachicán, el que manda mucho y trabaja poco, una especie de capataz, me decía que lo mejor era mear directamente sobre las heridas. Él lo hacía, pero yo no me veía chorreando mi “lluvia dorada” sobre la carne recién abierta, llena de sangre que no paraba de manar, no era de “Milana” y menos de “bonita.” Ocho horas, diez, doce, catorce… puro agotamiento. Recuerdo aquellas empanadas de pulpo, de sardinas, de carne… que mi abuela cocinaba la noche anterior. Un buen trozo ente dedos pegajosos, negros, mezcla de sangre y zumo de mencía. Buscar cada tarde un rincón para cagar de campo, una placentera sensación que se veía enturbiada al final por la rugosidad de las hojas de vid al limpiarse una vez expulsadas todas las sobras del cuerpo…

Vendimia uvas cepas viñedos cooperativa cacabelos Peique /Luego estaba el trabajo en la Cooperativa Vinos del Bierzo, el cual desempeñé durante cinco años en época de recolección de la uva. Ganarse un buen dinero para pagar parte de los estudios en Oviedo… (bueno, y para disfrutar bien de la noche, para qué nos vamos a engañar.) Las orujeras, a cinco metros bajo tierra, aquella peste insoportable cuando llegabas a las ocho de la mañana y bajabas por aquella escalera de madera, con una mascarilla puesta, y ver caer por aquella trampilla hora tras hora todos aquellos restos de los racimos, a toda velocidad, sin pausa, y tú corriendo a hacer montones para luego apilar toda aquella masa de una manera más o menos uniforme… A veces bajaban paquetes de tabaco, plásticos, guantes… pero como nos decía el jefe, “da igual, que de todo se saca orujo al fermentar.” El trabajo en la bodega era mucho más cómodo, la verdad, esperar pacientemente a que se llenase una cuba y cambiar la manguera para que se empezase a llenar la siguiente…
Al llegar cada noche a casa, una cena ligera y a ver un poco la tele en modo zombi (sólo dos canales, recordad… y, en mi caso, sin mando a distancia). La apagaba de muy mala hostia cuando salía aquel anuncio que rezaba “por fin llegó la cosecha, llegó la cosecha hermano, que ya parieron sus frutos, regadíos y secanos”, porque me parecía ofensivo, atentaba contra mi dolor de espalda, de brazos, de piernas…

Recuerdo ahora mi último viaje de Ponferrada a Oviedo tras finalizar una campaña de vendimia: un autobús vacío, ya parado en la estación, y un conductor dándome voces, “¡chaval, que ya llegamos!”… “Imposible, si me acabo de subir”, y mirar acto seguido mis manos y pensar, “¿cuánto tiempo tardarán en volver al modo estudiante?”

Empieza la vendimia en mi pueblo. “¡Viva el vino!” (del Bierzo, que se le olvidó decirlo…)