BEFORE THE FALLING OF THE WEST

  • José Luis – así me han llamado siempre mis padres – … Acaba de llamar tu tío de Bilbao…que se murió la abuela. – Y con las mismas, mi madre se echa a llorar desconsoladamente.
  • Gracias. –Ésa es toda mi respuesta, serio, impasible, dos segundos antes de levantarme del asiento y cerrar la puerta con cierto grado de vehemencia. Esa actitud la reconocí unos años más tarde al ver “En el Nombre del Padre”, cuando le dicen a Gerry Conlon (Daniel Day-Lewis) que su padre, Giuseppe (Pete Postlewhite), ha muerto y él contesta con un simple “Gracias” y sigue a lo suyo.

Estaba escuchando por primera vez, que justo esa mañana del 3 de mayo de 1983 había llegado el pedido de Discoplay,“The Crossing”, un LP del grupo escocés Big Country, el tema “Fields of Fire”, la cara B, la penúltima canción del álbum… Between a woman and his boy… Sí, así era, yo era su chico, ella había sido mi abuela, mi madre, mi padre, mi todo, y a ella le debo ser quién soy, cómo soy.

Esa canción es siempre mi recuerdo hacia su memoria, porque ella no creía en dioses propios o ajenos, tan sólo creía en el ser humano (“Si se cae el techo de la iglesia, a mí no me va a pillar debajo, no”, solía decir con cierto grado de sorna), podríamos hasta decir que mi “oración” personal hacia ella. Y siempre que la escucho sonrío, y me activo, y pienso que ella me estaría diciendo, “venga, arriba, vago, que todo tiene solución menos la muerte.” Casi dos meses me llevó poder llorarla, y fue un día lluvioso de julio en el que me quedé en casa escuchando música y puse esa canción, y la voz de Stuart Adamson me hizo saltar repentinamente las lágrimas, mares de ellas que se habían acumulado esperando su oportuno turno.

Hace justo cuarenta años, recuerdo a mi abuela Luisa sentada no frente al televisor aquel Telefunken en blanco y negro que teníamos en casa, sino justo al lado izquierdo del mismo. Estaba el aparato encendido, yo no había tenido colegio ese día y desde la puerta del salón observaba fascinado aquella escena, hasta que ella se incorporó un poco, giró su cabeza, miró la pantalla de cerca y dijo en tono muy bajo “a criar malvas, hijo de la gran puta; demasiado tarde, pero a la puta mierda, cabrón.” En la pantalla se podía ver como mucha gente desfilaba tranquilamente frente al féretro del dictador Francisco Franco. Dos horas más tarde llamaron al timbre de la puerta, corrí a abrir, eran Julia y Anuncia, dos amigas de mi abuela. Las tres se abrazaron llorando en el salón, de alegría, de alivio, las tres viudas, las tres muy emocionadas. “José Luis, anda, ¿nos traes la botella de anís que está en el armario de la cocina, en la parte de arriba a la derecha?” Por supuesto que lo hice, me subí a una silla y agarré con fuerza aquella botella de anís de La Asturiana. Me senté callado a escucharlas, a aprender de las circunstancias de la vida, de lo que había supuesto para ellas la Guerra Civil, la represión del dictador, las incursiones nocturnas en el monte para llevar comida a los maquis…… Tan sólo tenía yo ocho años recién cumplidos, pero ese día me marcó mucho porque en él aprendí mucho más de lo que luego me podrían haber enseñado en miles de clases de historia de España; la nostalgia de aquellos inviernos al calor del brasero de la mesa camilla jugando a la brisca con ella mientras no cesaba de preguntarle por su vida y milagros, por mi abuelo Martín, por como pudo ella escapar de los Nacionales y llegar a Madrid, y resistir allí hasta que la ignominia de aquel golpe de estado salió victoriosa. Mierda, pasaron……Cautiva y derrotada, regresó a Cacabelos, y se libró del paseíllo porque su hermanastra Emilia intercedió por ella (Emilia era del bando ganador.) La sigo echando de menos cada día, y quiero darle las gracias por todo lo que me dio, porque era una mujer honesta, desinteresada, buena, muy trabajadora, muy divertida también. Cuatro meses después de su muerte, llegó aprobada su pensión como viuda de guerra, que el primer gobierno de Felipe González al menos sí que había tenido la decencia de reconocer como viudas de guerra a todas aquellas mujeres que pudieron sobrevivir a la represión franquista. Ese día no dejé de llorar, y cogí mi bicicleta y me fui rápido hasta el cementerio para contarle la noticia. No llegaba a veinte mil pesetas, pero al menos era un último reconocimiento a una vida de lucha, miedo y tesón que no debería haber sido jamás la que le habría tenido que tocar vivir.

El día 16 de diciembre de 2001, encontraron el cuerpo sin vida de Stuart Adamson en el interior de un armario del hotel Best Western Plaza de Honolulú. Había recaído en el alcoholismo, su mujer, Melanie, acababa de solicitar el divorcio, Adam dijo “¡hasta aquí!”, se bebió una botella de vino y se ahorcó con un cable de la electricidad. No more Skids, no more Big Country, no more Raphaels……Me enteré de este hecho a principios del año 2002, y, nada más llegar a casa (por aquel entonces en Londres, en el barrio de Crystal Palace) busqué entre mis CDs un recopilatorio que había comprado unos días antes en una charity shop (gran casualidad cuasi premonitoria), “The Best of Big Country”, y puse la canción en el reproductor, y  transcurridos treinta y un segundos Stuart empieza a cantar “between a father and a son”, y yo me dejo ir en llanto, porque ella fue para mí madre, padre, amiga, maestra, confidente, en fin, todo lo que mi padre jamás ha sido ni será. Ésta es y será siempre mi “oración” en su honor, no matter 400 miles or 4 million, así que, gracias Stuart, y gracias por siempre a Luisa, mi abuela.

 

 

Anuncios