NO MÁS HIMNO NACIONAL

  • Todavía recuerdo como si fuese ayer aquellos 85 escaños que conseguimos en junio de 2016… Y luego, en noviembre, cuando allí ganó Trump, que nos dijeron “no os preocupéis, con naturalidad, que sólo vamos a rodar un episodio”… ¡Un episodio! La puta que los parió…

  • Eran tiempos mejores, Venancio, mucho mejores, pero ya no merece la pena, es mejor adaptarse de una vez a esta situación y olvidarse del pasado, como si ya no existiese… No existe… ya no existe más…

  • Lo sé, Emilio, lo sé, y mira que lo intento, pero estos momentos confusos me hacen recordar. Y el Charlie aquel, que insistía e insistía, quería ir un paso más allá… ¡Que mierdas de Black Mirror ni qué ocho cuartos, joder, estamos apijotaos o qué!

  • A ver, déjame que mire… Claro, tienes la batería al siete por ciento, hombre. ¿Qué es, que no te avisó?

  • Me avisó, me avisó… sólo que me gusta recrearme un rato en los recuerdos antes de avisar al encargado. ¿Tú nunca lo haces, Emilio?

  • Sí, lo hago, claro que lo hago, pero para mí es como un viaje interior, procuro no exteriorizar ni un pensamiento, nada de lo que sienta en estos momentos le interesa a nadie… Bueno, quizá sólo a ti, que eres y has sido siempre mi mejor amigo.

  • Lo sé, te lo noto en la actitud, en los gestos, y miras como antes…

  • Pero tú me lo cuentas; siempre fuiste más impulsivo. Les costó más instalarte el sistema, y tu reinicio duró casi dos días más que el mío… Aún así…

  • Aún así, no lo consiguieron del todo, ¿verdad, amigo?

  • No, no, ¡ni lo conseguirán jamás! Somos los últimos de una estirpe indomable, estamos al borde de la extinción… Observemos como hacen boom…

Hace casi 50 años, el gobierno decidió unirse al programa de regeneración ideológica propuesto por el G-20. Una vez que la gente ya estuviera familiarizada con un futuro distópico bien elaborado y alicatado, la creación de un programa ideológico único insertado en cada persona a modo de chip de memoria recargable habría triunfado, era la única opción para combatir, decían ellos, tanto el auge del terrorismo en el mundo como la nociva y pertinaz invasión ideológica, también consideraban ellos, de carácter populista, con la consiguiente influencia en la utopía de las gentes de a pie, del pueblo mismo. La inversión de las grandes empresas, cantidades ingentes de dinero, hizo imposible que los resultados positivos no llegasen uno tras otro. Nunca jamás se había visto un equipo de producción como aquel, ni tanta gente encargada de los mejores efectos especiales jamás vistos por el ojo humano. Ahora todo es sencillo y la gente vive feliz y sin preocupaciones, al menos así sucede con la ciudadanía de las Clases 1, 2 y 3, que ignora por completo las penurias de las ciudadanías que van de la clase 4 a la 10. Una simple eugenesia inducida. Tan sencillo como eso. Un transhumanismo de élites que se encargan de escoger quiénes podrán disfrutar de una vida llena de comodidades y placeres, y quiénes se dedicarán a trabajar y producir todo lo posible para que las tres primeras clases vivan cientos de años sin conocer lo que es un simple agobio. Prueba superada, selección natural a la carta. Darwinismo de inteligencia artificial y nula protesta.

Sí, aquellos 85 escaños fueron nuestro principio del fin. Caímos en picado y pactamos con ellos ley tras ley hasta llegar a consentir la creación de este imperio de pseudocyborgs tan bien seleccionados. Los pocos humanos puros que van quedando vegetan sin prisa en ciudades-geriátrico en las que no les falta absolutamente de nada… Y vino luego el otro gilipollas naranja con aquella cantinela de “hacer una América más grande”… Joer, y tanto, a menor población, más territorio y más bienes a repartir entre tan pocos… Nada nuevo, no nos engañemos… Ya no existe la traición, tampoco la empatía, todo el mundo camina de la misma manera y al mismo ritmo, y ya casi nadie folla porque han eliminado de cuajo el placer. Sólo nos queda esperar a que el Sol se muera, pero queda tanto, tanto…”

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VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE XV – THE KNOWLEDGE

Indalecio sabe más que de sobra que, si se pusiese en serio a ello – y a las pruebas se remite, sería muy capaz de aprobar “The Knowledge”, ¡y con nota! Y os preguntaréis, si es que no lo sabéis ya, “¿qué narices es eso de ‘The Knowledge’?” Pues no es más que una manera como otra cualquiera de acortar “The Knowledge of London Exam”, un examen acerca del conocimiento de Londres y sus múltiples calles y vericuetos que toda aquella persona que quiera ser taxista allí tiene que aprobar para poder conducir uno de esos taxis antaño negros, tan tradicionales, y que ahora lucen llenos de publicidad.

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Ahead of The Knowledge

Estuvo a punto de irse a vivir a Londres cuando su amigo Lemmy insistió e insistió y volvió a insistir para que estuviese cerca de él, que confiaba plenamente en Indalecio y en sus dotes como conductor, que no se le ocurría un chófer más apropiado. La pena era que el propio Lemmy pasaba cada vez más y más tiempo en Los Ángeles y, al final, Indalecio permaneció fiel a sus alsas.

Aún así, porque le dio la más real de las ganas, se estudió las diez primeras hojas de “The Knowledge”, y consiguió todas las rutas a la primera en un test aleatorio que él se hizo a sí mismo hace dos veranos cuando estuvo en Londres de visita. No es por chulería ni porque ya no viva ninguna de sus abuelas, pero él sabe sin dudarlo que no es más que otro “Ace of Spades”, el puto amo, que se diría por aquí.

DISCULPEN “MY” SONRISA

mariano-marxMariano y el marxismo:
¿cómo están ustedeeeeees?
En un mundo ruíz
sólo sobrevivirán
quienes usen Just for Men
como loción capilar
y dejen las canas
para barbas
que son mucho barbas:
macho Man
en columpio vigilante
como presidente nuestro
que es.
Groucho y Chico
callan
y otorgan:
la parte contratante
de la primera parte
ya no jugará en la segunda
y el ganador del próximo debate
se decidirá en rigurosa
tanda de penaltis
(penales, que los llaman
en la misma Pampa,
lo cual
en este contexto semánticamente ibérico
se adec
ua
a la popular perfección…
¡será por penales!)
disculpen pues
que no se levante,
debate…
debaser…
de váter…
o muerte…
¡fingiremos!

picadilly-june-2016ajena
camina
lejos
esa gente
de una salida:
brexit sintético
hacia un nuevo
concepto:
scotlond
de independencia
seguro con inquina
plagado de esa plaga
de obreros liberales
abocados al miedo
de quedarse
sin un trabajo:
55 horas semanales
y 400 euros
punto en boca
sonrisa a medio diente
sí señorito
a sus beatas órdenes;
no hay dolor
sin conciencia de clase:
ladrillos vienen
e van
felicidad impar:
botemos ahora
yo soy…
yo soy…
y me quiero
independizar
de vuestra estirpe
imperial
entre encuestas
que no salgan jamás
de los límites
de mi barrio.

LA PROMESA

Fueron casi cinco años yendo juntos al colegio, saltando sobre los charcos cuando había llovido, o resbalando sobre ellos cuando la helada de la noche anterior había sido de las de órdago al mercurio, siempre con calor sobrante de cintura para arriba y piernas con tintes morados por culpa de aquella manía que nuestras madres tenían de ponerle pantalones cortos a los chicos hasta que éstos hubiesen cumplido la edad de diez años, como si el llegar a las dos cifras supusiese un umbral que estiraba repentinamente tus pantalones para decir de una vez por todas adiós al frío en el tren inferior. Yo salía de casa, rebanada de pan de hogaza en una mano y cartera del colegio en la otra, corriendo automáticamente en dirección a la casa de mi amigo Raúl, unos dos minutos y ‘toc, toc’, allí estaba aquel picaporte en mi mano golpeando aquella puerta pintada de verde. Ya ni contestaban, salía mi amigo Raúl directamente de su casa sin tan siquiera decir un leve adiós a su madre y a su abuela. Por las tardes, después del colegio, era él el que hacía el recorrido inverso desde su casa hasta la mía, y bajaba yo a la carrera las escaleras con mi bocadillo de chocolate o de chorizo en una mano y el balón de reglamento en la otra, a jugar a la plaza, al fútbol o a lo que cuadrase, que alternativas surgían siempre a montones.

Teníamos un pacto, una promesa hecha bajo los soportales de la plaza una tarde muy lluviosa de noviembre de 1975, justo frente a la churrería de Carmiña, por eso cuando casi cuatro años más tarde apareció aquel camión de reparto doblando la esquina de aquel cruce cercano a la plaza de abastos, supe que había quedado preso de por vida de mis palabras, de aquel escupitajo compartido que se mezcló viscoso en un estrecho apretón de manos. “Juntos para siempre, no importa lo que pase.” Ninguno de los dos había contado con que la muerte podía andar pululando muy cerca de nuestros cuellos. El balón que sale a la calzada, “Deja, ya voy yo”, y corre sin prestar otra atención diferente que a aquella que describe el recorrido firme de aquella pelota. Y yo, sin apartar mi vista, observo toda la acción, y sin ser ni consciente de mis propios pasos, me veo al instante al lado del cuerpo inerte de mi amigo Raúl, llamándolo, diciéndole que se dejara ya de chorradas y se levantara, que teníamos que acabar el partido.

Su madre, Doña Rosalía, cambiaba la foto de la tumba de Raúl cada 31 de octubre. Era la misma, el mismo negativo encargado en la tienda del Curioso, que así llamaban al fotógrafo del pueblo, porque, tras un año de lluvia, sol, frío, calor, lucía ya descolorida. Y allí estaba cada primero de noviembre el bueno de Raúl, deslumbrado por el sol, intentando mirar a cámara aún guiñando el ojo izquierdo; el pie derecho sobre un balón de fútbol, el mío; el pelo rubio y liso, que a él no le gustaba nada de nada, que muchos de los otros niños se metían con él cuando lo llevaba algo largo llamándole despectivamente “¡Rubia, tía buena!” Yo, que iba a saludarlo cada día de todos los santos, le reprochaba en vano que no había cumplido nuestra promesa, que se había separado antes de tiempo y sin venir a cuento. Así año tras año, hasta aquel 1 de noviembre de 1994. Yo ya no rezaba, pero acompañaba a mi madre al cementerio para que no estuviese sola rindiendo culto a nuestros muertos. Estaba despistado, siguiendo con mi mirada los pliegues del tronco del ciprés que está justo al lado de la tumba familiar, cuando lo vi, allí, de pie, al lado de Doña Rosalía, su madre. Me estaba saludando, indicándome con un gesto de su mano derecha que me acercase hasta su tumba. Eso hice al instante, sin dudarlo. “Hombre, Jose, qué alegría verte, hijo”, Doña Rosalía, que me saluda muy contenta antes de intercambiar los dos besos de rigor que suelen acompañar estos menesteres. “¿Sigues estudiando en Oviedo?”, me pregunta sin saber siquiera que yo me había acercado a ella debido a la indicación de su hijo Raúl, que allí seguía, detrás de su madre, haciéndole un poco de burla, de esas inocentes que provienen del cariño, de la confianza. Lógico, aunque yo acababa de cumplir veintidós años, Raúl seguía siendo un niño de nueve, con ganas de jugar, de vivir cada segundo en plena acción, juego tras juego hasta que la propia mente deje de pedir más.

– Oye, que me aburro un montón aquí, yo solo.

– No sé… qué decir… Cuando dices aquí, ¿a qué te refieres? ¿Dónde estás exactamente?

– Pues aquí, delante de ti, bobo, ¿no me ves? ¿Has traído el balón?

– Eh… no, no lo traje, no.

– Vaya… Me apetecía mucho darle unas patadas, que hace mucho que no echamos un partido de los nuestros. ¿Sigues jugando al fútbol, no?

– Algo, sí. De vez en cuando quedamos unos amigos y echamos una pachanga. Ahora juego al rugby en un equipo, ¿sabes? Te gustaría, lo sé.

– Uy, tendré que probar a ver… Porque yo me voy a ir de aquí, contigo, que ya no aguanto más este aburrimiento, a mi madre llorando todos los días, este silencio mortal…

– No sé qué decirte, Raúl.

– ¡Pues di que sí! Además, hicimos un pacto, una promesa, juntos para siempre, ¿te acuerdas?

– Me acuerdo, amigo, claro que me acuerdo… imposible olvidarlo.

Acabé la carrera. Empecé a salir con una chica que me volvía loco, casi del revés. Nos fuimos a vivir a Londres, a trabajar allí como profesores. Y Raúl conmigo, siempre al quite, a la expectativa, a asomarse a mi vida cuando nadie más interfería en ella. Era como tener un hijo que no crecía ya más, que estaba anclado en los nueve años, en 1979, sin posibilidad de actualización alguna, sesiones de leer los tebeos de Asterix, Mortadelos, y el que era nuestro favorito aquel verano, Héroes en Zapatillas. Él mismo se encargaba de traerlos, y nos tumbábamos en aquel suelo enmoquetado del piso de Crystal Palace a leerlos una y otra vez. Si yo sugería la lectura de algo posterior a aquel año, Raúl se volvía medio loco, tapaba sus oídos con fuerza y comenzaba a decir “nonononononono” mirando fijo al suelo, y se iba. Pero siempre regresaba.

Hoy, día dieciséis de febrero del año 2016, estoy aquí, en la Clínica San Rafael, en Oviedo. Esta vez llevo ya casi un año aquí encerrado. Ellos me hablan de trastorno bipolar, de comportamientos esquizoides, de múltiples síndromes que a duras penas me suenan, porque yo, la verdad, estoy muy bien, pero no les sirve, no me hacen caso alguno, y me llego a enfadar en ocasiones en las que me tratan como si yo estuviese mal de la cabeza, y no es eso, que yo les hablo de Raúl, incluso hablo con él cuando ellos están presentes, y no me creen… o no quieren creerme… Y yo sellé un pacto con mi mejor amigo cuando teníamos cinco años, en los soportales de la plaza de mi pueblo, frente a la churrería de Carmiña, ella misma lo vio, y lo podría corroborar, pero murió hace ya once años y pico y nadie más parece querer apoyarme, ni la misma Doña Rosalía, que me viene a ver a veces y me mira con una cara de pena que a mí no me hace ni pizca de gracia. Con lo sencillo que es todo, caray, que yo toda mi vida he sido un niño de palabra, y no voy a fallar a mi promesa, jamás… ¿A que no, Raúl?

TAPA DE CACHUCHA VS. CHELSEA GIRL

A Julián le brillaban los ojos, pero no por el motivo habitual de un fin de semana al uso, sino porque todavía no era capaz de dar crédito a la realidad que llevaba viviendo en primera persona esos últimos diez días. “Joder, si me viesen ahora los del pueblo”, pensaba cada poco como acto de mero pellizco para ir creyéndose que aquella chica tan guapa y carismática estaba por y con él. Imposible imaginarlo hace no demasiado tiempo, al hijo de Julián, el de la Regoxa, el rey de los bares más tristes del pueblo, paseando por el Soho londinense de la mano de Sharon, tan plena de cabellos rubios como de dientes de esos que iluminan las calles oscuras como si de luciérnagas se tratasen.

Cada día se miraba incrédulo al espejo de ese armario SILVERÅN que había comprado en el Ikea de Croydon por un precio muy razonable mientras Sharon se iba preparando para otro día de trabajo, otro día en ese papel de modelo que quiere triunfar a costa de todo lo que se pueda interponer en su camino, incluida, por descontado, la comida en cualquiera de sus apetitosas formas.

Julián sabía que el viaje al pueblo era la prueba de fuego, ese paso del umbral para una relación que podía avanzar hacia una normalidad que se presuponía era pretendida por ambos. Pero el pueblo era mucho pueblo, y los bares demasiado tristes y lúgubres para las retinas de la pobre Sharon, que huyó espantada al baño ante la primera tapa de oreja de cerdo, conocida coloquialmente en el pueblo como cachucha, con aceite de oliva y pimentón dulce que les pusieron en el Mesón del Rediós como acompañamiento a los dos cosecheros de mencía que habían pedido. Ni siquiera su familia pudo pasar el corte: demasiado ruidosos, demasiado olor a ajo, demasiados chorizos, botillos y lacones presidiendo cuadras ya vacías de animales y tan sombrías como el invierno más septentrional.

El regreso a Londres fue un canto reverencial a los sonidos del silencio. Dos semanas más tarde, Sharon se había mudado con una compañera de agencia a un piso de Chelsea, su barrio de toda la vida, menos bohemio que Crystal Palace, pero más cómodo para ella a nivel de credo, raza o religión, puede que hasta a nivel aromático, si la apuran. En menos de un año ya había conseguido dos portadas y había dejado de contestar los mensajes de whatsapp de Julián, al que, esbozando una mueca de asco con la cachucha en el recuerdo, bloqueó irremisiblemente tras haber follado aquella mañana de julio con Andy Giuliani, el fotógrafo más pijo, pendenciero y heterosexual de todo el Londres guay.

Julián sigue trabajando como profesor de español y francés. Se le da bien, le gusta y lo disfruta de un modo más que vocacional. Muchas tardes, al llegar a casa, saca de un cajón del armario del salón todos los recortes que va guardando de los reportajes y anuncios de Sharon, los extiende con un cuidado más que reverencial sobre la moqueta beige, y se masturba con fiereza sin apartar su vista de todas aquellas Sharons que lo miran enamoradas, con un deseo que él imagina infinito. Cuando la última gota asoma, va al baño, se lava y regresa al salón a hacerse un buen porro de maría, el cual fuma vehementemente con los ojos cerrados mientras escucha a todo volumen “Chelsea Girl”, de los Simple Minds, que no es que le gusten especialmente, todo lo contrario, que Jim Kerr siempre le pareció un gilipollas, pero esa es la única canción de ellos que le mola, porque era LA canción, SU canción, la de él y Sharon. Y jamás, así broten mil pandemias, jamás renunciará al sabor, a la textura gelatinosa de una buena tapa de cachucha. Acaba la canción, muere el canuto: la boca agua…

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE XII, GOD SAVE LEMMY!

– ¡Cagonsandiós bendito, que no domino yo eso de conducir por la izquierda! Pa que lo sepas, manguán, yo conduje un autobús de esos de dos pisos por todo Londres hace ya unos cuantos años.

– Hostia, ¿sí? Cuenta, cuenta…

Tarde de abril, de lluvia y partida de mus en el pueblo con los de siempre. Indalecio, entre chascarrillos varios, cuenta a sus amigotes que en dos semanas le toca llevar a Inglaterra a un grupo de estudiantes de un instituto de Oviedo, a Margate, concretamente, esa ciudad en la costa este que fue punto de encuentro y desencuentro entre mods y rockers allá por los años 60 del siglo pasado, y luego seguir como chófer por allí ocho días, que si un día a Canterbury, dos a Londres, otro a Cambridge, un no parar de conducción por el carril izquierdo, ningún problema para Indalecio. Pero escuchemos su historia, que si no empiezo a divagar y no paro (luego me riñe Indalecio, que me dice que, literalmente, “soy un cuentista, que charro más de lo aconsejable, que un día ve meteme un par de hosties bien daes”)

– ¿Te acuerdas, Milio, cuando fui a Hamburgo con el pobre Lolo – que en paz descanse, puta droga – a ver a los Motörhead, que andaban de gira con los Judas Priest?

– Hostias, sí, que yo nun pude ir, cagonmimadre… ¿En el 98 o 99, no?

check_out_bastards_beer– Sí, octubre del 98. Un conciertazo de la de su puta madre… Pues luego nos fuimos Lolo y yo a quemar Hamburgo, a la zona de San Pauli, y entramos en un local con una música cojonuda… joder, nun recuerdo el nombre… Bah, da igual; tamos allí con nuestras birras cuando de repente me dice Lolo, “Cagondiós, Inda, ¿no ye aquel el Lemmy?” Y miro yo así, ajustando bien los ojos y, “¡Su puta madre, que ye él, sí!” Y con un par nos fuimos a saludarlo… y con el inglés de Lolo y lo simpaticón que yera el jodío, pues que nos liamos por ahí con el Lemmy hasta las tantas…

– Mi maaadre, cabronazo, ¿pero todo eso qué tien que ver con lo de conducir pol otro lao?

– Calla, ho, calla y escucha, castrón, que yes muy impaciente, hostia. Pues a ver, que Lolo le dijo al Lemmy que yo era conductor de autobús, y el pavo va y nos dice que necesitaba un conductor de autobús pa rodar un vídeo en junio del año siguiente, que si yo quería, que taba contratau. Claro, íbamos muy pedo, pero el Lemmy fizo una seña y apareció allí un tío que apuntó todos mis datos y me dijo que firmara. Y allí fui, pa Londres en junio del año 99, a rodar el vídeo de la versión del “God Save the Queen”; un puto desfase, la doble de la reina, la xente saludándonos por todo Londres, ¡la de dios! Por eso te digo yo que lo de conducir por la izquierda, ta chupao, joder, ¡chupao!

– Entós, ¿cuando me dixo el Julio que había visto a Lemmy por el pueblo hace unos años, yera verdá? ¡Qué cabrón yes, qué cabrón, bien el Lemmy a vete y tú sin decir nada a los colegas!

– Anda, colega, colega… tate a lo que tas, joder, y mete órdago, manguán.

A QUEER ONE FROM THE START

Era ésa su primera exposición importante tras haber ganado el prestigioso Premio Turner. Los carteles que habían preparado desde el Tate Modern para anunciarla no le gustaban demasiado, pero Louise se sentía feliz, con esa sensación de victoria sobre los elementos que navegaba plácidamente por su intestino delgado.

“¿Te crees mejor que los demás, eh?”, le espetó aquel día Ben Walker, el jefe de estudios que ejercía siempre como poli malo en Phoenix High School, como perro de presa acosador y abusón que saltaba como activado por un extraño resorte nada más oler sangre fresca de estudiante en apuros. “No, yo no soy mejor que nadie, tan sólo soy diferente”, le contestó Louise sin apartar sus ojos de la mirada vitriólica de los de Ben “Wanker”, un cambio de ‘l’ por ‘n’ ganado bien a pulso. Dos semanas expulsada del centro, por haber clavado uno de sus siempre bien afilados lápices en el antebrazo derecho de Mike Sutton, un bully demasiado arquetípico para ser real, tanto que años más tarde se dedicará a dar charlas por centros educativos de Londres y del condado de Kent sobre su experiencia como acosador escolar arrepentido, un exbully de pro que todavía sigue animando cada fin de semana a sus adorados Rangers del Queens Park. Que los chicos de su clase no dejaran de cantarle en tono burlón y cambiando la letra aquella canción de Human League, Louise, no le importaba en demasía, pero que hubiese el tal Mike destrozado todos sus trabajos para la clase de arte, no; eso ya no, no podía ser, y no era suficiente con el hecho de elevar una queja en jefatura, otra a la tutora, no, demasiada burocracia escolar tremendamente inútil; semejante afrenta requería una simple y diáfana acción directa: Mike está despistado, confiado, saco un lápiz de mi estuche y ¡zum! Se lo dejo clavado en el brazo antes de partirlo por la mitad y asestarle acto seguido un buen puñetazo en la mandíbula. Las lágrimas silenciosas caían al suelo una tras otra mientras Louise recogía del suelo los pedazos rotos de su busto en cerámica de Nico, la modelo alemana que tuvo el honor de ser reclutada por Warhol para cantar con la Velvet Underground. No hacía ni dos años que Louise la había visto actuar en el Preston Warehouse, tan puesta, tan colocada, todas las fiestas del mañana en una sola noche. Era 1982, seis años antes de caerse de la bicicleta en Ibiza, golpearse la cabeza e irse para siempre, Femme Fatale…

Los dibujos a carboncillo de Lou Reed y John Cale permanecían pegados a la pared del aula de dibujo, todos pintarrajeados; las caricaturas de Sterling Morrison y Mo Tucker, rotas en cientos de pedazos, como un confeti de lo más infame desparramados por el suelo. Louise lo recogió todo, con mucho cariño, con todo el amor que su pasión podía aún sublimar.

Años más tarde, cuando estaba trabajando como dependienta en el Debenham’s de la calle Oxford de Londres, no le quedó más remedio que atender a la esposa del imbécil aquel de Mike Sutton. Parecía maja, un poco barriobajera, de las de firme aspaviento y vocabulario soez entre dientes amarillos y chicle con demasiado azúcar. Mike hizo como que no la conocía, o puede que en realidad no la conociese, que Louise había cambiado muchísimo desde aquellos años aciagos de instituto. Y hoy, el día de la inauguración está ahí, entre el público, incluso se ha atrevido a enviar a Louise un leve saludo sonriente desde su posición entre aquella pequeña multitud. Eso la obligó a cambiar de estrategia. Ya no iba a dedicar tanto tiempo a leer aquel discurso tan monocorde y aburrido que había preparado junto a su manager. Era hora de actuar, tiempo de una de esas venganzas que tanto nos gustan cuando se nos presentan tan frías como de improviso.

“… En definitiva, todo lo que soy hoy en día, todo el reconocimiento por parte del público, de la crítica, de todo el mundo, se lo debo a una persona, un hombre que se encuentra hoy aquí… “, y Louise señala con el dedo índice de su mano derecha hacia la posición que ocupaba Mike Sutton, cabeza rapada como solución imposible a una alopecia que había dejado atrás lo incipiente, la misma cara y expresión de siempre. Todo el mundo clava su mirada en él, aplausos espontáneos y muy sonrientes… por poco tiempo. “Fueron cinco años de instituto, juntos, en el mismo grupo, casi las mismas asignaturas… Ufffff… aguantando sus comentarios despectivos hacia mí, hacia mi aspecto, mi aparente sexualidad ‘equivocada’; empujones, desprecios, todo tipo de insultos. ¡Muchas gracias por todo, Mike Sutton!” Silencio más allá del silencio. Dos personas despistadas comienzan a aplaudir y se paran al momento. Louise se aleja del micro, baja de esa tarima creada para el evento, y se dirige muy decidida hacia un petrificado Mike. Llega a su altura, le da un beso rápido, casi imperceptible, en sus labios; separa un poco su boca y luego le da un fuerte mordisco en su labio inferior. Mientras la sangre comienza a manar, le dice: “¿Qué se siente, Mike? ¿Qué se siente? ¿Lo sabes ahora? Y no, nunca he sido lesbiana, pero no sé si tú habrás sido o no un puto maricón en algún momento de tu vida. ¡Jódete! Espero que tu vida hasta este momento haya sido una puta desgracia tras otra… ¡Adiós, y no vuelvas a interponerme en mi camino, cerdo hijo de la gran puta!”

19 de noviembre de 1984, 12.35 pm, comedor de Phoenix High School, The Curve, Shepherd’s Bush, London, W12 0RQ

– Hey, you , Louise! Have you listened to the new Human League song? Hello, Louise, suck it to me? (¡Eh, tú, Louise! ¿Has escuchado la nueva canción de Human League? Hola, Louise, ¿me la chupas?) La letra de la canción decía “Remember me?” (¿Te acuerdas de mí?) en vez de “Suck it ro me?” (¿Me la chupas?)

Todas las expectativas, las esperanzas de una adolescencia masacrada por culpa de gente cuyo sadismo se convertía en pura basura, reflejo de una vida propia demasiado triste e inútil… Y ahora está aquí otro lunes, y te despiertas sabiendo que hay que ir al instituto…

I WALKED THE LINE!

ACT I (and only) Camden Town –  88 Parkway, London NW1 7AN, United Kingdom

Two characters: a junkie and Johnny Cash

– Can you give me some cash, Cash?

– Who the fuck are you?

– Just a man who needs some cash.

– What for, you prick?

– Me own business, Johhny, I am a fucking crack addict.

– Scum, this is what you are.

– Go fuck yourself!! AND YOU ARE OVERRATED, YOU DIRTY COUNTRY BASTARD ROCKER!!

– Oh, my… Oh, my… OH, MY GOD! IT HAPPENED!

– … … … …

– You’ve just brought me back to life, mate!

– Not my intention, sir… I-I-I j-j-j-just…

I’d rather die young than grow old without you… Wow, nice. My voice, I am young again. LOOK AT ME, THE YOUNG ME!!

– … … … … … … …

– You’ve got powers, man, special ones…

– Are you gonna hit me with that guitar?

– What? No, no, no… fucking no, man!!

– Ok, ok… I am leaving, sir, I really need my bees and honey.

– Fine… I don’t need my Irish pig anymore, can you see?

Awright geeezzaa! Laters!

No, no, wait, blimey!!

– What do you want from me?

– I have the cash now, where is your dealer?

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XXVI (BARCLAYS Y LA “MOVILIDAD EXTERIOR”)

11 de enero de 2015

Pues no, no podía ser, por el contexto y porque resultaba imposible vender un producto de esos “Barclaycard” a ningún posible cliente. El último con el que la chica lo intentó justo antes de enviarme una sonrisa forzada desde el abismo de esos ojos profundamente cansados le contestó, “¡tía, déjame en paz, que llevo más de dos años al paro! ¡DOS PUTOS AÑOS!” Tampoco fui yo demasiado cortes y educado, la verdad, “no me interesan los bancos más de lo obligatoriamente necesario”, le dije sin parar siquiera, siguiendo mi camino hasta la oficina de Correos con paso firme.

La chica, experta en diseño gráfico e infocreación, ya en el último curso de Diseño Gráfico en la Escuela Superior de Arte de Asturias, se dio la vuelta e hizo un gesto de desesperación al chico que la acompañaba, uno de tantos otros con traje más brillante de lo estrictamente necesario y corte de pelo cani, cejas depiladas y agujeros en las carnes como restos arqueológicos de piercings antiguos. No es centro comercial para tarjetas novedosas. No es cris… (bueno, estafa, claro) para ventas superfluas, para pseudotimos de la estampita bursátil, sean éstos preferentes o preferentemente malolientes, eso da igual…
“¿Que qué cojones le pasa a éste brasas hoy?”, pensaréis mientras os rascáis con fruición ese picor espontáneo que os acaba de surgir así, muy cabrón, tras la oreja derecha. No es nada personal, de veras. Tan sólo recordé, una vez ya en la cola de Correos, de qué me sonaba esa chica, de verla el año pasado con su carpeta negra y unos auriculares talla XL en la estación de autobuses; y me acordé de una conversación que una tarde de invierno había mantenido con la que parecía ser su mejor amiga, la de confianza, la de toda la vida.

Glenn Ligon: Encounters and Collisions - Tate Modern Museum, London

Glenn Ligon: Encounters and Collisions – Tate Modern Museum, London

– Pues yo, en cuanto acabe, me piro a Londres, que allí hay curro, que me dijo Jorge, el de Cangas… sí, ho, el que había hecho Bellas Artes que ahora curra en el museo ese de arte moderno…
– El Tate Modern.
– Sí, ése, ése. Pues que hasta me podría conseguir trabajo allí mismo, que él es el encargado en el restaurante de abajo y seguro que me puede enchufar…
– Pues yo me quedo. No sé qué encontraré, pero buscaré algo. Al menos mientras decido si me pongo a preparar ya oposiciones o no…

 

NatWest-Barclays-Midlands-Lloyds, el apocalipsis del caballo negro, que cantaban los Manics. La intrínseca volatilidad de los números, tobogán por el que bajamos del 1000 al 400 sin que las sonrisas de los interesados modifiquen apenas su curva de conformidad. 2015, cuarto año consecutivo de recuperación… ¡Y una mierda!

El ritual de lo habitual, no por mucho amanecer se madruga más temprano.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTES II, III Y IV (WITH A LONDON INTERLUDE)

Viajes al fondo del ALSA – parte II.
Cuenta la leyenda que el hombre no es capaz de hacer dos cosas a la vez. Voy a contradecirlo, sé de uno que puede dormir, escuchar música y percatarse de sus propios ronquidos durante una hora larga… 6.30 am, yo mismo y sin alejarme.

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Viajes al fondo del ALSA – parte III
Me despierto a la altura de Nava y veo que todos los demás viajeros tienen la cara de Adolfo Suárez. Cambio de postura en mi asiento y, tras un ronquido ultrasónico, abro los ojos, compruebo la realidad: era la gente habitual. Sigo durmiendo.

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Viajes al fondo del ALSA – parte IV.
– Zzzzzz… Zzzzzz… Jraunmm… Zzzzzz…
– Profe… ¡Profe, despierta, que ya llegamos!
(Ese jueves, tan lejos, tan cerca…)

sleeping-chinese

Ahora, en la Gran Bretaña los niños pueden estar en los pubs hasta las 6 de la tarde. El único inconveniente es que, si mandas al guaje a la barra a comprar patatas fritas, éste vuelve cariacontecido diciéndote que le cuentan que sólo un adulto puede pedir… (“¡Cagüensuputacuadriculez!”, piensas casi en voz alta)…2014-04-15 17.37.28

Al menos, vas al baño, te lavas las manos con agua caliente y un jabón que huele la mar de rico y sano, y te las secas (pero secar, secar de verdad, sin que quede una gota – por algo la maquinita se llama “airforce”, digo yo), y sales del baño con cara triunfal, sin necesidad de agitar las manos o de secarlas sin disimulo a la parte trasera de tus vaqueros…
“Another pint of London Pride, please!”