SARAVÁ!

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Hace no mucho, mucho tiempo, en un pueblo no demasiado lejano, hubo una discoteca que era el paradigma del ambiente nocturno, de madrugada de sábado, mismo ritual en la de cada domingo: amanecía, que era mucho, y el sol nos daba de lleno, pero éramos valientes y no llevábamos gafas de sol, así hiciese “un sol de carallo”. Años 1983, 1984 y 1985, veranos de múltiples iniciaciones y descubrimientos entre saliva, humo de cigarrillos negros y otros más aromáticos; semen y flujos vaginales, películas porno con alevosa nocturnidad en Las Vegas (nuestro bar de encuentro), queimadas a la orilla del río Cúa, escapadas nocturnas en el coche del padre de mi amigo Jerry, aquel mítico Ford Fiesta amarillo, a lo bestia, sin carné ni edad cercana aún para poder ponerse a estudiar siquiera el código de circulación… pero ya las ramas de los cerros de Úbeda están a punto de sacarme el ojo derecho de su órbita, así que, confesaré antes de continuar, que la discoteca a la que me refiero es, era, la sin par Saravá, nuestro propio y rural Studio 54 en Cacabelos (y el resto del Bierzo) durante cuatro gloriosos años.

Ya la inauguración supuso un acontecimiento espectacular, porque antes habíamos tenido la Marychris, al lado de la Cooperativa de Vinos, en la que la gozábamos como enanos bailando el jevi como auténticos héroes de guitarras y melenas que sólo existían en nuestra incipiente imaginación: AC/DC, Led Zeppelin, Barón Rojo, Iron Maiden…

Y las lentas, ese despertar de cebolletas altivas que buscan el nivel “arrimator” más cercano posible; o aquella tarde en la que Litán, el dueño, sacó a Richard de la pista a empujones, casi a hostia limpia, diciéndole, literalmente, que allí “aquellas mariconadas no se hacían”, y el pobre Richard, un cacabelense de Estrasburgo, con cara de infinita sorpresa que le contesta, “pero sólo estaba bailando, es breakdance”, y es que a mi amigo se le había ocurrido empezar a dar volteretas de esas que se dan en el breakdance en el suelo, girando sobre uno mismo, demasiada ofensa para la moral de aquel hombre… Pero hablo de las tardes de viernes y sábados, cuando estudiábamos 8º de EGB y 1º de BUP, con entrada gratuita y ganas de aprender mirando a nuestros referentes tan cercanos como lejanos (me refiero a los de 16 y 17 años). Ser mayores apremiaba, y mucho. Y en 1983, no recuerdo si fue en marzo o abril, inauguran la Saravá José Manuel y Merche, pioneros de la primera boite disco cacabelense a finales de los 70, la Faustin, a la que veía de pequeño como marchaba mi primo a ligar admirando aquella melena y aquel desparpajo desde mi posición de geyperman con Turbocópter cercano al suelo.

Dos pisos de discoteca, simulando una cueva, con estalactitas y estalagmitas que se juntaban en varias columnas alrededor de la pista de baile. Dos ambientes: el piso de abajo, música disco de los 70, funk, el inefable italo-disco de La Dolce Vita, el Tarzan Boy y aquel “Happy Children” de P. Lion; las lentas (siempre avisaban con un flash continuo su inminente llegada, para que fuéramos acercándonos a la pista, si es que no estábamos bailando ya, porque antes sí 20160408_210647que bailábamos, y sin complejo alguno, y enviando miradas suplicatorias a alguna de las chicas que te gustaban, porque siempre había más de una, o dos, o tres…), y un reservado con una entrada que no levantaba más de 70 centímetros del suelo en la que reinaba la oscuridad, tanto, que a veces, cuando tenías la suerte de poder ir, no sabías ni quién te metía mano ni a quién se la metías tú. El piso de arriba ya estaba más orientado a la gente mayor, a los carcas de veinte o veintipico, que bailaban en grupo y cantaban canciones más tirando a rollo hippy con el inglés de aquí de toda la vida (gües yu mamagón!! gües yu mamagón!!, aunque, seamos justos, no sólo cantaban este Chirpy Chirpy Cheep Cheep, sino que se atrevían con el Bang a Gong (Get it on) de T-Rex. Que yo recuerde, un gran descubrimiento para mí el gran Marc Bolan. A veces me escapaba de mis amigos con la excusa de ir al servicio, y subía veloz al piso de arriba a disfrutar de un rato de música buena y descansar de aquellos alemanes tan andróginos de los que yo ni quería ser su corazón ni su alma, ¡hablares modernos a mí, con mis camisetas de Iron Maiden y Mötorhead!)

Lo que sí que hacía, ya que el deber me obligaba a estar en el piso de abajo con mi gente, era llevar cintas de casete de 90 minutos para que me grabasen sesiones en el piso de arriba para luego disfrutarlas en casa.

Lo mejor, sin duda alguna, llegaba en verano. Tardes de río hasta las siete, regreso a casa para cambiarse, perfumarse un poco, y a la Saravá. Un hecho curioso, que se mantuvo esos tres veranos, era que las tres primeras personas que llegaban a la discoteca tenían una consumición gratis. Sé que suena mal, pero digamos que un 75% img003de esas consumiciones nos las bebimos mis amigos Manolo, Jerry y yo. Recuerdo tardes en las que la lucha fue feroz, a muerte, a sprint partido, que un día vimos como Chas, Robertín y otro que ahora no recuerdo, aunque creo que podría ser Bato, encaminaban traicioneros sus pasos hacia la Saravá a eso de las ocho menos diez (abría a las ocho). ¡No, no podía ser! Pasamos de largo la sala de juegos de Las Piñas, en la que siempre parábamos unos minutos, y comenzamos a correr muy aprisa y sin hacer demasiado ruido. Pasamos a su lado como auténticos sputniks a tan sólo tres o cuatro metros de la entrada. “¡Hijos de puta, maricones!”, pero se sentía, no íbamos a ceder el mando tan fácilmente, lo íbamos a pelear como cabrones, como centrales italianos educados en el más puro catenaccio que podáis imaginar.

El verano de 1984, decidieron convertir la Saravá en una playa. Nos contrataron a Jerry, a mí y a otros cuantos para descargar camiones y más camiones de arena, todo ello a cambio de pases gratis durante meses y vales para veinte copas, ah, y las cenas en la Pista al lado del río, especialistas en pollos asados. Ahí quería yo llegar, que este momento merece la pena.

Combate: pesos pesados, en un rincón, Jerry, gran comedor, entrenando a tope y famélico tras un día de mucho trabajo bajo un calor intenso; en el rincón de la derecha, Ovejita, camarero de la Saravá, gran tragaldabas de carácter flemático y enorme fajador. La apuesta: quien coma menos, paga la cena. Combate nulo tras dos pollos y medio por cabeza, patatas fritas, tortilla, bollos de pan, ensalada, cervezas… El árbitro ordenó parar el combate en el decimoquinto asalto cuando los dos púgiles se habían levantado desafiantes de sus asientos para ordenar otro pollo asado más por barba. Si es que al final pagaba José Manuel, el árbitro, el dueño de la discoteca, que para eso era quien había contratado al personal.

La fiesta aquella de la playa, pues divertida hasta el paroxismo, de noche seguida hasta el amanecer de chocolate con churros y baño en aquella agua tan fría del río Cúa por la mañana…

Los veranos interminables, con amigos que sólo venían al pueblo en agosto, pandillas de decenas y decenas de adolescentes en busca de diversión rápida y fácil, de la risa floja, de la incontinencia que provoca todo lo nuevo. No es broma, que incluso llegamos a madrugar algún domingo para aprovechar esas dos últimas horas de discoteca y salir a ver luego el sol con toda aquella gente dobletera que había venido de muchos lugares diferentes. Montones de coches en el párking que iban desfilando en dirección a Ponferrada, a Lugo o a donde fuese menester, sin miedo a los controles de alcoholemia, mucho pim pam y mucho toma lacasitos aunque sin cámaras que pudiesen recoger momentos tan patéticos como felices, centrifugando en una memoria que, de tan selectiva, me obliga a estar escribiendo todo esto con una sonrisa poblada, y no es nostalgia, no, tan sólo es un viaje a aquel punto del camino en el que, aunque sabía que me iba a despedir de mi pueblo, lo añoraba desde un “no future” que era mentira, porque ahora estoy aquí, en aquel “future” que supuestamente era “no” terminando de teclear este relato, desde el cariño nihilista que en mí permanece, desde una atalaya perecedera que me dice: “¡corre, joder, que os van a quitar esas copas!”

LOS TOREROS – ADVENTURE IN CRYSTAL PALACE

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Jueves, 19 de mayo de 2016

Esta mañana estaba hablando con esta gente estudiante del 1º del bachillerato de humanidades sobre los símbolos que representan a cada cultura, país, pueblo, etc. De hecho, para casa tienen que elegir el símbolo que según cada cual representa a España (o a Asturias, que también di esa alternativa). La unidad 8 del libro de texto, Trends, de la editorial Burlington, se titula Culture Shocks. Saltándome por encima cual valla de atletismo los ejercicios allí propuestos, se me ocurrió contarles mi aventura como camarero de un bar de tapas de Crystal Palace, en la zona 4 de Londres, Los Toreros.

Año 2001, nos vamos Nuria y yo a trabajar como profesores a Londres, para lo cual con anterioridad habíamos, supuestamente, hecho todas las gestiones de convalidación de títulos y demás papeleos con el fin de poder solicitar nuestro correspondiente número de QTS 20160704_025401-1(Qualified Teacher Status – número de profesor cualificado), una especie de DNI indispensable, obligatorio para poder ejercer la profesión docente en Gran Bretaña. Y ocurrió lo que suele ocurrir siempre, o casi siempre, con la maldita burocracia, que exaspera a la persona más paciente con su inoperante lentitud: venga entrevistas y más entrevistas para justificar aspectos que a nosotros nos pueden parecer obvios, pero a ellos no. Valga el ejemplo que nos dice que para explicar que en España, al casarse, la mujer no pierde sus apellidos familiares originales tuvimos que ir ¡cinco veces! a entrevistarnos con las funcionarias de la Seguridad Social, que no eran capaces de entender un hecho tan sencillo como aquél; por no hablar del impreso con redacción incluida que tuve que rellenar para justificar que yo no era un tal José González que había vivido en la Isla de Mann ocho años antes, y que, al parecer, había dejado deudas por doquier. En la vorágine de este proceso, que vino a durar unos dos meses, fue cuando encontré este lugar increíble llamado Los Toreros, un bar de tapas situado en Westow Road, Crystal Palace, justo enfrente del Safeway, el supermercado más cercano que teníamos en el barrio. Un jueves, volviendo de la compra muy cargados, nos fijamos en un cartel que habían pegado en la puerta de Los Toreros, “Spanish speaking staff required” (se necesita personal que hable español), y, sin dudarlo ni medio segundo, entramos allí a preguntar, y ahí empieza una aventura que ahora, desde esta atalaya que crece con el paso del tiempo, me hace toda la gracia que maldita era por aquel entonces.

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(A ver, que voy a conectar ahora mismo este traductor simultáneo… Ajá, ya. Click.)

  • Hola, buenas, preguntaba por ese cartel que tenéis ahí en la ventana, el que dice quese necesita personal que hable español.

  • ¡Eh? Yo no saba nada. Preguntar Tula, dueña. Ahí datrás, restaurante. – la que me responde, de muy mala gana, por cierto, es Katya, una rusa que ejerce como manager mandamás de la zona de restaurante. Los Toreros se dividía en dos partes bien diferenciadas: el bar, justo en la entrada, y el restaurante, en la parte trasera, con 25 mesas y una barra que comunicaba con el bar, y otra a la que llegaban los platos desde la cocina.

  • Hola, buenas tardes, ¿Tula?

  • Sí, soy yo. ¿Qué deseabas?

  • Es por lo del trabajo, soy español y…

  • Puedes empezar esta noche si tienes una camisa blanca y unos pantalones negros

  • Eeeh, sí, claro, sin problema. ¿A qué hora tengo que estar aquí?

  • A las seis en punto. Cenas primero y ya te explica luego Katya lo que tienes que hacer.

Y allí estaba yo, a las seis menos cinco, un antitaurino de pro a punto de empezar a trabajar como camarero en Los Toreros, ¡ja! Al menos tenían la decencia de no abusar de la decoración basada en ese rancio mundo del toro. Aquello era un batiburrillo de fotos, figuritas varias de flamencas y de guitarras, y, ¡cómo no!, de esos sombreros mexicanos que tanto les gusta a los británicos traerse de sus viajes “culturales” a Ibiza o a Magaluf. Hispanidad en apuros, un mundo kitsch, casi de saldo. Nada más llegar, Tula, la dueña, griega oriunda de Faloraki, me presenta al resto del personal: Katya, la rusa, con la que ya había tenido “el gusto”, que me seguía mirando con demasiado recelo, como si le fastidiara que yo pudiese hablar bien inglés; Dariusz, un chico polaco de 20 años que sólo sabía decir “yes”, “table” y “hello”; Mimi, la manager del bar, de Islas Mauricio; Renato, peruano que tampoco hablaba casi inglés, y los dos cocineros: Hamed y Mulayzein, marroquí y argelino respectivamente. Impresionante. Lo primero, antes de que comenzasen a llegar clientes, cenar: una hamburguesa bastante rica con ensalada y patatas asadas. Mientras comíamos nos dijo Tula que fuésemos echando un vistazo a la carta del menú (Dariusz y Renato también empezaban a trabajar aquella tarde. Pánico en las calles de Londres… will customers hang the waiter? )

No sería jamás capaz de describir en detalle lo que suponía cada jornada de trabajo en aquel bar de tapas. En el menú, por ejemplo, ofertaban fabada entre sus múltiples opciones de platos típicos españoles, y esa primera noche me toca servir una cazuela de fabada, a 12 libras, a una pareja de enamorados que celebraba la petición de matrimonio del muchacho aquel tan colorao a una rubia muy sajona de las de minifalda con piernas a la intemperie, estábamos en pleno invierno, y tacones blancos. Ella dijo sí muy ilusionada, y nada mejor para celebrar aquel anillo tan pomposo que una tapa de ¿fabada? Ejem, eran simples fabinas de las suyas, de esas “baked beans” de HP o de Heinz, con algún trozo de salchicha roja por allí flotando despistado. Me sentí mal sirviendo aquello, no lo voy a negar… pero, ay, todavía faltaba la tortilla de patata. La tristeza se apoderaba de mí a cada paso que daba con aquella ¿tortilla? en mi mano derecha. Yo la miraba y cerraba los ojos acto seguido, porque, aparte de lo ridículo de su tamaño, el color tan rojo no aventuraba nada decente. Y así era, le habían echado pimentón…

A eso de las diez de la noche nos manda Tula a Dariusz y a mí preparar una mesa para ¡26 comensales (minerales)! Una despedida de soltero. El puto horror. Dariusz que desaparece totalmente de la escena “lost in translation”, y yo, pues a apechugar con aquel grupo tan hambriento como salvaje. Al menos me dejaron buena propina, que fui capaz de comprender a dos que me pedían ya medio borrachos una copa de “ponxavayerou”, y tras la tercera escucha llegué yo triunfal con la botella de Ponche Caballero mientras en mi cabeza sonaba el famoso Carros de Fuego de Vangelis.

Antes de irnos aquella primera noche, aparecen dos MILFs muy emperifolladas, muy rubias, de mucho volumen al hablar. Venían a esperar a los cocineros, y con ellos se fueron abrazadas a disfrutar de una buena noche de juerga en Londres.

gogogochLos sábados venía Rhys, un galés muy simpático de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, Llanfair para los lugareños (aunque a mí me gusta más, me pone más, ese final apoteósico en “gogogoch”), a dar recitales de guitarra española, la cual había aprendido a tocar, como no podía ser de otra manera, en Tokio. Gran bebedor de cerveza y un fan acérrimo de Camarón y de Paco de Lucía. No lo hacía mal, pero aquélla era mi profana impresión, que yo funciono con la música por puro y duro oído.

Vi pasar muchos más camareros y camareras, cocineros, sólo aguantó Katya allí al pié del cañón torero esos casi dos meses que trabajé allí. Un viernes, ya con mi QTS, fui a decirle a Tula que se había acabado, que ya no más Toreros ni fabadas engañosas, que me iba a trabajar de profesor a Phoenix High School. “Y si eres profesor, ¿qué narices hacías trabajando aquí de camarero?”, fue su pregunta desde la más absoluta y lógica extrañeza: una griega con mentalidad anglosajona tras 29 años viviendo en el Reino Unido. “Ay, si tú supieras de qué pueden llegar a trabajar los licenciados españoles llegado el caso”, fue mi pensamiento último antes de cerrar la puerta y salir de Los Toreros para siempre.

– ¿Jose, vale la sidra como símbolo de Asturias?
– Ehh… Vaya si vale, ¡pues claro!

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR, PARTE IV: BACK TO ONÁN

Sala de Juegos

Como hombre fiero de costumbres recias, Indalecio bajaba siempre que podía al garaje cuando el resto de la casa ya dormía. Una vez allí, se metía sigiloso en su coche, un Seat Ibiza, reclinaba lo necesario el asiento y ponía su canción, “The Promise You Made”, de Cock Robin, un grupo californiano de mediados de los 80 que sólo triunfó (relativamente) en Europa. Allí estaba inmerso su primer pensamiento onanista allá por 1985, Anna LaCazio, vocalista femenina del grupo. En Tocata había visto el vídeo-clip, y con las mismas se había enamorado febrilmente de esa chica que comenzaba a dar saltitos descalza a partir del minuto 1.19. Esas miradas de Anna eran para él, no para Peter Kingsberry; ese “pleeease teeeell me!!” era el gran conseguidor de polla en su máximo esplendor. Esos casi cuatro minutos de canción, el tiempo justo para una paja exprés. Y así había sido desde hace ya casi treinta años, algo más que una promesa hecha a los 15 años. Hoy no iba a ser menos, “un minuto y treinta y seis segundos, ¡ahí vamos! ‘If I gave you my soul for a piece of your mind…’ Hostias, no, que se me cuela Doña Visi (era su profesora de inglés en 1º de BUP, la que les explicó la segunda condicional casi a final de curso, aunque Indalecio ya se la sabía gracias a Anna)… ¡Mierda, apura, apura, joder! Ya, ya va… ‘help me out of the life I lead…!’ Vamos, vamos, ¡vamooooooos, Annaaaaa! Ufff, siempre a tiempo… Mierda… ¡Mierda puta, joder! ¿Dónde coño están los kleenex, hostia?”

BEFORE THE FALLING OF THE WEST

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  • José Luis – así me han llamado siempre mis padres – … Acaba de llamar tu tío de Bilbao…que se murió la abuela. – Y con las mismas, mi madre se echa a llorar desconsoladamente.
  • Gracias. –Ésa es toda mi respuesta, serio, impasible, dos segundos antes de levantarme del asiento y cerrar la puerta con cierto grado de vehemencia. Esa actitud la reconocí unos años más tarde al ver “En el Nombre del Padre”, cuando le dicen a Gerry Conlon (Daniel Day-Lewis) que su padre, Giuseppe (Pete Postlewhite), ha muerto y él contesta con un simple “Gracias” y sigue a lo suyo.

Estaba escuchando por primera vez, que justo esa mañana del 3 de mayo de 1983 había llegado el pedido de Discoplay,“The Crossing”, un LP del grupo escocés Big Country, el tema “Fields of Fire”, la cara B, la penúltima canción del álbum… Between a woman and his boy… Sí, así era, yo era su chico, ella había sido mi abuela, mi madre, mi padre, mi todo, y a ella le debo ser quién soy, cómo soy.

Esa canción es siempre mi recuerdo hacia su memoria, porque ella no creía en dioses propios o ajenos, tan sólo creía en el ser humano (“Si se cae el techo de la iglesia, a mí no me va a pillar debajo, no”, solía decir con cierto grado de sorna), podríamos hasta decir que mi “oración” personal hacia ella. Y siempre que la escucho sonrío, y me activo, y pienso que ella me estaría diciendo, “venga, arriba, vago, que todo tiene solución menos la muerte.” Casi dos meses me llevó poder llorarla, y fue un día lluvioso de julio en el que me quedé en casa escuchando música y puse esa canción, y la voz de Stuart Adamson me hizo saltar repentinamente las lágrimas, mares de ellas que se habían acumulado esperando su oportuno turno.

Hace justo cuarenta años, recuerdo a mi abuela Luisa sentada no frente al televisor aquel Telefunken en blanco y negro que teníamos en casa, sino justo al lado izquierdo del mismo. Estaba el aparato encendido, yo no había tenido colegio ese día y desde la puerta del salón observaba fascinado aquella escena, hasta que ella se incorporó un poco, giró su cabeza, miró la pantalla de cerca y dijo en tono muy bajo “a criar malvas, hijo de la gran puta; demasiado tarde, pero a la puta mierda, cabrón.” En la pantalla se podía ver como mucha gente desfilaba tranquilamente frente al féretro del dictador Francisco Franco. Dos horas más tarde llamaron al timbre de la puerta, corrí a abrir, eran Julia y Anuncia, dos amigas de mi abuela. Las tres se abrazaron llorando en el salón, de alegría, de alivio, las tres viudas, las tres muy emocionadas. “José Luis, anda, ¿nos traes la botella de anís que está en el armario de la cocina, en la parte de arriba a la derecha?” Por supuesto que lo hice, me subí a una silla y agarré con fuerza aquella botella de anís de La Asturiana. Me senté callado a escucharlas, a aprender de las circunstancias de la vida, de lo que había supuesto para ellas la Guerra Civil, la represión del dictador, las incursiones nocturnas en el monte para llevar comida a los maquis…… Tan sólo tenía yo ocho años recién cumplidos, pero ese día me marcó mucho porque en él aprendí mucho más de lo que luego me podrían haber enseñado en miles de clases de historia de España; la nostalgia de aquellos inviernos al calor del brasero de la mesa camilla jugando a la brisca con ella mientras no cesaba de preguntarle por su vida y milagros, por mi abuelo Martín, por como pudo ella escapar de los Nacionales y llegar a Madrid, y resistir allí hasta que la ignominia de aquel golpe de estado salió victoriosa. Mierda, pasaron……Cautiva y derrotada, regresó a Cacabelos, y se libró del paseíllo porque su hermanastra Emilia intercedió por ella (Emilia era del bando ganador.) La sigo echando de menos cada día, y quiero darle las gracias por todo lo que me dio, porque era una mujer honesta, desinteresada, buena, muy trabajadora, muy divertida también. Cuatro meses después de su muerte, llegó aprobada su pensión como viuda de guerra, que el primer gobierno de Felipe González al menos sí que había tenido la decencia de reconocer como viudas de guerra a todas aquellas mujeres que pudieron sobrevivir a la represión franquista. Ese día no dejé de llorar, y cogí mi bicicleta y me fui rápido hasta el cementerio para contarle la noticia. No llegaba a veinte mil pesetas, pero al menos era un último reconocimiento a una vida de lucha, miedo y tesón que no debería haber sido jamás la que le habría tenido que tocar vivir.

El día 16 de diciembre de 2001, encontraron el cuerpo sin vida de Stuart Adamson en el interior de un armario del hotel Best Western Plaza de Honolulú. Había recaído en el alcoholismo, su mujer, Melanie, acababa de solicitar el divorcio, Adam dijo “¡hasta aquí!”, se bebió una botella de vino y se ahorcó con un cable de la electricidad. No more Skids, no more Big Country, no more Raphaels……Me enteré de este hecho a principios del año 2002, y, nada más llegar a casa (por aquel entonces en Londres, en el barrio de Crystal Palace) busqué entre mis CDs un recopilatorio que había comprado unos días antes en una charity shop (gran casualidad cuasi premonitoria), “The Best of Big Country”, y puse la canción en el reproductor, y  transcurridos treinta y un segundos Stuart empieza a cantar “between a father and a son”, y yo me dejo ir en llanto, porque ella fue para mí madre, padre, amiga, maestra, confidente, en fin, todo lo que mi padre jamás ha sido ni será. Ésta es y será siempre mi “oración” en su honor, no matter 400 miles or 4 million, así que, gracias Stuart, y gracias por siempre a Luisa, mi abuela.

 

 

NO MEANS NOPE!

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No.

Me dices no,

Y es no,

Porque su semántica, implícita,

La propia del no,

Indica que no es no,

Y ni la mierda

Que sobrevuela

Las nubes

De aquellos peinados

Podrá cambiar un no

Por nada indiferente

A la explicativa

Negación del no.

“¡No quiero no saber!”

Ahí sí, joder,

La doble negación

Afirmando lo innegable.

“Sir, I didn’t do nuffink!”

Me decían a veces

En la high school llamada Phoenix,

White City, un barrio de Londres,

Y ya cayeron unos años desde aquello,

Y yo les decía,

Desde mi “tarima” aun sin ser nativo,

“¡Ajá, malandrines,

Que os he pillado!

¡Que sí, cabrónazo,

Que has sido tú,

Que a mí no me la das!”

¿Con queso?

“No puedo no comer”

Definitivamente,

El negar la existencia

Del yo inexpugnable

Es tarea ingrata

De superhéroes de papel reciclado.

No puede no hacer calor,

Y en este instante…

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Arde la puerta,

La manilla de aluminio

Que quema al contacto.

Demasiadas horas al sol, sí,

Sin un dedo amigo

Que la empuje al desconcierto

De una apertura inesperada.

Dentro, en el mismo portal,

Ya hace fresco,

Y las personas se pueden sentar

A respirar sin intervalos

Sentadas en los dos escalones

Previos al primer descansillo,

El de la puerta que da al sótano,

La de la gatera sin gato,

El preludio de las tinieblas,

Presente desde hace ya

Muchos lustros, no olvidados.

Aún tiemblo al verla,

Que era ella el umbral

Del territorio de castigo,

De alaridos a oscuras

Entre ratoncitos juguetones

Que gustaban de acariciar

Tobillos a la intemperie,

Media hora interminable,

A veces una entera.

Quizá habría roto un vaso,

O dado un pelotazo a un cuadro,

O pintarrajeado la pared del salón,

O simplemente habría corrido

Sin tiento alguno

A lo largo de aquel pasillo

Que, por aquel entonces,

Me parecía de longitud interminable.

Todavía escucho el toc… toc… toc…

Del bastón de mi abuela,

Que paseaba largo rato por él,

Cada noche, a oscuras,

Como si fuese ciega,

Porque “la luz no la regalan”,

Me decía si con ella me tropezaba

Antes de darme un abrazo

Que expiaba con serenidad

La pila inerte de la composición familiar.

Pongo mi mano derecha en la barandilla

Aún pintada de aquel marrón,

Un marrón mierda

Que digamos que desmerece

Con tan poca luz.

En vez de bajar saltando escalones,

Solía hacerlo dejándome resbalar,

Colocando mi sobaco izquierdo

Justo encima de su lisa

Y brillante superficie color mierda.

“¡Cagondiós, qué haces?”

Se escuchaba gritar dos segundos antes

De sentir la fuerza

De un tortazo imponente,

De los de otra época.

“Mal calculado”

Pensaba yo,

Porque sabía perfectamente

A qué hora volvía de trabajar.

Ya salgo.

La luz me ciega,

El calor te da hostias

Por toda la superficie,

Aun estando avisado,

Y sin brisa alguna que te acaricie,

Beso casi con lengua

Ese ardor puro, sin destilar.

Era la puerta que daba al mundo exterior,

Lejos de sótanos y de tortazos.

¡Ahí están mis amigos!

Hoy toca cintalabrea, fijo.

Seguro que sorteamos quien es la madre

A pares o nones.