OVER THE HILLS…

stupidity under conversión

 blending silly words

to get new terms:

   words so complex

that hurt with intention:

     new expressions

      old feelings

unfuckable riots of the heart:

“heartistic” ones

former Victorian sounds

of mere self awakening:

     then I met you

      you and the world:

my own private one

and it becomes my home

 my hut up in the mountain

  my shelter on spermless windy nights:

my in

and my out:

toothpaste wasted

linked forever

to the surface of the sink:

as I am sinking

in the boring depth

of my mild thoughts

of not belonging here:

of barking at two siamese moons

which now seem to enjoy

this minute of my despair:

c’mon friend

make my day

come true:

Daydream!

Behave well

under these dirty sheets:

endure my sickness

the reality that mirrors

your shallow approach:

shyness is not nice:

so do not stop now

and pervert my senses

until I calmly reach

that obnoxious galaxy:

far far away

the definite teletubby land

for expert shadow puppets

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“WHEN ORDER IS LOST, TIME SPITS”

A lomos de un caballo inexistente

luchas por aprehender la memoria,

finita, caduca,

estéril en mundos ajenos;

perecedera,

no se escapa,

ya la tienes.

Un tajo certero, nunca,

¡hussssh! Y no es ya jamás.

Mas viene el sueño,

y ahora eres la chica,

esa guerrillera desenfrenada

que destruye sin temor,

en un incierto infinito,

esa polla tiesa

que desde dentro revoluciona

tiempos remotos y olvidados,

que no ceja en su empeño

de correrse por su cuenta

en cielos iluminados

por el semen de su vanidad

de nuevo coño creada.

Porque ésa eres tú,

y ésa mereces ser,

despierta y altiva

tras haber surcado en soledad

aquel rugoso océano de confusión.

¿Qué es el género sino tú?

Por eso, ¡despierta ya!,

que el cielo de la mañana

ya se ha tragado y luego digerido

esa polla inventada,

que de imposible

nunca debió haber existido.

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… THEN I FEEL NOTHING

Sábado, 22 de mayo de 1999

Te despiertas. ¿Dónde estás?, te preguntas mientras tratas de seguir con tu borrosa mirada ese entorno hasta ahora desconocido para ti. Miras la hora en tu reloj de pulsera. Es temprano aún, aunque tarde considerando que hace media hora que debías estar dando una conferencia sobre “Competencia Comunicativa”. Restriegas tus ojos con saña y luego buscas tu ropa. Giras tu cabeza hacia la derecha y la ves, a ella. Está desnuda. Está dormida. Comienzas a recordar qué sucedió anoche, entre copas de ron y el humo de infinidad de cigarrillos rubios. Puede que estés asustado. Puede que hubieras bebido más de lo aconsejable. Sí, es verdad, te pasaste al menos dos copas de tu límite, y ella estaba ahí, tan a mano, hablando contigo, mirándote con interés, pensando que quizá seas alguien que merece la pena, porque ella acaba de romper una relación de casi seis años, hace tan sólo un mes, y se siente un poco insegura todavía, y el alcohol ingerido va tirando de tu lengua, y te notas suelto y fácil, en el contexto ideal para ligar, para echar una canita al aire. Total, todos lo hacen, todos lo hacemos más tarde o más temprano. Pura naturaleza. Ahora tienes todas las papeletas para el sorteo. Además, ella vive cerca y va y te pregunta si la acompañas a su casa… Pero, ¿cómo se llama?, ¿de qué coño estuvisteis hablando hasta las seis de la madrugada? ¿Por qué tienes miedo ahora? Ya se sabe, borrachera, por norma general, es igual a gatillazo. Da igual. Vas al baño, te estás meando. Es curioso, ya sabes dónde está el servicio. El pánico se adueña de tu ser a mitad de la meada. La conferencia, ¡joder! Debes vestirte rápido y salir de allí pitando. Desnudo y vacío de orín vas recogiendo tu ropa del suelo, con prisa. “¿Qué haces?”, te pregunta ella desde toda la amargura de su voz resacosa. La ves, ¡Dios mío, es guapísima! Te acercas a ella olvidándote por fin de tu ropa, que apesta a humo de tabaco. A tomar viento la conferencia, la competencia comunicativa, todos los oyentes y todos tus colegas, que esperan impacientes tu sabia presencia en la sala de Congresos y Exposiciones. Ella te espera ahora y la abrazas. Sus ojos reflejan algo más que una simple relación sexual de noche loca de primavera. Te desea y algo más: se acaba de enamorar de ti. Pero, ¿cuál es su nombre? ¿Dónde se había metido hasta entonces? ¿Por qué motivo habíais compartido tiempo pero no espacio si ya sois capaces hasta de imaginaros una vida en común en algún escondido rincón de cada uno de vuestros subconscientes? Hacéis el amor, ahora sí puedes responder físicamente a los estímulos sexuales que ella provoca en ti, porque es guapa, está buena, y sabe cómo jugar y hacerte participar en el juego; parece maja, vive sola, en una casa cuidadosamente decorada. Es una mujer, sí, una mujer que te está engullendo como hasta la fecha ninguna lo había hecho, la eterna mentira de la inmediatez. ¡Bingo!… … ¿Bingo? No, de eso nada. Un martillazo acaba de golpear certero tu cabeza. ¿Qué pasa con Carmen? ¡Joder, Carmen, Carmen, Carmen…! Tu miembro viril vuelve a ponerse flácido. Es Carmen, que no permite que puedas disfrutar gozoso del momento actual, porque Carmen es tu mujer, tu cariñín, tu media naranja, la primera que te hizo disfrutar plenamente. Entonces, ¿no podría ser ella tan sólo un gajo de la mitad de esa naranja? Sí, esa sería la solución, aunque imposible en nuestro mundo dividido siempre en pares. Hay que elegir, siempre tenemos que elegir, independientemente de cuáles sean nuestros deseos, nuestra capacidad de amar, nuestros instintos, en definitiva, coartados siempre por la mierda esa de la convivencia en sociedad imponiendo todo ese rollo sistemático de la familia, de la pareja fiel… ¿la competencia comunicativa? Y una mierda pinchada en un palo. ¿Quién cojones es capaz de decir todo lo que piensa en todos y cada uno de los momentos de su existencia, de mostrarse tal y como es o como le gustaría ser? Te incorporas repentinamente y ella te pregunta de nuevo qué te pasa. Le cuentas todo el rollo ese de la conferencia y, por su reacción, te das cuenta de que anoche ni siquiera se lo habías mencionado. A ella le suena a vaga excusa, a vía de escape, a huida de la evidencia – ¿y ese proyecto de futuro? -, que no es otra que la del químico amor recién hallado. La vuelves a mirar y algo se clava en lo más hondo de tus vísceras. Es la decepción que notas en sus pupilas. (“¡No, cariño, yo no quiero que te sientas así, que lo de la conferencia es verdad aunque anoche no te hubiese contado nada sobre ello!”), pero sólo eres capaz de preguntarle si puedes darte una ducha. Te deja su albornoz y te pregunta si te apetece un té. Sí, respondes mientras te vas dirigiendo lentamente, envuelto por completo en un embravecido mar de dudas, hacia la ducha reparadora. Agua fría. Rápida. Su albornoz es suave y huele a ella. Te vas enamorando un poco más si cabe. Ya no estás asustado, no; es como encontrarse al borde de un interminable acantilado, como los de Brighton, los que salen en ‘Quadrophenia’, y te acuerdas de los Who, y tarareas ‘My Generation’ mientras el agua fría, tremendamente fría, va despejando tu mente.

Sin embargo, ella ha puesto a la Creedence, y te callas, cesas en tu inútil tarareo encubridor y escuchas, y piensas “qué bien, le gusta la Creedence”. Apoyas tus manos en el azulejado del baño porque tus piernas comienzan a temblar. No cabe la menor duda, te acabas de enamorar como un puto colegial. Pero, ¿eres en realidad tan enamoradizo? Te paras a pensar sobre ello y prolongas innecesariamente tu ducha, ya que sobre tu cuerpo no queda ni un solo resto de ese gel de avena que huele a bendición, porque es el suyo, el que ella utiliza a diario, y eso marca, es otro pequeño detalle que se va insertando de manera inconsciente en tu receptiva memoria, en todos y cada uno de tus sentidos. Te secas rápido y mal. te envuelves en ese albornoz blanco que ella tan gustosamente te ha dejado. “Eso es buena señal”, te dices en voz baja. Tienes razón, nadie nos deja su albornoz así como así, es un primer signo de vida compartida, de lo que podría llegar a ser. “¡Ya está bien de gilipolleces, hostia ya!”, y vuelves a la aterradora realidad, mezcla de Carmen en forma de amenazante holograma, y de aburrida conferencia para una audiencia plagada de indolentes investigadores del mundo de la lingüística. De buena gana te quedarías con ella toda la mañana, todo el día, toda… ¿la vida? Al menos tú crees que sí. Sales del baño envuelto en toda la suavidad de su inmaculado albornoz. Ella está sentada en el sofá, confusa debido a tu actitud. Bebe a pequeños sorbitos su humeante té. Con un gesto de su mano derecha y sin dejar de separar sus labios del borde de la taza te indica que tu té también está preparado. Es Earl Grey, tu favorito; también el suyo. Aún no te has sentado a su lado y ya te has bebido la mitad de tu taza de té, de un sólo trago. Ella te mira asustada. Ninguno de los dos se atreve todavía a romper ese muro de silencio que divide en dos la estancia. Tomas la iniciativa. “Vaya putada lo de la conferencia… pero tengo que ir… me esperan”. Ella asiente sin mirar, sin hablar. Acaba de encender un cigarrillo que le dé fuerzas para poder mirarte a los ojos. Lo hace, y te das cuenta del daño que le estás haciendo. Recurres a una de las soluciones más tópicas en estos casos. “Podemos comer juntos, ¿no? Venga, te invito a comer. El rollo ese acaba sobre la una y media. Si me das tu número de teléfono…”. “Claro”, responde ella justo antes de tomar papel y bolígrafo y apuntar su número. Te lo entrega forzando una de sus mejores sonrisas. Sus ojos siguen emitiendo destellos de decepción, y eso te jode, te jode en el alma. Deseas abrazarla con fuerza, decirle te quiero, no te preocupes que no pasa nada. Te quiero. ¡Te quiero! Coges ese trozo de papel y lo miras. Ya sabes su nombre, ¡al fin! Beatriz. Das el último sorbo a tu Earl Grey y comienzas a vestirte. No queda más remedio que dar esa conferencia con los mismos calzoncillos de ayer, oliendo a humo, oliendo también a su gel de avena… Antes de calzarte te sientas a su lado y le acaricias el pelo. Beatriz responde a tu caricia apoyando su cabeza en tu mano y moviéndola acompasadamente al ritmo de tu caricia. La besas. Ella también te besa. Juntáis vuestras lenguas. No sabes por qué, pero aquel beso tiene un cierto sabor a despedida. Te resistes a la traición de tus intuiciones. (“Tengo su teléfono. En cuanto acabe la llamo, quedo con ella. Necesito amarla”.) Atas los cordones de tus botas, lentamente, recreándote en cada nudo. Estás a punto de mandar todo a la mierda y quedarte a su lado. Pero no puede ser, ya has cobrado tus emolumentos por anticipado y tienes que cumplir. “¿La parada de taxis más cercana?”, le preguntas, y ella te dice que dos calles más abajo, justo en una plaza con estatua ecuestre en medio de la glorieta. Coges tu cazadora del suelo. Compruebas si te queda algún cigarrillo, como acto lleno de costumbre en mañanas de resaca. Ya sabes dónde está la puerta y llegas sin su ayuda a su altura. Echas la vista atrás. Tienes ganas de llorar de pura impotencia, aunque no puedes, ni podrías aun forzándolo siquiera. Ya lo decía tu abuela: ‘hombre llorón, hombre bribón’. Y tú no eres ningún bribón. Porque vas a ser bueno con aquella chica tan guapa, con Beatriz. Giras tu cuello para verla. Sigue sentada en su sofá, siguiéndote con la mirada. Con un leve gesto le dices adiós, o más bien hasta luego, lo que queda refrendado con tu puño apoyado en la mejilla derecha, como queriendo sostener un teléfono imposible.

Dejaste dos mensajes en su contestador. La conferencia y su interminable epílogo se prolongaron hasta cerca de las dos y media. En buena hora se te ocurrió decirle que aquello finalizaría a la una y media. “Beatriz, soy yo, Ernesto. Joder, que esto se prolongó más de lo que yo pensaba… Nada, te llamaba para quedar contigo, para comer juntos por ahí. Bueno, ya te llamo luego, ¿vale? Un beso”. Cuelgas el auricular del teléfono sintiéndote el tío más gilipollas del planeta. Odias tener que dejar un mensaje en el contestador, en cualquier contestador. “Seguro que sueno como un puto idiota… como lo que soy, vamos”. No quedaba otro remedio que comer con tus colegas de profesión, alguno de ellos incluso amigo. Mejor eso que tener que comer solo, devanándote los sesos con el taladro de su imagen dentro de ti. La metástasis del amor, un cáncer que avanza premioso llevándose por delante una víscera tras otra. No tienes hambre y dejas que los demás decidan por ti. Hablaste de la competencia comunicativa oyendo tu voz desde otra dimensión, desde una nueva dimensión que responde al nombre de Beatriz. Un autómata ejerciendo diligente su función. Aséptico y frío. Distante, ausente; obligado y disperso. Las felicitaciones de tus colegas sonaban como el eco de una extraña pesadilla de la que acabaras de despertar entre miedo y sudor. Julio es tu amigo, tu buen confidente, y ya ha notado en tus ojos que algo extraño te está sucediendo. Esperará paciente que los demás se vayan para poder preguntarte qué te ocurre, y tu te sientes débil, con ganas de sacar de tu interior ese lobo que no deja de morderte con fruición las entrañas. Julio te conoce demasiado bien, aunque jamás tratará de darte un solo consejo en vano. Opinará, claro que lo hará, pero sin que el tono de su voz se acerque en ningún momento al de la inconsciente reprimenda del que todo lo envidia, porque Julio para nada es envidioso, y procurará ayudarte desde la frontera de su buena fe.

– ¿Te ocurre algo? No sé, te noto ausente, preocupado.

– ¿Cuántos años tenemos, Julio?

– ¿Qué?

– Somos quintos, ya hemos cumplido los 36.

– Eso tú, que yo los cumplo en septiembre.

Sonríen y se callan, y cada uno da un trago a su chupito de orujo de hierbas mirando el vaso como si se tratase de una bola de cristal que nos dice lo que ha de ser, que no lo que será.

No lograste verla de nuevo. De vuelta a casa, a la agradable rutina, a Carmen. Al día siguiente buscas tus viejos discos de la Creedence Clearwater Revival y decides escuchar el ‘Cosmo’s Factory’, el mismo que ella había puesto en su equipo de alta fidelidad mientras tú te duchabas.

“Está será nuestra canción, nuestro vínculo secreto”, piensas mientras enciendes otro cigarrillo, antes de que el techo del salón se te caiga encima. Pasan los días, las semanas, y ya ni ‘ramble’ ni ‘tamble’. Te vuelves cobarde entre la niebla. No tuviste el valor de llamarla. Carmen está a tu lado ahora, y ella ha puesto el sello de su “ganadería” en uno de tus gluteos, y quema, quema de verdad, aunque no duele. Quince años y medio al rojo vivo y sin hacer llaga aún. Llevas un rato mirándola mientras ella lee una de esas novelas negras que tanto le gustan – hoy toca ‘La Dalia Negra’ de James Ellroy – . Transcurridos unos minutos sonríes casi sin saber por qué, pero de pura satisfacción. Al día siguiente buscas entre tu vasta colección de CDs una canción que responda a tus nuevas sensaciones. Ahí está, ‘Feel the Pain’, de Dinosaur Jr, basta con cambiar un poco la letra, que ese ‘everyone’ se convierta sutilmente en ‘every woman’. (“I feel the pain on every woman, then I feel nothing…” – “Siento el dolor en cada mujer, luego no siento nada…”).

Ésa es la canción. Como anillo al dedo. Pasas página a través de la ronca voz de Joe Mascis. La bella mujer llamada Beatriz pasa a formar parte de tus recuerdos, sólo eso, nada más; y los discos de la Creedence – el entrañable y olvidado vinilo, con el gotero puesto y agonizando solitario en tiendas (ya casi podríamos decir casi que) de antigüedades – seguirán en el exilio, entre los de los Cramps y los de los Cure, porque siempre te gustó ordenarlos en estricto orden alfabético.

IN MY MIND, MY DREAMS ARE REAL

Ha llegado al fin el momento de dejarse de gilipolleces de una puta y definitiva vez. ¿¡Pero que mierda es ésta de ser profesor de inglés ni que ocho cuartos!? ¡Nada, pero de la nada más chabacana y profunda! Yo lo que siempre he querido ser es una estrella del rock and roll, hostias ya… (o, bueno, sucedáneos semejantes, vaya… no sé, actor, performer, deportista de élite… ¿escritor?)

Mi vida como “estrella del rock” no ha sido nada fácil hasta la fecha. Conviene ahora explicarse ordenadamente, desde una cronología activamente aplicada, supervitaminada y mineralizada.

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Y venía cada año el fotógrafo en su carromato

Parvulitos. Toda la chavalada de mi quinta se acerca asustada, virgen, al colegio en su primer día; unos llorando, otros agarrados a las faldas de sus madres o abuelas, la mayoría temblando arrítmicamente. Unos pocos, los menos, vamos llegando con actitud altiva, pizarrín y tiza en mano, que para eso nos habían estado “entrenando” a conciencia en nuestras casas el verano anterior, el de 1971. Entramos a clase en un silencio que sólo se veía interrumpido por algún sollozo entrecortado. Sólo niños, que no era bueno mezclarse con las niñas, el tardofranquismo no permitía tal perversión, las cricas por su lado, y las pililas por otro distinto y estratégicamente bien alejado. Entra la maestra, Agustina, una chica joven de aspecto sanote y moderno, como de catequista con ínfulas hippies, de las que habían visto más de una vez “Jesucristo Superstar” y sabían al menos como tararear las canciones. En menos de una hora ya estábamos todos cantando un pseudovillancico que había compuesto el ínclito Juan Pardo, “Capitán de Madera”, una canción interpretada por La Pandilla, grupo juvenil como oda desde el púlpito patrio a ese nuevo cristianismo supuestamente moderno que impulsaban con exultante “jolgorio” desde aquel Concilio Vaticano Segundo. No me animo a cantar en alto al principio, que me da mucho corte, pero veo a mi lado a mi amigo Simón dándolo absolutamente todo, a mandíbula partida y berreando como un poseso en pleno trance místico. Me animo y me uno a él. Me quedo solo al llegar a esa parte que decía “mis zapatillas coloradas, dos bufandas y una rana, un aro blanco y caramelos sin chupar.” (se ve que en aquellos primeros años de la década de los 70 se estilaba lo de regalar caramelos chupados, digo yo…) De ahí a interpretar villancicos con el coro de mi pueblo, un par de pasos. Pastorcito que iba a Belén con un zurrón lleno de caramelos Sugus (¡y sin chupar!). Se acercaba la gloria efervescente y yo ni lo sabía aún…

5º de EGB. Cómo aún no nos podíamos mezclar con las niñas, académicamente hablando, decidimos hacer una obra de teatro (y por “hacer” estoy implicando todo el proceso que conlleva cualquier obra teatral: escribirla, ensayarla, preparar vestuario, organizar el escenario en nuestra clase…) Yo era “Chals” (sic.) – todavía no habíamos llegado a 6º, y el inglés era una entelequia muy lejana -, el hijo de un rico terrateniente que moría envenenado por un mayordomo malo, muy malo y retorcido. ¡Qué manera de morir! ¡Qué nivel de exteriorización de ese yo interior tan atormentado! (Ni Lee Strasberg habría necesitado darme consejo alguno. Me salía literalmente, casi astralmente, de mí mismo) ¡Vaya lo que se rieron todas las niñas de 5º (nuestras insignes espectadoras)! Un paso más, o quizá menos, para llegar a ese paraíso al que sólo acceden unos pocos “elegidos”.

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1982. 1º de BUP. Pionero del ‘selfie’

Me salto conscientemente mi época de instituto. Muy poca gloria, adobada ésta con una gran capa grasienta de pena. Cambio variable y chaquetero del heavy metal al punk pasando por fases pajilleras de tecno-pop, nuevo romántico o incluso (jode reconocerlo) italo-disco (Sí, bailé el “Tarzan Boy” en la discotecas Saravá y MaryChris, las de mi pueblo, y aquí estoy, ni me abdujeron alienígenas lisérgicos, ni nada parecido.)

Oviedo, curso 1986-87. Llegué a Oviedo en octubre de 1986, dispuesto a ser un filólogo especializado en la lengua inglesa. Primer curso como habitante el Colegio Mayor San Gregorio. Allí, por suerte, encuentro gente tan sanamente descerebrada como yo. Tras varias noches en vela plenas de música, tabaco y demás materiales, decidimos hacer de la nada más espesa un grupo punk, Bicho Evan‘Bicho, Evan & The Garban Zin Band’ (Evan era yo, que me había caído ese apodo una noche de ciego total en la que, al parecer, hablaba exactamente igual que el boxeador aquél que respondía por Alfredo Evangelista, el cual, por lo que recuerdo, había aguantado los 12 asaltos de un combate al gran Muhammad Ali.) Letras guarras y comprometidas (“luego por las noches, poluciones nocturnas; me hago muchas pajas y me bebo la lefa mía”, ése era el nivel). Dos conciertos, dos. Uno en la fiesta del Colegio Mayor, y un segundo, pura y devastadora improvisación, en la sala Factory de Oviedo.

Poch

Poch

Actuaban “Los Hermanos Pinza”, un grupo rollo punk cabaretero que tenía Poch, el de Derribos Arias, que se encontraba de aquella viviendo aquí, en Vetusta; y como teloneros, los Hipohuracanados. Fuimos a ver los del grupo etílico-punk aquel bolo de jueves. Esperamos y esperamos, pero no empezaba. Se nos acerca Rubén, el de los Hipohuracanados, y nos dice, “oye, ¿queréis tocar conmigo, que los del grupo me han dejado totalmente colgado, los muy hijosdelagranputa?” Sin dudarlo ni un segundo, y sin mirarnos siquiera, respondemos al unísono, “Sí, claro, tío.” Y allí me vi yo con el Bicho, aporreando con unas baquetas medio rotas unos cubos de la basura de los más grandes. Bicho Evan gigCada poco le dábamos una patada y tenía yo que bajar de un salto a recogerlo a oscuras entre el público asistente que, oh sorpresa, era numeroso, nos aplaudía, nos vitoreaba y todo. Me acuerdo de cantar todos juntos eso de “un día cualquiera, comeré lentejas”, cutre alusión al temazo de Parálisis Permanente, “Un Día en Texas”. Grabamos una cinta que se perdió sin remisión en algún confín raruno de alguna maleta. Hicimos, además, un corto en Super 8 que se titulaba “¡Qué Pasa, Monstruo?”, una clara alusión a Enrique, El Figuras, que de aquella andaba por allí preparando las oposiciones a judicatura, y siempre nos saludaba con aquella coletilla caspa-lux cada vez que nos cruzábamos con él por algún pasillo interminable, y que, hace no demasiado tiempo fue pillado en moto dando una tasa de alcohol muy superior a la permitida (lo sé porque lo vi en las noticias); ay, el superjuez, ¿dónde está ahora el CGPJ? Puro rock y puro roll, como podréis observar…

Octubre de 1988. Worthing, sur de Inglaterra, ciudad costera del condado histórico de Sussex. Con lo que había ganado trabajando en la Cooperativa Vinos del bierzo de Cacabelos en la temporada de vendimia, me voy allí un mes y medio a perfeccionar mi inglés (que falta me hacía, la verdad, que andaba con un par de asignaturas colgando por ahí, ya en tercera convocatoria). Viaje de 27 horas de alsa, ¡como no! Me alojo en casa de la familia Clorane, típicos tories dicharacheros que juraban que uno de aquellos dos violines desconchados que decoraban la pared de su salón eran auténticos Stradivarius.

Mrs. Clorane y yo.

Mrs. Clorane y yo.

Gloria, la casera, era una MILF que andaba muy enfrascada en mil y un negocios (impresión de carteles para la British Airways, estampado de ropa militar para el ejército británico…), y me paseaba por ahí, por todo el sur de Inglaterra, en su mercedes rojo. Un sábado, nada más levantarme, me dice que si quería tomar el té con ella y dos amigas. Y yo venga, “buff, es que quedé en el pub con unos amigos, con Emiko, esa chica japonesa con la que ando en relaciones…”, “Aaaanda, que sólo será una hora, no más, y luego te vas al Dickens” (El Charles Dickens pub de Worthing, my local then, en el que tenía puestas mis grandes esperanzas de estrenarme en el terreno sexual japonés.) A regañadientes, le hice caso a Gloria, y esperé, e hice más que bien.

Dinah O'Dowd y su vástago, Boy George

Dinah O’Dowd y su vástago, Boy George

Conocer a Dinah O’Dowd (Glynn de soltera) fue todo un acontecimiento. Dinah, originaria de Tipperary en Irlanda, era (y es) la madre de Boy George. Nos contó de primera mano, y de una manera extrañamente divertida, todos los problemas de su famoso retoño con las drogas (muchos y muy notorios en aquellos finales 80). En un alarde de irlandesa improvisación musical, y desde una profundidad vocal, gentileza sublime de la onda cavernosa del humo de Peter Stuyvesant, hasta nos llegó a deleitar con una versión folkie de “Do You Really Want to Hurt Me?”, con la que me animé y llegué a acompañarla vocalmente llegado el estribillo. Dos horas y media, no una como estaba previsto. Cuando llegué al Dickens, Emiko ya se había liado con un italiano que la rondaba desde hacía unos días, Enrico (“¡que estupidez!”, pensé, “Enrico y Emiko, vaya par de imbéciles con rima consonante”). Me emborraché como un cerdo a base de pintas, y acabé en la cama de una chica de Alicante de la que no recuerdo ni su nombre, aún decidido, quizá más que nunca, a ser una puta estrella del rock, ¡qué cojones!

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Satán o los Sólo Natas en pleno éxtasis Beastie Boys

Oviedo, enero de 1991. Compartía piso en el número 32 de la calle Fray Ceferino con otros dos bercianos ilustres, Charlie y Jerry, y un gallego de pro, del mismo Narón, Tito.
Como las noches llenas de estudio bajo nubes de humo tóxico y de partidas de póker hasta al amanecer, nos tenían la mar de aburridos, y aprovechando las dotes de Jerry como disc-jockey, decidimos preparar una coreografía… Bueno, no una coreografía,
November 2009 016¡LA COREOGRAFÍA! Una mezcla delirante de Beastie Boys, Iron Maiden, electro-dance, hasta Marylin Monroe y Roberto Carlos, con su famoso tema “Lady Laura”.
Una locura. Nos vinieron a ver actuar en la habitación de Jerry, acondicionada para la ocasión, con cama y somier en el pasillo para hacer hueco, grupos y más grupos de gente que se reía a carcajadas. No era época de fama a través de YouTube, así que, ni youtubers, ni grabación ni puñetas en vinagre de Módena. Se queda en el puto recuerdo, alguna fotografía y una fama efímera que como humo se fue. El nombre de aquel glorioso y versátil grupo, “Satán o los Sólo Natas”, un palíndromo genial creado por la infatigable mente creativa de Jerry. Queda también el cartel, que poco no es.

Septiembre de 1994. Rodaje de una película, “Pasiones Rotas”, mala a rabiar, en el casco antiguo de Oviedo ambientada en octubre de 1934, en plena revolución. Uno de los extras, aquí, el menda. Me cortaron el pelo y me acicalaron adecuadamente en el Hotel Regente. Me dieron un traje de época que parecía incluso de sastrería, hecho a medida, que me sentaba la mar de bien, muy elegante; La noche republicanauna copia falsa, de puro atrezzo, de un periódico, “La Noche”, y me situaron en la calle Cimadevilla al lado de ¡Frances McDormand! Una toma, dos, tres… (Supuestamente, volvíamos caminando, charlando alegremente, de una corrida de toros cuando un camión lleno de revolucionarios al asalto se cruza en nuestro camino de repente, y echamos a correr en dirección a la Plaza de Alfonso II el Casto, la de la Catedral, por resumir.) y allí estábamos Frances y yo hablando con toda la confianza del mundo, como dos buenos “amigos”. En una coproducción con un reparto internacional de postín (Paco Rabal, Franco Nero, Vincent Perez, Polly Walker, Penélope Cruz, Ruth McCabe, etc), me había tocado hacer una escena al lado de una pedazo de actriz de la hostia, casada con mi admirado Joel Coen… No soy muy mitómano, no os engañéis, pero en ese contexto, con toda la naturalidad que Frances era capaz de transmitir, acabamos hablando largo y tendido sobre “Agenda Oculta” y “Short Cuts”, sobre Ken Loach y Robert Altman. Incluso me estuvo comentando el proyecto de “Fargo”. ¡Cómo agradecía yo las largas esperas entre toma y toma a las que nos sometía el cuasi novel Nick Hamm!

Frances McDormand & Polly Walker

Frances McDormand & Polly Walker

Eso suponía más cafés de la sidrería Faro Vidio, y más cigarrillos liados (se me ocurrió aparecer en la escena fumando, así que, a liar un nuevo trujas antes de cada toma.), y, por supuesto, más y más conversaciones con Frances. Al final, cuando estrenaron (se lo estuvieron pensando cuatro años, de lo mala que era) ese pedazo bodrio pastelero de película, vi que habían eliminado esa escena, y casi todo lo relativo a la Revolución del ’34. Poco que ver el montaje definitivo con lo que allí nos habían contado los del equipo. Daba igual. Cuando vi a Frances McDormand recibiendo el Oscar por su magistral interpretación en “Fargo”, me hizo ilusión pensar que alguna dedicatoria subliminal iba dirigida a mí. Ya, claro, de ilusiones… (“I’ve really enjoyed your way, José. Very nice to have met you. See you soon!!” “Me too. You are amazing… as an actress, I mean” “Hahahaha, don’t worry! Message understood”, dos besos y hasta nunca, como era de esperar.)

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The townspeople celebrated, the day the hostages were released.

Covent Garden, abril de 2014. Allí siempre hay artistas callejeros, la mayoría muy buenos (será por falta de actores en la Gran Bretaña, ¿no?). Estamos tranquilamente viendo una actuación cuando, de repente, y sin tiempo de reacción, me veo con una banderita, la Union Jack, por supuesto, en mi mano derecha. Efectivamente, yo era uno de los cinco elegidos para ese momento de gloria. No sé si los Village People estarían orgullosos de mí o no, lo único que sé es que lo di todo, ya no quedaba más carne para tanto asador (nunca mejor traído, que hace casi un año tenía 15 kilogramos más de ser humano en mi propio cuerpo.) Aquí podéis verme, el primero por la izquierda. Momento estelar, mito y leyenda, Dionisíacas ciudadanas de saldo y de postín…

¿El futuro? Pues como que me importa una mierda, la verdad. Vivo el presente, y mantengo, desde que soy consciente de mi existencia, una actitud extremadamente nihilista ante la vida. Puede que algún año actúe en el Primavera Sound, o en Glastonbury, o haga una gira apócrifa por los US of A tipo Dickens-Celebrity en la segunda mitad del siglo XIX, escribiendo novelas por entregas y haciendo “de sufrir” a mi estimada audiencia… Bollocks! My arse! No way, José! Que la realidad me despierte ya, que parezco un puto gilipollas… tres, dos, uno…

(Don’t you remember you told me you loved me, baby?? Ninoninoninononiiii.)