SOGA A LA YUGULAR

Gas Mask Kiss

Ni hola, ni adiós; ni tan siquiera un lamento que nos despida. Reflejábamos nuestra inerte carencia en cada gesto, en cada caricia, en cada episodio de nuestra pasividad. Y eso no era bueno; desde luego que no. Aquel día no estábamos para nadie, pero Nadie vino y nos ató con fuerza a las patas de la cama de nuestros pensamientos más ocultos. Nos redujo. En verdad, ¿sabíamos qué pensaba el otro? Yo sé que me escondía, no ya de ti, sino del mundo, de la NADA que nos conduce a la perversión de nuestros sentidos.

“Te quiero”, nos decíamos casi mecánicamente mientras veíamos una película, mientras yo fregaba los cacharros y tú los secabas, a medias, bien es verdad… ¿Dónde hemos dejado nuestra Babilonia particular? ¿Lo sabes? ¿Lo sé yo? Déjame que te cuente algo: sigues siendo el denominador común de mis deseos; guardo en mi memoria el daguerrotipo de tu imagen, de tu sensualidad; en cada neurona, en cada sueño no vivido… no recordado a tiempo. Vamos a apagar el televisor. Deja ya de leer esa mierda de novela y apaga la luz, que tanta electricidad reprime nuestro fuego interno, el magma incandescente que nos une, que debe al menos unirnos. Yo haré lo mismo. Revolquémonos otra vez, durante horas y horas, como lo hacíamos ayer. Amémonos. Petrifiquémonos en un abrazo eterno, que esquive incluso la muerte, que la haga pasar de largo. Odiémonos. Discutamos. Que cualquier nimiedad nos vuelva a alterar hasta forzar al límite nuestras cuerdas vocales. Que eso es bueno; que eso es cola de contacto que nos liga sin que nos demos apenas cuenta de ello. Aún tenemos pendiente nuestra propia revolución. A partir de ahí, ya veremos. Yo siempre voy a estar aquí, inamovible ante el desaliento de nuestra cordura… Beso tu cuerpo.