PIEDRAS: DEL TEJADO AL RÍO

tejado-de-arriondassi una piedra nueva
llega a tu casa un día,
que el tejado no la acoja,
que la puerta se abra,
que no se esconda,
que alcancemos
abriendo bien
el ojo del entendimiento
a comprender su viaje,
su huida,
su llanto amargo de grava
que en su origen se queda,
triste y rabioso,
indicaciones de demora
para la muerte
que atrás
en la sombra
se suicida
en un tiempo
que a destiempo
no nos enseña
más amor,
nula empatía,
curiosa flor
que a sangre apesta
tras una imprevista ingesta
de odio multiplicado
por la potencia
elevada al cubo
de odio por plomo,
de asco por p
ólvora:
ahora ya,
baja despacio de mi tejado
y siéntate a la mesa,
tenemos macarrones
para cenar,
inventaremos conversaciones
antes de que regresen
y nos vuelvan a matar.

river-cua

Érase una vez un río que pasaba por mi pueblo, que se llenaba de niños y niñas cada verano, que tenía un trampolín desde el que saltábamos una y un millón de veces, por cuyo puente trepábamos para zambullirnos desde allí arriba…

Sí, éramos demasiado jóvenes y despreocupados, la vida esperaba nuestro aterrizaje forzoso, y no nos ha ido del todo mal.


Tranquilo este invierno en contraste con otros de riadas increíbles, el río Cúa sigue su curso, y seguirá mucho tiempo después de nuestro adiós, porque él es mucho más eterno e inmortal que todos nosotros. Es el alma del norte, es el frío del norte, y en el norte siempre recordamos.

LA SONRISA ETERNA Y COREOGRAFÍAS IGNORADAS

fontan-munecodesde aquí
os sonrío
con todas mis ganas,
el cielo libre
no os contempla hoy
igual que lo hace conmigo
y la envidia
habita escondida
en vuestras carteras
porque yo no valgo demasiado
y en una esquina
cualquiera
de cualquier mesa
de tu casa
os haré felices
cada noche
cuando estéis soñando
y la penumbra
agote sin prisa
cualquier intento
de emoción erosionada,

porque sin permiso
me beberé vuestros cafés
y me untaré de mermelada
con el tiento de unas ganas
que recuperaré
desde el abismo
de la mirada
de vuestros ojos
ya cerrados
para siempre.

segundo-milenioMaddie baila
al compás
de tu ludopatía
y ni el sonido
de monedas cayendo
puede esconder
la voz de Sia;
deberíais conoceros
intercambiar pasos
de baile
por máquinas
tragaperras
en plena retirada:
dance with me
insert coin
with me
me me me me…
mi café
sólo
y la danza volitiva
para las monedas
pequeñas
de antaño;
estoy seguro,
os tenéis
que conocer
en el pachinko
vulgar
de celestiales
gorgoritos infernales.

NO HAY TIEMPO PARA TENER PRISA

senor-en-campillinfeliz
me voy ya a mi casa
con tres DVDs
dos novelas
y la sonrisa
amplia y escasa de dientes
del vendedor
que regaló
varios Pokemon
a un niño
que le dio
las gracias
desde muy adentro:
es cierto,
la gente
que menos tiene
es infinitamente
más generosa.

arcade-1984viaje en el tiempo
atrás
y ahora soy mileurista
de nuevo
aunque el euro ni exista
aún;
y nada cambia:
defender para iniciados
porque
sus malos son sus malos
y mis buenos también lo son;

en la nevera sigue habiendo cerveza
y en la órbita mi cabeza
vitaminas para mi desarrollo
tenazas y un centollo
y niebla densa
húmeda
llena de rabia;

nos quisieron enseñar
seda y lujuria;
pero llegó la hora del examen
y respondimos
“atropello y algodón”
éramos muy jóvenes
éramos muy punkis
pero sólo a media jornada
lista para la expansión.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XLIV (MANTECADAS, “BILLAJOYOSA” Y LA TÍA “VERNARDA”)

img041

Desde, ¡cómo no!, el fondo del alsa, asiento 53, en este viaje de Oviedo a Ponferrada me fijo – hacía ya años que no lo hacía – en un cartel muy grande que anuncia goloso MANTECADAS ALONSO, y vuelve a mí aquel sabor y aquella textura tan empalagosa de las mantecadas que me traían de niño el tío Juan y la tía Bernarda cada vez que regresaban de aquel pisito que se habían comprado a principios de los 70 en Villajoyosa. No recuerdo con exactitud si eran dos o tres veces al año, pero era llegar ellos al pueblo en primavera o en otoño (todos unos pioneros pre-Imserso) y decirme mi abuela rauda y preparada ya para una visita más, “José Luis, saca la botella de anís y las pastas, que vienen Juan y Bernarda de visita”, y ya visualizaba yo aquella caja de Mantecadas Alonso, y sabía que durante unos días tenía el desayuno asegurado y organizado, ¡hasta luego al pan duro mojado en leche recién hervida!

Guarda mi madre en una caja rectangular, grande, que en otra vida fue mero contenedor de cubiertos varios, un montón de cartas y postales de los últimos 60 años, y allí están todas aquéllas que enviaban los tíos desde Villajoyosa… o “Billajoyosa”, con B, como ellos mismos lo escribían en cada remite. Para compensar, cuando yo, escribano oficial de la familia desde los 8 años, tenía que contestar cada postal recibida me obligaban a cambiar el nombre de la tía, de la destinataria, y Bernarda se convertía en “Vernarda”, “que así se escribió toda la vida de dios, carallo”, me decía mi abuela al borde del enfado. Y yo, obediente a la par que necio, convertía lo mejor que podía y sabía aquella be mayúscula en una uve pelín rococó. Quid pro quo, justicia ortográfica.

Juan era el hermano pequeño de mi abuelo Martín, uno de los misterios peor guardados de la familia. Rojo compulsivo, hombre de campo, comunista y orgulloso de serlo, del que, el miedo siempre adherido a los tuétanos de mi madre, se me contaron varias versiones de su muerte, siendo la más evidente la que siempre se obviaba.

Juan y Bernarda no tuvieron hijos, pero compensaron esa ausencia rodeándose de montones de sobrinos y sobrinas que, al parecer, suplían aquella carencia tan, tan grave, o eso se contaba en mi casa, porque a mí me parecían la mar de felices y dicharacheros sin una prole a la que mantener. Sabían vivir y transmitir su alegría de vivir… a pesar de su empeño por las mantecadas, y me alegra recordarlos ahora que este autocar maniobra para salir despacio de la estación de autobuses de Astorga mientras observo sin siquiera pretenderlo esa maravilla de Gaudí que sirve como palacio obispal (una pena la devoción religiosa del arquitecto), al fondo del alsa, en el asiento 53.

EL MEJOR BOCADILLO DE CHORIZO / LA NIÑA DE SUS OJOS

casa-de-mi-abuelaVuelvo del colegio,
hace mucho frío
y la calefacción no tira.
“Siéntate conmigo a merendar”,
y adiós a ese partido callejero entre amigos…
No importa ya.
Cada vez que paso al lado
de la casa vieja
veo toda tu infancia,
esa tan dura que me contabas
al calor de ese brasero
en tardes frías
de inviernos largos;
mi bocadillo de chorizo
y los ojos tan abiertos
como los oídos…
El regreso a casa:
te escucho nacer
a un llanto más
de aquella muerte,
a un lloro menos
del olvido,
de esa dignidad
que se tiraba al monte
para alimentar el hambre
de aquellos que una vez
fueron los suyos.
No recuerdo calor más agradable
ni bocadillo de chorizo
más apetecible.

dormir-en-alsala niña de mis ojos
el niño de mis desvelos
el colacao
y las galletas;
la ropa, el calzado
y yo?
deprisa deprisa:
en una mano
el cepillo de dientes
y en la izquierda
el peine
recoged rápido las tazas!
menos mal, no llueve
paraguas al paragüero;
llave abre
llave cierra
ascensor averiado,
sólo son tres pisos;
cantamos escaleras abajo:
“debajo un botón ton ton…”
portal
“buenos días”
“buenos dias”
“vaya grandes que están ya!”
“crecen que se matan, sí”
colegio, el timbre
besos, amor, cariño
“aprended mucho”
y ahora rápido a la estación
al alsa
a trabajar lejos de casa
por casi 600 €
hasta las seis de la tarde,
porque todo va bien
y la macro economía
nos saluda sonriente
desde el cielo despejado
de aquellos rascacielos.

LA MANSIÓN DE LOS ANIMALES HERVÍBOROS Y UN TOBOGÁN DE VIDES

arriondas-indiano-houseyo quiero vivir
en la mansión
de los animales
herbívoros
y alimentarme
sólo de hierba
y con su humo
crear neblinas eternas
cada mañana
y no preocuparme
por significado alguno;
respirar lejos,
muy lejos
de la semántica misma;
a saber:
comer, cagar y follar
y alimentarme
sólo de hierba
como los animales
herbívoros.

vina-de-cacabelostobogán de vides
y ese monstruo que preside
que vigila
la caída de las hojas
el crecimiento de los racimos
el grado de la mencía
como se poda
como se sulfata
si hace falta arar este año
o no:
la puta vendimia… ese monstruo
que no lo vemos
y ahí sigue
pensando cada día
que tan sólo somos
una banda de imbéciles
que matamos nuestro tiempo
manejando a nuestro antojo
la naturaleza viva
para poder disfrutar
de unos vasos de vino… y él se descojona: “que trabajen otros
a mí
con cara de sumiller
gilipollas
que me pongan otra copa
que el vino no es
para quien pisa una viña
es para quien sonríe
y aprieta bien las manos
de los verdaderos
titiriteros…”

SONRISAS QUE SON PUÑALES

celebracion-1982
“Though those that are betray’d Do feel the treason sharply, yet the traitor stands in worse case of woe” –
William Shakespeare

El día 20 de octubre de 1982 cumplí 15 años, a mi aire, sin apenas regalos y muy feliz con mis amigos aquel miércoles después de clase. Ocho días más tarde – sí, era un un jueves, que antes no “fastidiaban” los domingos a nadie con elecciones o similares – se celebraban unas elecciones generales en las que, supuestamente, todo iba a cambiar. “Por el cambio”, se leía en los carteles bajo la cara miroalinfinitoconcarainteresanteporqueyolovalgo de Felipe González, el Isidoro aquel del exilio. Mi tío Aníbal, afiliado a UGT y al PSOE, me llevó el viernes 22 de visita a la sede del partido en Ponferrada. Se respiraba ilusión, una emoción ya ni siquiera contenida. “¡Ésta vez sí, vamos a ganar!”, y aquellos señores muy mayores se emocionaban y abrazaban casi al borde del llanto. La mayoría había vivido una posguerra muy dura, algunos hasta la guerra incluso, perdedores de la misma, hasta las narices de injusticias históricas muy mal alimentadas. Casi me contagian, la verdad, pero yo tenía a mi abuela Luisa, esa voz de la conciencia de clase que me decía, “no te fíes, José Luis, no te fíes, que éstos nunca aparecían cuando había que pelear en la sombra contra Franco.” Y yo, que la acompañaba siempre a votar e introducía muy contento las papeletas del PCE en los sobres correspondientes a Congreso y Senado, pues le hacía caso, que para eso me hacía los mejores bocadillos que cualquier merienda humana pueda haber tenido jamás. El viernes 29 de octubre no dimos clase de nada; todo el profesorado venía casi (o sin casi) de doblete, exagerando hasta el histrionismo una alegría político-etílica. Estupendo, un fin de semana por delante sin deberes para casa. Al parecer, todo el mundo era socialista.

Tres años y pico más tarde, concretamente el día 12 de marzo de 1986, pude votar por primera vez, y no sólo eso, sino que, para añadirle emoción al asunto, va y me toca ser interventor en una mesa electoral del colegio de mi pueblo, Cacabelos. Yo lo tenía clarísimo, tanto de entrada como de salida. Ya se le estaba viendo el plumero al señor González y a su gobierno supuestamente socialista. Tras una grandiosa utilización de la televisión pública el día 10 de marzo en horario de máxima audiencia, en el telediario de la noche – un buen rato, laaaargo y tedioso, de mitin del futuro señor X para que la gente pudiese “reflexionar” bien y en condiciones – el resultado dio un vuelco a los sondeos (¡pedazo novedad!). Sí a la OTAN, camaradas. Y yo, en aquella mesa, todo el día escuchando preguntas de mucha gente que no sabía bien cuál era “la papeleta para votar a Felipe”.

En fin, que si alguien se ha llevado una sorpresa hoy, se siente con un grado incontenible de indignación, o siente como una especie de estreñimiento ideológico por falta de comprensión, puede recurrir a esta frase que pronunció el otro día Mary Beard en el Teatro Campoamor de Oviedo: “no ser capaz de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos”. Así es; y no conviene olvidar que, no sólo en el mundo de las artes sino también en la política, siempre tiene una gran relevancia ese aspecto casi imperceptible, etéreo, que se difumina ante nuestra vista pero que es amplio y determinante como el silbido de un cabrero, el Factor X.

(Y hoy, en esta tesitura histórica, sólo se me ha ocurrido escribir, ¡cómo no!, un poema alusorio, que ahí os va que os preste cual pedrada desprevenida:

escanear0032

La inocencia en 1982 – yo mismo

¡Qué te parece

esta concepción tan liviana

de la raza humana y sus circunstancias?

Quizá la abstinencia logre en dos movimientos

terminar con ese desfile tan particular,

esa algarada informe de la abstención:

un viaje lento, muy lento

desde el mundo de unas ideas

que ya no existen

a las sonrisas “benefactoras” de monstruos

que aceleran sin piedad

cada vez que se dan cuenta

de que allá, a lo lejos,

seres pobres de espíritu

no quieren más

que acercarse a vuestros hombros

para pedir esas cuentas

que, se supone,

son innatas a vuestra servidumbre

sin espíritu perceptible

de servicio alguno.

Adiós al beneficio,

a la duda que no mareaba

perdices pordioseras

en pesebres demasiado sutiles

para ser creídos

por un pueblo

pasmado y boquiabierto.

¿Sorpresa?

Vamos anda, ¿en serio?

De entrada, no;

de salida, tampoco…

Entonces:

Que vuestros asientos sean mullidos,

que el viaje va a ser largo,

y en vuestra travesía

acabaréis suplicando

por un desierto

que os parecerá

la más feliz de las arcadias,

una de aquellas sobre ruedas

Ave va, Ave viene,

– chucuchucuchú –

y el arrojo de los inicios

estira su brazo traidor

desde el límite mismo

del sumidero de nuestra vergüenza. )

EL FONDO DEL ALSA – EL RÍO

20160107_155315al fondo del alsa
sonido
sin furia;
lectura interesante
que no amortigua
el peso de mis párpados:
gente que habla
desde la confusión
una monja
que reza dormida
dos señoras
que aún huelen
al último cigarrillo
apurado con criterio
fumador
justo antes de subir
y buscar sus asientos
en el lugar equivocado;
en el libro que estoy
disfrutando
un taxista cockney
afirma con rotundidad:
si hay un sólo Londres
entonces yo tengo
dos agujeros del culo;
me lo apropió
y lo aplico al Alsa
mientras el señor
del asiento de al lado
comienza a tener arcadas
ante la puesta de sol
que se refleja
en el pantano;
le acerco una bolsa azul
que destaca amenazadora
sobre sus pantalones
demasiado verdes
y planchados;
entramos en el túnel
ese negrón bipolar
necesario y eterno;
en cuanto se acabe
seguiré leyendo
bajo el mantra de la sor
y el aroma inmejorable
del almuerzo
de mi compañero mudo
de viaje
que ahora duerme
con la cabeza apoyada
en el cristal
y la boca abierta
para dejar paso
a sus babas
after vómito.

20160108_140917no existe río
que mil aguas no lleve
ni cantos
rodados
perennes
inamovibles
a corrientes dispares
a millones de años
de materia
y vida nostra:
en este planeta
okupado!
por engendros
estúpidos y vacíos
egoístas y lapidarios
bobos de salón
con receta magistral
para dormir;
sabios sin usura
usureros sin sabiduría
infantes demacrados
descarados:
escopetas recién cargadas
sombras plenas de sol
y montañas oscuras
rebosantes de nieve;
hooligans de barrio pijo
obreros tan liberales
como poco liberados;
y tú
y yo
y el resto
del mundo:
ese universo minúsculo
que se está colando
por el sumidero firne
de la muerte seca
mientras estas aguas
siguen buscando
un lugar
en el que
al fin
descansar
hastiadas
de tanta mierda!

BAILANDO CON UNA GARRA SOLA

cine-litan

Yo no quería disfrazarme, era el punto más lejano a mis intenciones aquel carnaval de un año que no recuerdo de los primeros de la década de los 70 del siglo veinte. Me daba mucha vergüenza, ese sentido del ridículo que de niño te atenazaba y te dejaba paralizado sin un mínimo de reacción posible, pero comencé a ver desde la galería de nuestra casa, en plena Avenida del Generalísimo, como desfilaba alegre toda la chavalada en dirección al Cine Litán, felices dentro de sus disfraces de soldados, de princesas, de brujas, de monstruos, de trogloditas, de indios y vaqueros, de vampiras sanguinarias. ¡Maldición!, me grité así como interiormente justo antes de dirigirme absolutamente decidido hacia el teléfono, uno de aquellos negros antiguos que ni números para poder marcar tenía.

– Hola, ¿me pones con la casa de Jose Segundo?

– Voy… ¿Eres el hijo de Milita, la Peluquera, no?

– Sí, señora. – la curiosidad universal de Toñita, la de Teléfonos, no conocía límites. Seguro que escuchaba todas y cada una de las conversaciones que por sus oídos pasaban.

– Hola, ¿sí?

– Hola, soy José Luis, ¿está Jose en casa?

– Sí, sí, ahora mismo se pone… toc… Hola, ¿no bajas al baile de carnaval?

– Si me dejas algo para disfrazarme, voy.

– Claro. Ven a mi casa, que ya apañamos algo.

Y de allí salí yo veintidós minutos más tarde con la cara bien pintada al estilo vampiro saludable, una garra de goma con unas uñas larguísimas llenas de sangre pintada, y una capa negra sobria, de las que no brillan nada de nada (había sido de Segundo, su abuelo, un afamado bodeguero en los años 40 y 50).

El baile consistía en un tocadiscos y unos altavoces bastante potentes en el que un señor iba poniendo un single tras otro sin pararse siquiera a mirar qué canción venía acto seguido, si era bailable o no. Aún así, bailamos sin pausa a la antigua usanza, las madres sentadas alrededor de la improvisada pista de baile, sillas plegables que movían a su maternal antojo; los padres, ausentes, haciendo la típica ronda de bares del pueblo de Cacabelos (en ella se recorren todos los bares en grupos de amigos tomando un vino o corto de cerveza en cada uno de ellos). Nos divertíamos casi sin querer; el tiempo avanzaba lento, muy lento, y es que hubo una época en la que en mi pueblo, por increíble que este hecho pueda llegar a parecer, había dos cines, que lo mismo servían para sesiones dobles de domingos por la tarde, que para bailes de fiesta.

¿PARA QUÉ LLAMAR POR TELÉFONO HABIENDO BICICLETAS?

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Es así de sencillo:

suena el teléfono

a las 7.17 de la mañana

de un 9 de julio

del año 2016.

– Sí, soy yo.

– Vale, ¿lo sabe ya mi madre?

De acuerdo, no era el peor de los hombres, ni siquiera el mejor de los padres, tan sólo era el pequeño de cinco hermanos que se quedaron huérfanos de padre demasiado pronto, mucho más pronto que yo, por supuesto.

Hoy, como es costumbre cada julio, nos fuimos Nuria y yo a tomar un café al Siglo XIX tras haber dejado a los niños en casa de mi madre, y de fondo, en la televisión, estaban retransmitiendo la correspondiente etapa del Tour de Francia, y en éstas que veo a Froome sin bicicleta corriendo cuesta arriba como un poseso. ¡La hostia! ¿Qué acaba de suceder? El caso es que, de vuelta a casa de mi madre (antes conocida como “de mis padres”) iba pensando en contarle a mi padre ese hecho curioso que acababa de ver en “La Grande Bouclé”, que él siempre tenía por costumbre estos últimos años preguntarme por el resultado de la etapa del día… hasta que me di cuenta de que ya no iba a ser así, que mi padre ya no me iba a preguntar nunca más por el resultado de la etapa del Tour, y no pude evitar sentir un escalofrío de ésos que provocan las ausencias que son ya para los restos.

La misma serenidad,

la misma sangre fría

que en mayo de 1983

cuando murió mi abuela.

A ella la quería más,

no tengo la menor de las dudas.

Aunque ya no hablamos de amor

ni de cariño:

es ese enlace genético

ese pegamento

que da gracias

por haber llegado aquí

y haber respirado

con los pies imantados

a la puta Tierra.

img016Reconozco que no éramos grandes amigos, que no coordinábamos ni empatizábamos nada bien, pero debe haber algo en la sangre que te envía una señal de vez en cuando con la única y simple intención de avisarte y recordarte de donde vienes.

Él, que en un intervalo de tres meses me explicó que el niño cocodrilo aquel que habían traído en un circo friki no era de verdad (era el gran atractivo de un circo que siempre venía a Ponferrada a las fiestas de la Encina a primeros de septiembre), y que los Reyes Magos no eran tales, que los padres se encargaban de todo. Tenía yo siete años. Yo fui transmisor de “malas noticias” al resto de mis amigos…

¿Y ahora, qué?

Rezos, misas, cristos y lloros.

No, por mi parte no.

Pocos fueron los momentos buenos,

de risas y complicidad:

densidades muy dispares,

poca comprensión,

mutua,

que yo no rehuyo mi parte

y sería muy hipócrita proclamar

ahora

desde el umbral de lo fácil

que era un gran hombre,

que lo quería a dolor

y que lo echaré un montón de menos.

“¿Para qué llamar por teléfono habiendo bicicletas? No paga la pena”, es una máxima literal que resume a la perfección la filosofía vital de mi padre; mitad graciosa, sí, y mitad bronca sutil por, según él, gastar a lo tonto, sin pensar.

En un cajón de su armario “yacían” dos cinturones de piel, de los buenos, que era “más cómodo atarse una cuerda” para evitar las constantes bajadas de pantalones.

Echaré de menos, sí

su ironía y su sarcasmo:

el ingenio tan veloz siempre

para definir situaciones

y personas.

Me hacía reír,

reír con ganas.

Gran contador de historias a la par que gracioso, es mi labor ahora mismo recuperar alguna de sus aventuras:

  • Recién cumplidos los seis años, comenzó a trabajar como pastor de ovejas, que el hambre proveniente de la guerra ya azuzaba, y una madrugada, mientras llevaba el rebaño desde Pieros, su pueblo, hasta Valtuille de Arriba, con luna llena, tuvo que esconderse de una manada de lobos que acabó desayunándose un par de ovejas. Para él, eso era el miedo y su misma metáfora.

No echaré de menos

su avaricia,

su no saber vivir,

sus nulas muestras de cariño,

sus exigencias exageradas,

carentes de un mínimo de apego

y comprensión

hacia un niño

que sólo quería agradar

y ser feliz.

  • En su casa, cuatro hermanos y una hermana más la madre, Amparo, viuda y huérfanos, no había vajilla alguna; se cocinaba en una perola al fuego de leña en medio del patio y luego ya comían todos juntos alrededor de la pota todavía humeante. Mi padre aún conservaba a sus 83 años una marca en su mano derecha que provenía del tenedor de su hermano Amador: “¡Come de tu lao, cagondiós!”, por atreverse a ir a buscar algo de chicho en zonas ajenas a las que correspondían a su lado de la olla.

  • Pasó hambre, mucha, pero eso, decía él, era puro alimento para el ingenio, que solía ir hasta la casa de la tía Rafaela que, no sólo le regalaba media hogaza de pan, sino que se aprovechaba de la visita de cualquiera de sus sobrinos para que los mismos le acercasen calderos de agua caliente hasta el barreño en el que se iba a dar su baño semanal y, de paso, cada uno de ellos alegraba su vista y grababa recuerdos para deseos venideros plenos de fantasía onanista.

¡Y lo era!

¡Lo es!

Quizá por haber sabido

huir a tiempo

de ese narcisismo

tan nocivo

como mal entendido

en el que viví

mis primeros años.

  • En el colegio le iba muy, muy bien, casi el número uno en la clase de Don Venancio y, aún así, no pudo irse a estudiar con los frailes cuando estos mismos lo seleccionaron porque en su casa no había dinero para una muda nueva, algo que siempre lamentó desde su siempre insistente anticlericalismo, ya que consideraba que una educación a un nivel superior podría haberle sido la mar de útil para saber más, para aprender más, para haber adquirido una cultura que, ahora que lo pienso, tampoco tuvo nunca demasiado interés en adquirir.

El terror contenido

de una mala nota

en el colegio,

de un mal paso,

de un tropezón inoportuno…

o de un vaso de Duralex

que resbala de tus manos

y estalla escandaloso

contra una baldosa del suelo.

  • Pero tuvo que emigrar a Francia, a Estrasburgo, a trabajar catorce o dieciséis horas y dormir en barracones con otros amigos del pueblo, Pieros. Un puesto en la Suchard, varios años que no sirvieron ni para aprender un mínimo indispensable de francés; una novia canadiense que duró poco y un regreso a casa sin pena ni gloria, eso sí, con un odio eterno al chocolate Suchard (“En estas Navidades, turrón de chocolate… ¡Y una puta mierda p’al turrón, p’al chocolate y pa Suchard!”).

  • Siempre contaba muy orgulloso que le había ganado dos juicios a Franco, juicios laborales por despidos improcedentes. Ahí empezó su etapa sindicalista y luchadora. Recuerdo huelgas indefinidas, manifestaciones, noches y más noches de encierros, alegrías y decepciones, suspensión de pagos en Talleres Canal, S. A., donde trabajaba como soldador, y los obreros a tomar viento fresco. Una pelea larga y sin cuartel, muy dura. Indemnización y, al final, prejubilación. Orgullo obrero y de clase hasta el final.

Y todo ello siempre desde el más puro y duro pragmatismo activo; el cariño ausente y la austeridad suma como patria y bandera. Por eso era mucho mejor y más sano ir a dar un recado en bicicleta que descolgar el teléfono y marcar el número correspondiente para darlo, porque eso luego lo cobraba Telefónica.

Ahora, adiós,

y si existe otro lugar,

otra dimensión,

que sea ésta ajena

a ese mundo

tan estoicamente

materialista

en el que te gustaba

vivir.

En verano, con la amanecida, solíamos ir juntos a sulfatar la viña, yo como aguador y, en ocasiones ya siendo yo un fornido adolescente, como sustituto sulfatador máquina a la espalda para dejar las hojas de vid teñidas de un azul demasiado exagerado, sin mascarillas ni hostias, con ese olor ya impregnado en el fondo de los pulmones durante dos o más días.

img014

Ahí está su bastón, ya olvidado, descansando. Puede que no fuese un gran hombre, lo sé, y que el amor para él fuera tan sólo un sencillo “que no te falte de nada”, puede que suficiente o puede que demasiado escaso. Yo no lo sé, la verdad. Quizá el amor está sobrevalorado…

Hijo de la Guerra Civil, de la posguerra, del hambre, del odio, sin miedo a nada ni a nadie, austero hasta la extrema extenuación mental, el humor negro, negrísimo como bastión de su sorna y su deje gracioso…

y mi padre.

POST DATA

Dos momentos de aquellos buenos de verdad que recordaré mientras respire:

El primero, tendría yo unos cinco años, en el antiguo campo municipal de la Unión Deportiva Cacabelense, donde hoy se ubica el colegio público. La Unión ganaba 4 a 0 al Guardo, un baño descomunal de actitud y de juego, y en éstas que le llega el balón en un clarísimo fuera de juego a Ricardo el Relojero, uno de los jugadores con más clase de los que yo haya disfrutado jamás, que marca de tiro ajustado al palo derecho. “Fuera de juego por mucho”, me dice mi padre al mismo tiempo que comienza a explicarme qué era aquello del orsay. “¡Qué más da, que se jodan, haber estao atentos, joder!”, le responde un paisano que aún celebraba alborozado el quinto gol. “No, no da igual, es fuera de juego y ya está”, fue la seria contestación de mi padre.

El segundo sucedió como un mes y medio antes de que yo cumpliese los diecisiete años. Regreso casi de madrugada de un concierto en Ponferrada, son las fiestas de la Encina. El Castillo de los Templarios era un lugar cojonudo para albergar todo tipo de conciertos; aquél era de Gwendal, si no recuerdo mal. Mi madre, que encuentra algo en img010el bolsillo de mis vaqueros justo antes de meterlos en la lavadora al día siguiente. “Ay, que igual es droga”, sospecha. “Pepe, vete con esto y pregúntale al niño”. “¿Qué es esto que encontró tu madre en tus pantalones?”, “a veeeeer… Ah, no, nada, nada, sólo un poco de pólvora prensada para los petardos que tiramos ayer en las fiestas de la Encina… que sobró un poco y tal…”. “Vale, toma”, y me devuelve un buen trozo de mejor costo con cara de no haberse creído una mierda de lo que yo le acababa de contar a la vez que me indica con un gesto de su cara “cuidado, cuidado, hasta ahí y nada más” (la psicosis aquella de los años 80 con la droga, la de la gente desinformada y todo aquel fandango que sobre todo benefició a quienes traficaban). Asiento con cierto deje de chulería adolescente, se va y escucho acto seguido, “nada, que es pólvora para hacer petardos en las fiestas de la Encina”, lo cual no era del todo mentira, semánticamente hablando.

Sé que desde esa silla vacía

de la galería

sigues mirando la gente

que va

y que viene

porque tú no creías

en cielos

ni en infiernos

ni en nada que no pudieras

ver o tocar.

Sé que puedo ser injusto

o incluso quedarme corto,

que nadie es capaz de dar

aquello no tiene,

no sabe

o no comprende

cómo dar.

¡Buen viaje!

Nos veremos

sin dios mediante

en eso que aquí

conocen como

tresmundu.

img015(Un día cualquiera de febrero de 1975. Mi primo me regala un mes antes una radiocasete grabadora que ya no utiliza. Llego del colegio, la puerta de casa está abierta, que mi madre trabaja en la peluquería con la ayuda de mi abuela; entro y dejo la cartera en mi habitación, me dirijo a la cocina, que tengo hambre y huele la hostia da bien, a cabrito al horno, una de las especialidades de mi abuela Luisa, me paro en la puerta porque escucho como mi padre canta: “mañana por la mañana te espero Juana junto al café, que tengo ganas, querida Juana, de verte la punta’l pie, la punta’l pie, la pantorrilla y el peroné, te digo Juana que tengo ganas de verte la punta’l pie…”. Stop, play y a escuchar. “¿Qué haces, papá?” “Eeeeh, no, nada, nada, probando esto que te dejó tu primo…” En aquella cinta Tudor de 60 minutos le grabé yo posteriormente canciones de las Grecas que ponían siempre en la radio, que le gustaban un montón, lo más cerca que mi padre estuvo jamás de la modernidad entendida como tal. Nunca jamás volví yo a escuchar esa canción que hablaba de Juana y su peroné.)

¿Pero dónde vas tú con esa pinta de jipi? Nunca me gustaron los jipis y tengo uno en casa.” – El aspecto, antes de irme a clase: botas militares, pantalones negros rotos, camiseta de Bauhaus y abrigo negro largo – que había sido suyo -, pelo de punta… Daba igual, todos éramos jipis para él.