EL VIEJO PROFESOR DE QUÍMICA

Las mordazas me atan. Los sinsabores del pánico me encienden cada mañana. ¿Qué? ¿A qué? ¿Por qué? No tengo ni puta idea. Mi juicio no fluye con el ritmo que yo habría deseado inconscientemente para él. Acabo de parir y no me veo con fuerzas para recuperar mi estilizada figura.”

El viejo profesor de Química acababa de publicar su primera novela, ‘La Ira de los Átomos’. Ella había consumido gran parte de su tiempo libre durante los dos últimos años, y ahora se sentía vacío, sin más ideas que plasmar sobre un papel en blanco. Y luego el calor, el maldito verano. Desde pequeño siempre había sentido como el tiempo se desvanecía entre sus manos cada vez que “perdía” una tarde de verano en la playa (maldita molicie). Hoy se sentía igual que antaño, pero con una pequeña diferencia: no estaba ya solo, su mujer y sus dos hijas, de siete y tres años, parecían estar pasándoselo en grande a su lado.

Abstraído como estaba tratando de hilvanar una especie de argumento fantástico que le sirviese como punto de partida para su segunda novela, no fue capaz de intuir que un fantasma del pasado inmediato se le iba a aparecer de repente aquella tarde: Lorena Menéndez. El viejo profesor no se había dado cuenta de que él y su familia se habían situado a tan sólo unos metros de Lorena y su chico. Los dos componían una escena de lo más rebelde y provocadora: ella llena de pendientes y colgantes por todos los rincones de su cuerpo, los visibles y los no visibles – el viejo profesor lo sabía muy bien, hasta el más mínimo detalle -; y él, un punki de cresta rizosa, enemigo acérrimo de los bañadores al uso, que se adentraba en el mar con unos desgastados vaqueros negros cortados justo por debajo de las ingles. Camisetas de Manolo Kabezabolo para ella, y de Gwar para él. Retozaban con toda la libertad del Universo en caída libre, lo que exasperaba a los más reaccionarios de entre los presentes. No al viejo profesor. No. Él estaba nervioso por otros motivos. A su depresión ‘post-parto’ se unía ahora el recuperado despecho, el sutil abandono que le había obligado a sentarse a escribir la historia de un asesino en serie que actuaba en pos de la ansiada venganza después de sentirse engañado por una chica que había succionado todas sus ansias de vida amorosa. Ese era él, la proyección de su otro yo, del esquizofrénico que cada ser humano esconde en su interior.

No es verdad, ¡no es verdad! Nunca se puede decir que lo que uno escribe sea la proyección de los trapos sucios que se esconden viscosos en cualquier conexión de su cerebro. Yo tuve aquel affaire con Lorena porque necesitaba un poco de evasión… porque me estoy haciendo viejo, y todos somos vampiros… hasta cierto punto. Todos buscamos inconscientemente la juventud perdida; y a mi mis hijas no me servían. No me entiendas mal, querido contador de historias ajenas, que yo no soy ningún pederasta. Para mi los hijos son símbolos de muerte; están ahí para avisarte de que vas a morir, tarde o temprano, pero te vas a morir y ellos seguirán caminando….. los muy cabrones.”

Lorena estudiaba COU, y Lorena buscó premeditada e intencionadamente al viejo profesor. Sabía que estaba buena, y sabía también que ese simple hecho podría darle el siempre tan difícil aprobado en química. Le sacó todos los símbolos químicos uno a uno hasta ver reflejado en su libro de notas un inesperado sobresaliente. Para ser sinceros, ella también disfrutó lo que pudo de esa relación; pero además tenía claro, muy claro, que en cuanto su nota quedase sellada en su expediente, en las actas del instituto, el nombre del viejo profesor pasaría automáticamente a engrosar la lista – amplia, demasiado amplia para la mentalidad del viejo profesor – de sus novios y amantes. Él en un tris estuvo de dejarlo todo atrás: mujer, hijas y hasta su carrera como investigador en el departamento de bioquímica de la Facultad de Biología. También pudo sentir el frío tacto del cañón de su pistola contra su sien derecha durante quince minutos que le parecieron una eternidad condensada.

Nunca llegué a pensar seriamente en el suicidio. Ni siquiera estaba cargada… Sí que sufrí; para que engañarnos. ¡Yo sí que sigo con mi vida de engaño permanente! No quiero a mi esposa… tampoco mis hijas me aportan nada gratificante. A veces pienso que tampoco las quiero…”

El día de playa era perfecto: no demasiado calor; de vez en cuando alguna nube permitía, como gran sombrilla salvadora, tomar un respiro; la temperatura del agua era la ideal: 18 grados centígrados. Pero al viejo profesor todo eso le importaba hoy un carajo. Lorena acababa de unirse a los productos de su desesperación, y eso sí que era insoportable.

La digestión de tanto crustáceo se hacía dificultosa en su interior. Se lo podía permitir. Sólo era dinero, del que a espuertas entra cada mes. Todo en esta vida iba sobre ruedas para el viejo profesor: tenía dinero, posición social… pero no tenía entre sus manos ese apetitoso bocadillo de foie-gras que su joven ex-amante se disponía a manducar con cara de hambre atrasada. Quería ser parte de aquel hígado de cerdo hecho papilla que se mezclaba con la saliva que él tanto había saboreado dos años atrás. Quería matar a aquel joven punki que osaba meterle mano descaradamente a ‘su’ joven ex-amante ante sus narices… Lorena lo vio, y le envió un gesto afectuoso con su mano izquierda antes de incorporarse para ir a saludarlo.

– Hola, profesor.

– Hola… ¿Lorena?

– Sí, eso es. Lorena Menéndez. Me dio usted clase de química hace dos años, en el instituto.

– ¡Ah, sí…! Era usted una de mis alumnas más brillantes… por no decir la que más.

– También era usted ‘mi profesor más brillante’. Pude disfrutar de sus mejores clases…

– ¡Ejem, ejem! Mire, le presento a mi esposa Laura y a mis dos hijas…

Tus oscuros pensamientos enviaban tus manos directamente a su cuello. Ya estaba muerta, muerta para ti, muerta “por su bien”. ¡Qué sufrimiento provocaba en ti su muerte! ¡Y cómo duele por dentro, cómo hurga sin compasión en nuestras vísceras más necesarias…!

En verdad, yo no pretendía haber llegado a tanto… Creo que se me fue un poco la mano. De todos modos, su muerte pasó por accidental. No fue más que eso, un accidente, un imprevisto accidente. No tengo más que decir.”

Es cierto. La muerte de Jorge, el punki de la camiseta de Gwar, se debió única y exclusivamente a su imprudencia, a su temeridad, a su “valentía” de nadar y nadar contra marea, lejos, muy lejos de la orilla. Se ahogó en sus pretensiones. El que tú estuvieses nadando lejos, también lejos, pero cerca de él, no fue más que un fruto de las incongruencias de la casualidad, de la puta casualidad de haber coincidido ese domingo en la playa, en la misma playa… y con la misma chica, Lorena Menéndez.

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VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE XVI -BELLE & SEBASTIAN MEET EL POETA PATÉTICO

  • ¿Y entonces, Indalecio, qué pasó?

  • Pues nada, amigu, que dejé de llamarla y, como las pillaba a la primera, se dio por aludida y no me buscó ya más. Aún la vi el otro día en el Carrefour, con dos guajes pequeños que no callaban ni un segundo. Me vio, que yo lo sé, pero se hizo la sueca.

  • Y eso que no fue en el Ikea…

  • Cagonrrós, lo tuyo ya no ye patético, ye lo siguiente.

  • ¿Y qué ye lo siguiente?

  • Ni puta idea. Eso ya lo busques tú, que pa eso yes poeta, aunque seas Patético.

En 2008 Indalecio tenía una novia formal, Rocío, de esas que sin querer consiguen provocar sonrisas diáfanas en las caras de las madres y las tías; de esas que, en una cena familiar, se levantan raudas a recoger los platos y se ofrecen sonrientes para fregar toda la cacharrada. ¡Si hasta se parecía un poco a Doris Day, carajo! El cumpleaños de Indalecio se acercaba, una nueva década, la de los cuarenta, y Doris… Perdón, Rocío, (¿en quién estaría yo pensando?), para no meter la pata, preguntó con delicadeza a su novio querido que qué quería como regalo. Él, desde su innata austeridad, pidió lo primero que se le vino a la cabeza en aquel momento.

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  • Felicidades, cariño. Aquí tienes, mi amor, mi pichurrín. ¡Ay, que ricu ye él, madre!– Y, además de un pellizco en la mejilla de intensidad media-alta, le entrega un paquete envuelto en un papel de regalo pelín cursi, con demasiadas flores para el gusto de Indalecio, y que le parece demasiado ancho como para contener lo que él había pedido… Lo abre entre intrigado y acojonao.

  • ¿Astur? ¡Qué cojones…? ¡Qué mi madre…! ¡Isabel San Sebastián? Joder, si no la soporto.

  • P-p-pero, fue lo que me pediste, amor, ¿no? Hasta lo apunté en mi agenda y todo para que no se me olvidara, mira… “el último de Isabel San Sebastián”

  • Joder, ye la hostia; hay que jodese… No dije eso. El último de Belle and Sebastian, que no lo tengo aún… El último de Belle and Sebastian…

Y allí quedó “Astur” sobre la mesa de un restaurante elegante de Oviedo que ya no existe hoy en día. No sabemos si Do… perdón, Rocío, lo llegó a leer o no, pero sí sabemos que su “life pursuit”, su búsqueda de la vida junto a Indalecio se acabó aquel día, porque Indalecio es un ser radical en sus principios, no admite casi errores. Quizá algún día el Poeta Patético, buen amigo suyo, se anime y le dedique la oda que Indalecio merece.

Mi amigo Indalecio

vive el amor

cual auténtico paramecio

que da vueltas y vueltas

sin poder agarrarse fuerte

a la barra del trapecio:

así es su circo,

ni Conan El Bárbaro

ni un pájaro

ni un avión,

a la vista salta:

otro más,

otro “cariñoso” cabrón.

¿PARA QUÉ LLAMAR POR TELÉFONO HABIENDO BICICLETAS?

Es así de sencillo:

suena el teléfono

a las 7.17 de la mañana

de un 9 de julio

del año 2016.

– Sí, soy yo.

– Vale, ¿lo sabe ya mi madre?

De acuerdo, no era el peor de los hombres, ni siquiera el mejor de los padres, tan sólo era el pequeño de cinco hermanos que se quedaron huérfanos de padre demasiado pronto, mucho más pronto que yo, por supuesto.

Hoy, como es costumbre cada julio, nos fuimos Nuria y yo a tomar un café al Siglo XIX tras haber dejado a los niños en casa de mi madre, y de fondo, en la televisión, estaban retransmitiendo la correspondiente etapa del Tour de Francia, y en éstas que veo a Froome sin bicicleta corriendo cuesta arriba como un poseso. ¡La hostia! ¿Qué acaba de suceder? El caso es que, de vuelta a casa de mi madre (antes conocida como “de mis padres”) iba pensando en contarle a mi padre ese hecho curioso que acababa de ver en “La Grande Bouclé”, que él siempre tenía por costumbre estos últimos años preguntarme por el resultado de la etapa del día… hasta que me di cuenta de que ya no iba a ser así, que mi padre ya no me iba a preguntar nunca más por el resultado de la etapa del Tour, y no pude evitar sentir un escalofrío de ésos que provocan las ausencias que son ya para los restos.

La misma serenidad,

la misma sangre fría

que en mayo de 1983

cuando murió mi abuela.

A ella la quería más,

no tengo la menor de las dudas.

Aunque ya no hablamos de amor

ni de cariño:

es ese enlace genético

ese pegamento

que da gracias

por haber llegado aquí

y haber respirado

con los pies imantados

a la puta Tierra.

img016Reconozco que no éramos grandes amigos, que no coordinábamos ni empatizábamos nada bien, pero debe haber algo en la sangre que te envía una señal de vez en cuando con la única y simple intención de avisarte y recordarte de donde vienes.

Él, que en un intervalo de tres meses me explicó que el niño cocodrilo aquel que habían traído en un circo friki no era de verdad (era el gran atractivo de un circo que siempre venía a Ponferrada a las fiestas de la Encina a primeros de septiembre), y que los Reyes Magos no eran tales, que los padres se encargaban de todo. Tenía yo siete años. Yo fui transmisor de “malas noticias” al resto de mis amigos…

¿Y ahora, qué?

Rezos, misas, cristos y lloros.

No, por mi parte no.

Pocos fueron los momentos buenos,

de risas y complicidad:

densidades muy dispares,

poca comprensión,

mutua,

que yo no rehuyo mi parte

y sería muy hipócrita proclamar

ahora

desde el umbral de lo fácil

que era un gran hombre,

que lo quería a dolor

y que lo echaré un montón de menos.

“¿Para qué llamar por teléfono habiendo bicicletas? No paga la pena”, es una máxima literal que resume a la perfección la filosofía vital de mi padre; mitad graciosa, sí, y mitad bronca sutil por, según él, gastar a lo tonto, sin pensar.

En un cajón de su armario “yacían” dos cinturones de piel, de los buenos, que era “más cómodo atarse una cuerda” para evitar las constantes bajadas de pantalones.

Echaré de menos, sí

su ironía y su sarcasmo:

el ingenio tan veloz siempre

para definir situaciones

y personas.

Me hacía reír,

reír con ganas.

Gran contador de historias a la par que gracioso, es mi labor ahora mismo recuperar alguna de sus aventuras:

  • Recién cumplidos los seis años, comenzó a trabajar como pastor de ovejas, que el hambre proveniente de la guerra ya azuzaba, y una madrugada, mientras llevaba el rebaño desde Pieros, su pueblo, hasta Valtuille de Arriba, con luna llena, tuvo que esconderse de una manada de lobos que acabó desayunándose un par de ovejas. Para él, eso era el miedo y su misma metáfora.

No echaré de menos

su avaricia,

su no saber vivir,

sus nulas muestras de cariño,

sus exigencias exageradas,

carentes de un mínimo de apego

y comprensión

hacia un niño

que sólo quería agradar

y ser feliz.

  • En su casa, cuatro hermanos y una hermana más la madre, Amparo, viuda y huérfanos, no había vajilla alguna; se cocinaba en una perola al fuego de leña en medio del patio y luego ya comían todos juntos alrededor de la pota todavía humeante. Mi padre aún conservaba a sus 83 años una marca en su mano derecha que provenía del tenedor de su hermano Amador: “¡Come de tu lao, cagondiós!”, por atreverse a ir a buscar algo de chicho en zonas ajenas a las que correspondían a su lado de la olla.

  • Pasó hambre, mucha, pero eso, decía él, era puro alimento para el ingenio, que solía ir hasta la casa de la tía Rafaela que, no sólo le regalaba media hogaza de pan, sino que se aprovechaba de la visita de cualquiera de sus sobrinos para que los mismos le acercasen calderos de agua caliente hasta el barreño en el que se iba a dar su baño semanal y, de paso, cada uno de ellos alegraba su vista y grababa recuerdos para deseos venideros plenos de fantasía onanista.

¡Y lo era!

¡Lo es!

Quizá por haber sabido

huir a tiempo

de ese narcisismo

tan nocivo

como mal entendido

en el que viví

mis primeros años.

  • En el colegio le iba muy, muy bien, casi el número uno en la clase de Don Venancio y, aún así, no pudo irse a estudiar con los frailes cuando estos mismos lo seleccionaron porque en su casa no había dinero para una muda nueva, algo que siempre lamentó desde su siempre insistente anticlericalismo, ya que consideraba que una educación a un nivel superior podría haberle sido la mar de útil para saber más, para aprender más, para haber adquirido una cultura que, ahora que lo pienso, tampoco tuvo nunca demasiado interés en adquirir.

El terror contenido

de una mala nota

en el colegio,

de un mal paso,

de un tropezón inoportuno…

o de un vaso de Duralex

que resbala de tus manos

y estalla escandaloso

contra una baldosa del suelo.

  • Pero tuvo que emigrar a Francia, a Estrasburgo, a trabajar catorce o dieciséis horas y dormir en barracones con otros amigos del pueblo, Pieros. Un puesto en la Suchard, varios años que no sirvieron ni para aprender un mínimo indispensable de francés; una novia canadiense que duró poco y un regreso a casa sin pena ni gloria, eso sí, con un odio eterno al chocolate Suchard (“En estas Navidades, turrón de chocolate… ¡Y una puta mierda p’al turrón, p’al chocolate y pa Suchard!”).

  • Siempre contaba muy orgulloso que le había ganado dos juicios a Franco, juicios laborales por despidos improcedentes. Ahí empezó su etapa sindicalista y luchadora. Recuerdo huelgas indefinidas, manifestaciones, noches y más noches de encierros, alegrías y decepciones, suspensión de pagos en Talleres Canal, S. A., donde trabajaba como soldador, y los obreros a tomar viento fresco. Una pelea larga y sin cuartel, muy dura. Indemnización y, al final, prejubilación. Orgullo obrero y de clase hasta el final.

Y todo ello siempre desde el más puro y duro pragmatismo activo; el cariño ausente y la austeridad suma como patria y bandera. Por eso era mucho mejor y más sano ir a dar un recado en bicicleta que descolgar el teléfono y marcar el número correspondiente para darlo, porque eso luego lo cobraba Telefónica.

Ahora, adiós,

y si existe otro lugar,

otra dimensión,

que sea ésta ajena

a ese mundo

tan estoicamente

materialista

en el que te gustaba

vivir.

En verano, con la amanecida, solíamos ir juntos a sulfatar la viña, yo como aguador y, en ocasiones ya siendo yo un fornido adolescente, como sustituto sulfatador máquina a la espalda para dejar las hojas de vid teñidas de un azul demasiado exagerado, sin mascarillas ni hostias, con ese olor ya impregnado en el fondo de los pulmones durante dos o más días.

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Ahí está su bastón, ya olvidado, descansando. Puede que no fuese un gran hombre, lo sé, y que el amor para él fuera tan sólo un sencillo “que no te falte de nada”, puede que suficiente o puede que demasiado escaso. Yo no lo sé, la verdad. Quizá el amor está sobrevalorado…

Hijo de la Guerra Civil, de la posguerra, del hambre, del odio, sin miedo a nada ni a nadie, austero hasta la extrema extenuación mental, el humor negro, negrísimo como bastión de su sorna y su deje gracioso…

y mi padre.

POST DATA

Dos momentos de aquellos buenos de verdad que recordaré mientras respire:

El primero, tendría yo unos cinco años, en el antiguo campo municipal de la Unión Deportiva Cacabelense, donde hoy se ubica el colegio público. La Unión ganaba 4 a 0 al Guardo, un baño descomunal de actitud y de juego, y en éstas que le llega el balón en un clarísimo fuera de juego a Ricardo el Relojero, uno de los jugadores con más clase de los que yo haya disfrutado jamás, que marca de tiro ajustado al palo derecho. “Fuera de juego por mucho”, me dice mi padre al mismo tiempo que comienza a explicarme qué era aquello del orsay. “¡Qué más da, que se jodan, haber estao atentos, joder!”, le responde un paisano que aún celebraba alborozado el quinto gol. “No, no da igual, es fuera de juego y ya está”, fue la seria contestación de mi padre.

El segundo sucedió como un mes y medio antes de que yo cumpliese los diecisiete años. Regreso casi de madrugada de un concierto en Ponferrada, son las fiestas de la Encina. El Castillo de los Templarios era un lugar cojonudo para albergar todo tipo de conciertos; aquél era de Gwendal, si no recuerdo mal. Mi madre, que encuentra algo en img010el bolsillo de mis vaqueros justo antes de meterlos en la lavadora al día siguiente. “Ay, que igual es droga”, sospecha. “Pepe, vete con esto y pregúntale al niño”. “¿Qué es esto que encontró tu madre en tus pantalones?”, “a veeeeer… Ah, no, nada, nada, sólo un poco de pólvora prensada para los petardos que tiramos ayer en las fiestas de la Encina… que sobró un poco y tal…”. “Vale, toma”, y me devuelve un buen trozo de mejor costo con cara de no haberse creído una mierda de lo que yo le acababa de contar a la vez que me indica con un gesto de su cara “cuidado, cuidado, hasta ahí y nada más” (la psicosis aquella de los años 80 con la droga, la de la gente desinformada y todo aquel fandango que sobre todo benefició a quienes traficaban). Asiento con cierto deje de chulería adolescente, se va y escucho acto seguido, “nada, que es pólvora para hacer petardos en las fiestas de la Encina”, lo cual no era del todo mentira, semánticamente hablando.

Sé que desde esa silla vacía

de la galería

sigues mirando la gente

que va

y que viene

porque tú no creías

en cielos

ni en infiernos

ni en nada que no pudieras

ver o tocar.

Sé que puedo ser injusto

o incluso quedarme corto,

que nadie es capaz de dar

aquello no tiene,

no sabe

o no comprende

cómo dar.

¡Buen viaje!

Nos veremos

sin dios mediante

en eso que aquí

conocen como

tresmundu.

img015(Un día cualquiera de febrero de 1975. Mi primo me regala un mes antes una radiocasete grabadora que ya no utiliza. Llego del colegio, la puerta de casa está abierta, que mi madre trabaja en la peluquería con la ayuda de mi abuela; entro y dejo la cartera en mi habitación, me dirijo a la cocina, que tengo hambre y huele la hostia da bien, a cabrito al horno, una de las especialidades de mi abuela Luisa, me paro en la puerta porque escucho como mi padre canta: “mañana por la mañana te espero Juana junto al café, que tengo ganas, querida Juana, de verte la punta’l pie, la punta’l pie, la pantorrilla y el peroné, te digo Juana que tengo ganas de verte la punta’l pie…”. Stop, play y a escuchar. “¿Qué haces, papá?” “Eeeeh, no, nada, nada, probando esto que te dejó tu primo…” En aquella cinta Tudor de 60 minutos le grabé yo posteriormente canciones de las Grecas que ponían siempre en la radio, que le gustaban un montón, lo más cerca que mi padre estuvo jamás de la modernidad entendida como tal. Nunca jamás volví yo a escuchar esa canción que hablaba de Juana y su peroné.)

¿Pero dónde vas tú con esa pinta de jipi? Nunca me gustaron los jipis y tengo uno en casa.” – El aspecto, antes de irme a clase: botas militares, pantalones negros rotos, camiseta de Bauhaus y abrigo negro largo – que había sido suyo -, pelo de punta… Daba igual, todos éramos jipis para él.

LA REPÚBLICA DE LOS MALDITOS

Cacabelos monolito repúblicaque me cuentas
que reabre heridas
y yo pienso
me pregunto:
¿qué herida se vuelve a abrir
si ninguna
se había cerrado
aún?
hombre/mujer
no regresas a casa
que los hornos
alzan altivos
sus humos negros:
huesos que arden
fosas nasales
llenas de tierra
y en el bolsillo interior
de tu chaqueta
una cartera
y dentro de ella una foto:
la que acompañará
tu soledad eterna
codo con codo
sangre por sangre
al lado de tus camaradas:
no pudiste matar conejos
tampoco fascistas… al grano:
la herida
sigue abierta
y respirando:
ahora deja que rinda honor
a mis muertos
que los tuyos
ya han tenido
muchos más honores
de los que jamás
hubieran merecido:
¿o acaso es tuya
toda la puta mercromina? 

La pera y yoyo sí soy un poeta maldito:
madrugo como un cabrón,
me ducho
(soy limpio
porque soy un poeta maldito)
preparo el desayuno
para mi mujer
y para mis hijos:
maldito,
ya casi de culto,
oliendo a café
salgo de casa
y voy a trabajar, sí,
enseñó inglés
porque soy maldito,
chamán de ese papanatismo
RAEliano
anglicismo a balazo limpio ante el ademán:
tan maldito
que me como el pincho
a eso de las once y pico
con mirada perdida
pensando desde esa pose tan intelectual
en la lista de la compra,
y me meto una pastilla
porque me duele la espalda,
maldita,
lordosis lumbar
es el diagnóstico,
maldito e infinito:
ya casi no bebo
y nunca me drogo
porque soy maldito:
por las noches no salgo,
sólo duermo
y sueño con series,
con películas malditas
y ya despierto otra vez
con el guión aprendido
para un día virgen,
tan maldito como el previo:
y el espejo me envía
una sonrisa de cara lavada:
porque soy un poeta maldito
y embadurnado por el fango
de mi querido malditismo
me recorro entero
y luego
los despierto:
arriba,
y les grito suave:
soy maldito, mi gente,
porque soy feliz.

VIOLENTO

Puede que al final de todo hasta me de un poco de lástima haberlos matado. A todos. Puedo también, en este preciso instante, dejar de hacerme el duro y sincerarme hasta llegar a exteriorizar todo lo que siento. Pero nunca dejar de matar, de ganarme el pan. Es mi trabajo, y no sé hacer otra cosa. El avestruz, cuando huele el peligro cerca, esconde su cabeza dentro de un agujero excavado en el suelo. Yo no soy – ni por supuesto, ni por encontrarme ahora ante vosotros contextualizando mi palabra – un avestruz, pero sí que me oculto dentro de mi agujero, porque yo soy mi propio agujero, mi zulo y mi cripta, negra e interminable… y quizá esté deseando poder salir ya de él de una puta vez.

Era demasiado joven cuando empecé. Permití, como todos hacemos en algún momento de nuestras vidas, que me lavasen el cerebro a conciencia. Mi barrio fue mi escuela, y yo uno de sus alumnos más aventajados. (Qué tópico, ¿verdad?) Por encima de toda cualidad, prevalecía la inteligencia en su vertiente más picaresca, egoísta hasta decir basta, (aunque todos nos decíamos “colega” con la boca rebosante de intensa sonoridad cada vez que nos veíamos por la calle). He de reconocer que a mí también me favoreció el físico, mi imponente presencia de uno ochenta y siete y noventa y pico kilogramos, capaz de atemorizar, en soberbio cóctel con mi acusadora y profunda mirada, al más gallito de entre los gallitos. Me zambullí de lleno en el “grupo” apenas cumplidos los catorce años. Antes de los quince ya había matado a uno en una pelea cargada de ira. A golpes, a hostia limpia, con un par de cojones, como “los hombres de verdad”. El miedo hacia mi persona se extendió por todo el barrio, como esa niebla repentina que súbitamente nos impide ver con claridad. Comencé a recibir encargos después de pasar mi prueba de fuego: asesinar a sangre fría al vecino de mi tía Rafaela, un solterón empedernido, huraño, con muy malas pulgas. Su delito consistió en toquetear con sus sucios dedos el sexo aún dormido de la sobrina nieta del jefe, la angelical Lisa, que por aquellos tiempos aún no habría llegado ni tan siquiera a la edad de recibir su primera comunión (que no su primera “hostia”). Tiro en la nuca, rematándolo en el suelo con otro en la sien. Limpio y rápido. Y sin testigos. Había superado con éxito mi salto del umbral, ya nunca más un niño ante los ojos de nadie, ni siquiera ante los de mi propia madre.

Odio la violencia gratuita. Yo siempre cobro, y mis cuotas siempre han ido en progresivo aumento…, al menos hasta el momento presente. Mi vejez está más que asegurada ya que dinero no me falta, pero temo no poder llegar a viejo, a cojear apoyado en mi bastón con mango de nácar cada vez que pasee a orillas del lago, a dar de comer a las putas palomas que todo lo cagan. ¡Tengo que salir de aquí como sea!

Me armé por completo de valor, y fui a hablar con el jefe, cara a cara, como lo deben hacer los hombres, mirándose a los ojos, casi sin parpadear, con la mano derecha apuntando de cerca y en todo momento – y de manera inconsciente – en dirección a la cartuchera de mi Smith & Wesson, bien resguardada bajo mi chaqueta negra de corte clásico, mi uniforme de trabajo. “He pensado dejarlo”, le dije justo después del obligado “buenos días” a nuestro bien amado capo. “Está bien. No hay problema”, me respondió el jefe antes de sacar del bolsillo interior de su americana – acto que me puso inmediatamente alerta, que ya estaba yo sintiendo urgente el tacto del gatillo sobre la epidermis de mi dedo índice – un sobre que contenía unos cuantos billetes de los grandes. Me tendió su mano y me dijo adiós; adiós a una historia de respeto mutuo bajo el yugo de la muerte por contrato. Después de todo, no parecía mala persona, tan sólo era cuestión de suponer que la suerte le había permitido ocupar ese lugar; (no sé si buena o mala, la suerte, pero por lo que a mí respecta, sí que ella me había regalado un futuro sin que yo hubiese tenido que luchar excesivamente por él.) Un obrero, en una cadena de producción cualquiera, no sabe después de muchos años cuántas piezas habrá atornillado, engrasado o manipulado. A mí me ocurre lo mismo. No puedo acordarme de todos los que me cargué, tampoco recuerdo la suma total… No es saludable, no se debe uno dejar atrapar las veinticuatro horas del día por los problemas que genera el trabajo. Mi familia es feliz, yo soy feliz. Ellos son mi refugio, los que, sin comerlo ni beberlo, me han quitado mis enormes orejeras, que yo ya me siento viejo y necesito un cambio de aires, otro trabajo, poder llamar “compañero” a alguno de los que trabaje a mi lado, sin que haya desconfianzas mutuas. Supongo que eso será sencillo.

Acabo de cumplir cuarenta y cinco, (el día veinte del mes pasado, concretamente). Llevó tres semanas en mi nuevo trabajo, y me gusta; no necesito esconder ya mi rabia en algún oscuro rincón de mi memoria. No necesito fingir, ni manipular más mis egos. Puedo hasta llegar a pasarme alguna que otra tarde jugando con mis hijos, con sus pistolas de juguete, siendo consciente de que de ese cañón de plástico jamás saldrá una bala de verdad… No sé, la primera vez que el pequeño me sorprendió agazapado tras la puerta del trastero me dio un vuelco el corazón. Por unos instantes, dos, tres segundos, creí que había llegado mi última hora. Luego abracé a mi hijo y lloré en silencio sobre él. Durante casi cinco lustros de mi vida, nunca antes me había nadie sorprendido; ni el más profesional de entre los más cualificados del ramo de asesinos a sueldo me había hecho subir las pulsaciones a más de noventa. Y mi hijo me había matado. “Pum, pum, pum. Forajido, estás muerto”, y su padre casi se muere, sí, pero del susto. Me senté a consolarme conmigo mismo, pensando en la cantidad de ocasiones en las que habría estado a punto de caer en una emboscada (como la que me acababa de tender mi propio hijo pequeño, de tan sólo cinco años) sin ser para nada consciente del peligro intrínseco que mi sucia labor conllevaba… Pero yo no estoy hecho para el pensamiento profundo, me da dolor de cabeza, y éste no me permite luego pensar, concentrarme a fondo. Extraña contradicción, realmente.

En la planta embotelladora me siento realmente a gusto. He descubierto incluso que soy capaz de mantener una conversación con otra persona utilizando más de una o dos palabras en cada intervención. Ayer mismo, sin ir más lejos, estuve riéndome sin parar, como todos los demás, durante unos minutos. Fue verdaderamente gracioso lo que le ocurrió al encargado de la bodega. Venía el hombre corriendo a traernos un aviso sobre un pedido importante de la Presidencia, cuando comenzó a resbalar, a deslizarse sobre las gastadas suelas de sus zapatos uno, dos, tres y hasta cuatro metros, yendo a chocar violentamente contra Mel “la Fudre”. Joder, acabó con su calva cabeza entre los enormes pechos de “La Fudre”, mujer de unos ciento veinte kilos, más o menos, que gasta una mala hostia descomunal, y que, en buena lógica, devolvió semejante afrenta con un tortazo de los que duelen más por su sonido que por el daño físico que puedan llegar a provocar. Esa noche me dolieron mucho las mandíbulas (debe ser la falta de costumbre). Quizá por esa razón, puede que también entre muchas otras, yo había envejecido más aprisa… por no haberme reído apenas. La verdad es que hasta me costaba horrores forzar una sonrisa en Navidades, cuando por norma debes sonreír y desear el bien a tus semejantes, al menos a los que no tenías que cargarte antes de que pudiesen decorar el abeto rodeados de su familia, de sus hijos. ¡Pum, pum! (Navidad, Navidad, dulce Navidad…¡a tomar por culo!)

Mañana cumple el renacuajo siete años. Quería comprarle un juego nuevo para su ordenador, uno de esos que dicen que desarrolla tu intelecto, tu capacidad de deducción. Yo ésa ya la he perdido. He perdido el instinto de supervivencia. Ni siquiera llevaba conmigo mi antes inseparable Smith & Wesson… (Oh, Dios, toda esta gente… no saben bien cuánto me están agobiando, me roban el aire que es mío… y en este instante lo necesito más que nunca.) No lo vi venir. Seguramente me estaba siguiendo desde la fábrica. Salí de trabajar, fumé un cigarrillo con dos de mis compañeros (ya casi amigos, además), y me despedí, no ya hasta mañana, como todos los días, sino hasta después de pasado el día de Navidad. (Joder, esto duele… y no sé si mañana llegará, o, mejor dicho, si yo llegaré a él.) Era un chico joven, de no más de veinte años. Se acercó de frente a mí, decidido, mirándome con rabia a los ojos, profundamente, buscando el miedo, el pánico en ellos. Me quedé quieto, totalmente inmóvil, facilitándole la tarea. Un segundo antes de que me disparase a bocajarro, a mi cerebro llegó la imagen nítida de mi ahora añorada Smith & Wesson, como un plano de una película de cine negro, la pistola sola dentro de un cajón abierto, pero ninguna mano se acerca para empuñarla, y pronto se oirán tres disparos. “Esto de parte de mi padre, cabrón”, me soltó en un tono muy bajo, aunque vocalizando despacio, muy despacio cada sílaba, intentando multiplicar por mil su contenido semántico. Tres balazos en mi abdomen. Estoy perdiendo mucha sangre, y la ambulancia está tardando mucho. Creo me estoy yendo al infierno. Pero, ¿quién cojones sería el padre de ese muchacho? Vaya una pregunta más gilipollas, lo sé. Sólo es un resto, un poso de mi trabajo anterior, de alguno que quedó a medias por no registrar a conciencia el entorno. No sería, desde luego, el primer niño al que habría tenido que matar sin una pizca de compasión. No es que me guste especialmente la violencia, lo que ocurre es que no veo cuál es la diferencia entre apretar un gatillo o encorchar una botella de tinto; y ya puestos, qué más da encorchar una botella Gran Reserva o una de cosecha; qué diferencia hay entre apretar el gatillo ante una cabeza de treinta o ante una de diez años. Ninguna, porque el trabajo supone el mismo esfuerzo en ambos casos. Ya puedo oír la sirena de la ambulancia. Puede que incluso hasta tenga un poco de suerte y todo.

INDIOS Y MEMORIA

I. INDIOS

y vuelvo a dibujar aquellos indios, a lápiz,

sobre la mesa de la cocina,

llena de migas, llena de grasa;

tú eres quien me alimenta,

quien no borra luego arcos y flechas,

galopes sin rumbo desde el vaso de vino

hasta el plato de lentejas.

 

y ahora es él, el puto séptimo de caballería,

el tortazo sin retroceso, sin mancha,

y mi odio, ya semilla.

 

II. MEMORIA

¿era ésta aquella mierda de ciudad

en la que peregrinos de carácter comanche

aullaban impávidos a los lugareños

hartos ya de vasallajes infames

y de caballos a pleno galope

por calles sucias y ensangrentadas?

ms095, ms 95, Mexican Suitcase, Spain, Spanish Civil War,

no, yo te respondo sin saber

que la verdad de tu pregunta 

se esconde en el subsuelo

de la absurda mentira por tus huestes propagada.

 

LOS DIAS DE LA ESCAROLA

Ponferrada, 9 – I – 2016

Los días de la escarola,

piezas enormes, gigantescas,

doce kilómetros de ida

y otros tantos de regreso,

caminando, de noche,

con el frío silbando al oído

canciones desconocidas;

al mercado, a vender,

al trueque que pudiese surgir,

subsistir masticando el odio,

en silencio,

para alimentar a diario

a esa prole famélica

que del miedo vivido

hacía pura religión.

La gente con la que me cruzo por la calle

en esta mañana fría de mercado

se sorprende con mis lágrimas,

ésas que buscan el asfalto

y se mezclan disimuladamente

con el agua de la lluvia

que hoy mismo nos acontece.

Desconoce esa gente

el significado,

la semántica propia

que esas escarolas tan grandes

tienen para mi persona.

Fueron horas y más horas

al calor del brasero

aprendiendo de sus historias,

de su vida, de su lucha,

de su genio y su carácter,

de aquella mala hostia,

indómita,

rebosante de hoz y de martillo,

de vidas agazapadas

en bosques completamente oscuros.

¿Cómo no llorar,

si las escarolas me hablan

y me dicen:

“tranquilo, aquí sigue,

contigo, para que nunca

extrañes la genética perspectiva

del sentido de la vida

de la cual provienes”?

Y ahora regreso a casa,

con dos escarolas,

las más grandes,

y mi madre al verlas

llora conmigo

su ausencia ya lejana,

la de su propia madre,

a la que ni una rodilla maltrecha

ni una cadera en el límite

le impedían ir a Ponferrada

cada sábado, demasiado temprano

como para que el mismo día

hubiese ya comenzado,

tirando firme de su carretilla,

a vender escarolas,

las que ella misma

cultivaba:

 

Mi abuela.

(Nonna, la classe operaia continua la sua lotta!!)

FARTURA GENÉTICA

Y te pintaba la luz de colorines

sin pretender otra cosa

                                              que quererte.

Mas

        era un sueño,

mordaz y sarcástico

de tus genes hallado,

                           nunca bienvenido.

En modo realidad,

no existen besos ni cariño;

nadie te dice “lo has hecho bien”

La norma,

                     lo opuesto.

Exigencias adultas

para mundos de juegos sin fin.

Tortazos,

                  palos de escoba,

     oscuro y frío sótano

             de ratas poblado.

Y te duermes,

y abres tus ojos 

                               en otra casa,

      más humilde,

tan falta de dinero

como rebosante de complicidad.

Me asusta,

                     porque yo no sé

cómo comportarme

                                        ante

actos desconocidos de amor.

Y si veo una mano acercarse,

giro instintivamente mi cara

para recibir sin reparo

una caricia que me cuenta

que todo está bien,

que mi viaje ha terminado,

que ahora ya siento el dolor,

y frunzo mi ceño

                                   sin contemplación alguna,

acumulando odio venidero,

que se irá disimulando 

con el transcurso de un tiempo

ambiguo 

                    y

                         mentiroso,

hasta el estallido final

de la basura acumulada,

sentimentalismo vano

                                              de telefilme

de un sábado tarde;

intangible,

                     aún siendo

taladro inútil de descendencia

humanamente inhumana.

Como punto y final, 

te vas directamente

a ese infierno

en el 

          que pareces

                                  creer.

Allí podrás quemar

todos esos billetes

que tanto adoras.

 

RUM PUM PUM PUM, MADAFAKAS

Perversión bien afilada,

mecanismos de desgaste,

¡gaste usted!,

atentamente,

su banco místico.

 

Gente incandescente

refleja su sonrisa

de crédito iluminado

en bolas brillantes

que cuelgan azarosas

de árboles

de imaginación caduca.

 

Turrones bien lijados,

polvorones llena bocas,

¿por qué siempre ellos

hacen mejores anuncios

por Navidad?

En la orgía del consumismo

nos llevan infinita ventaja,

John Lewis, Santa rojo,

por encima de Magos

con sus camellos y súbditos

alumbrando cabalgatas.

Cristiandad en movimiento,

asuntos de familia,

angulas, besugos,

sidra el Gaitero,

felicidad pasajera.

No se ilumina con luces

mi espíritu navideño.

Embarazos no deseados

que organizan per sé

una civilización.

Celebremos el invierno

sin frío aparente

ni gotas de condensación

en los cristales

de nuestras ventanas;

seamos zombis complacientes

otra Nochebuena más,

a fun fun, a fan fan…

… THEN I FEEL NOTHING

Sábado, 22 de mayo de 1999

Te despiertas. ¿Dónde estás?, te preguntas mientras tratas de seguir con tu borrosa mirada ese entorno hasta ahora desconocido para ti. Miras la hora en tu reloj de pulsera. Es temprano aún, aunque tarde considerando que hace media hora que debías estar dando una conferencia sobre “Competencia Comunicativa”. Restriegas tus ojos con saña y luego buscas tu ropa. Giras tu cabeza hacia la derecha y la ves, a ella. Está desnuda. Está dormida. Comienzas a recordar qué sucedió anoche, entre copas de ron y el humo de infinidad de cigarrillos rubios. Puede que estés asustado. Puede que hubieras bebido más de lo aconsejable. Sí, es verdad, te pasaste al menos dos copas de tu límite, y ella estaba ahí, tan a mano, hablando contigo, mirándote con interés, pensando que quizá seas alguien que merece la pena, porque ella acaba de romper una relación de casi seis años, hace tan sólo un mes, y se siente un poco insegura todavía, y el alcohol ingerido va tirando de tu lengua, y te notas suelto y fácil, en el contexto ideal para ligar, para echar una canita al aire. Total, todos lo hacen, todos lo hacemos más tarde o más temprano. Pura naturaleza. Ahora tienes todas las papeletas para el sorteo. Además, ella vive cerca y va y te pregunta si la acompañas a su casa… Pero, ¿cómo se llama?, ¿de qué coño estuvisteis hablando hasta las seis de la madrugada? ¿Por qué tienes miedo ahora? Ya se sabe, borrachera, por norma general, es igual a gatillazo. Da igual. Vas al baño, te estás meando. Es curioso, ya sabes dónde está el servicio. El pánico se adueña de tu ser a mitad de la meada. La conferencia, ¡joder! Debes vestirte rápido y salir de allí pitando. Desnudo y vacío de orín vas recogiendo tu ropa del suelo, con prisa. “¿Qué haces?”, te pregunta ella desde toda la amargura de su voz resacosa. La ves, ¡Dios mío, es guapísima! Te acercas a ella olvidándote por fin de tu ropa, que apesta a humo de tabaco. A tomar viento la conferencia, la competencia comunicativa, todos los oyentes y todos tus colegas, que esperan impacientes tu sabia presencia en la sala de Congresos y Exposiciones. Ella te espera ahora y la abrazas. Sus ojos reflejan algo más que una simple relación sexual de noche loca de primavera. Te desea y algo más: se acaba de enamorar de ti. Pero, ¿cuál es su nombre? ¿Dónde se había metido hasta entonces? ¿Por qué motivo habíais compartido tiempo pero no espacio si ya sois capaces hasta de imaginaros una vida en común en algún escondido rincón de cada uno de vuestros subconscientes? Hacéis el amor, ahora sí puedes responder físicamente a los estímulos sexuales que ella provoca en ti, porque es guapa, está buena, y sabe cómo jugar y hacerte participar en el juego; parece maja, vive sola, en una casa cuidadosamente decorada. Es una mujer, sí, una mujer que te está engullendo como hasta la fecha ninguna lo había hecho, la eterna mentira de la inmediatez. ¡Bingo!… … ¿Bingo? No, de eso nada. Un martillazo acaba de golpear certero tu cabeza. ¿Qué pasa con Carmen? ¡Joder, Carmen, Carmen, Carmen…! Tu miembro viril vuelve a ponerse flácido. Es Carmen, que no permite que puedas disfrutar gozoso del momento actual, porque Carmen es tu mujer, tu cariñín, tu media naranja, la primera que te hizo disfrutar plenamente. Entonces, ¿no podría ser ella tan sólo un gajo de la mitad de esa naranja? Sí, esa sería la solución, aunque imposible en nuestro mundo dividido siempre en pares. Hay que elegir, siempre tenemos que elegir, independientemente de cuáles sean nuestros deseos, nuestra capacidad de amar, nuestros instintos, en definitiva, coartados siempre por la mierda esa de la convivencia en sociedad imponiendo todo ese rollo sistemático de la familia, de la pareja fiel… ¿la competencia comunicativa? Y una mierda pinchada en un palo. ¿Quién cojones es capaz de decir todo lo que piensa en todos y cada uno de los momentos de su existencia, de mostrarse tal y como es o como le gustaría ser? Te incorporas repentinamente y ella te pregunta de nuevo qué te pasa. Le cuentas todo el rollo ese de la conferencia y, por su reacción, te das cuenta de que anoche ni siquiera se lo habías mencionado. A ella le suena a vaga excusa, a vía de escape, a huida de la evidencia – ¿y ese proyecto de futuro? -, que no es otra que la del químico amor recién hallado. La vuelves a mirar y algo se clava en lo más hondo de tus vísceras. Es la decepción que notas en sus pupilas. (“¡No, cariño, yo no quiero que te sientas así, que lo de la conferencia es verdad aunque anoche no te hubiese contado nada sobre ello!”), pero sólo eres capaz de preguntarle si puedes darte una ducha. Te deja su albornoz y te pregunta si te apetece un té. Sí, respondes mientras te vas dirigiendo lentamente, envuelto por completo en un embravecido mar de dudas, hacia la ducha reparadora. Agua fría. Rápida. Su albornoz es suave y huele a ella. Te vas enamorando un poco más si cabe. Ya no estás asustado, no; es como encontrarse al borde de un interminable acantilado, como los de Brighton, los que salen en ‘Quadrophenia’, y te acuerdas de los Who, y tarareas ‘My Generation’ mientras el agua fría, tremendamente fría, va despejando tu mente.

Sin embargo, ella ha puesto a la Creedence, y te callas, cesas en tu inútil tarareo encubridor y escuchas, y piensas “qué bien, le gusta la Creedence”. Apoyas tus manos en el azulejado del baño porque tus piernas comienzan a temblar. No cabe la menor duda, te acabas de enamorar como un puto colegial. Pero, ¿eres en realidad tan enamoradizo? Te paras a pensar sobre ello y prolongas innecesariamente tu ducha, ya que sobre tu cuerpo no queda ni un solo resto de ese gel de avena que huele a bendición, porque es el suyo, el que ella utiliza a diario, y eso marca, es otro pequeño detalle que se va insertando de manera inconsciente en tu receptiva memoria, en todos y cada uno de tus sentidos. Te secas rápido y mal. te envuelves en ese albornoz blanco que ella tan gustosamente te ha dejado. “Eso es buena señal”, te dices en voz baja. Tienes razón, nadie nos deja su albornoz así como así, es un primer signo de vida compartida, de lo que podría llegar a ser. “¡Ya está bien de gilipolleces, hostia ya!”, y vuelves a la aterradora realidad, mezcla de Carmen en forma de amenazante holograma, y de aburrida conferencia para una audiencia plagada de indolentes investigadores del mundo de la lingüística. De buena gana te quedarías con ella toda la mañana, todo el día, toda… ¿la vida? Al menos tú crees que sí. Sales del baño envuelto en toda la suavidad de su inmaculado albornoz. Ella está sentada en el sofá, confusa debido a tu actitud. Bebe a pequeños sorbitos su humeante té. Con un gesto de su mano derecha y sin dejar de separar sus labios del borde de la taza te indica que tu té también está preparado. Es Earl Grey, tu favorito; también el suyo. Aún no te has sentado a su lado y ya te has bebido la mitad de tu taza de té, de un sólo trago. Ella te mira asustada. Ninguno de los dos se atreve todavía a romper ese muro de silencio que divide en dos la estancia. Tomas la iniciativa. “Vaya putada lo de la conferencia… pero tengo que ir… me esperan”. Ella asiente sin mirar, sin hablar. Acaba de encender un cigarrillo que le dé fuerzas para poder mirarte a los ojos. Lo hace, y te das cuenta del daño que le estás haciendo. Recurres a una de las soluciones más tópicas en estos casos. “Podemos comer juntos, ¿no? Venga, te invito a comer. El rollo ese acaba sobre la una y media. Si me das tu número de teléfono…”. “Claro”, responde ella justo antes de tomar papel y bolígrafo y apuntar su número. Te lo entrega forzando una de sus mejores sonrisas. Sus ojos siguen emitiendo destellos de decepción, y eso te jode, te jode en el alma. Deseas abrazarla con fuerza, decirle te quiero, no te preocupes que no pasa nada. Te quiero. ¡Te quiero! Coges ese trozo de papel y lo miras. Ya sabes su nombre, ¡al fin! Beatriz. Das el último sorbo a tu Earl Grey y comienzas a vestirte. No queda más remedio que dar esa conferencia con los mismos calzoncillos de ayer, oliendo a humo, oliendo también a su gel de avena… Antes de calzarte te sientas a su lado y le acaricias el pelo. Beatriz responde a tu caricia apoyando su cabeza en tu mano y moviéndola acompasadamente al ritmo de tu caricia. La besas. Ella también te besa. Juntáis vuestras lenguas. No sabes por qué, pero aquel beso tiene un cierto sabor a despedida. Te resistes a la traición de tus intuiciones. (“Tengo su teléfono. En cuanto acabe la llamo, quedo con ella. Necesito amarla”.) Atas los cordones de tus botas, lentamente, recreándote en cada nudo. Estás a punto de mandar todo a la mierda y quedarte a su lado. Pero no puede ser, ya has cobrado tus emolumentos por anticipado y tienes que cumplir. “¿La parada de taxis más cercana?”, le preguntas, y ella te dice que dos calles más abajo, justo en una plaza con estatua ecuestre en medio de la glorieta. Coges tu cazadora del suelo. Compruebas si te queda algún cigarrillo, como acto lleno de costumbre en mañanas de resaca. Ya sabes dónde está la puerta y llegas sin su ayuda a su altura. Echas la vista atrás. Tienes ganas de llorar de pura impotencia, aunque no puedes, ni podrías aun forzándolo siquiera. Ya lo decía tu abuela: ‘hombre llorón, hombre bribón’. Y tú no eres ningún bribón. Porque vas a ser bueno con aquella chica tan guapa, con Beatriz. Giras tu cuello para verla. Sigue sentada en su sofá, siguiéndote con la mirada. Con un leve gesto le dices adiós, o más bien hasta luego, lo que queda refrendado con tu puño apoyado en la mejilla derecha, como queriendo sostener un teléfono imposible.

Dejaste dos mensajes en su contestador. La conferencia y su interminable epílogo se prolongaron hasta cerca de las dos y media. En buena hora se te ocurrió decirle que aquello finalizaría a la una y media. “Beatriz, soy yo, Ernesto. Joder, que esto se prolongó más de lo que yo pensaba… Nada, te llamaba para quedar contigo, para comer juntos por ahí. Bueno, ya te llamo luego, ¿vale? Un beso”. Cuelgas el auricular del teléfono sintiéndote el tío más gilipollas del planeta. Odias tener que dejar un mensaje en el contestador, en cualquier contestador. “Seguro que sueno como un puto idiota… como lo que soy, vamos”. No quedaba otro remedio que comer con tus colegas de profesión, alguno de ellos incluso amigo. Mejor eso que tener que comer solo, devanándote los sesos con el taladro de su imagen dentro de ti. La metástasis del amor, un cáncer que avanza premioso llevándose por delante una víscera tras otra. No tienes hambre y dejas que los demás decidan por ti. Hablaste de la competencia comunicativa oyendo tu voz desde otra dimensión, desde una nueva dimensión que responde al nombre de Beatriz. Un autómata ejerciendo diligente su función. Aséptico y frío. Distante, ausente; obligado y disperso. Las felicitaciones de tus colegas sonaban como el eco de una extraña pesadilla de la que acabaras de despertar entre miedo y sudor. Julio es tu amigo, tu buen confidente, y ya ha notado en tus ojos que algo extraño te está sucediendo. Esperará paciente que los demás se vayan para poder preguntarte qué te ocurre, y tu te sientes débil, con ganas de sacar de tu interior ese lobo que no deja de morderte con fruición las entrañas. Julio te conoce demasiado bien, aunque jamás tratará de darte un solo consejo en vano. Opinará, claro que lo hará, pero sin que el tono de su voz se acerque en ningún momento al de la inconsciente reprimenda del que todo lo envidia, porque Julio para nada es envidioso, y procurará ayudarte desde la frontera de su buena fe.

– ¿Te ocurre algo? No sé, te noto ausente, preocupado.

– ¿Cuántos años tenemos, Julio?

– ¿Qué?

– Somos quintos, ya hemos cumplido los 36.

– Eso tú, que yo los cumplo en septiembre.

Sonríen y se callan, y cada uno da un trago a su chupito de orujo de hierbas mirando el vaso como si se tratase de una bola de cristal que nos dice lo que ha de ser, que no lo que será.

No lograste verla de nuevo. De vuelta a casa, a la agradable rutina, a Carmen. Al día siguiente buscas tus viejos discos de la Creedence Clearwater Revival y decides escuchar el ‘Cosmo’s Factory’, el mismo que ella había puesto en su equipo de alta fidelidad mientras tú te duchabas.

“Está será nuestra canción, nuestro vínculo secreto”, piensas mientras enciendes otro cigarrillo, antes de que el techo del salón se te caiga encima. Pasan los días, las semanas, y ya ni ‘ramble’ ni ‘tamble’. Te vuelves cobarde entre la niebla. No tuviste el valor de llamarla. Carmen está a tu lado ahora, y ella ha puesto el sello de su “ganadería” en uno de tus gluteos, y quema, quema de verdad, aunque no duele. Quince años y medio al rojo vivo y sin hacer llaga aún. Llevas un rato mirándola mientras ella lee una de esas novelas negras que tanto le gustan – hoy toca ‘La Dalia Negra’ de James Ellroy – . Transcurridos unos minutos sonríes casi sin saber por qué, pero de pura satisfacción. Al día siguiente buscas entre tu vasta colección de CDs una canción que responda a tus nuevas sensaciones. Ahí está, ‘Feel the Pain’, de Dinosaur Jr, basta con cambiar un poco la letra, que ese ‘everyone’ se convierta sutilmente en ‘every woman’. (“I feel the pain on every woman, then I feel nothing…” – “Siento el dolor en cada mujer, luego no siento nada…”).

Ésa es la canción. Como anillo al dedo. Pasas página a través de la ronca voz de Joe Mascis. La bella mujer llamada Beatriz pasa a formar parte de tus recuerdos, sólo eso, nada más; y los discos de la Creedence – el entrañable y olvidado vinilo, con el gotero puesto y agonizando solitario en tiendas (ya casi podríamos decir casi que) de antigüedades – seguirán en el exilio, entre los de los Cramps y los de los Cure, porque siempre te gustó ordenarlos en estricto orden alfabético.