LAS CHICAS GRANDES NO LLORAN

1- Ernesto

Sé que parte de mi mala suerte con las chicas se la debo a la canela; sí, a la canela, a esa especia que sirve para condimentar el arroz con leche, por ejemplo. Un buen amigo me cantó un buen día todas las alabanzas de la canela como puro y duro afrodisíaco, y, ya que estaba yo pasando por una fase de apatía sexual con mi pareja (más por su creciente inapetencia, que por la imaginación derrochada por mí en infinidad de juegos del arte de amar. Recuerdo que Jéssica al principio de nuestra relación se corría con el sólo contacto de mi anular con su clítoris, y eso me daba qué pensar; hacía que mi sentimiento de culpa aumentase un poco más después de cada conato de sexo mutuo. ¿La habría vuelto yo sexualmente inapetente con mis “malas artes”?, era la pregunta que martilleaba mi cerebro por esa época), decidí entonces que la canela sería nuestro remedio salvador. Tenía que darme un baño de canela. Nada de sales aromáticas para pijos; canela. Preparé concienzudamente aquella bañera: agua caliente, canela en rama por allí flotando, y todo un bote entero de canela en polvo por si la misma en rama no era suficiente condimento. Puse música relajante, y me hundí de lleno en toda la sensualidad de aquel baño místico. A los dos minutos, un picor insistente y pegajoso comenzó a invadir toda la superficie de mi piel, incluso mi cara y mi cuero cabelludo ya que, en un alarde de valerosa generosidad, también había hecho tres inmersiones en aquellas aguas teñidas de color marrón. Lógicamente, empecé a rascarme. Al principio suavemente, pero como aquello no había manera de aliviarlo, luego pasé a rascarme con fruición, casi con saña se podría incluso decir. Dejé de imaginarme a Jéssica en su quinto o sexto orgasmo, y abrí mis ojos para mirarme. ¡Qué susto, madre mía! Estaba absolutamente plagado de granos que se iban tornando pústulas en mi epidermis. Sin pararme siquiera a pensar, quité atorado el tapón de la bañera para que se alejase de mi ese dañino líquido, poción maldita que causaba efectos tan secundarios como malévolos en mi piel. ¡Dios mío, hasta empezaba a darme la impresión de que me iba a quedar ciego! ¿Sería aquello la peste, la muerte negra, la lepra…? Ya no me atreví ni a recoger todos los trozos de canela en rama que luchaban indefensos contra la fuerza de la corriente a las puertas del sumidero. Salí despacio de la bañera, intentando tranquilizarme. Creía esperanzado que al mirarme en el espejo unos segundos más tarde todo mi mal se habría disipado por completo. Secándome con sumo cuidado con la toalla, me acerqué sigiloso – temiendo ser hasta espiado por alguno que me estaba gastando una fea broma – hacia el espejo. ¡La hostia puta! Reflejado en el espejo aún se me veía mucho peor. No quedaba rastro de mis rasgos faciales entre tanto grano pustulento. Por un instante llegué incluso a pensar en la cámara oculta. “Ya sé. Ya sé. ¡Sois vosotros, hijos de puta!”, grité sonriente, triunfal, al espejo. Eran ellos, los cabrones de mis amigos (si es que en ese momento merecían ser designados como tales) los que me estaban gastando una broma en perfecto acuerdo y armonía con uno de esos tan “simpáticos” canales de televisión, de los que aderezan nuestra monótona existencia con programas tan sutiles, tan de ámbito intelectual con sabor a chorizo rancio y a tortilla de patatas reseca, como esos de la cámara oculta. Traté de limpiar el vaho del espejo con la esperanza de borrar de su superficie esas horribles manchas entre rojizas y amarillentas que me hacían parecer el Hombre Elefante. Pero no, John Merrick no se iba de mí mismo, y se aceleraba, se aceleraba mi terrible mutación. Recordé “La Mosca”, la película esa de David Cronenberg en la que Jeff Goldblum se transforma en un auténtico monstruo por culpa de una mosca, ¡de una puta mosca que se había colado sin permiso en su máquina de teletransportación! ¿Qué cojones podía yo hacer? No tenía ni puta idea de francés, y me encontraba en Eurodisney, en un hotel de lo más idiota, con “goofies”, “mickeys”, “sirenitas” y “reyes león” por todas partes. ¡Cómo lo odiaba! Odiaba a todos aquellos alienígenas que no eran más que Pierres, Françoises, Bernards o qué sé yo disfrazados de monstruitos para niños. Odiaba también a la cabrona de Jéssica, por haberme embarcado en aquel fatídico viaje al país de nunca jamás (porque nunca jamás pienso yo regresar a semejante esperpento de parque temático o cómo quiera que se denominen esos abominables sitios). Era mi regalo para ella; Semana Santa en Eurodisney. Era el gran disgusto de mi vida, y no ya por verme envuelto, literalmente, en tamaña metamorfosis, sino por el crédito que había tenido que negociar con los usureros del banco para poder realizar “su sueño”: Eurodisney. Y encima se había vuelto frígida. ¡Joder! Tardé casi cuatro años en solventar mi deuda con el banco. Con Jéssica sólo duré tres semanas más…C’est la vie!, que dirían los de por allí. Pero lo que sí que estaba yo viendo en aquellos momentos era a Ernesto Fernández Urrutia a las puertas mismas de la muerte. Me vestí cuidadosamente y bajé a recepción. Los del hotel se portaron de maravilla conmigo: un “apandador” que chapurreaba algo de castellano me acompañó hasta el departamento médico. Por suerte, el doctor se apellidaba González (Dios salve a los emigrantes), y me diagnosticó, tras hacerme una serie de análisis de sangre, una alergia bestial a la canela. Podía comer cualquier alimento aderezado con tal especia, pero no podía entrar ella en contacto con mi piel. Vale, de acuerdo. Cuando Jéssica regresó de su excursión parisina (ya sabéis, la Torre Eiffel y todo eso), yo ya me encontraba bastante mejor. Eso sí, apestando a canela. “Joder, ¿a qué hueles, tío?”, fue su agradabilísima frase de consuelo. No hicimos ni siquiera el amor en los cuatro días que duró nuestro periplo por tierras disneyanas. Para qué.

Dos semanas más tarde, cuando mi piel ya estaba limpia por completo, me llega Jéssica con la gonorrea. Bien, a medicarse tocaban. Ningún problema por mi parte, por mi inocente y gilipollas parte. “Toma, Ernesto; llama a todos éstos y diles que vayan al urólogo”, me dijo a la vez que me entregaba una lista con siete nombres masculinos y siete números de teléfono. Lo hice. “Buenas tardes, ¿está Fulano?”. “Sí, soy yo”. “Pues vete al urólogo que Jéssica tiene gonorrea”. Siete, ni uno más ni uno menos. Una semana después, (¡Sí, una semana…Qué pasa!) me di cuenta y la abandoné. Ya no era cuestión de celos; era por mi integridad física.

Ya no quiero saber nada más de las tías. Me conformo con mis amigos. No sé, me siguen gustando las tías y eso, pero no congenio con ellas. Di mucho y me desviví por ellas y nunca recibí nada a cambio. A ver si inventan una pastilla que transforme a los tíos en tías. Sales por la noche con tus amigos y, ¡zas!, llegado el momento le echas a uno una pastilla en la copa y se convierte en una tía de la hostia, pero sólo físicamente. El sábado pasado se lo comenté a mi amigo Darío, al que desde el instituto apodamos “Lagartija”, y me contestó que, llegado el caso, se volvería lesbiana. Habráse visto el tío desagradecido éste.

2- Darío

Yo siempre quise tener una novia. Ya sabéis, eso de ir de la mano por la calle, pasear abrazados por el parque, ir al cine a ver la película que ella eligiese…pero nunca he podido. Soy absolutamente incapaz. No duro más de unos días con cada tía que me enrollo. Envidiaba a Ernesto, tan feliz con Jéssica, tan seguro de que aquella era la relación de su vida, hablando incluso hasta de boda. Ahora creo que es mejor no darle más vueltas y seguir con mi vida tal y como va. No se deben forzar las circunstancias, y si yo no sirvo para ser novio, pues me jodo y no lo soy. No lo puedo evitar. Es superior a mi entendimiento; puede que mis glándulas vayan mucho más aprisa que mis sentimientos, pero eso no tiene operación, creo. Es mejor no engañarse a uno mismo. Sin ir más lejos, el último fin de semana me encontraba yo en un bar por la noche con mis amigos, cuando de repente apareció Carmen, una chica que me gusta desde hace ya unos meses. Me acerqué a ella y comencé a hablarle. (Le estaba entrando, que se diría sin más rodeos.) No sé cómo ni por qué, pero transcurridos unos minutos estaba yo prometiéndole casi amor eterno. Y ella parecía estárselo creyendo a pies juntillas. (A veces me entran ganas de dejar el ron, que no hace más que traicionarme a la mínima de cambio.) Perfecto: nos damos un beso, de ahí pasamos directamente a entrelazar nuestras lenguas y a juguetear con nuestras manos…Pero, ¡maldición!, ella va y dice que tiene que ir a mear. Como siempre, en los baños de chicas las noches de fin de semana se forman unas colas descomunales que convierten la actividad mingitoria en un juego de absoluta paciencia contra el crono. Tardó mucho. Ese fue su problema, que tardó mucho en regresar. Para entonces, ya había yo pasado a la acción con Cristina, una amiga de Ernesto que está cantidad de buena y que, según parece, anda que bebe los vientos por mi persona. No lo pude evitar: me enrollé con Cristina allí mismo. Aún tuvo tiempo la buena de Carmen para pasar a mi lado y soltarme un sonoro “¡Eres un cerdo hijo de puta!”. Ese es mi triste sino. Alguna cae, claro, aunque es difícil que me lo llegue a hacer más de una vez con la misma. ¿Será que no lo hago del todo bien? Porque, bah, creo estar bien dotado para el sexo; también me considero una persona imaginativa y con mucho que ofrecer en el ámbito sexual, pero debo ser un auténtico gilipollas cuando me rehuyen de esa manera. Joder con mi instinto de supervivencia. Joder con mis borracheras. Muchas veces no soy capaz de recordar qué habrá pasado al despertarme al lado de una tía, en una cama extraña, viendo toda mi ropa esparcida por el suelo de la habitación. En esas ocasiones, lo que hago es mirar a la chica durante un buen rato; luego me aprieto con fuerza contra ella y la voy despertando poco a poco a base de besos suaves en su espalda a la vez que voy haciendo notar en su piel toda mi erección. Pero esto sólo surte efecto en contadísimas ocasiones. ¡Vaya un desastre!

Por eso envidiaba a Ernesto, por ser capaz de tener y mantener una novia. Conocí a Ernesto en el instituto, y gracias a sus consejos – que yo pedí, he de reconocer – casi me quedo sin polla. Un día, en segundo de BUP, a mitad de curso, le pregunté muy preocupado a mi amigo Ernesto: “Oye, Ernesto, ¿tú te haces pajas?”. “Claro. Es lo normal, ¿no?”, me respondió él con su extraña sabiduría mundana. “¿Y a ti te baja toda la piel?”, seguí yo interrogando a mi amigo. “¿Que si me baja toda la piel y deja al descubierto todo el glande?”, contestó él, muy sorprendido, con otra pregunta. “Sí, sí, eso”, denotaba yo excesiva impaciencia ya. “Pues claro”, me dijo muy seguro de sí mismo. “A mí no. A veces incluso hasta me hace daño”, comenté apenado esperando la respuesta filosofal de Ernesto. “Es muy fácil. Lo que tienes que hacer es dar tirones muy fuertes al masturbarte hasta que baje del todo. Así lo hice yo. Así lo hacemos todos.” Dicho y hecho. Iba a ganarle la batalla a mi fimosis a base de fuerza bruta. Esa misma noche, pensando en la de matemáticas, conseguí que mi glande saliese por completo a la luz. Llamé por teléfono a Ernesto nada más correrme. “¡¡Ya está, tío!! ¡¡Ya está!!”. Pero en verdad no estaba. Sí, la piel había bajado, pero el problema ahora consistía en que debería subir otra vez. Y no lo hacía por más que yo tiraba con fuerza hacia arriba. A los dos días de mi masturbatoria hazaña, le enseñé aquello al bueno de Ernesto. “¡Hostia, pero si se te va a engangrenar!”, me dijo él muy asustado cuando vio tal desbarajuste genital. Mi polla, el glande concretamente, estaba totalmente estrangulado por mi fimosis; se había tornado morado, tirando ya a negruzco. “Tenemos que ir a urgencias”, proclamó Ernesto decidido. El urólogo arregló aquel desaguisado. Cortó, dio unos puntos, y asunto liquidado. Uno o dos días más y me quedo sin mi aparato. El mismo urólogo que operó de urgencia mi fimosis, me recetó unos medicamentos contra la gonorrea unos años más tarde. Un domingo, a eso de las dos de la tarde, me desperté en la cama de Jéssica. No recuerdo cómo sucedió. Sólo recuerdo que Ernesto se encontraba cansado, y Jéssica quería contarme el viaje que ambos habían hecho a Eurodisney. Dos, tres copas más y allí acabé yo la noche, en casa de la novia de mi mejor amigo. Cuando Ernesto me llamó el martes siguiente para contarme que Jéssica tenía gonorrea, y que le había hecho llamar por teléfono a unos tíos para comunicarles tal evento, no supe dónde meterme. Bueno, sí que lo supe: en la consulta del médico de cabecera, para pedirle un volante para el urólogo. Más vale que yo nunca tenga una novia.

3- Jéssica

¡Ya está bien de gilipolleces! No soporto que me atosiguen, que me agobien sin razón aparente, y Ernesto lo hacía constantemente. Que si un día un peluche, que si otro un ramo de claveles…Trataba de sorprenderme a diario, y lo único que conseguía era aburrirme de tan pesado como se ponía con sus “sorpresitas de mierda”. Un día le comenté que me gustaría ir a Eurodisney, algo sin importancia, desde luego. Es como si tú vas y dices que te gustaría ir a Australia a ver canguros, o qué sé yo, pero como algo que dices por decir, para que se lo lleve el viento, el recuerdo. Lo que ya carece de todo tipo de lógica es que a la semana siguiente te aparezca el otro imbécil con un viaje a Disneyland-París para dos personas. Qué podía hacer yo aparte de disfrutar de aquel regalo caído del cielo tan persuasivo que regentaba Ernesto. Lo de la canela fue otra historia, el colmo de su estupidez. (Cada vez que como algo que lleva canela me viene a la memoria el olor de aquella habitación de hotel en Eurodisney. Insoportable, sin más.) Ernesto es un puto obseso sexual. Al principio nos lo pasábamos la hostia de bien en la cama, en la mesa de la cocina, en el suelo, en la bañera, en…Con el ascensor comencé a mosquearme ya un poco… Los viernes venía a mi casa y me hacía tragarme las películas porno que pasaban por Canal Plus. Hasta ahí, de puta madre. Pero un día, activado por algún resorte escondido en un oscuro rincón de su psique, le dio por que imitásemos a los actores de aquellas aburridas e insulsas películas pornográficas. Inútil tarea, ya que ambos carecemos de la forma física necesaria como para plantearnos siquiera una gimnasia sexual de ese tipo; así como también carecemos, al menos yo, de la suficiente versatilidad genital como para andar con posturas de cangrejos, arañas o animales similares. Me gusta el sesenta y nueve, me gusta algo de variedad, por qué no; pero de ahí a tratar de emular la elasticidad de la Nadia Comaneci de Montreal ’76 conjuntamente con la potencia sexual de un Rocco Siffredi, por la parte que a él le tocaba, media un abismo… qué abismo, ¡una fosa abisal! Me aburría, para qué engañarnos. Ya no me cabían más peluches en la habitación. (Esos cabrones aceleraron mi alergia a la caca de los ácaros. Al día de hoy no conservo ni un puto peluche. ¡A tomar por culo los malditos ácaros en sus casas de ositos y animalitos variados!) El sexo, su mero disfrute, se iba alejando de mi lado. Aquél, como un poseso a mi vera; y yo, fingiéndome la más frígida de las mujeres tratando de hacer que todo terminase cuanto antes. Otros hombres comenzaron a llamar mi atención. Sentía la imperiosa necesidad de echar un polvo, un buen polvo, sin complicaciones exóticas, sin tener porque imitar lo que aquellas divas del porno hacían desde el fondo de mi televisor. Una noche que salí con mis amigas Sara y Mónica, así como a lo bobo, me lié con un tío en un pub, a las cuatro y media de la madrugada. Volví a correrme, a sentir lo que suponía un buen orgasmo, con suavidad, con cariño, aunque también con pasión, con fuego interno saliendo precipitadamente fuera de nuestros cuerpos. No recuerdo su nombre; quizá no tuve tiempo ni para preguntárselo. Iba yo a lo que iba: a lo mío y punto. Seguía con Ernesto, pero no era más que fruto de la inercia que nos lleva a favor de su vana corriente. En mi vasto peregrinar en busca del sexo perdido, acabé una noche llevándome a Darío a mi casa. Darío, el “Lagartija”, el mejor amigo de mi, por aquel entonces, novio formal. No hicimos nada; nada en absoluto. Él estaba demasiado borracho como para poner su aparente calentura en funcionamiento. Se durmió en apenas diez minutos. Al despertar, ya no me apetecía hacérmelo con él. La excusa resultó sencilla: Ernesto. Darío parecía un pelín despistado, como si no recordase nada de lo sucedido. Nada, precisamente nada. No quise ser su memoria perdida. Que piense lo que quiera.

Ernesto me dejó un día. No podría describir con palabras la tremenda sensación de alivio, de libertad, que invadió todo mi ser en aquel momento. Había jugado con tiento mis cartas para que él diese el primer paso, el paso definitivo, primero y último. Porque yo fui cobarde y no me atreví a ser yo la que abandonaba. Es más cómodo el papel de abandonada, sin duda. Le di un beso y le dije adiós. No lloré, y él se quedó allí, de pie, haciéndose un poquito más pequeño a cada paso que yo daba en dirección a mi casa.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE XIV – SUSPICIOUS MINDS

Era su segundo día como conductor oficial de un alsa, hacía la ruta Oviedo – Gijón y a la inversa, pero la de paradas, la que iba (y sigue yendo) por la carretera vieja, nada de autovías ni y griega ni nada que acorte el trayecto. Tres viajeros se sentaban entre primera y segunda fila, la de la izquierda justo detrás de él. Aunque Indalecio aún no lo sabía, uno era ese poeta tan pesado que con el tiempo acabaría siendo su amigo, el tal Jose Yebra, e iba el muy cursi hablando inglés con dos extranjeros: un japonés de libro y un hindú (desconocía Indalecio que Vik era de raza hindú pero no de la India, sino de Isla Mauricio), los otros dos Koji y Vik.

Como es costumbre, recurrimos ahora al traductor simultáneo:

– ¡Anda, Jose, mira, Elvis Club! ¿Podemos venir aquí otro día? – Koji, que había viajado desde Londres junto a su amigo Vik para asistir a la boda de nuestros amigos comunes Ana y Gabi, tenía preparada una sorpresa para los novios a modo de imitación de Elvis Presley koji-elvisépoca Las Vegas. Gran fan e imitador del Rey del Rock, no sospechaba el pobre que casi todo el mundo acabaría dirigiéndose a él en las etílicas noches ovetenses como Koji Kabuto, y es que Mazinger nos marcó mucho de pequeños, justo es reconocerlo. Al residir en Londres y ser originario de un barrio de Tokio (cerca de Shibuya, sin casa azul), desconocía totalmente la acepción que el término club tenía en España, ya que para él un club no era más que otra discoteca a la que ir a bailar.

– A ver… ¡Cómo te explico yo estooooo….? Este club de ahí no tiene nada que ver con cualquiera de los que tú puedas conocer en Londres, o en Tokio, ni, por descontado, con Elvis – y termina Yebra su explicación acercando todos los detalles semánticos al entendimiento de sus dos amigos.

– Ah, joder, ya, ya… No, no, nada que ver, ya veo…

E Indalecio, con un gran oído para la lengua inglesa (nunca había bajado de un ocho con cinco en el instituto), sonríe desde su asiento sin dejar de controlar la carretera y el tráfico ni un mísero instante.

Ya en Gijón, aunque este día de mayo no invita en exceso a un baño en las frescas aguas del Cantábrico, Jose Yebra intenta convencer a sus dos amigos para que se adentren valientes con él en el mar. Por supuesto que no lo conseguirá.

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Años más tarde, de casualidad, se da cuenta de que Indalecio sí que se habría arriesgado, porque Indalecio es un valiente, un hombre de pelo en los sobacos que jamás se planteará depilarse siquiera el contorno de sus cejas.

SARAVÁ!

Hace no mucho, mucho tiempo, en un pueblo no demasiado lejano, hubo una discoteca que era el paradigma del ambiente nocturno, de madrugada de sábado, mismo ritual en la de cada domingo: amanecía, que era mucho, y el sol nos daba de lleno, pero éramos valientes y no llevábamos gafas de sol, así hiciese “un sol de carallo”. Años 1983, 1984 y 1985, veranos de múltiples iniciaciones y descubrimientos entre saliva, humo de cigarrillos negros y otros más aromáticos; semen y flujos vaginales, películas porno con alevosa nocturnidad en Las Vegas (nuestro bar de encuentro), queimadas a la orilla del río Cúa, escapadas nocturnas en el coche del padre de mi amigo Jerry, aquel mítico Ford Fiesta amarillo, a lo bestia, sin carné ni edad cercana aún para poder ponerse a estudiar siquiera el código de circulación… pero ya las ramas de los cerros de Úbeda están a punto de sacarme el ojo derecho de su órbita, así que, confesaré antes de continuar, que la discoteca a la que me refiero es, era, la sin par Saravá, nuestro propio y rural Studio 54 en Cacabelos (y el resto del Bierzo) durante cuatro gloriosos años.

Ya la inauguración supuso un acontecimiento espectacular, porque antes habíamos tenido la Marychris, al lado de la Cooperativa de Vinos, en la que la gozábamos como enanos bailando el jevi como auténticos héroes de guitarras y melenas que sólo existían en nuestra incipiente imaginación: AC/DC, Led Zeppelin, Barón Rojo, Iron Maiden…

Y las lentas, ese despertar de cebolletas altivas que buscan el nivel “arrimator” más cercano posible; o aquella tarde en la que Litán, el dueño, sacó a Richard de la pista a empujones, casi a hostia limpia, diciéndole, literalmente, que allí “aquellas mariconadas no se hacían”, y el pobre Richard, un cacabelense de Estrasburgo, con cara de infinita sorpresa que le contesta, “pero sólo estaba bailando, es breakdance”, y es que a mi amigo se le había ocurrido empezar a dar volteretas de esas que se dan en el breakdance en el suelo, girando sobre uno mismo, demasiada ofensa para la moral de aquel hombre… Pero hablo de las tardes de viernes y sábados, cuando estudiábamos 8º de EGB y 1º de BUP, con entrada gratuita y ganas de aprender mirando a nuestros referentes tan cercanos como lejanos (me refiero a los de 16 y 17 años). Ser mayores apremiaba, y mucho. Y en 1983, no recuerdo si fue en marzo o abril, inauguran la Saravá José Manuel y Merche, pioneros de la primera boite disco cacabelense a finales de los 70, la Faustin, a la que veía de pequeño como marchaba mi primo a ligar admirando aquella melena y aquel desparpajo desde mi posición de geyperman con Turbocópter cercano al suelo.

Dos pisos de discoteca, simulando una cueva, con estalactitas y estalagmitas que se juntaban en varias columnas alrededor de la pista de baile. Dos ambientes: el piso de abajo, música disco de los 70, funk, el inefable italo-disco de La Dolce Vita, el Tarzan Boy y aquel “Happy Children” de P. Lion; las lentas (siempre avisaban con un flash continuo su inminente llegada, para que fuéramos acercándonos a la pista, si es que no estábamos bailando ya, porque antes sí 20160408_210647que bailábamos, y sin complejo alguno, y enviando miradas suplicatorias a alguna de las chicas que te gustaban, porque siempre había más de una, o dos, o tres…), y un reservado con una entrada que no levantaba más de 70 centímetros del suelo en la que reinaba la oscuridad, tanto, que a veces, cuando tenías la suerte de poder ir, no sabías ni quién te metía mano ni a quién se la metías tú. El piso de arriba ya estaba más orientado a la gente mayor, a los carcas de veinte o veintipico, que bailaban en grupo y cantaban canciones más tirando a rollo hippy con el inglés de aquí de toda la vida (gües yu mamagón!! gües yu mamagón!!, aunque, seamos justos, no sólo cantaban este Chirpy Chirpy Cheep Cheep, sino que se atrevían con el Bang a Gong (Get it on) de T-Rex. Que yo recuerde, un gran descubrimiento para mí el gran Marc Bolan. A veces me escapaba de mis amigos con la excusa de ir al servicio, y subía veloz al piso de arriba a disfrutar de un rato de música buena y descansar de aquellos alemanes tan andróginos de los que yo ni quería ser su corazón ni su alma, ¡hablares modernos a mí, con mis camisetas de Iron Maiden y Mötorhead!)

Lo que sí que hacía, ya que el deber me obligaba a estar en el piso de abajo con mi gente, era llevar cintas de casete de 90 minutos para que me grabasen sesiones en el piso de arriba para luego disfrutarlas en casa.

Lo mejor, sin duda alguna, llegaba en verano. Tardes de río hasta las siete, regreso a casa para cambiarse, perfumarse un poco, y a la Saravá. Un hecho curioso, que se mantuvo esos tres veranos, era que las tres primeras personas que llegaban a la discoteca tenían una consumición gratis. Sé que suena mal, pero digamos que un 75% img003de esas consumiciones nos las bebimos mis amigos Manolo, Jerry y yo. Recuerdo tardes en las que la lucha fue feroz, a muerte, a sprint partido, que un día vimos como Chas, Robertín y otro que ahora no recuerdo, aunque creo que podría ser Bato, encaminaban traicioneros sus pasos hacia la Saravá a eso de las ocho menos diez (abría a las ocho). ¡No, no podía ser! Pasamos de largo la sala de juegos de Las Piñas, en la que siempre parábamos unos minutos, y comenzamos a correr muy aprisa y sin hacer demasiado ruido. Pasamos a su lado como auténticos sputniks a tan sólo tres o cuatro metros de la entrada. “¡Hijos de puta, maricones!”, pero se sentía, no íbamos a ceder el mando tan fácilmente, lo íbamos a pelear como cabrones, como centrales italianos educados en el más puro catenaccio que podáis imaginar.

El verano de 1984, decidieron convertir la Saravá en una playa. Nos contrataron a Jerry, a mí y a otros cuantos para descargar camiones y más camiones de arena, todo ello a cambio de pases gratis durante meses y vales para veinte copas, ah, y las cenas en la Pista al lado del río, especialistas en pollos asados. Ahí quería yo llegar, que este momento merece la pena.

Combate: pesos pesados, en un rincón, Jerry, gran comedor, entrenando a tope y famélico tras un día de mucho trabajo bajo un calor intenso; en el rincón de la derecha, Ovejita, camarero de la Saravá, gran tragaldabas de carácter flemático y enorme fajador. La apuesta: quien coma menos, paga la cena. Combate nulo tras dos pollos y medio por cabeza, patatas fritas, tortilla, bollos de pan, ensalada, cervezas… El árbitro ordenó parar el combate en el decimoquinto asalto cuando los dos púgiles se habían levantado desafiantes de sus asientos para ordenar otro pollo asado más por barba. Si es que al final pagaba José Manuel, el árbitro, el dueño de la discoteca, que para eso era quien había contratado al personal.

La fiesta aquella de la playa, pues divertida hasta el paroxismo, de noche seguida hasta el amanecer de chocolate con churros y baño en aquella agua tan fría del río Cúa por la mañana…

Los veranos interminables, con amigos que sólo venían al pueblo en agosto, pandillas de decenas y decenas de adolescentes en busca de diversión rápida y fácil, de la risa floja, de la incontinencia que provoca todo lo nuevo. No es broma, que incluso llegamos a madrugar algún domingo para aprovechar esas dos últimas horas de discoteca y salir a ver luego el sol con toda aquella gente dobletera que había venido de muchos lugares diferentes. Montones de coches en el párking que iban desfilando en dirección a Ponferrada, a Lugo o a donde fuese menester, sin miedo a los controles de alcoholemia, mucho pim pam y mucho toma lacasitos aunque sin cámaras que pudiesen recoger momentos tan patéticos como felices, centrifugando en una memoria que, de tan selectiva, me obliga a estar escribiendo todo esto con una sonrisa poblada, y no es nostalgia, no, tan sólo es un viaje a aquel punto del camino en el que, aunque sabía que me iba a despedir de mi pueblo, lo añoraba desde un “no future” que era mentira, porque ahora estoy aquí, en aquel “future” que supuestamente era “no” terminando de teclear este relato, desde el cariño nihilista que en mí permanece, desde una atalaya perecedera que me dice: “¡corre, joder, que os van a quitar esas copas!”

LA PROMESA

Fueron casi cinco años yendo juntos al colegio, saltando sobre los charcos cuando había llovido, o resbalando sobre ellos cuando la helada de la noche anterior había sido de las de órdago al mercurio, siempre con calor sobrante de cintura para arriba y piernas con tintes morados por culpa de aquella manía que nuestras madres tenían de ponerle pantalones cortos a los chicos hasta que éstos hubiesen cumplido la edad de diez años, como si el llegar a las dos cifras supusiese un umbral que estiraba repentinamente tus pantalones para decir de una vez por todas adiós al frío en el tren inferior. Yo salía de casa, rebanada de pan de hogaza en una mano y cartera del colegio en la otra, corriendo automáticamente en dirección a la casa de mi amigo Raúl, unos dos minutos y ‘toc, toc’, allí estaba aquel picaporte en mi mano golpeando aquella puerta pintada de verde. Ya ni contestaban, salía mi amigo Raúl directamente de su casa sin tan siquiera decir un leve adiós a su madre y a su abuela. Por las tardes, después del colegio, era él el que hacía el recorrido inverso desde su casa hasta la mía, y bajaba yo a la carrera las escaleras con mi bocadillo de chocolate o de chorizo en una mano y el balón de reglamento en la otra, a jugar a la plaza, al fútbol o a lo que cuadrase, que alternativas surgían siempre a montones.

Teníamos un pacto, una promesa hecha bajo los soportales de la plaza una tarde muy lluviosa de noviembre de 1975, justo frente a la churrería de Carmiña, por eso cuando casi cuatro años más tarde apareció aquel camión de reparto doblando la esquina de aquel cruce cercano a la plaza de abastos, supe que había quedado preso de por vida de mis palabras, de aquel escupitajo compartido que se mezcló viscoso en un estrecho apretón de manos. “Juntos para siempre, no importa lo que pase.” Ninguno de los dos había contado con que la muerte podía andar pululando muy cerca de nuestros cuellos. El balón que sale a la calzada, “Deja, ya voy yo”, y corre sin prestar otra atención diferente que a aquella que describe el recorrido firme de aquella pelota. Y yo, sin apartar mi vista, observo toda la acción, y sin ser ni consciente de mis propios pasos, me veo al instante al lado del cuerpo inerte de mi amigo Raúl, llamándolo, diciéndole que se dejara ya de chorradas y se levantara, que teníamos que acabar el partido.

Su madre, Doña Rosalía, cambiaba la foto de la tumba de Raúl cada 31 de octubre. Era la misma, el mismo negativo encargado en la tienda del Curioso, que así llamaban al fotógrafo del pueblo, porque, tras un año de lluvia, sol, frío, calor, lucía ya descolorida. Y allí estaba cada primero de noviembre el bueno de Raúl, deslumbrado por el sol, intentando mirar a cámara aún guiñando el ojo izquierdo; el pie derecho sobre un balón de fútbol, el mío; el pelo rubio y liso, que a él no le gustaba nada de nada, que muchos de los otros niños se metían con él cuando lo llevaba algo largo llamándole despectivamente “¡Rubia, tía buena!” Yo, que iba a saludarlo cada día de todos los santos, le reprochaba en vano que no había cumplido nuestra promesa, que se había separado antes de tiempo y sin venir a cuento. Así año tras año, hasta aquel 1 de noviembre de 1994. Yo ya no rezaba, pero acompañaba a mi madre al cementerio para que no estuviese sola rindiendo culto a nuestros muertos. Estaba despistado, siguiendo con mi mirada los pliegues del tronco del ciprés que está justo al lado de la tumba familiar, cuando lo vi, allí, de pie, al lado de Doña Rosalía, su madre. Me estaba saludando, indicándome con un gesto de su mano derecha que me acercase hasta su tumba. Eso hice al instante, sin dudarlo. “Hombre, Jose, qué alegría verte, hijo”, Doña Rosalía, que me saluda muy contenta antes de intercambiar los dos besos de rigor que suelen acompañar estos menesteres. “¿Sigues estudiando en Oviedo?”, me pregunta sin saber siquiera que yo me había acercado a ella debido a la indicación de su hijo Raúl, que allí seguía, detrás de su madre, haciéndole un poco de burla, de esas inocentes que provienen del cariño, de la confianza. Lógico, aunque yo acababa de cumplir veintidós años, Raúl seguía siendo un niño de nueve, con ganas de jugar, de vivir cada segundo en plena acción, juego tras juego hasta que la propia mente deje de pedir más.

– Oye, que me aburro un montón aquí, yo solo.

– No sé… qué decir… Cuando dices aquí, ¿a qué te refieres? ¿Dónde estás exactamente?

– Pues aquí, delante de ti, bobo, ¿no me ves? ¿Has traído el balón?

– Eh… no, no lo traje, no.

– Vaya… Me apetecía mucho darle unas patadas, que hace mucho que no echamos un partido de los nuestros. ¿Sigues jugando al fútbol, no?

– Algo, sí. De vez en cuando quedamos unos amigos y echamos una pachanga. Ahora juego al rugby en un equipo, ¿sabes? Te gustaría, lo sé.

– Uy, tendré que probar a ver… Porque yo me voy a ir de aquí, contigo, que ya no aguanto más este aburrimiento, a mi madre llorando todos los días, este silencio mortal…

– No sé qué decirte, Raúl.

– ¡Pues di que sí! Además, hicimos un pacto, una promesa, juntos para siempre, ¿te acuerdas?

– Me acuerdo, amigo, claro que me acuerdo… imposible olvidarlo.

Acabé la carrera. Empecé a salir con una chica que me volvía loco, casi del revés. Nos fuimos a vivir a Londres, a trabajar allí como profesores. Y Raúl conmigo, siempre al quite, a la expectativa, a asomarse a mi vida cuando nadie más interfería en ella. Era como tener un hijo que no crecía ya más, que estaba anclado en los nueve años, en 1979, sin posibilidad de actualización alguna, sesiones de leer los tebeos de Asterix, Mortadelos, y el que era nuestro favorito aquel verano, Héroes en Zapatillas. Él mismo se encargaba de traerlos, y nos tumbábamos en aquel suelo enmoquetado del piso de Crystal Palace a leerlos una y otra vez. Si yo sugería la lectura de algo posterior a aquel año, Raúl se volvía medio loco, tapaba sus oídos con fuerza y comenzaba a decir “nonononononono” mirando fijo al suelo, y se iba. Pero siempre regresaba.

Hoy, día dieciséis de febrero del año 2016, estoy aquí, en la Clínica San Rafael, en Oviedo. Esta vez llevo ya casi un año aquí encerrado. Ellos me hablan de trastorno bipolar, de comportamientos esquizoides, de múltiples síndromes que a duras penas me suenan, porque yo, la verdad, estoy muy bien, pero no les sirve, no me hacen caso alguno, y me llego a enfadar en ocasiones en las que me tratan como si yo estuviese mal de la cabeza, y no es eso, que yo les hablo de Raúl, incluso hablo con él cuando ellos están presentes, y no me creen… o no quieren creerme… Y yo sellé un pacto con mi mejor amigo cuando teníamos cinco años, en los soportales de la plaza de mi pueblo, frente a la churrería de Carmiña, ella misma lo vio, y lo podría corroborar, pero murió hace ya once años y pico y nadie más parece querer apoyarme, ni la misma Doña Rosalía, que me viene a ver a veces y me mira con una cara de pena que a mí no me hace ni pizca de gracia. Con lo sencillo que es todo, caray, que yo toda mi vida he sido un niño de palabra, y no voy a fallar a mi promesa, jamás… ¿A que no, Raúl?

POR COJONES, UN SONETO

¡Y lo que nos reímos en aquella clase de lengua con el Zanca, cuando estuvo explicándonos lo de la sinalefa, y Peseto, que estaba medio dormido, como siempre, va y dice todo serio: “¿sin la lefa?”? Y todos en clase venga “jajajajajajajajajajajajajajajaja”… hasta el Zanca no podía parar de reírse!

– Joder, fue tremenda aquella clase, sí, vaya descojono… Anda que no nos reímos bien en el instituto, ¿eh?

– Como auténticos hijos de puta, sí. Ay, la hostia…

– Pero aprendimos a contar sílabas, y bien…

– Yo ni me acuerdo ya… ¿Qué cojones era aquello de la ‘sinalefa’, ‘sin la lefa’?

– Al contar sílabas de un verso, si una palabra acaba en vocal y la siguiente empieza por vocal, se juntan dos sílabas en una sola. Por ejemplo, “de aquellos años”, si contamos, de y a forman una sola sílaba.

– Aaaaah, sííííí… joder, vaya rollo. Aunque tiene que ser jodido, ¿no? Tú, que eres un poeta de ésos, tienes que saberlo, lo jodido que es… aunque, claro, como tú escribes como te sale de los huevos, sin rimar ni contar sílabas ni pollas en vinagre, pues lo tienes más fácil…

– Es que la poesía es libre, tiene que serlo. Si quieres rimas, bien, y si no las quieres, pues también. Así de sencillo.

– Ya, pero, ¿a que no eres capaz de hacer un soneto como aquellos, con las rimas, las sinalefas y versos todos con las mismas sílabas, eh?

– Capaz soy, pero paso…

– Ya, ya, excusas…

– Que no t

– Que sí, que sí… que te comprendo, Hombre, Yebra… Excusas.

– ¡Cagondiós! Mañana mismo te traigo un soneto en endecasílabos a-b-b-a a-b-b-a c-d-c d-c-d…

– Oye, no te pongas así, joder, que no hacd falta q

– ¡Me pongo como me sale de los cojones! Aquí, a las cinco para la partida, como siempre, y te traigo ese puto soneto.

Con qué facilidad se puede retar a un poeta, a ese ego que se ve un poco mancillado por la sencillez de la mente objetiva de los que piensan rectilíneo. Por supuesto que le llevé ese soneto. Aquí está:

que no encuentro tu paz donde hubo hastío

en bolsas de humo, cavernas vacías,

mentes sucias en porros de maría:

mil pedazos de mundo medio frío:

sigo aquí nadando free style del mío

bestia de agua: goteras filtraría:

dame boca abierta, pulso y apatía

salmones saludan mi desvarío:

y esa canción que doy no es cachondeo:

acústica sin tiempos de tu misa

a mil por hora cerca del mareo

y bailar como gato en la repisa:

brazos marcados, balas de fogueo

mueca endiablada en mangas de camisa

 Y ahora que le busque el significado, si quiere…

WHERE WORDS FAIL, MUSIC SPEAKS.

Frey, que era uno de los cinco repetidores con los que le había tocado compartir grupo a Jaime en aquél su primer curso en el instituto de Cacabelos, lo había dicho ya al segundo día de clase, “con la de música os vais a descojonar de la risa, ya veréis”. Y sí, tenía razón, toda la razón que a veces proviene de la crueldad de un grupo humano en movimiento constante, de la influencia que una gente puede ejercer sobre otra sólo por el hecho de haber llegado antes a un lugar y casi sin haberse dado ni cuenta gritado “¡primer!” a sabiendas por ello de la autoridad que esa misma estupidez puede llegar a otorgar.

Pero vayamos a los hechos en sí, que yo os estoy narrando todo esto porque el mismo Jaime me lo contó el otro día en una larga sobremesa de tertulia plena de café con leche y algún que otro chupito de orujo. Doña Ernestina, sin estudios superiores que aportar a la causa de la enseñanza secundaria, había conseguido una plaza en el instituto de su pueblo, Cacabelos, el I.E.S. Bergidum Flavium, vía la Sección Femenina, esa Falange exclusiva para mujeres, eficaz promulgadora durante cuarenta años de aquellas ideas franco-machistas de “la pata quebrada y en casa” bajo un profundo nacional-catolicismo. Tras varios años dedicándose a la enseñanza de modales, de saber estar entre costureros y agujas de coser varias, le llegó la hora de impartir la música de 1º de BUP. El horror para aquella pobre mujer, todavía escandalizada por ese hecho “contra natura” que suponía la coeducación, la enseñanza mixta, tanta hormona suelta, junta, revuelta, ¡sexos distintos, oh no!… No podía con ello la pobre mujer, ya al mismo borde de la jubilación. Y ahí estaba ese nuevo grupo, a finales de septiembre de 1981, 1º B, 23 adolescentes muy inquietos, 14 chicos y 9 chicas; 5 repetidores, los más macarras de todo el instituto.

Jaime, que ahora ejerce él mismo como profesor (de inglés, concretamente), me contó varias anécdotas: que si firmaban los exámenes con un chorizo que tenían escondido en un armario, que si le estaban cambiando constantemente las revoluciones al tocadiscos, poniendo a 45 rpm los LPs que debían ir a 33, con el cachondeo que provocaba en la clase ese hecho al escuchar a las sopranos o a los tenores cantando como si fueran los mismísimos Pitufos; ocasiones en las que seis o incluso siete estudiantes entregaban el mismo trabajo, o el día que le dieron a la pobre señora con un garbanzo en las gafas, haciendo que el cristal de las mismas estallase – “¡aaaaaaahhhh, terroristas, que sois unos terroristas, que me queréis mataaaaar!”. Aún así, como decía mi abuela, “a veces uno es tan bueno, tan bueno, que parece bobo”, y en masculino, porque aún era predominante aquel hecho del genérico en masculino para todo, que no se había creado aún la corrección política.

  • Y sabes, Jose, aún siendo yo lo buen chico que fui durante toda mi época de instituto, me llegaron a expulsar para casa una semana – me dijo el bueno de Jaime mientras miraba fijamente al paragüero vacío.

  • ¿De veras? No me lo puedo creer… Cuenta, cuenta.

Se había estropeado la calefacción en el ala nueva del instituto, justo donde estaba el aula de música, por tanto, 1º B se queda ese día de primeros de diciembre, un lunes a primera hora, en el aula del grupo. “Jaime y Manolo, por favor, tomad la llave del aula de música y traéis el tocadiscos y dos discos que hay sobre la mesa”, ordenó Doña Ernestina a Manolo, el delegado, repetidor de camiseta de Leño, pelo largo y actitud siempre desafiante, por descontado, y al propio Jaime, que se sentaba muy pardillo a su lado. Y allá iban pasillo a la izquierda, casi corriendo en busca del tocadiscos y dos discos de música clásica, que la Seño no les ponía otra. Abren la puerta, encienden la luz y se acercan a la mesa de la profesora. El tocadiscos, un Philips bastante viejo, de aquéllos con tapa-altavoz que encajaba y se cerraba sobre la parte del plato giradiscos formando una aparente maleta, estaba en la mesa, en la esquila de la izquierda. “Jaimito, coge tú los discos que ya pillo yo el tocata”, le dice Manolo a Jaime. “Vale”, responde este último mientras se acerca a los dos discos que ve sobre la mesa fijándose en cuáles son, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y… ¡catacrock! “¡HOSTIAS!”, suelta Manolo el repetidor jevi tras ese ruido que indicaba que algo no había salido bien, que algo se había roto de verdad. La tapa que hace las veces de altavoz, que no estaba bien encajada. Jaime se agacha y recoge a la víctima del suelo con muchísimo cuidado, pero eso ya da igual, es un cadáver sin solución, sus constantes musicales se han ido en los cuatro trozos del brazo de la aguja que cuelgan del tocadiscos dejando varios cables a la intemperie. “Y… y… y… ¿ahora qué hacemos?”, pregunta el bueno de Jaime bastante asustado. “Joder, déjame pensar… a ver, rápido… ¡ya sé! ¡Dame ese tocadiscos para acá!”, y Manolo sube acto seguido la persiana que está justo al lado de la mesa de la profesora, abre la ventana, asoma la cabeza, sonríe y tira con un fuerte impulso el tocadiscos por la ventana. “P-p-p-pero, pero… ¡tú estás mal de la cabeza, tío! ¿Pero qué haces?”, el susto en Jaime era más que evidente. “Calla la boca, gili, y asoma y mira ahí abajo”, le contesta Manolo con una sonrisa que denota una seguridad que a Jaime se le escapa.

¿Y a qué hecho peculiar se debía tal actitud por parte de Manolo? Muy sencillo, justo al lado del aula de música seguían las obras de ampliación del instituto, y bajo la ventana había uno de esos tradicionales montones de arena de la que se echa en las hormigoneras para mezclar luego con cemento y agua. “¿Ves, pailán? Ahí ni se ve el tocata, y luego al recreo nos acercamos y lo tapamos bien con bastante arena y ahora volvemos a clase y le decimos a la Pelos que no lo encontramos. ¡Estamos?… ¡ESTAMOS?”, la vehemencia de Manolo extrae de la boca de Jaime un “estamos” que parece sonar firme y convencido pero que en el fondo denota sin remisión cuál va a ser el final.

Dos días más tarde, en plena clase de naturales con moluscos de por medio, aparece Don Julio, probablemente uno de los jefes de estudios que más terror haya infundido jamás al alumnado de un centro educativo. “Buenos días, Don Juan, chicos, chicas. Bodelón, Yebra, los dos conmigo a mi despacho, ahora”, dice de repente con aquella voz que habría acojonado al mismísimo Bela Lugosi en sus buenos tiempos. Bodelón era Manolo y Yebra era mi amigo Jaime. El plan de Manolo se había tornado finito mucho antes de lo que el propio Jaime había previsto. Las obras seguían, y palada a palada de los obreros allí apareció aquel cadáver electrónico aún sin descomponer. Una semana para casa en el caso de Jaime, y dos para Manolo por ser éste reincidente. Así eran las leyes, y así había que cumplirlas.

  • ¿Y qué os dijo Doña Ernestina de todo aquello?

  • ¿Doña Ernestina? Jajajajajaja. Cuando volvi el lunes tras mi semana de expulsión y vi en su aula aquel estéreo nuevo tan reluciente, que tan bien sonaba, supe que no me iba a decir nada. Tan sólo me sonrió, y con su mirada dirigió la mía hacia la posición de aquel Sanyo plateado tan espectacular mientras asentía con su cabeza en un gesto de mafiosa complicidad.

  • Entonces…

  • Sí, querido amigo Jose, así es. Como diez u once años más tarde, Manolo me lo confesó, lo había planeado todo con Doña Ernestina para cambiar aquel viejo tocadiscos que tan mal sonaba, que tan mal giraba ya. Y yo, pues yo no fui más que una parte de aquel plan para que todo resultara así más convincente. No se fiaba para nada de un jefe de estudios que militaba en el Partido Comunista, ya ves. Ni siquiera se había atrevido a levantar la voz para pedir un tocadiscos nuevo al equipo directivo.

  • Jooodeeer, increíble… Para alucinar.

  • Jajajajaja, pues sí, para alucinar… en estéreo, jajajajajaja ¿Otro café?

  • Jajajajajajajaja. Mmmhhh, vale, con leche, corto de café.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE VIII -BARBIES FROM HELL

  • ¡Inda! ¡INDA! ¡INDAAAAA! – ¡cómo odia Indalecio que se refieran a su persona, que lo llamen o lo que sea acortando su nombre, y más ahora, que suena como el imbécil ése que tertulia cual hombre de las cavernas los sábados noche en La Sexta (ese contrapunto rojo al azul de Antena 3, ambas hijas de la misma madre), aunque mejor eso que como cuando de pequeño los niños del colegio lo llamaban L’inda y cantaban acto seguido, tras haber respondido “¡qué?” el ingenuo de Indalecio, con voz de pito “beso de aire puuuuuro.”
  • ¡Qué paaaaaaasa?
  • A ver, ho, que ye’l cumpleaños de la ahijada y nun tuve tiempo de comprale nada, que se me pasó por completo. ¿Sales tú en un momentín y le compras una Barbie, que ye lo que me pidió? Ye que yo nun tengu tiempu, bobo, que tengo que preparar les casadielles pa la fiesta d’esta tarde…
Campillín 2

Hago vigilia mientras sueñas por las noches…

Y ahí va Indalecio, en uno de sus días libres, en busca de una Barbie para su sobrina y ahijada, Jennifer (la Jenni para la gente más allegada). Decide pasar por el Campillín y por el Fontán, esos mercadillos de Vetusta que tantas sorpresas, de toda calaña, nos pueden proporcionar. Ay, pero de camino se encuentra de sopetón con su antiguo colega de porros mal liados y sala de juegos recreativos como alternativa a las aburridas clases de filosofía..

  • ¡Hostia, Tuñón!
  • ¡Cagomiputodiós, Indalecio!

Un abrazo espontáneo, de esos bien apretados y series periódicas de palmadas fuertes en la espalda y… una simple Barbie agónica, como de película de George Romero, un single de Fischer Z, ‘So Long’ en honor de todos aquellos duros que ambos se habían gastado por aquel entonces en aquella oscura sala de juegos que estaba justo al lado del instituto para poder escuchar esa canción; tropecientas cañas y vehementes promesas para un futuro lleno de mensajes de WhatsApp y reuniones de los colegas de aquellos años que no se verán jamás cumplidas. Regreso a casa bastante más tarde de lo acordado y en unas condiciones discordantes con la vertical humana propiamente dicha.

  • Pero… PERO… ¡QUÉ COÑO YE ESTO? ¿PERO TÚ TE CREES QUE PUEDO IR YO CON ESTA BARBIE A NINGÚN SITIU, CACHO CASTRÓN?
  • Barbie y Ken harén

    ¡Hola! Nos incrustaremos en vuestras pesadillas igual que la cal en los filtros de las lavadoras, y no habrá Calgón que nos pueda echar

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE VI – AVECREM Y RISKY BISNIS

  • ¡Mi madre, Indalecio, nun te conocía! ¡Cúanto va ya! Porque tú yes Indalecio, el del Molín, ¿no?
  • Sí, sí, el mismo – responde Indalecio mientras escudriña desde su atalaya de conductor de alsa y con su visión mega-concentrada, al más genuino cien por cien, quién narices puede ser esa señora que se dirige a él con tamaña familiaridad.
  • ¿Nun te acuerdes de mí? Soy Merce Eva, la del panadero.
  • ¡Coime, sí, claro, cagonrrós! ¿Cómo te va?

Merce Eva estaba irreconocible. En nada se parecía a aquella chica con la que se morreó en el reservado de la discoteca del pueblo tras haber bailado imantados un par de lentas casi veintiocho años atrás.

  • ¿Y qué tal Ricardín, ho? Has de darle recuerdos de mi parte. ¿Seguís por Xixón? – pregunta interesado Indalecio. Ricardo era uno de sus amigos de tiempos adolescentes, de pandilla numerosa y juerguista.
  • Ay, fíu, que ya no estamos juntos. Conoció una rumana de veinte años y se largó, el muy hijoputa…

Y Merce Eva se sienta en el asiento delantero de la parte derecha, justo detrás de Indalecio, para ir contándole todas esas noticias que él, por ser poco chismoso, desconocía de pleno. Indalecio, más que escuchar toda esa retahíla de historias, quejas y reproches pasados, se para a pensar en el día de la boda de Carmen Eva y Ricardo, en el fiestón que se montó, en las invitaciones alternativas que hicieron él y el Curuxo, “Enlace Avecrem y Risky Bisnis”, que aquellos eran sus motes de instituto; ‘Avecrem’, que se lo puso Tarrancho a Merce Eva, ya que gustaba él de leer al revés todo lo que se ponía por delante; y Risky Bisnis algún otro de la pandilla que ahora no recordaba Indalecio, por la película aquella de Tom Cruise (Risky Business), por su parecido fonético con Ricardo y porque además, tal era el nivel de inglés por aquel entonces, creían que Risky era tan sólo el nombre del protagonista de la película. Ha dejado ya de escuchar a Avecrem, aunque hace algún gesto vago que da a entender mínimamente que sigue el hilo de lo que ella le está contando. Y ha llegado al día de marras, “¿No vienes al reservado, Inda?” “No, no, paso, que voy a bailar el jevi con los colegas.” Y allá que se fue Indalecio con sus amigotes, otro Air Guitar Hero más. Avecrem no perdió el tiempo, ya iba ahora de la mano de Risky, directos al reservado previo paso por la barra a pedirse una de esas asquerosidades de los años 80, Licor 43 con Coca-Cola. Indalecio los ve de reojo, sonríe, y sigue moviendo su cabeza arriba y abajo, tocando esa guitarra eléctrica imaginaria entre punteos decididamente deicidas… Ridin’ down the highwaaaay, goin’ to a show… It’s a long way to the top if you wanna rock’n’rooooll.

“WHEN ORDER IS LOST, TIME SPITS”

A lomos de un caballo inexistente

luchas por aprehender la memoria,

finita, caduca,

estéril en mundos ajenos;

perecedera,

no se escapa,

ya la tienes.

Un tajo certero, nunca,

¡hussssh! Y no es ya jamás.

Mas viene el sueño,

y ahora eres la chica,

esa guerrillera desenfrenada

que destruye sin temor,

en un incierto infinito,

esa polla tiesa

que desde dentro revoluciona

tiempos remotos y olvidados,

que no ceja en su empeño

de correrse por su cuenta

en cielos iluminados

por el semen de su vanidad

de nuevo coño creada.

Porque ésa eres tú,

y ésa mereces ser,

despierta y altiva

tras haber surcado en soledad

aquel rugoso océano de confusión.

¿Qué es el género sino tú?

Por eso, ¡despierta ya!,

que el cielo de la mañana

ya se ha tragado y luego digerido

esa polla inventada,

que de imposible

nunca debió haber existido.

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… THEN I FEEL NOTHING

Sábado, 22 de mayo de 1999

Te despiertas. ¿Dónde estás?, te preguntas mientras tratas de seguir con tu borrosa mirada ese entorno hasta ahora desconocido para ti. Miras la hora en tu reloj de pulsera. Es temprano aún, aunque tarde considerando que hace media hora que debías estar dando una conferencia sobre “Competencia Comunicativa”. Restriegas tus ojos con saña y luego buscas tu ropa. Giras tu cabeza hacia la derecha y la ves, a ella. Está desnuda. Está dormida. Comienzas a recordar qué sucedió anoche, entre copas de ron y el humo de infinidad de cigarrillos rubios. Puede que estés asustado. Puede que hubieras bebido más de lo aconsejable. Sí, es verdad, te pasaste al menos dos copas de tu límite, y ella estaba ahí, tan a mano, hablando contigo, mirándote con interés, pensando que quizá seas alguien que merece la pena, porque ella acaba de romper una relación de casi seis años, hace tan sólo un mes, y se siente un poco insegura todavía, y el alcohol ingerido va tirando de tu lengua, y te notas suelto y fácil, en el contexto ideal para ligar, para echar una canita al aire. Total, todos lo hacen, todos lo hacemos más tarde o más temprano. Pura naturaleza. Ahora tienes todas las papeletas para el sorteo. Además, ella vive cerca y va y te pregunta si la acompañas a su casa… Pero, ¿cómo se llama?, ¿de qué coño estuvisteis hablando hasta las seis de la madrugada? ¿Por qué tienes miedo ahora? Ya se sabe, borrachera, por norma general, es igual a gatillazo. Da igual. Vas al baño, te estás meando. Es curioso, ya sabes dónde está el servicio. El pánico se adueña de tu ser a mitad de la meada. La conferencia, ¡joder! Debes vestirte rápido y salir de allí pitando. Desnudo y vacío de orín vas recogiendo tu ropa del suelo, con prisa. “¿Qué haces?”, te pregunta ella desde toda la amargura de su voz resacosa. La ves, ¡Dios mío, es guapísima! Te acercas a ella olvidándote por fin de tu ropa, que apesta a humo de tabaco. A tomar viento la conferencia, la competencia comunicativa, todos los oyentes y todos tus colegas, que esperan impacientes tu sabia presencia en la sala de Congresos y Exposiciones. Ella te espera ahora y la abrazas. Sus ojos reflejan algo más que una simple relación sexual de noche loca de primavera. Te desea y algo más: se acaba de enamorar de ti. Pero, ¿cuál es su nombre? ¿Dónde se había metido hasta entonces? ¿Por qué motivo habíais compartido tiempo pero no espacio si ya sois capaces hasta de imaginaros una vida en común en algún escondido rincón de cada uno de vuestros subconscientes? Hacéis el amor, ahora sí puedes responder físicamente a los estímulos sexuales que ella provoca en ti, porque es guapa, está buena, y sabe cómo jugar y hacerte participar en el juego; parece maja, vive sola, en una casa cuidadosamente decorada. Es una mujer, sí, una mujer que te está engullendo como hasta la fecha ninguna lo había hecho, la eterna mentira de la inmediatez. ¡Bingo!… … ¿Bingo? No, de eso nada. Un martillazo acaba de golpear certero tu cabeza. ¿Qué pasa con Carmen? ¡Joder, Carmen, Carmen, Carmen…! Tu miembro viril vuelve a ponerse flácido. Es Carmen, que no permite que puedas disfrutar gozoso del momento actual, porque Carmen es tu mujer, tu cariñín, tu media naranja, la primera que te hizo disfrutar plenamente. Entonces, ¿no podría ser ella tan sólo un gajo de la mitad de esa naranja? Sí, esa sería la solución, aunque imposible en nuestro mundo dividido siempre en pares. Hay que elegir, siempre tenemos que elegir, independientemente de cuáles sean nuestros deseos, nuestra capacidad de amar, nuestros instintos, en definitiva, coartados siempre por la mierda esa de la convivencia en sociedad imponiendo todo ese rollo sistemático de la familia, de la pareja fiel… ¿la competencia comunicativa? Y una mierda pinchada en un palo. ¿Quién cojones es capaz de decir todo lo que piensa en todos y cada uno de los momentos de su existencia, de mostrarse tal y como es o como le gustaría ser? Te incorporas repentinamente y ella te pregunta de nuevo qué te pasa. Le cuentas todo el rollo ese de la conferencia y, por su reacción, te das cuenta de que anoche ni siquiera se lo habías mencionado. A ella le suena a vaga excusa, a vía de escape, a huida de la evidencia – ¿y ese proyecto de futuro? -, que no es otra que la del químico amor recién hallado. La vuelves a mirar y algo se clava en lo más hondo de tus vísceras. Es la decepción que notas en sus pupilas. (“¡No, cariño, yo no quiero que te sientas así, que lo de la conferencia es verdad aunque anoche no te hubiese contado nada sobre ello!”), pero sólo eres capaz de preguntarle si puedes darte una ducha. Te deja su albornoz y te pregunta si te apetece un té. Sí, respondes mientras te vas dirigiendo lentamente, envuelto por completo en un embravecido mar de dudas, hacia la ducha reparadora. Agua fría. Rápida. Su albornoz es suave y huele a ella. Te vas enamorando un poco más si cabe. Ya no estás asustado, no; es como encontrarse al borde de un interminable acantilado, como los de Brighton, los que salen en ‘Quadrophenia’, y te acuerdas de los Who, y tarareas ‘My Generation’ mientras el agua fría, tremendamente fría, va despejando tu mente.

Sin embargo, ella ha puesto a la Creedence, y te callas, cesas en tu inútil tarareo encubridor y escuchas, y piensas “qué bien, le gusta la Creedence”. Apoyas tus manos en el azulejado del baño porque tus piernas comienzan a temblar. No cabe la menor duda, te acabas de enamorar como un puto colegial. Pero, ¿eres en realidad tan enamoradizo? Te paras a pensar sobre ello y prolongas innecesariamente tu ducha, ya que sobre tu cuerpo no queda ni un solo resto de ese gel de avena que huele a bendición, porque es el suyo, el que ella utiliza a diario, y eso marca, es otro pequeño detalle que se va insertando de manera inconsciente en tu receptiva memoria, en todos y cada uno de tus sentidos. Te secas rápido y mal. te envuelves en ese albornoz blanco que ella tan gustosamente te ha dejado. “Eso es buena señal”, te dices en voz baja. Tienes razón, nadie nos deja su albornoz así como así, es un primer signo de vida compartida, de lo que podría llegar a ser. “¡Ya está bien de gilipolleces, hostia ya!”, y vuelves a la aterradora realidad, mezcla de Carmen en forma de amenazante holograma, y de aburrida conferencia para una audiencia plagada de indolentes investigadores del mundo de la lingüística. De buena gana te quedarías con ella toda la mañana, todo el día, toda… ¿la vida? Al menos tú crees que sí. Sales del baño envuelto en toda la suavidad de su inmaculado albornoz. Ella está sentada en el sofá, confusa debido a tu actitud. Bebe a pequeños sorbitos su humeante té. Con un gesto de su mano derecha y sin dejar de separar sus labios del borde de la taza te indica que tu té también está preparado. Es Earl Grey, tu favorito; también el suyo. Aún no te has sentado a su lado y ya te has bebido la mitad de tu taza de té, de un sólo trago. Ella te mira asustada. Ninguno de los dos se atreve todavía a romper ese muro de silencio que divide en dos la estancia. Tomas la iniciativa. “Vaya putada lo de la conferencia… pero tengo que ir… me esperan”. Ella asiente sin mirar, sin hablar. Acaba de encender un cigarrillo que le dé fuerzas para poder mirarte a los ojos. Lo hace, y te das cuenta del daño que le estás haciendo. Recurres a una de las soluciones más tópicas en estos casos. “Podemos comer juntos, ¿no? Venga, te invito a comer. El rollo ese acaba sobre la una y media. Si me das tu número de teléfono…”. “Claro”, responde ella justo antes de tomar papel y bolígrafo y apuntar su número. Te lo entrega forzando una de sus mejores sonrisas. Sus ojos siguen emitiendo destellos de decepción, y eso te jode, te jode en el alma. Deseas abrazarla con fuerza, decirle te quiero, no te preocupes que no pasa nada. Te quiero. ¡Te quiero! Coges ese trozo de papel y lo miras. Ya sabes su nombre, ¡al fin! Beatriz. Das el último sorbo a tu Earl Grey y comienzas a vestirte. No queda más remedio que dar esa conferencia con los mismos calzoncillos de ayer, oliendo a humo, oliendo también a su gel de avena… Antes de calzarte te sientas a su lado y le acaricias el pelo. Beatriz responde a tu caricia apoyando su cabeza en tu mano y moviéndola acompasadamente al ritmo de tu caricia. La besas. Ella también te besa. Juntáis vuestras lenguas. No sabes por qué, pero aquel beso tiene un cierto sabor a despedida. Te resistes a la traición de tus intuiciones. (“Tengo su teléfono. En cuanto acabe la llamo, quedo con ella. Necesito amarla”.) Atas los cordones de tus botas, lentamente, recreándote en cada nudo. Estás a punto de mandar todo a la mierda y quedarte a su lado. Pero no puede ser, ya has cobrado tus emolumentos por anticipado y tienes que cumplir. “¿La parada de taxis más cercana?”, le preguntas, y ella te dice que dos calles más abajo, justo en una plaza con estatua ecuestre en medio de la glorieta. Coges tu cazadora del suelo. Compruebas si te queda algún cigarrillo, como acto lleno de costumbre en mañanas de resaca. Ya sabes dónde está la puerta y llegas sin su ayuda a su altura. Echas la vista atrás. Tienes ganas de llorar de pura impotencia, aunque no puedes, ni podrías aun forzándolo siquiera. Ya lo decía tu abuela: ‘hombre llorón, hombre bribón’. Y tú no eres ningún bribón. Porque vas a ser bueno con aquella chica tan guapa, con Beatriz. Giras tu cuello para verla. Sigue sentada en su sofá, siguiéndote con la mirada. Con un leve gesto le dices adiós, o más bien hasta luego, lo que queda refrendado con tu puño apoyado en la mejilla derecha, como queriendo sostener un teléfono imposible.

Dejaste dos mensajes en su contestador. La conferencia y su interminable epílogo se prolongaron hasta cerca de las dos y media. En buena hora se te ocurrió decirle que aquello finalizaría a la una y media. “Beatriz, soy yo, Ernesto. Joder, que esto se prolongó más de lo que yo pensaba… Nada, te llamaba para quedar contigo, para comer juntos por ahí. Bueno, ya te llamo luego, ¿vale? Un beso”. Cuelgas el auricular del teléfono sintiéndote el tío más gilipollas del planeta. Odias tener que dejar un mensaje en el contestador, en cualquier contestador. “Seguro que sueno como un puto idiota… como lo que soy, vamos”. No quedaba otro remedio que comer con tus colegas de profesión, alguno de ellos incluso amigo. Mejor eso que tener que comer solo, devanándote los sesos con el taladro de su imagen dentro de ti. La metástasis del amor, un cáncer que avanza premioso llevándose por delante una víscera tras otra. No tienes hambre y dejas que los demás decidan por ti. Hablaste de la competencia comunicativa oyendo tu voz desde otra dimensión, desde una nueva dimensión que responde al nombre de Beatriz. Un autómata ejerciendo diligente su función. Aséptico y frío. Distante, ausente; obligado y disperso. Las felicitaciones de tus colegas sonaban como el eco de una extraña pesadilla de la que acabaras de despertar entre miedo y sudor. Julio es tu amigo, tu buen confidente, y ya ha notado en tus ojos que algo extraño te está sucediendo. Esperará paciente que los demás se vayan para poder preguntarte qué te ocurre, y tu te sientes débil, con ganas de sacar de tu interior ese lobo que no deja de morderte con fruición las entrañas. Julio te conoce demasiado bien, aunque jamás tratará de darte un solo consejo en vano. Opinará, claro que lo hará, pero sin que el tono de su voz se acerque en ningún momento al de la inconsciente reprimenda del que todo lo envidia, porque Julio para nada es envidioso, y procurará ayudarte desde la frontera de su buena fe.

– ¿Te ocurre algo? No sé, te noto ausente, preocupado.

– ¿Cuántos años tenemos, Julio?

– ¿Qué?

– Somos quintos, ya hemos cumplido los 36.

– Eso tú, que yo los cumplo en septiembre.

Sonríen y se callan, y cada uno da un trago a su chupito de orujo de hierbas mirando el vaso como si se tratase de una bola de cristal que nos dice lo que ha de ser, que no lo que será.

No lograste verla de nuevo. De vuelta a casa, a la agradable rutina, a Carmen. Al día siguiente buscas tus viejos discos de la Creedence Clearwater Revival y decides escuchar el ‘Cosmo’s Factory’, el mismo que ella había puesto en su equipo de alta fidelidad mientras tú te duchabas.

“Está será nuestra canción, nuestro vínculo secreto”, piensas mientras enciendes otro cigarrillo, antes de que el techo del salón se te caiga encima. Pasan los días, las semanas, y ya ni ‘ramble’ ni ‘tamble’. Te vuelves cobarde entre la niebla. No tuviste el valor de llamarla. Carmen está a tu lado ahora, y ella ha puesto el sello de su “ganadería” en uno de tus gluteos, y quema, quema de verdad, aunque no duele. Quince años y medio al rojo vivo y sin hacer llaga aún. Llevas un rato mirándola mientras ella lee una de esas novelas negras que tanto le gustan – hoy toca ‘La Dalia Negra’ de James Ellroy – . Transcurridos unos minutos sonríes casi sin saber por qué, pero de pura satisfacción. Al día siguiente buscas entre tu vasta colección de CDs una canción que responda a tus nuevas sensaciones. Ahí está, ‘Feel the Pain’, de Dinosaur Jr, basta con cambiar un poco la letra, que ese ‘everyone’ se convierta sutilmente en ‘every woman’. (“I feel the pain on every woman, then I feel nothing…” – “Siento el dolor en cada mujer, luego no siento nada…”).

Ésa es la canción. Como anillo al dedo. Pasas página a través de la ronca voz de Joe Mascis. La bella mujer llamada Beatriz pasa a formar parte de tus recuerdos, sólo eso, nada más; y los discos de la Creedence – el entrañable y olvidado vinilo, con el gotero puesto y agonizando solitario en tiendas (ya casi podríamos decir casi que) de antigüedades – seguirán en el exilio, entre los de los Cramps y los de los Cure, porque siempre te gustó ordenarlos en estricto orden alfabético.