CEREZAS – VI

Sexta recolección de la cereza en Cacabelos, al humo de celtas sin boquilla…

Ciclos de Mil Cabezas

VI.

Por la tarde Álvaro se quedó descansando en su habitación, o al menos eso fue lo que contó a su hermano mayor como justificación para no ir a recoger cerezas a la finca. Antonio no pensó nada; ya se lo temía: su hermano siempre había sido un poco holgazán. No como él, que era capaz de hacerse jornadas de hasta dieciocho horas casi sin descanso. Pero lo que en verdad ataba en ese momento al pequeño de los “paparranes” a su morada era su alter ego, su proyección olvidada y, sin él quererlo ni pretenderlo, recuperada espontáneamente del más oscuro rincón de sus alterados recuerdos. Tenía que matarlo. Como fuese. Daba igual el método, tan sólo importaba el resultado final. Dos habitantes en una sola personalidad pueden llegar a ser demasiados. Y en este caso lo eran, ¡vaya si lo eran! Se odiaban a muerte y no lo podían…

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CEREZAS – V

De cuando Antonio se casó y enviudó. Año 1961.

Ciclos de Mil Cabezas

V.

(Antonio “El Paparrán” enviudó un mes y cinco días después de su boda. La pareja se había instalado provisionalmente en la casa de la madre de Antonio. Tenían pensado ir haciéndose una casita poco a poco en un terreno colindante a la finca de cerezos que los “paparranes” poseían cerca de la iglesia de La Angustia. No fue posible ni comenzar siquiera a hacer las correspondientes mediciones. Remedios se murió, y con ella gran parte de Antonio. A pesar de la precariedad sanitaria de la época, resultaba como mínimo un poco extraño que una mujer tan joven, tan llena de vida y con unas ganas enormes de vivirla, no hubiese despertado una mañana de junio de 1961. Dejó de respirar, sin más. No hubo explicaciones. En aquellos duros tiempos no existían todavía en la región autopsias aclaratorias ni nada que se les pareciese. La enterraron en el cementerio, y…

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CEREZAS – IV

En Colombia no se dan bien las cerezas, al parecer…

Ciclos de Mil Cabezas

IV.

Álvaro no podía evitar que una risa interior le enviase luminosas señales de júbilo. “Este Antonio sigue siendo el mismo de siempre: mandón cual general en época de guerra”. Era el mayor, y eso ya no tenía solución. La finca seguía igual que antaño: todos y cada uno de los cerezos distribuidos arbitrariamente en un terreno de cuatro “jornales”, como se diría y mediría en Cacabelos, lo cual supone unas dos hectáreas y media, más o menos, si tenemos en cuenta que un “jornal” se correspondería con 0’625 hectáreas en el sistema métrico decimal. Antonio no sabía lo que era una hectárea; “esas pijadas nun ayudan pra que haiga una bona cosecha. Una vez viño un biólogo de esos y nos quería aconsellar pra que aumentásemos a pro…produ… produtividá, o algo así…¡menudo langrán! Y ainda hubo algún que y fixo caso: Camilo el del Foyo cogió ese año menos…

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SARAVÁ!

Hace no mucho, mucho tiempo, en un pueblo no demasiado lejano, hubo una discoteca que era el paradigma del ambiente nocturno, de madrugada de sábado, mismo ritual en la de cada domingo: amanecía, que era mucho, y el sol nos daba de lleno, pero éramos valientes y no llevábamos gafas de sol, así hiciese “un sol de carallo”. Años 1983, 1984 y 1985, veranos de múltiples iniciaciones y descubrimientos entre saliva, humo de cigarrillos negros y otros más aromáticos; semen y flujos vaginales, películas porno con alevosa nocturnidad en Las Vegas (nuestro bar de encuentro), queimadas a la orilla del río Cúa, escapadas nocturnas en el coche del padre de mi amigo Jerry, aquel mítico Ford Fiesta amarillo, a lo bestia, sin carné ni edad cercana aún para poder ponerse a estudiar siquiera el código de circulación… pero ya las ramas de los cerros de Úbeda están a punto de sacarme el ojo derecho de su órbita, así que, confesaré antes de continuar, que la discoteca a la que me refiero es, era, la sin par Saravá, nuestro propio y rural Studio 54 en Cacabelos (y el resto del Bierzo) durante cuatro gloriosos años.

Ya la inauguración supuso un acontecimiento espectacular, porque antes habíamos tenido la Marychris, al lado de la Cooperativa de Vinos, en la que la gozábamos como enanos bailando el jevi como auténticos héroes de guitarras y melenas que sólo existían en nuestra incipiente imaginación: AC/DC, Led Zeppelin, Barón Rojo, Iron Maiden…

Y las lentas, ese despertar de cebolletas altivas que buscan el nivel “arrimator” más cercano posible; o aquella tarde en la que Litán, el dueño, sacó a Richard de la pista a empujones, casi a hostia limpia, diciéndole, literalmente, que allí “aquellas mariconadas no se hacían”, y el pobre Richard, un cacabelense de Estrasburgo, con cara de infinita sorpresa que le contesta, “pero sólo estaba bailando, es breakdance”, y es que a mi amigo se le había ocurrido empezar a dar volteretas de esas que se dan en el breakdance, en el suelo, girando sobre uno mismo, demasiada ofensa para la moral de aquel buen hombre… Pero hablo de las tardes de viernes y sábados, cuando estudiábamos 8º de EGB y 1º de BUP, con entrada gratuita y ganas de aprender mirando a nuestros referentes tan cercanos como lejanos (me refiero a los de 16 y 17 años). Ser mayores apremiaba, y mucho. Y en 1983, no recuerdo si fue en marzo o abril, inauguran la Saravá José Manuel y Merche, pioneros de la primera boite disco cacabelense a finales de los 70, la Faustin, a la que veía de pequeño como marchaba mi primo a ligar admirando aquella melena y aquel desparpajo desde mi posición de geyperman con Turbocópter cercano al suelo.

Dos pisos de discoteca, simulando una cueva, con estalactitas y estalagmitas que se juntaban en varias columnas alrededor de la pista de baile. Dos ambientes: el piso de abajo, música disco de los 70, funk, el inefable italo-disco de La Dolce Vita, el Tarzan Boy y aquel «Happy Children» de P. Lion; las lentas (siempre avisaban con un flash continuo su inminente llegada, para que fuéramos acercándonos a la pista, si es que no estábamos bailando ya, porque antes sí 20160408_210647que bailábamos, y sin complejo alguno, y enviando miradas suplicatorias a alguna de las chicas que te gustaban, porque siempre había más de una, o dos, o tres…), y un reservado con una entrada que no levantaba más de 70 centímetros del suelo en la que reinaba la oscuridad, tanto, que a veces, cuando tenías la suerte de poder ir, no sabías ni quién te metía mano ni a quién se la metías tú. El piso de arriba ya estaba más orientado a la gente mayor, a los carcas de veinte o veintipico, que bailaban en grupo y cantaban canciones más tirando a rollo hippy con el inglés de aquí de toda la vida (gües yu mamagón!! gües yu mamagón!!, aunque, seamos justos, no sólo cantaban este Chirpy Chirpy Cheep Cheep, sino que se atrevían con el Bang a Gong (Get it on) de T-Rex. Que yo recuerde, un gran descubrimiento para mí el gran Marc Bolan. A veces me escapaba de mis amigos con la excusa de ir al servicio, y subía veloz al piso de arriba a disfrutar de un rato de música buena y descansar de aquellos alemanes tan andróginos de los que yo ni quería ser su corazón ni su alma, ¡hablares modernos a mí, con mis camisetas de Iron Maiden y Mötorhead!)

Lo que sí que hacía, ya que el deber me obligaba a estar en el piso de abajo con mi gente, era llevar cintas de casete de 90 minutos para que me grabasen sesiones en el piso de arriba para luego disfrutarlas en casa.

Lo mejor, sin duda alguna, llegaba en verano. Tardes de río hasta las siete, regreso a casa para cambiarse, perfumarse un poco, y a la Saravá. Un hecho curioso, que se mantuvo esos tres veranos, era que las tres primeras personas que llegaban a la discoteca tenían una consumición gratis. Sé que suena mal, pero digamos que un 75% img003de esas consumiciones nos las bebimos mis amigos Manolo, Jerry y yo. Recuerdo tardes en las que la lucha fue feroz, a muerte, a sprint partido, que un día vimos como Chas, Robertín y otro que ahora no recuerdo, aunque creo que podría ser Bato, encaminaban traicioneros sus pasos hacia la Saravá a eso de las ocho menos diez (abría a las ocho). ¡No, no podía ser! Pasamos de largo la sala de juegos de Las Piñas, en la que siempre parábamos unos minutos, y comenzamos a correr muy aprisa y sin hacer demasiado ruido. Pasamos a su lado como auténticos sputniks a tan sólo tres o cuatro metros de la entrada. “¡Hijos de puta, maricones!”, pero se sentía, no íbamos a ceder el mando tan fácilmente, lo íbamos a pelear como cabrones, como centrales italianos educados en el más puro catenaccio que podáis imaginar.

El verano de 1984, decidieron convertir la Saravá en una playa. Nos contrataron a Jerry, a mí y a otros cuantos para descargar camiones y más camiones de arena, todo ello a cambio de pases gratis durante meses y vales para veinte copas, ah, y las cenas en la Pista al lado del río, especialistas en pollos asados. Ahí quería yo llegar, que este momento merece la pena.

Combate: pesos pesados, en un rincón, Jerry, gran comedor, entrenando a tope y famélico tras un día de mucho trabajo bajo un calor intenso; en el rincón de la derecha, Ovejita, camarero de la Saravá, gran tragaldabas de carácter flemático y enorme fajador. La apuesta: quien coma menos, paga la cena. Combate nulo tras dos pollos y medio por cabeza, patatas fritas, tortilla, bollos de pan, ensalada, cervezas… El árbitro ordenó parar el combate en el decimoquinto asalto cuando los dos púgiles se habían levantado desafiantes de sus asientos para ordenar otro pollo asado más por barba. Si es que al final pagaba José Manuel, el árbitro, el dueño de la discoteca, que para eso era quien había contratado al personal.

La fiesta aquella de la playa, pues divertida hasta el paroxismo, de noche seguida hasta el amanecer de chocolate con churros y baño en aquella agua tan fría del río Cúa por la mañana…

Los veranos interminables, con amigos que sólo venían al pueblo en agosto, pandillas de decenas y decenas de adolescentes en busca de diversión rápida y fácil, de la risa floja, de la incontinencia que provoca todo lo nuevo. No es broma, que incluso llegamos a madrugar algún domingo para aprovechar esas dos últimas horas de discoteca y salir a ver luego el sol con toda aquella gente dobletera que había venido de muchos lugares diferentes. Montones de coches en el párking que iban desfilando en dirección a Ponferrada, a Lugo o a donde fuese menester, sin miedo a los controles de alcoholemia, mucho pim pam y mucho toma lacasitos aunque sin cámaras que pudiesen recoger momentos tan patéticos como felices, centrifugando en una memoria que, de tan selectiva, me obliga a estar escribiendo todo esto con una sonrisa poblada, y no es nostalgia, no, tan sólo es un viaje a aquel punto del camino en el que, aunque sabía que me iba a despedir de mi pueblo, lo añoraba desde un “no future” que era mentira, porque ahora estoy aquí, en aquel “future” que supuestamente era “no” terminando de teclear este relato, desde el cariño nihilista que en mí permanece, desde una atalaya perecedera que me dice: “¡corre, joder, que os van a quitar esas copas!”

CEREZAS – III

Las cerezas de Cacabelos siguen su ciclo, y los dos hermanos continúan con su reencuentro.

Ciclos de Mil Cabezas

III.

– Antonio…¡cuánto tiempo!

– Sí, muito. Muito tiempo. ¿Has tenido bon viaxe?

– Sí, sí, gracias.

– Podes deixar as maletas na habitación do fondo…na de siempre…na tua, vamos.

– Sí, sí, claro.

– Eu me voy pra cama. Estuve na finca y estou mu cansao. Ta mañana.

– …Hasta mañana, Antonio. Buenas noches.

Y Álvaro se encerró en su antiguo dormitorio tragándose para sus adentros todas las preguntas que tenía que hacerle a su hermano. La habitación no había cambiado ni un ápice su aspecto: la vieja cama de hierro forjado; sobre ella, el colchón de lana que su madre vareaba todos los veranos; la vieja mesilla de noche, de madera de castaño, barnizada en tonos oscuros, y ya carcomida por el inexorable paso del tiempo…Toda, absolutamente toda la estancia le devolvía al pasado, a su ya lejano pasado en Cacabelos. Esa particular regresión en el tiempo empezaba…

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LOS TOREROS – ADVENTURE IN CRYSTAL PALACE

Jueves, 19 de mayo de 2016

Esta mañana estaba hablando con esta gente estudiante del 1º del bachillerato de humanidades sobre los símbolos que representan a cada cultura, país, pueblo, etc. De hecho, para casa tienen que elegir el símbolo que según cada cual representa a España (o a Asturias, que también di esa alternativa). La unidad 8 del libro de texto, Trends, de la editorial Burlington, se titula Culture Shocks. Saltándome por encima cual valla de atletismo los ejercicios allí propuestos, se me ocurrió contarles mi aventura como camarero de un bar de tapas de Crystal Palace, en la zona 4 de Londres, Los Toreros.

Año 2001, nos vamos Nuria y yo a trabajar como profesores a Londres, para lo cual con anterioridad habíamos, supuestamente, hecho todas las gestiones de convalidación de títulos y demás papeleos con el fin de poder solicitar nuestro correspondiente número de QTS 20160704_025401-1(Qualified Teacher Status – número de profesor cualificado), una especie de DNI indispensable, obligatorio para poder ejercer la profesión docente en Gran Bretaña. Y ocurrió lo que suele ocurrir siempre, o casi siempre, con la maldita burocracia, que exaspera a la persona más paciente con su inoperante lentitud: venga entrevistas y más entrevistas para justificar aspectos que a nosotros nos pueden parecer obvios, pero a ellos no. Valga el ejemplo que nos dice que para explicar que en España, al casarse, la mujer no pierde sus apellidos familiares originales tuvimos que ir ¡cinco veces! a entrevistarnos con las funcionarias de la Seguridad Social, que no eran capaces de entender un hecho tan sencillo como aquél; por no hablar del impreso con redacción incluida que tuve que rellenar para justificar que yo no era un tal José González que había vivido en la Isla de Mann ocho años antes, y que, al parecer, había dejado deudas por doquier. En la vorágine de este proceso, que vino a durar unos dos meses, fue cuando encontré este lugar increíble llamado Los Toreros, un bar de tapas situado en Westow Road, Crystal Palace, justo enfrente del Safeway, el supermercado más cercano que teníamos en el barrio. Un jueves, volviendo de la compra muy cargados, nos fijamos en un cartel que habían pegado en la puerta de Los Toreros, “Spanish speaking staff required” (se necesita personal que hable español), y, sin dudarlo ni medio segundo, entramos allí a preguntar, y ahí empieza una aventura que ahora, desde esta atalaya que crece con el paso del tiempo, me hace toda la gracia que maldita era por aquel entonces.

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(A ver, que voy a conectar ahora mismo este traductor simultáneo… Ajá, ya. Click.)

  • Hola, buenas, preguntaba por ese cartel que tenéis ahí en la ventana, el que dice quese necesita personal que hable español.

  • ¡Eh? Yo no saba nada. Preguntar Tula, dueña. Ahí datrás, restaurante. – la que me responde, de muy mala gana, por cierto, es Katya, una rusa que ejerce como manager mandamás de la zona de restaurante. Los Toreros se dividía en dos partes bien diferenciadas: el bar, justo en la entrada, y el restaurante, en la parte trasera, con 25 mesas y una barra que comunicaba con el bar, y otra a la que llegaban los platos desde la cocina.

  • Hola, buenas tardes, ¿Tula?

  • Sí, soy yo. ¿Qué deseabas?

  • Es por lo del trabajo, soy español y…

  • Puedes empezar esta noche si tienes una camisa blanca y unos pantalones negros

  • Eeeh, sí, claro, sin problema. ¿A qué hora tengo que estar aquí?

  • A las seis en punto. Cenas primero y ya te explica luego Katya lo que tienes que hacer.

Y allí estaba yo, a las seis menos cinco, un antitaurino de pro a punto de empezar a trabajar como camarero en Los Toreros, ¡ja! Al menos tenían la decencia de no abusar de la decoración basada en ese rancio mundo del toro. Aquello era un batiburrillo de fotos, figuritas varias de flamencas y de guitarras, y, ¡cómo no!, de esos sombreros mexicanos que tanto les gusta a los británicos traerse de sus viajes “culturales” a Ibiza o a Magaluf. Hispanidad en apuros, un mundo kitsch, casi de saldo. Nada más llegar, Tula, la dueña, griega oriunda de Faloraki, me presenta al resto del personal: Katya, la rusa, con la que ya había tenido “el gusto”, que me seguía mirando con demasiado recelo, como si le fastidiara que yo pudiese hablar bien inglés; Dariusz, un chico polaco de 20 años que sólo sabía decir “yes”, “table” y “hello”; Mimi, la manager del bar, de Islas Mauricio; Renato, peruano que tampoco hablaba casi inglés, y los dos cocineros: Hamed y Mulayzein, marroquí y argelino respectivamente. Impresionante. Lo primero, antes de que comenzasen a llegar clientes, cenar: una hamburguesa bastante rica con ensalada y patatas asadas. Mientras comíamos nos dijo Tula que fuésemos echando un vistazo a la carta del menú (Dariusz y Renato también empezaban a trabajar aquella tarde. Pánico en las calles de Londres… will customers hang the waiter? )

No sería jamás capaz de describir en detalle lo que suponía cada jornada de trabajo en aquel bar de tapas. En el menú, por ejemplo, ofertaban fabada entre sus múltiples opciones de platos típicos españoles, y esa primera noche me toca servir una cazuela de fabada, a 12 libras, a una pareja de enamorados que celebraba la petición de matrimonio del muchacho aquel tan colorao a una rubia muy sajona de las de minifalda con piernas a la intemperie, estábamos en pleno invierno, y tacones blancos. Ella dijo sí muy ilusionada, y nada mejor para celebrar aquel anillo tan pomposo que una tapa de ¿fabada? Ejem, eran simples fabinas de las suyas, de esas “baked beans” de HP o de Heinz, con algún trozo de salchicha roja por allí flotando despistado. Me sentí mal sirviendo aquello, no lo voy a negar… pero, ay, todavía faltaba la tortilla de patata. La tristeza se apoderaba de mí a cada paso que daba con aquella ¿tortilla? en mi mano derecha. Yo la miraba y cerraba los ojos acto seguido, porque, aparte de lo ridículo de su tamaño, el color tan rojo no aventuraba nada decente. Y así era, le habían echado pimentón…

A eso de las diez de la noche nos manda Tula a Dariusz y a mí preparar una mesa para ¡26 comensales (minerales)! Una despedida de soltero. El puto horror. Dariusz que desaparece totalmente de la escena “lost in translation”, y yo, pues a apechugar con aquel grupo tan hambriento como salvaje. Al menos me dejaron buena propina, que fui capaz de comprender a dos que me pedían ya medio borrachos una copa de “ponxavayerou”, y tras la tercera escucha llegué yo triunfal con la botella de Ponche Caballero mientras en mi cabeza sonaba el famoso Carros de Fuego de Vangelis.

Antes de irnos aquella primera noche, aparecen dos MILFs muy emperifolladas, muy rubias, de mucho volumen al hablar. Venían a esperar a los cocineros, y con ellos se fueron abrazadas a disfrutar de una buena noche de juerga en Londres.

gogogochLos sábados venía Rhys, un galés muy simpático de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, Llanfair para los lugareños (aunque a mí me gusta más, me pone más, ese final apoteósico en “gogogoch”), a dar recitales de guitarra española, la cual había aprendido a tocar, como no podía ser de otra manera, en Tokio. Gran bebedor de cerveza y un fan acérrimo de Camarón y de Paco de Lucía. No lo hacía mal, pero aquélla era mi profana impresión, que yo funciono con la música por puro y duro oído.

Vi pasar muchos más camareros y camareras, cocineros, sólo aguantó Katya allí al pié del cañón torero esos casi dos meses que trabajé allí. Un viernes, ya con mi QTS, fui a decirle a Tula que se había acabado, que ya no más Toreros ni fabadas engañosas, que me iba a trabajar de profesor a Phoenix High School. “Y si eres profesor, ¿qué narices hacías trabajando aquí de camarero?”, fue su pregunta desde la más absoluta y lógica extrañeza: una griega con mentalidad anglosajona tras 29 años viviendo en el Reino Unido. “Ay, si tú supieras de qué pueden llegar a trabajar los licenciados españoles llegado el caso”, fue mi pensamiento último antes de cerrar la puerta y salir de Los Toreros para siempre.

– ¿Jose, vale la sidra como símbolo de Asturias?
– Ehh… Vaya si vale, ¡pues claro!

WHOEVER HATH HER WISH, THOU HAST THY WILL

abren la destilería

de ocho a nueve

sin prisa por entrar

de canto

en los arrumacos

de su nevera deforme

de su boca

sin persianas

de oblicuos placeres

vuelta y vuelta

chorreando sangre

en cuanto aprietas

sin demasiada fuerza

de rostro pálido

la carne roxa

recién parida

Sunny day

y ocho millones de ojos

aislados

y ciegos

te miran desde el desdén

de un desván derivado

cuchillas que no afeitan

pieles irritadas

sin un solo pelo

que llevarse ya

al chorro del grifo

agua caliente

para tus huesos

para los míos

porque yo sí

recuerdo

haber comido

con mis manos

anguilas fritas

de las de río

Madame Tussaud's mannequins

madrugar para pescar

el olor del horno de pan

la sabiduría de los mayores

contra el sueño

de los pequeños

y el humo que no cesa

porque no quieren

bajar las ventanillas

de un coche amarillo

viejo y antiguo

los faros rotos

y trayectos sin manos

cuando los grillos

me asustaban

con su infinito canto

de cri tras cri

sacando ojos

de sus órbitas

colecciones malsanas

deportes eternos

instintos vencidos

y máquinas poco engrasadas

que si hubiesen funcionado

el picadillo de la fame

se habría retroalimentado

de nuestra saliva

astutamente reseca

en lo más alto

y frondoso

de nuestro

paladar

duro