VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR, PARTE I

Como cada domingo, salió de misa casi en pole position, y tras mojar las yemas de sus dedos en agua bendita, comenzó a persignarse tan ensimismado como de costumbre. Nada más cruzar el umbral del portón de la iglesia, se vio de súbito deslumbrado por el sol, y como no llevaba sus gafas de sol, se dio cuenta: “Anda, si Dios no existe, son los curas”, se dijo en voz muy baja a sí mismo antes de echar a andar muy decidido en dirección al bar de siempre mientras se secaba por defecto los restos de agua bendita en los laterales de sus pantalones chinos, tan nuevos como arrugados.

HABITUACIÓN, CUAL CEBOLLA RECIÉN CORTADA – PARTE VIII

VIII.

Si dejo que mis dedos se pierdan en lo intrincado de tu mundo,

si ato a mi caballo a una valla con ristras de ajos,

y si no como verduras por no ser como ellos,

entonces me habrás vencido y yo te entregaré las llaves de mi ciudad.

Si decido hacer deporte porque me veo gordo,

si como tocino frito en pura manteca de cerdo,

y si no quiero ver las películas que a ti te gustan,

al final no seré más que la flecha de un Navajo clavada en tu puto culo.

Prefiero la venganza de la Naturaleza

a la hipocresía hecha lengua, hecha habla de los humanos.

Si me pongo a nadar,

tú te encargas de variar el rumbo de la corriente.

Si muero antes que tú,

que no me entierren bajo una cruz,

que yo ni creo ni padezco,

que así nací y he de morirme con ello.

Mi cuerpo para la ciencia,

para que los estudiantes jueguen con mis nervios

sin sacarme de quicio…

para que puedas venir a verme y sentir tu culpa.

Formol inundando mis pulmones,

conservando a duras penas el tono negro de mi bofe.

Qué te puedo pedir, si mi boca no articula;

qué puedes hacer por mí, que no te cueste sufrimiento.

Venga, date la vuelta y suelta tu pelo,

antes de que llegue alguien más y te lo corte.

Desde mi ventana veía arder los árboles.

Y no podía hacer nada por ellos,

ni siquiera sentir su calor que quema,

ni siquiera poder hacer llagas de su lumbre.

Erudito entre miles de esclavos,

preso de tu mirada fulgente,

dios enano de una irritante carrera

hacia el infinito, hacia los confines de tu satisfacción.

Ahora abro mi ventana y los veo,

al fin puedo verlos,

entonces cerrar mis ojos

no resultará incomprensible,

y todo aquel humo lejano

pasará a formar parte de mi eterna respiración,

de mi sangre,

de mi pútrido futuro;

no hay futuro,

porque todos aquellos pinares

arden bajo tu indulgencia.

Ni siquiera los que lo intentan

bajo el peso de su perenne sueldo

lograrán cambiar la dirección del viento

que se lleva, que se va llevando incrédulo

toda esperanza de vida eterna,

a la vera de tu desatinada miseria.

Por favor os lo ruego,

Que la última persona apague todas las luces

(incluidas las de mi imaginación).

HABITUACIÓN, CUAL CEBOLLA RECIÉN PICADA – PARTE VI

VI.

Yo no soy ni la resurrección ni la vida,

la muerte viaja imantada al bolsillo trasero

de mis pantalones vaqueros.

Yo soy el déspota de la ilustración,

el sátrapa enganchado al mundo de tus sueños,

el vengador justiciero

y todos sus secuaces,

el vagabundo, el que invierte en pobreza,

el soldado que lucha por tus pañuelos,

por beberse cada una de tus lágrimas,

por arrullarte al calor de una chimenea imaginaria.

Yo soy la hipocresía personificada,

el rito solapado de la mentira,

del ocultismo, de las ciencias desconocidas;

el pragmatismo hecho hombre,

la bienaventuranza de tus fronteras,

la comida de perro hecha caviar,

el barro de tu cuerpo,

el moldeado de tus cabellos,

el anuncio de tu vejez,

de tu muerte,

de tu inexistencia.

Yo soy la mancha de tus bragas,

la mierda que se pega

a las suelas de tus zapatos;

tus jugos gástricos y tu orina,

la cera de tus oídos,

el dulce susurro de tus castigos,

el embrión arrancado de tus entrañas;

el embrujo de tus predicciones más oscuras…

el límite de tu tenebroso bosque,

de tus tinieblas,

de la humedad de tu sexo,

de tu boca llena de amor.

Amén.

Si una canción no sirve,

entonces grabaré una sinfonía

de aullidos lamentables,

un “Rock’N’Roll Nigger”,

un “ouside the society”

de sustos irrepetibles,

de larvas entumecidas.

En lo más hondo del pozo sin fin,

un eco restalla dentro de mi sabiduría.

Es él, el Dios que me castiga.

“¡Tú no existes, no eres…!”,

le grito enojado, violentamente exaltado.

Él no me responde porque teme mi indiferencia,

porque sabe de mi suerte.

A sus ángeles castrados

me los paso yo por el filo

de mi cuchillo afilado,

de mi navaja vengativa,

de mi odio sin aduanas,

sin límites territoriales.

Le lanzo una piedra

y el eco me devuelve un ¡ay!.

Al final del camino, resulta que no era etéreo.

Temo que no sea más que un minero

que pica y pica carbón,

del que sale de las paredes de mis arterias,

de mis venas,

de mi paciente colesterol,

labrado arduamente tras

los litros y litros de grasa

que han entrado en contacto con mi feo cuerpo.

Por si pretende olvidarme

y olvidarse de matarme un día,

yo voy a encender otro cigarrillo.

Uno más, tan sólo uno más…

ya lo dejaré mañana.

HABITUACIÓN, CUAL CEBOLLA RECIÉN PICADA – PARTE II

II.

¡Cuánta basura nos inunda!

Da igual adónde mires,

tu vista sólo será capaz de ver mierda,

a pesar de tan dignos envoltorios,

a pesar de la buena voluntad de unos pocos.

Ya he encontrado mi pensamiento positivo,

pero seré egoísta y no lo compartiré con nadie.

¡Qué me enseñaron del cielo? ¿De Dios?

Nadie ha regresado, me parece, del más allá.

El niño le pide a su padre que le cuente una historia,

que se invente un cuento bonito que le ayude

a adentrarse en los laberintos imposibles del sueño.

Pero el padre no quiere, no sabe… no puede.

La impotencia rige el mundo,

su funcionamiento,

sus vueltas programadas alrededor del astro rey.

Si no crees en el destino, invéntate entonces un planeta

donde tú seas rey y vasallo, tirano y oprimido,

asaltante y asaltado,

explotador y explotado,

mierda y agujero del culo;

pene y vagina;

homo, hetero,

hermafrodita ante la eternidad,

a tus pies,

en el mismo horizonte,

nunca más lejos;

siempre tan cerca

aunque tan inalcanzable.

Como si te lo hicieses con tu propia madre,

con tu hermana, con tu padre y tu abuela,

a la vez, en el mismo lecho verde.

¡Ataquemos con saña el pensamiento teledirigido!

¡Odiemos sin tapujos todo lo vano!

¡Seamos violentos, joder!

De vez en cuando e incluso más a menudo,

un buen puñetazo en espiral

puede cambiar alegre nuestra fisonomía.