VALERIE ON REHAB

Amy-Winehouse-look-alike

Valerie Curtis era una chica moderna, demasiado moderna para su barrio, incluso para Beck Hole, su pueblo, puede que hasta para todo Yorkshire si me apuran. Cuando en noviembre de 2003 vio de soslayo a Amy Winehouse tocando “Stronger than Me” en el show de Jools Holland ni siquiera reparó en la fuerza que transmitía la voz de esa chica que cantaba con timidez mientras no cesaba de mirar en dirección a los dedos de su mano izquierda que interpretaban acordes en el mástil de su guitarra eléctrica – imaginaba Valerie que se debía ese hecho no sólo a su innata timidez, sino a su falta de destreza con la guitarra, aparte de que no se puede prestar demasiada atención a lo que emiten el la televisión cuando una está planchando su camisa preferida, lógicamente. “Bonita voz, de todas formas”, pensó mientras desenchufaba la plancha y se levantaba a poner agua a hervir para tomarse el último té del día.

En ese instante la vida le sonreía a la buena de Valerie. Estaba en el último curso de periodismo en la Universidad de Sheffield; tenía un novio con el que ya se había comprometido para casarse en cuanto ambos acabasen sus estudios de posgrado… Ay, pero Sean (que así se llamaba su prometido) se había ido a pasar ese último curso a Oviedo, con una beca Erasmus para todo el año académico, y allí conoció a Marta, y desde allí mismo llamó a Valerie por teléfono un día gris de marzo para decirle que aquel anillo que él le había entregado con tanto amor, supuestamente, un año antes ya no servía más que para decorar el dedo anular de su mano derecha.

¿Y después qué? Valerie es una chica fuerte, por tanto decidió seguir con su vida con la cabeza bien alta sin tan siquiera quitarse aquel anillo que tanto significado había tenido para ella. Total, le gustaba y no entendía qué razones debían obligarla a sacárselo del dedo. Un día, la televisión y Amy Winehouse volvieron a cruzarse ante sus ojos. Esta vez, sí que Valerie se sentó y comenzó a prestar atención a aquella chica con un moño alto demasiado cool para ser real, con múltiples tatuajes en los brazos y la voz majestuosamente sucia, aquella voz que se adentró en su mente e hizo conectar más neuronas de lo que jamás antes había conseguido hacer cualquier otra melodía u otra voz con otro timbre.

“… Stop making a fool out of meeeee, why don’t you come on over, Vaaaaleriiie?”, cantaba Amy con ese acento tan cockney que tanto podía chirriar en ocasiones a los ingleses norteños, pero que ahora a Valerie le sonaba casi como a canto gregoriano.

“¡Ha dicho mi nombre, lo ha dicho!”, se oyó gritarse a sí misma. Una canción nueva y que además rendía homenaje a su nombre (porque ella desconocía, y en realidad le importaba una mierda, que era tan sólo una versión). ¿Se podía pedir más? No, claro. A partir de ese momento, Amy Winehouse y Valerie Carter se hicieron inseparables, cada una en su propio mundo, siguiendo su propia vida, pero no exactamente para Valerie, que había encontrado al fin una diosa a la que venerar poniendo así fin a demasiados años de ateismo confeso. Hizo suyo el estilo de Amy, se puso extensiones en el pelo y se atusó un moño tan imposible como el de la diva. A pesar de su odio visceral hacia cualquier tipo de aguja, decidió hacerse un tatuaje tras otro; una calavera mexicana, una chica pin-up, el nombre de Amy y el suyo propio con un corazón muy rojo en medio. Se sabía todas y cada una de sus canciones, las podía cantar en mil y una entonaciones. Bebía y se drogaba tanto o más que la propia Amy. Follaba con casi todos los tíos que le salía de los ovarios. Y trabajaba, claro. Tenía una columna diaria en The Independent en la que, con mucha ironía y retranca, ponía a parir a toda la gente que ella consideraba impresentable, pero a base de bien, sin tapujo alguno, sin cortapisas propias o impuestas.

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En junio de 2011 se encontraba Valerie Carter sufriendo como una perra viendo a su idolatrada Amy haciendo el ridículo en esos sus últimos directos bajo la influencia de todo lo que pueda uno ser capaz de imaginar. Por eso el día 23 de julio no se vio sorprendida en la redacción del periódico cuando llegó la noticia de la muerte de Amy, que llegaba al Club de los 27 muy apuradamente, que no le quedaban ni dos meses siquiera para cumplir los 28. Valerie salió a la calle, se fumó un porro y lloró a solas su decepción. Ella misma se encargó de escribir un artículo muy emotivo como despedida a Amy, su Amy. Se encerró en casa durante cuatro días, casi sin comer, bebiendo y fumando sin parar. Al quinto día se levantó, se duchó y se fue directa hasta el número 30 de Camden Road, en el barrio londinense de Camden Town. Aunque había mucha gente por allí, buscó un hueco de un árbol justo enfrente de la casa en el que dejar su nota de despedida para Amy, un simple “fuck you, Amy, fuck you!” Sonríó, se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección a la parada de bus más próxima, no sin antes arrancarse de su cabellera el moño postizo que la había acompañado estos últimos años. Ahora empezaba para Valerie Carter su verdadera “rehab”, y, aunque le daba igual lo que pudiera opinar su padre, no podía decir “no, no, no.”

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