SARAVÁ!

Saravá 1

Hace no mucho, mucho tiempo, en un pueblo no demasiado lejano, hubo una discoteca que era el paradigma del ambiente nocturno, de madrugada de sábado, mismo ritual en la de cada domingo: amanecía, que era mucho, y el sol nos daba de lleno, pero éramos valientes y no llevábamos gafas de sol, así hiciese “un sol de carallo”. Años 1983, 1984 y 1985, veranos de múltiples iniciaciones y descubrimientos entre saliva, humo de cigarrillos negros y otros más aromáticos; semen y flujos vaginales, películas porno con alevosa nocturnidad en Las Vegas (nuestro bar de encuentro), queimadas a la orilla del río Cúa, escapadas nocturnas en el coche del padre de mi amigo Jerry, aquel mítico Ford Fiesta amarillo, a lo bestia, sin carné ni edad cercana aún para poder ponerse a estudiar siquiera el código de circulación… pero ya las ramas de los cerros de Úbeda están a punto de sacarme el ojo derecho de su órbita, así que, confesaré antes de continuar, que la discoteca a la que me refiero es, era, la sin par Saravá, nuestro propio y rural Studio 54 en Cacabelos (y el resto del Bierzo) durante cuatro gloriosos años.

Ya la inauguración supuso un acontecimiento espectacular, porque antes habíamos tenido la Marychris, al lado de la Cooperativa de Vinos, en la que la gozábamos como enanos bailando el jevi como auténticos héroes de guitarras y melenas que sólo existían en nuestra incipiente imaginación: AC/DC, Led Zeppelin, Barón Rojo, Iron Maiden…

Y las lentas, ese despertar de cebolletas altivas que buscan el nivel “arrimator” más cercano posible; o aquella tarde en la que Litán, el dueño, sacó a Richard de la pista a empujones, casi a hostia limpia, diciéndole, literalmente, que allí “aquellas mariconadas no se hacían”, y el pobre Richard, un cacabelense de Estrasburgo, con cara de infinita sorpresa que le contesta, “pero sólo estaba bailando, es breakdance”, y es que a mi amigo se le había ocurrido empezar a dar volteretas de esas que se dan en el breakdance en el suelo, girando sobre uno mismo, demasiada ofensa para la moral de aquel hombre… Pero hablo de las tardes de viernes y sábados, cuando estudiábamos 8º de EGB y 1º de BUP, con entrada gratuita y ganas de aprender mirando a nuestros referentes tan cercanos como lejanos (me refiero a los de 16 y 17 años). Ser mayores apremiaba, y mucho. Y en 1983, no recuerdo si fue en marzo o abril, inauguran la Saravá José Manuel y Merche, pioneros de la primera boite disco cacabelense a finales de los 70, la Faustin, a la que veía de pequeño como marchaba mi primo a ligar admirando aquella melena y aquel desparpajo desde mi posición de geyperman con Turbocópter cercano al suelo.

Dos pisos de discoteca, simulando una cueva, con estalactitas y estalagmitas que se juntaban en varias columnas alrededor de la pista de baile. Dos ambientes: el piso de abajo, música disco de los 70, funk, el inefable italo-disco de La Dolce Vita, el Tarzan Boy y aquel “Happy Children” de P. Lion; las lentas (siempre avisaban con un flash continuo su inminente llegada, para que fuéramos acercándonos a la pista, si es que no estábamos bailando ya, porque antes sí 20160408_210647que bailábamos, y sin complejo alguno, y enviando miradas suplicatorias a alguna de las chicas que te gustaban, porque siempre había más de una, o dos, o tres…), y un reservado con una entrada que no levantaba más de 70 centímetros del suelo en la que reinaba la oscuridad, tanto, que a veces, cuando tenías la suerte de poder ir, no sabías ni quién te metía mano ni a quién se la metías tú. El piso de arriba ya estaba más orientado a la gente mayor, a los carcas de veinte o veintipico, que bailaban en grupo y cantaban canciones más tirando a rollo hippy con el inglés de aquí de toda la vida (gües yu mamagón!! gües yu mamagón!!, aunque, seamos justos, no sólo cantaban este Chirpy Chirpy Cheep Cheep, sino que se atrevían con el Bang a Gong (Get it on) de T-Rex. Que yo recuerde, un gran descubrimiento para mí el gran Marc Bolan. A veces me escapaba de mis amigos con la excusa de ir al servicio, y subía veloz al piso de arriba a disfrutar de un rato de música buena y descansar de aquellos alemanes tan andróginos de los que yo ni quería ser su corazón ni su alma, ¡hablares modernos a mí, con mis camisetas de Iron Maiden y Mötorhead!)

Lo que sí que hacía, ya que el deber me obligaba a estar en el piso de abajo con mi gente, era llevar cintas de casete de 90 minutos para que me grabasen sesiones en el piso de arriba para luego disfrutarlas en casa.

Lo mejor, sin duda alguna, llegaba en verano. Tardes de río hasta las siete, regreso a casa para cambiarse, perfumarse un poco, y a la Saravá. Un hecho curioso, que se mantuvo esos tres veranos, era que las tres primeras personas que llegaban a la discoteca tenían una consumición gratis. Sé que suena mal, pero digamos que un 75% img003de esas consumiciones nos las bebimos mis amigos Manolo, Jerry y yo. Recuerdo tardes en las que la lucha fue feroz, a muerte, a sprint partido, que un día vimos como Chas, Robertín y otro que ahora no recuerdo, aunque creo que podría ser Bato, encaminaban traicioneros sus pasos hacia la Saravá a eso de las ocho menos diez (abría a las ocho). ¡No, no podía ser! Pasamos de largo la sala de juegos de Las Piñas, en la que siempre parábamos unos minutos, y comenzamos a correr muy aprisa y sin hacer demasiado ruido. Pasamos a su lado como auténticos sputniks a tan sólo tres o cuatro metros de la entrada. “¡Hijos de puta, maricones!”, pero se sentía, no íbamos a ceder el mando tan fácilmente, lo íbamos a pelear como cabrones, como centrales italianos educados en el más puro catenaccio que podáis imaginar.

El verano de 1984, decidieron convertir la Saravá en una playa. Nos contrataron a Jerry, a mí y a otros cuantos para descargar camiones y más camiones de arena, todo ello a cambio de pases gratis durante meses y vales para veinte copas, ah, y las cenas en la Pista al lado del río, especialistas en pollos asados. Ahí quería yo llegar, que este momento merece la pena.

Combate: pesos pesados, en un rincón, Jerry, gran comedor, entrenando a tope y famélico tras un día de mucho trabajo bajo un calor intenso; en el rincón de la derecha, Ovejita, camarero de la Saravá, gran tragaldabas de carácter flemático y enorme fajador. La apuesta: quien coma menos, paga la cena. Combate nulo tras dos pollos y medio por cabeza, patatas fritas, tortilla, bollos de pan, ensalada, cervezas… El árbitro ordenó parar el combate en el decimoquinto asalto cuando los dos púgiles se habían levantado desafiantes de sus asientos para ordenar otro pollo asado más por barba. Si es que al final pagaba José Manuel, el árbitro, el dueño de la discoteca, que para eso era quien había contratado al personal.

La fiesta aquella de la playa, pues divertida hasta el paroxismo, de noche seguida hasta el amanecer de chocolate con churros y baño en aquella agua tan fría del río Cúa por la mañana…

Los veranos interminables, con amigos que sólo venían al pueblo en agosto, pandillas de decenas y decenas de adolescentes en busca de diversión rápida y fácil, de la risa floja, de la incontinencia que provoca todo lo nuevo. No es broma, que incluso llegamos a madrugar algún domingo para aprovechar esas dos últimas horas de discoteca y salir a ver luego el sol con toda aquella gente dobletera que había venido de muchos lugares diferentes. Montones de coches en el párking que iban desfilando en dirección a Ponferrada, a Lugo o a donde fuese menester, sin miedo a los controles de alcoholemia, mucho pim pam y mucho toma lacasitos aunque sin cámaras que pudiesen recoger momentos tan patéticos como felices, centrifugando en una memoria que, de tan selectiva, me obliga a estar escribiendo todo esto con una sonrisa poblada, y no es nostalgia, no, tan sólo es un viaje a aquel punto del camino en el que, aunque sabía que me iba a despedir de mi pueblo, lo añoraba desde un “no future” que era mentira, porque ahora estoy aquí, en aquel “future” que supuestamente era “no” terminando de teclear este relato, desde el cariño nihilista que en mí permanece, desde una atalaya perecedera que me dice: “¡corre, joder, que os van a quitar esas copas!”

WHERE WORDS FAIL, MUSIC SPEAKS.

Gramophone beach

Frey, que era uno de los cinco repetidores con los que le había tocado compartir grupo a Jaime en aquél su primer curso en el instituto de Cacabelos, lo había dicho ya al segundo día de clase, “con la de música os vais a descojonar de la risa, ya veréis”. Y sí, tenía razón, toda la razón que a veces proviene de la crueldad de un grupo humano en movimiento constante, de la influencia que una gente puede ejercer sobre otra sólo por el hecho de haber llegado antes a un lugar y casi sin haberse dado ni cuenta gritado “¡primer!” a sabiendas por ello de la autoridad que esa misma estupidez puede llegar a otorgar.

Pero vayamos a los hechos en sí, que yo os estoy narrando todo esto porque el mismo Jaime me lo contó el otro día en una larga sobremesa de tertulia plena de café con leche y algún que otro chupito de orujo. Doña Ernestina, sin estudios superiores que aportar a la causa de la enseñanza secundaria, había conseguido una plaza en el instituto de su pueblo, Cacabelos, el I.E.S. Bergidum Flavium, vía la Sección Femenina, esa Falange exclusiva para mujeres, eficaz promulgadora durante cuarenta años de aquellas ideas franco-machistas de “la pata quebrada y en casa” bajo un profundo nacional-catolicismo. Tras varios años dedicándose a la enseñanza de modales, de saber estar entre costureros y agujas de coser varias, le llegó la hora de impartir la música de 1º de BUP. El horror para aquella pobre mujer, todavía escandalizada por ese hecho “contra natura” que suponía la coeducación, la enseñanza mixta, tanta hormona suelta, junta, revuelta, ¡sexos distintos, oh no!… No podía con ello la pobre mujer, ya al mismo borde de la jubilación. Y ahí estaba ese nuevo grupo, a finales de septiembre de 1981, 1º B, 23 adolescentes muy inquietos, 14 chicos y 9 chicas; 5 repetidores, los más macarras de todo el instituto.

Jaime, que ahora ejerce él mismo como profesor (de inglés, concretamente), me contó varias anécdotas: que si firmaban los exámenes con un chorizo que tenían escondido en un armario, que si le estaban cambiando constantemente las revoluciones al tocadiscos, poniendo a 45 rpm los LPs que debían ir a 33, con el cachondeo que provocaba en la clase ese hecho al escuchar a las sopranos o a los tenores cantando como si fueran los mismísimos Pitufos; ocasiones en las que seis o incluso siete estudiantes entregaban el mismo trabajo, o el día que le dieron a la pobre señora con un garbanzo en las gafas, haciendo que el cristal de las mismas estallase – “¡aaaaaaahhhh, terroristas, que sois unos terroristas, que me queréis mataaaaar!”. Aún así, como decía mi abuela, “a veces uno es tan bueno, tan bueno, que parece bobo”, y en masculino, porque aún era predominante aquel hecho del genérico en masculino para todo, que no se había creado aún la corrección política.

  • Y sabes, Jose, aún siendo yo lo buen chico que fui durante toda mi época de instituto, me llegaron a expulsar para casa una semana – me dijo el bueno de Jaime mientras miraba fijamente al paragüero vacío.

  • ¿De veras? No me lo puedo creer… Cuenta, cuenta.

Se había estropeado la calefacción en el ala nueva del instituto, justo donde estaba el aula de música, por tanto, 1º B se queda ese día de primeros de diciembre, un lunes a primera hora, en el aula del grupo. “Jaime y Manolo, por favor, tomad la llave del aula de música y traéis el tocadiscos y dos discos que hay sobre la mesa”, ordenó Doña Ernestina a Manolo, el delegado, repetidor de camiseta de Leño, pelo largo y actitud siempre desafiante, por descontado, y al propio Jaime, que se sentaba muy pardillo a su lado. Y allá iban pasillo a la izquierda, casi corriendo en busca del tocadiscos y dos discos de música clásica, que la Seño no les ponía otra. Abren la puerta, encienden la luz y se acercan a la mesa de la profesora. El tocadiscos, un Philips bastante viejo, de aquéllos con tapa-altavoz que encajaba y se cerraba sobre la parte del plato giradiscos formando una aparente maleta, estaba en la mesa, en la esquila de la izquierda. “Jaimito, coge tú los discos que ya pillo yo el tocata”, le dice Manolo a Jaime. “Vale”, responde este último mientras se acerca a los dos discos que ve sobre la mesa fijándose en cuáles son, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y… ¡catacrock! “¡HOSTIAS!”, suelta Manolo el repetidor jevi tras ese ruido que indicaba que algo no había salido bien, que algo se había roto de verdad. La tapa que hace las veces de altavoz, que no estaba bien encajada. Jaime se agacha y recoge a la víctima del suelo con muchísimo cuidado, pero eso ya da igual, es un cadáver sin solución, sus constantes musicales se han ido en los cuatro trozos del brazo de la aguja que cuelgan del tocadiscos dejando varios cables a la intemperie. “Y… y… y… ¿ahora qué hacemos?”, pregunta el bueno de Jaime bastante asustado. “Joder, déjame pensar… a ver, rápido… ¡ya sé! ¡Dame ese tocadiscos para acá!”, y Manolo sube acto seguido la persiana que está justo al lado de la mesa de la profesora, abre la ventana, asoma la cabeza, sonríe y tira con un fuerte impulso el tocadiscos por la ventana. “P-p-p-pero, pero… ¡tú estás mal de la cabeza, tío! ¿Pero qué haces?”, el susto en Jaime era más que evidente. “Calla la boca, gili, y asoma y mira ahí abajo”, le contesta Manolo con una sonrisa que denota una seguridad que a Jaime se le escapa.

¿Y a qué hecho peculiar se debía tal actitud por parte de Manolo? Muy sencillo, justo al lado del aula de música seguían las obras de ampliación del instituto, y bajo la ventana había uno de esos tradicionales montones de arena de la que se echa en las hormigoneras para mezclar luego con cemento y agua. “¿Ves, pailán? Ahí ni se ve el tocata, y luego al recreo nos acercamos y lo tapamos bien con bastante arena y ahora volvemos a clase y le decimos a la Pelos que no lo encontramos. ¡Estamos?… ¡ESTAMOS?”, la vehemencia de Manolo extrae de la boca de Jaime un “estamos” que parece sonar firme y convencido pero que en el fondo denota sin remisión cuál va a ser el final.

Dos días más tarde, en plena clase de naturales con moluscos de por medio, aparece Don Julio, probablemente uno de los jefes de estudios que más terror haya infundido jamás al alumnado de un centro educativo. “Buenos días, Don Juan, chicos, chicas. Bodelón, Yebra, los dos conmigo a mi despacho, ahora”, dice de repente con aquella voz que habría acojonado al mismísimo Bela Lugosi en sus buenos tiempos. Bodelón era Manolo y Yebra era mi amigo Jaime. El plan de Manolo se había tornado finito mucho antes de lo que el propio Jaime había previsto. Las obras seguían, y palada a palada de los obreros allí apareció aquel cadáver electrónico aún sin descomponer. Una semana para casa en el caso de Jaime, y dos para Manolo por ser éste reincidente. Así eran las leyes, y así había que cumplirlas.

  • ¿Y qué os dijo Doña Ernestina de todo aquello?

  • ¿Doña Ernestina? Jajajajajaja. Cuando volvi el lunes tras mi semana de expulsión y vi en su aula aquel estéreo nuevo tan reluciente, que tan bien sonaba, supe que no me iba a decir nada. Tan sólo me sonrió, y con su mirada dirigió la mía hacia la posición de aquel Sanyo plateado tan espectacular mientras asentía con su cabeza en un gesto de mafiosa complicidad.

  • Entonces…

  • Sí, querido amigo Jose, así es. Como diez u once años más tarde, Manolo me lo confesó, lo había planeado todo con Doña Ernestina para cambiar aquel viejo tocadiscos que tan mal sonaba, que tan mal giraba ya. Y yo, pues yo no fui más que una parte de aquel plan para que todo resultara así más convincente. No se fiaba para nada de un jefe de estudios que militaba en el Partido Comunista, ya ves. Ni siquiera se había atrevido a levantar la voz para pedir un tocadiscos nuevo al equipo directivo.

  • Jooodeeer, increíble… Para alucinar.

  • Jajajajaja, pues sí, para alucinar… en estéreo, jajajajajaja ¿Otro café?

  • Jajajajajajajaja. Mmmhhh, vale, con leche, corto de café.

TUBULAR HEAD (OF STUDIES)

Cacabelos instituto protestas /

La única vez que me echaron de clase, con toda la razón de las galaxias, he de reconocer, fue en una lección de Filosofía. Yo, hasta aquellos días, había sido un niño la mar de bueno, el más obediente de mi casa (poco mérito, no penséis mal, que siempre he sido hijo único) – llegados a este punto, justo sería reconocer que nunca fui un empollón o un pelota, o un mísero chivato, al contrario, era capaz de llevar la omertá hasta el infinito de mi pueblo y más allá del Pajares…

A lo que iba, que divago, que miro por la ventana y estoy viendo al santo saludándome desde una nube con forma de avestruz.

Estábamos ya en la última evaluación, 3º de BUP, repasando algo de Ética con Charo, una profesora interina (por aquel entonces creo que se llamaban penenes por PNN – Profesores No Numerarios) muy joven, muy maja, muy buena, muy divertida dando clase. Como tengo más bien poca familia, a pocas bodas había ido hasta entonces, a lo sumo tres o cuatro, pero aquélla fue un despertar, un gigantesco paso del umbral. (¿Me sigo perdiendo, verdad? Do not worry, que al final todo concuerda en este puzzle tridimensional.) Acelero. El fin de semana anterior me había ido yo solo, sin padres vigilantes, a Briviesca, un pueblo de Burgos, que allí se casaba Fernando, un primo de mi madre, con una lugareña muy hippy, demasiado libre para los estándares de 1983, que no todos veíamos La Edad de Oro, rediós. Volví de aquel evento, lógicamente, siendo otro tras haber pasado las madres putativas de todas las resacas inventadas hasta aquella fecha, tras haber probado todo lo que se me ofrecía sin dudarlo ni un instante siquiera. Llega el lunes. Ni me molesto en desayunar porque mi estómago aún seguía en la fase de centrifugado. Voy a clase. La primera hora pasa casi desapercibida, que el de Lengua también estaba resacoso y nos dijo, “¡hala, a repasar, que hay mucho que poner al día!”, y con las mismas bajó la persiana que estaba al lado de su mesa, se sentó en su silla y se durmió en cuestión de segundos. No le hicimos ni puto caso, claro. Dormimos al igual que él, con nuestros ojos abiertos, intercambiando algún gesto cómplice entre los más afines. Segunda hora. Filosofía, Charo, con el sobrenombre de Charito Muchamarcha por culpa del Un, dos, Tres. Demasiada ética para una hora tan temprana. La bestia humana. Morir o matar.

Lo supe porque se había instalado un bichito macarra dentro de mí, alguien o algo me lo había contagiado en Briviesca el fin de semana previo. Diez minutos de clase pasaron y yo ya iba camino del despacho del Jefe de Estudios, Julio. Sí que nos daba miedo aquel hombre. Su gesto, su manera de hablar tan pausada, mirándote fijamente a los ojos sin pestañear siquiera nos acojonaba a todos. Llego a la puerta de su despacho en actitud “antes de que tú me mates, prefiero matarme yo.” Toc, toc. No hay respuesta, “¡bien, joder, que no está!” Repito un segundo “toc, toc”, esta vez más confiado, creyendo de veras que no se encontraba Julio, el enterrador, en su despacho.

  • ¿Sí? Pase, pase.
  • Eehhh… Hola, bue-buen-nos días. – un hilillo de voz tenue, muy tenue.
  • Hombre, Yebra, ¿a qué se debe su visita? – cara y tono de sorpresa.
  • Es que… Bueno, es que, a ver… Es que me ha dicho Charo que viniese aquí.
  • Pero, ¿pasa algo? ¿Algún problema?
  • Bueno, no… Sí, sí. Es que… es que me acaba de echar de clase.
  • … … … – uno de esos silencios que pueden incendiar un pueblo entero.
  • Es que me puse a tararear una canción.
  • Siga, siga…
  • Óscar, el de mi clase, que me dejó la semana pasada el disco ese, Tubular Bells, de Mike Oldfield, y no me lo puedo sacar de la cabeza.
  • ¿Y?
  • ¿Y?
  • ¿Que qué más, que sólo por eso no creo que le haya expulsado de clase?
  • Bueno, no sé… Sólo le dije “chao, Mayra”… dos… o tres veces.
  • ¿Y le parece bonito? ¿Cree usted que ella desconoce el mote que ustedes le han puesto? ¿Que yo desconozco el mío?
  • No, no. Claro que no. Es que se me escapó, de verdad… No lo vuelvo a hacer más, lo juro.
  • Me parece muy bien. De momento se queda usted en el recreo aquí conmigo, que le voy a dar tarea.
  • Es que…
  • ¡Ni “es que” ni nada! Una frase que empieza con “es que” es siempre una excusa. Venga, le veo luego. Cierre la puerta al salir.

Sigo su orden al pie de la letra. Antes de soltar el pomo de la puerta, escucho asombrado como empieza a tararear él mismo ese “tititninininoninoninonini” del Tubular Bells, ¡incluso dice impostando su voz, “grand piano”! “Joder, si hasta es un cachondo y todo”, pienso antes de irme de allí con una sonrisa gilipollas en mi cara.

La excusa del último “es que” era que teníamos partido de baloncesto, de los del campeonato interno por grupos que nosotros mismos organizábamos. Me lo perdí. Mi castigo consistió en ayudarle a ordenar papeles en su despacho. Para que la labor fuese más llevadera, puso el Tubular Bells en su tocadiscos estereofónico marca Cosmo (sí, así es, tenía uno en su despacho, y varios discos en una estantería). Pocas frases intercambiamos. No era necesario. A veces los gestos, las actitudes también sirven como consejo, como exorcismo incluso, que la banda sonora aportaba ese plus tan divertido como innecesario.

Me lo encontré años más tarde una mañana gris de invierno cuando ya estaba yo cursando tercero de Filología Inglesa. Por entonces él ya vivía en Oviedo, que había pedido el traslado desde Cacabelos un año antes. Nos tomamos un café y charlamos muy distendidamente entre el humo apestoso de varios Ducados, sin la distancia lógica de aquellos días de instituto.

  • Me alegra que te vaya también, Jose.
  • Bueno, podría ir mejor, para qué nos vamos a engañar.
  • Pero vas remontando, y acabarás la carrera, seguro.
  • Eso espero.

Un apretón de manos, y adiós para siempre. Nunca más me volví a cruzar con él.  Se ha quedado olvidado entre los surcos del Tubular Bells. Hasta tenía cierto parecido físico con Mike Oldfield… ¿O era con el Padre Karras?

Julio, el Jefe de Estudios, ¿habrá cavado un túnel desde Asturias al infierno…? ¿Se reirá ahora como un disidente?

Who knows?

Who the fuck knows!?