PERO AQUÍ, ¿QUIÉN BOSTEZA?

  • ¿Y ahora, qué hacemos?

  • Ni puta idea, tío… No sé, para un taxi si ves alguno, que no nos queda pasta… También podemos echar a caminar y hacer dedo de paso, a ver si alguien nos coge.

  • Joder… Pues vale. Me hago el peta que nos queda y vamos tirando.

No, no, no. No me gusta un pijo cómo está quedando, y el otro anormal va y le dice al editor que ya lo tiene casi todo listo. No se me ocurre otra, que bastante tengo con lo mío como para andar cubriendo la mierda de los demás. Si ya me decía Andrés que no se me ocurriera meterme en estos fregaos, que las colaboraciones cuando esté todo bien organizado y detallado.

  • Hostia puta, tío, que son casi trece kilómetros, y yo estoy frallao.

  • No te jode, ¡y yo! Pero tenemos que estar allí a las ocho en punto, que ya sabes que este domingo va a ser el de más jaleo… y encima hace bueno, va a ir todo dios a vendimiar. No quiero ni imaginar la cola de tractores que va a haber todo el puto día. No vamos a salir de allí hasta las doce de la noche, ya verás.

  • Eres un cabronazo, joder… dando ánimos no tienes precio, cagondiós.

Venga, hijo de puta, coge el teléfono, mamón… piiiiiiiip…. Piiiiiiip… Que sé que estás en casa, que veo tu puerta desde la ventana y no te vi salir. Piiiip… piiiiip… ¡CLACK! ¡a tomar por culo, hostia! Ya lo acabo yo.

  • Yo ya paso de sacar el pulgar, tío, total, de Camponaraya a la cooperativa ya no queda nada.

  • Pues yo sigo, joder, que si no no nos da tiempo a llegar a casa y coger el mono para ir a currar.

  • Si apuras el paso y me sigues, joder, llegamos de sobra. Déjate ya de hostias y acelera, cabrón.

Pues ya está. Ni lo reviso, que creo que ha quedado la hostia de bien. Voy a abrir el correo y se lo mando ya directamente… A ver, quito el nombre de Jaime, dejo sólo el mío y pista que va el artista. Enviar. Ya… Listo. Ahora salgo a tomar un café con un sol y sombra, que me lo tengo más que merecido.

  • ¿Ves como daba tiempo de sobra, gilipollas? Anda, ya nos vemos allí en veinte minutos.

  • Vale.

  • Cambiate y tira p’allá, no te vayas a tumbar que te duermes fijo… ¿me oyes? ¡EH?

  • Sí, sí, te oigo, joder, que ya nos vemos luego, tira pa casa…

  • Venga, colega… Estuvo bien, ¿no?

  • Joder, de puta madre. Glorioso.

Spam, spam, puto spam de los putos cojones. Seguro que les llegó como spam, hostias. Voy a llamarlos a ver qué mierdas pasa… “El número marcado no existe… il nímiri mirquidi ni ixisti…” Putos cabrones hijos de su putísima madre que los parió ayer. Me cago hasta en el santísimo dios y su putísima madre… P-p-p-pero… ¿Quiénes hostias sois? Fuera, fuera de mi casa

  • ¡Qué pasa, Albino, cómo va todo?

  • Joder, Pol, vaya careto que llevamos esta mañana. La noche debió ser larga.

  • Jajajaja, más de lo aconsejable, no lo voy a negar, pero ya sabes que aquí, a bloque, sin problema, a aguantar como un puto campeón.

  • Ay, bendita juventud, rediós.

  • Oye, Albino, ¿no viste al Ciri? Igual se durmió el muy cabronazo y hay que llamarlo a casa.

  • No, no, aún no ha llegado, que acabo de venir yo del sinfín de alante y allí sólo estaba Gonzalo.

  • Jodeeeer… Voy hasta la báscula en un segundo y ya lo llamo yo.

Y siempre me hacen tragarme esa mierda; y me siento impotente total, sin poder mover ni un músculo, sin hablar nada más que conmigo mismo y nadar perdido entre mis paranoias. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Por qué nunca me dicen nada?

  • ¡POL, POOOOOOOL!

  • ¡QUÉ PASA?

  • ¡DEJA EL FURCÓN AHÍ Y VEN HASTA AQUÍ, QUE TE BUSCAN!

Todavía siguen con ese rollo de hacerme creer que yo me cargué al Ciri, y yo no soy gilipollas, que lo dejé en la puerta de casa a las ocho menos veinte…

No son los antipsicóticos que me había recetado Don Venancio, no, que yo sé muy bien que no tuve nada que ver, y si lo atropellaron sería porque por su cuenta y riesgo decidió dar la vuelta desde la puerta de su casa, donde yo lo dejé a las ocho menos veinte, y desandar todo lo andado un par de horas antes. Y van y se inventan ese rollo macabeo de que el Ciri fue quien lo escribió todo y que yo lo maté para quedarme con todo el mérito… ¡Si a mí tres cojones me importa que vayan por la sexta edición, que yo paso, joder! Además, seguro que está vendiendo la de dios por todo el morbo que la situación está provocando….

Pol recordó aquella helada de aquel invierno de 1996. Su padre se había ido a trabajar a la fábrica de cemento bien temprano y él, como hacía siempre, iba resbalando contento sobre los charcos congelados hasta la casa de su amigo Ciri para luego tirar juntos para el colegio. Quedaban unos diez minutos para el ansiado recreo. Llaman a la puerta de 5º B. El conserje, Baldomero. “Buenos días, doña Tina, ¿pueden salir un momento Ciri y Pol?” Y en el despacho de la directora, Doña Nati, recibieron la noticia, mejor dicho, las noticias, porque si para Pol era de muerte, de cambio, de vida nueva con muchas menos sonrisas que antes, para Ciri era de un cierto alivio. Un accidente mortal. La carretera con demasiado hielo y muy poca, casi ninguna sal para mitigar su efecto devastador. Benigno, el padre de Ciri, conducía; él se había roto el esternón pero estaba fuera de peligro; José, el padre de Pol, había fallecido al instante debido a un traumatismo cráneo encefálico. A tomar por culo las tardes de los sábados viendo juntos una película de indios y vaqueros, los viajes en los veranos de domingo a la playa de Miño, las risas compartidas y las divertidas patadas a aquel balón de reglamento, el del Mundial de Alemania ‘96. Aunque el sentimiento de dolor por parte de su amigo era totalmente real y sincero, Pol nunca pudo soportar la obligada suerte de su amigo, esos momentos recurrentes en los que piensa “¡no es justo, mi padre no era quien conducía, a él no se le fue el coche, joder!”, y no podía evitar esas señales contradictorias que viajaban por toboganes interiores de neurona a neurona, de la vida a la muerte, la de Ciri, su amigo. Pero él sí sabe de sobra que no fue él quien lo empujó hacia la carretera, hacia la antigua Nacional VI, cuando un Megane gris venía a mucha más velocidad de la permitida. Otra muerte en el acto que, parece ser, a Pol se le olvidó al instante ya que siguió caminando en dirección a su casa mientras tarareaba una de las canciones favoritas de su padre, Españolito, la de Serrat, ésa del disco homenaje a Antonio Machado. “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos españas ha de helarte el corazón…”

  • ¿José Pol Sernández?

  • Sí, soy yo… ¿Pasa algo, agente?

  • Acompáñenos, por favor, tenemos que hacerle unas preguntas.

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VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XLIV (MANTECADAS, “BILLAJOYOSA” Y LA TÍA “VERNARDA”)

Desde, ¡cómo no!, el fondo del alsa, asiento 53, en este viaje de Oviedo a Ponferrada me fijo – hacía ya años que no lo hacía – en un cartel muy grande que anuncia goloso MANTECADAS ALONSO, y vuelve a mí aquel sabor y aquella textura tan empalagosa de las mantecadas que me traían de niño el tío Juan y la tía Bernarda cada vez que regresaban de aquel pisito que se habían comprado a principios de los 70 en Villajoyosa. No recuerdo con exactitud si eran dos o tres veces al año, pero era llegar ellos al pueblo en primavera o en otoño (todos unos pioneros pre-Imserso) y decirme mi abuela rauda y preparada ya para una visita más, “José Luis, saca la botella de anís y las pastas, que vienen Juan y Bernarda de visita”, y ya visualizaba yo aquella caja de Mantecadas Alonso, y sabía que durante unos días tenía el desayuno asegurado y organizado, ¡hasta luego al pan duro mojado en leche recién hervida!

Guarda mi madre en una caja rectangular, grande, que en otra vida fue mero contenedor de cubiertos varios, un montón de cartas y postales de los últimos 60 años, y allí están todas aquéllas que enviaban los tíos desde Villajoyosa… o “Billajoyosa”, con B, como ellos mismos lo escribían en cada remite. Para compensar, cuando yo, escribano oficial de la familia desde los 8 años, tenía que contestar cada postal recibida me obligaban a cambiar el nombre de la tía, de la destinataria, y Bernarda se convertía en “Vernarda”, “que así se escribió toda la vida de dios, carallo”, me decía mi abuela al borde del enfado. Y yo, obediente a la par que necio, convertía lo mejor que podía y sabía aquella be mayúscula en una uve pelín rococó. Quid pro quo, justicia ortográfica.

Juan era el hermano pequeño de mi abuelo Martín, uno de los misterios peor guardados de la familia. Rojo compulsivo, hombre de campo, comunista y orgulloso de serlo, del que, el miedo siempre adherido a los tuétanos de mi madre, se me contaron varias versiones de su muerte, siendo la más evidente la que siempre se obviaba.

Juan y Bernarda no tuvieron hijos, pero compensaron esa ausencia rodeándose de montones de sobrinos y sobrinas que, al parecer, suplían aquella carencia tan, tan grave, o eso se contaba en mi casa, porque a mí me parecían la mar de felices y dicharacheros sin una prole a la que mantener. Sabían vivir y transmitir su alegría de vivir… a pesar de su empeño por las mantecadas, y me alegra recordarlos ahora que este autocar maniobra para salir despacio de la estación de autobuses de Astorga mientras observo sin siquiera pretenderlo esa maravilla de Gaudí que sirve como palacio obispal (una pena la devoción religiosa del arquitecto), al fondo del alsa, en el asiento 53.

SONRISAS QUE SON PUÑALES

“Though those that are betray’d Do feel the treason sharply, yet the traitor stands in worse case of woe” –
William Shakespeare

El día 20 de octubre de 1982 cumplí 15 años, a mi aire, sin apenas regalos y muy feliz con mis amigos aquel miércoles después de clase. Ocho días más tarde – sí, era un un jueves, que antes no “fastidiaban” los domingos a nadie con elecciones o similares – se celebraban unas elecciones generales en las que, supuestamente, todo iba a cambiar. “Por el cambio”, se leía en los carteles bajo la cara miroalinfinitoconcarainteresanteporqueyolovalgo de Felipe González, el Isidoro aquel del exilio. Mi tío Aníbal, afiliado a UGT y al PSOE, me llevó el viernes 22 de visita a la sede del partido en Ponferrada. Se respiraba ilusión, una emoción ya ni siquiera contenida. “¡Ésta vez sí, vamos a ganar!”, y aquellos señores muy mayores se emocionaban y abrazaban casi al borde del llanto. La mayoría había vivido una posguerra muy dura, algunos hasta la guerra incluso, perdedores de la misma, hasta las narices de injusticias históricas muy mal alimentadas. Casi me contagian, la verdad, pero yo tenía a mi abuela Luisa, esa voz de la conciencia de clase que me decía, “no te fíes, José Luis, no te fíes, que éstos nunca aparecían cuando había que pelear en la sombra contra Franco.” Y yo, que la acompañaba siempre a votar e introducía muy contento las papeletas del PCE en los sobres correspondientes a Congreso y Senado, pues le hacía caso, que para eso me hacía los mejores bocadillos que cualquier merienda humana pueda haber tenido jamás. El viernes 29 de octubre no dimos clase de nada; todo el profesorado venía casi (o sin casi) de doblete, exagerando hasta el histrionismo una alegría político-etílica. Estupendo, un fin de semana por delante sin deberes para casa. Al parecer, todo el mundo era socialista.

Tres años y pico más tarde, concretamente el día 12 de marzo de 1986, pude votar por primera vez, y no sólo eso, sino que, para añadirle emoción al asunto, va y me toca ser interventor en una mesa electoral del colegio de mi pueblo, Cacabelos. Yo lo tenía clarísimo, tanto de entrada como de salida. Ya se le estaba viendo el plumero al señor González y a su gobierno supuestamente socialista. Tras una grandiosa utilización de la televisión pública el día 10 de marzo en horario de máxima audiencia, en el telediario de la noche – un buen rato, laaaargo y tedioso, de mitin del futuro señor X para que la gente pudiese “reflexionar” bien y en condiciones – el resultado dio un vuelco a los sondeos (¡pedazo novedad!). Sí a la OTAN, camaradas. Y yo, en aquella mesa, todo el día escuchando preguntas de mucha gente que no sabía bien cuál era “la papeleta para votar a Felipe”.

En fin, que si alguien se ha llevado una sorpresa hoy, se siente con un grado incontenible de indignación, o siente como una especie de estreñimiento ideológico por falta de comprensión, puede recurrir a esta frase que pronunció el otro día Mary Beard en el Teatro Campoamor de Oviedo: “no ser capaz de pensar de forma histórica hace que seamos todos ciudadanos empobrecidos”. Así es; y no conviene olvidar que, no sólo en el mundo de las artes sino también en la política, siempre tiene una gran relevancia ese aspecto casi imperceptible, etéreo, que se difumina ante nuestra vista pero que es amplio y determinante como el silbido de un cabrero, el Factor X.

(Y hoy, en esta tesitura histórica, sólo se me ha ocurrido escribir, ¡cómo no!, un poema alusorio, que ahí os va que os preste cual pedrada desprevenida:

escanear0032

La inocencia en 1982 – yo mismo

¡Qué te parece

esta concepción tan liviana

de la raza humana y sus circunstancias?

Quizá la abstinencia logre en dos movimientos

terminar con ese desfile tan particular,

esa algarada informe de la abstención:

un viaje lento, muy lento

desde el mundo de unas ideas

que ya no existen

a las sonrisas “benefactoras” de monstruos

que aceleran sin piedad

cada vez que se dan cuenta

de que allá, a lo lejos,

seres pobres de espíritu

no quieren más

que acercarse a vuestros hombros

para pedir esas cuentas

que, se supone,

son innatas a vuestra servidumbre

sin espíritu perceptible

de servicio alguno.

Adiós al beneficio,

a la duda que no mareaba

perdices pordioseras

en pesebres demasiado sutiles

para ser creídos

por un pueblo

pasmado y boquiabierto.

¿Sorpresa?

Vamos anda, ¿en serio?

De entrada, no;

de salida, tampoco…

Entonces:

Que vuestros asientos sean mullidos,

que el viaje va a ser largo,

y en vuestra travesía

acabaréis suplicando

por un desierto

que os parecerá

la más feliz de las arcadias,

una de aquellas sobre ruedas

Ave va, Ave viene,

– chucuchucuchú –

y el arrojo de los inicios

estira su brazo traidor

desde el límite mismo

del sumidero de nuestra vergüenza. )

EL INFIERNO DEL ENTENDIMIENTO

cremepuerta
creme
crematorio de vidas
que vivieron
felices ahí adentro…
o quizá no:
un infierno
de muerte diaria
y resurrección nocturna
cuando los demás duermen
y tú
marchita y podrida
abres una ventana
para respirar mundo:
vida de ojos abiertos
de valles mineros
allá a lo lejos…
o quizá no
porque diste vida ahí dentro
y la respuesta fue plena
de cariño
de amor por esa especie
que seguimos
perpetuando indecisos
sin que nadie aún
nos haya podido preguntar
el porqué de tanto desatino…
o no:
que el suelo nos sostiene
porque simplemente
no encuentra
nada mejor
que hacer.

abierto-llaneshace años
lustros quizá
estaba abierto
y la gente
con sus monedas
que brillan
en la oscuridad
del entendimiento
económicamente errado
se adentraba
en mi negocio
y acariciaba mis productos
en aquella inmensa orgía
del tema
y su plusvalía;
hoy no respiro más
desde una puerta
que ya nunca se abre:
el negocio del negocio
el suicidio asistido
de aquellos objetos
que me pertenecían
y que hoy
por sudor acondicionado
se estrellan cada hora
contra paredes movedizas
que ni una brisa
de aire redentor
dejan siquiera pasar:
menos mal
que sigo contando
en simétricos montones
monedas que en su día
fueron felices
y de curso
legal

¿PARA QUÉ LLAMAR POR TELÉFONO HABIENDO BICICLETAS?

Es así de sencillo:

suena el teléfono

a las 7.17 de la mañana

de un 9 de julio

del año 2016.

– Sí, soy yo.

– Vale, ¿lo sabe ya mi madre?

De acuerdo, no era el peor de los hombres, ni siquiera el mejor de los padres, tan sólo era el pequeño de cinco hermanos que se quedaron huérfanos de padre demasiado pronto, mucho más pronto que yo, por supuesto.

Hoy, como es costumbre cada julio, nos fuimos Nuria y yo a tomar un café al Siglo XIX tras haber dejado a los niños en casa de mi madre, y de fondo, en la televisión, estaban retransmitiendo la correspondiente etapa del Tour de Francia, y en éstas que veo a Froome sin bicicleta corriendo cuesta arriba como un poseso. ¡La hostia! ¿Qué acaba de suceder? El caso es que, de vuelta a casa de mi madre (antes conocida como “de mis padres”) iba pensando en contarle a mi padre ese hecho curioso que acababa de ver en “La Grande Bouclé”, que él siempre tenía por costumbre estos últimos años preguntarme por el resultado de la etapa del día… hasta que me di cuenta de que ya no iba a ser así, que mi padre ya no me iba a preguntar nunca más por el resultado de la etapa del Tour, y no pude evitar sentir un escalofrío de ésos que provocan las ausencias que son ya para los restos.

La misma serenidad,

la misma sangre fría

que en mayo de 1983

cuando murió mi abuela.

A ella la quería más,

no tengo la menor de las dudas.

Aunque ya no hablamos de amor

ni de cariño:

es ese enlace genético

ese pegamento

que da gracias

por haber llegado aquí

y haber respirado

con los pies imantados

a la puta Tierra.

img016Reconozco que no éramos grandes amigos, que no coordinábamos ni empatizábamos nada bien, pero debe haber algo en la sangre que te envía una señal de vez en cuando con la única y simple intención de avisarte y recordarte de donde vienes.

Él, que en un intervalo de tres meses me explicó que el niño cocodrilo aquel que habían traído en un circo friki no era de verdad (era el gran atractivo de un circo que siempre venía a Ponferrada a las fiestas de la Encina a primeros de septiembre), y que los Reyes Magos no eran tales, que los padres se encargaban de todo. Tenía yo siete años. Yo fui transmisor de “malas noticias” al resto de mis amigos…

¿Y ahora, qué?

Rezos, misas, cristos y lloros.

No, por mi parte no.

Pocos fueron los momentos buenos,

de risas y complicidad:

densidades muy dispares,

poca comprensión,

mutua,

que yo no rehuyo mi parte

y sería muy hipócrita proclamar

ahora

desde el umbral de lo fácil

que era un gran hombre,

que lo quería a dolor

y que lo echaré un montón de menos.

“¿Para qué llamar por teléfono habiendo bicicletas? No paga la pena”, es una máxima literal que resume a la perfección la filosofía vital de mi padre; mitad graciosa, sí, y mitad bronca sutil por, según él, gastar a lo tonto, sin pensar.

En un cajón de su armario “yacían” dos cinturones de piel, de los buenos, que era “más cómodo atarse una cuerda” para evitar las constantes bajadas de pantalones.

Echaré de menos, sí

su ironía y su sarcasmo:

el ingenio tan veloz siempre

para definir situaciones

y personas.

Me hacía reír,

reír con ganas.

Gran contador de historias a la par que gracioso, es mi labor ahora mismo recuperar alguna de sus aventuras:

  • Recién cumplidos los seis años, comenzó a trabajar como pastor de ovejas, que el hambre proveniente de la guerra ya azuzaba, y una madrugada, mientras llevaba el rebaño desde Pieros, su pueblo, hasta Valtuille de Arriba, con luna llena, tuvo que esconderse de una manada de lobos que acabó desayunándose un par de ovejas. Para él, eso era el miedo y su misma metáfora.

No echaré de menos

su avaricia,

su no saber vivir,

sus nulas muestras de cariño,

sus exigencias exageradas,

carentes de un mínimo de apego

y comprensión

hacia un niño

que sólo quería agradar

y ser feliz.

  • En su casa, cuatro hermanos y una hermana más la madre, Amparo, viuda y huérfanos, no había vajilla alguna; se cocinaba en una perola al fuego de leña en medio del patio y luego ya comían todos juntos alrededor de la pota todavía humeante. Mi padre aún conservaba a sus 83 años una marca en su mano derecha que provenía del tenedor de su hermano Amador: “¡Come de tu lao, cagondiós!”, por atreverse a ir a buscar algo de chicho en zonas ajenas a las que correspondían a su lado de la olla.

  • Pasó hambre, mucha, pero eso, decía él, era puro alimento para el ingenio, que solía ir hasta la casa de la tía Rafaela que, no sólo le regalaba media hogaza de pan, sino que se aprovechaba de la visita de cualquiera de sus sobrinos para que los mismos le acercasen calderos de agua caliente hasta el barreño en el que se iba a dar su baño semanal y, de paso, cada uno de ellos alegraba su vista y grababa recuerdos para deseos venideros plenos de fantasía onanista.

¡Y lo era!

¡Lo es!

Quizá por haber sabido

huir a tiempo

de ese narcisismo

tan nocivo

como mal entendido

en el que viví

mis primeros años.

  • En el colegio le iba muy, muy bien, casi el número uno en la clase de Don Venancio y, aún así, no pudo irse a estudiar con los frailes cuando estos mismos lo seleccionaron porque en su casa no había dinero para una muda nueva, algo que siempre lamentó desde su siempre insistente anticlericalismo, ya que consideraba que una educación a un nivel superior podría haberle sido la mar de útil para saber más, para aprender más, para haber adquirido una cultura que, ahora que lo pienso, tampoco tuvo nunca demasiado interés en adquirir.

El terror contenido

de una mala nota

en el colegio,

de un mal paso,

de un tropezón inoportuno…

o de un vaso de Duralex

que resbala de tus manos

y estalla escandaloso

contra una baldosa del suelo.

  • Pero tuvo que emigrar a Francia, a Estrasburgo, a trabajar catorce o dieciséis horas y dormir en barracones con otros amigos del pueblo, Pieros. Un puesto en la Suchard, varios años que no sirvieron ni para aprender un mínimo indispensable de francés; una novia canadiense que duró poco y un regreso a casa sin pena ni gloria, eso sí, con un odio eterno al chocolate Suchard (“En estas Navidades, turrón de chocolate… ¡Y una puta mierda p’al turrón, p’al chocolate y pa Suchard!”).

  • Siempre contaba muy orgulloso que le había ganado dos juicios a Franco, juicios laborales por despidos improcedentes. Ahí empezó su etapa sindicalista y luchadora. Recuerdo huelgas indefinidas, manifestaciones, noches y más noches de encierros, alegrías y decepciones, suspensión de pagos en Talleres Canal, S. A., donde trabajaba como soldador, y los obreros a tomar viento fresco. Una pelea larga y sin cuartel, muy dura. Indemnización y, al final, prejubilación. Orgullo obrero y de clase hasta el final.

Y todo ello siempre desde el más puro y duro pragmatismo activo; el cariño ausente y la austeridad suma como patria y bandera. Por eso era mucho mejor y más sano ir a dar un recado en bicicleta que descolgar el teléfono y marcar el número correspondiente para darlo, porque eso luego lo cobraba Telefónica.

Ahora, adiós,

y si existe otro lugar,

otra dimensión,

que sea ésta ajena

a ese mundo

tan estoicamente

materialista

en el que te gustaba

vivir.

En verano, con la amanecida, solíamos ir juntos a sulfatar la viña, yo como aguador y, en ocasiones ya siendo yo un fornido adolescente, como sustituto sulfatador máquina a la espalda para dejar las hojas de vid teñidas de un azul demasiado exagerado, sin mascarillas ni hostias, con ese olor ya impregnado en el fondo de los pulmones durante dos o más días.

img014

Ahí está su bastón, ya olvidado, descansando. Puede que no fuese un gran hombre, lo sé, y que el amor para él fuera tan sólo un sencillo “que no te falte de nada”, puede que suficiente o puede que demasiado escaso. Yo no lo sé, la verdad. Quizá el amor está sobrevalorado…

Hijo de la Guerra Civil, de la posguerra, del hambre, del odio, sin miedo a nada ni a nadie, austero hasta la extrema extenuación mental, el humor negro, negrísimo como bastión de su sorna y su deje gracioso…

y mi padre.

POST DATA

Dos momentos de aquellos buenos de verdad que recordaré mientras respire:

El primero, tendría yo unos cinco años, en el antiguo campo municipal de la Unión Deportiva Cacabelense, donde hoy se ubica el colegio público. La Unión ganaba 4 a 0 al Guardo, un baño descomunal de actitud y de juego, y en éstas que le llega el balón en un clarísimo fuera de juego a Ricardo el Relojero, uno de los jugadores con más clase de los que yo haya disfrutado jamás, que marca de tiro ajustado al palo derecho. “Fuera de juego por mucho”, me dice mi padre al mismo tiempo que comienza a explicarme qué era aquello del orsay. “¡Qué más da, que se jodan, haber estao atentos, joder!”, le responde un paisano que aún celebraba alborozado el quinto gol. “No, no da igual, es fuera de juego y ya está”, fue la seria contestación de mi padre.

El segundo sucedió como un mes y medio antes de que yo cumpliese los diecisiete años. Regreso casi de madrugada de un concierto en Ponferrada, son las fiestas de la Encina. El Castillo de los Templarios era un lugar cojonudo para albergar todo tipo de conciertos; aquél era de Gwendal, si no recuerdo mal. Mi madre, que encuentra algo en img010el bolsillo de mis vaqueros justo antes de meterlos en la lavadora al día siguiente. “Ay, que igual es droga”, sospecha. “Pepe, vete con esto y pregúntale al niño”. “¿Qué es esto que encontró tu madre en tus pantalones?”, “a veeeeer… Ah, no, nada, nada, sólo un poco de pólvora prensada para los petardos que tiramos ayer en las fiestas de la Encina… que sobró un poco y tal…”. “Vale, toma”, y me devuelve un buen trozo de mejor costo con cara de no haberse creído una mierda de lo que yo le acababa de contar a la vez que me indica con un gesto de su cara “cuidado, cuidado, hasta ahí y nada más” (la psicosis aquella de los años 80 con la droga, la de la gente desinformada y todo aquel fandango que sobre todo benefició a quienes traficaban). Asiento con cierto deje de chulería adolescente, se va y escucho acto seguido, “nada, que es pólvora para hacer petardos en las fiestas de la Encina”, lo cual no era del todo mentira, semánticamente hablando.

Sé que desde esa silla vacía

de la galería

sigues mirando la gente

que va

y que viene

porque tú no creías

en cielos

ni en infiernos

ni en nada que no pudieras

ver o tocar.

Sé que puedo ser injusto

o incluso quedarme corto,

que nadie es capaz de dar

aquello no tiene,

no sabe

o no comprende

cómo dar.

¡Buen viaje!

Nos veremos

sin dios mediante

en eso que aquí

conocen como

tresmundu.

img015(Un día cualquiera de febrero de 1975. Mi primo me regala un mes antes una radiocasete grabadora que ya no utiliza. Llego del colegio, la puerta de casa está abierta, que mi madre trabaja en la peluquería con la ayuda de mi abuela; entro y dejo la cartera en mi habitación, me dirijo a la cocina, que tengo hambre y huele la hostia da bien, a cabrito al horno, una de las especialidades de mi abuela Luisa, me paro en la puerta porque escucho como mi padre canta: “mañana por la mañana te espero Juana junto al café, que tengo ganas, querida Juana, de verte la punta’l pie, la punta’l pie, la pantorrilla y el peroné, te digo Juana que tengo ganas de verte la punta’l pie…”. Stop, play y a escuchar. “¿Qué haces, papá?” “Eeeeh, no, nada, nada, probando esto que te dejó tu primo…” En aquella cinta Tudor de 60 minutos le grabé yo posteriormente canciones de las Grecas que ponían siempre en la radio, que le gustaban un montón, lo más cerca que mi padre estuvo jamás de la modernidad entendida como tal. Nunca jamás volví yo a escuchar esa canción que hablaba de Juana y su peroné.)

¿Pero dónde vas tú con esa pinta de jipi? Nunca me gustaron los jipis y tengo uno en casa.” – El aspecto, antes de irme a clase: botas militares, pantalones negros rotos, camiseta de Bauhaus y abrigo negro largo – que había sido suyo -, pelo de punta… Daba igual, todos éramos jipis para él.

LOS DIAS DE LA ESCAROLA

Ponferrada, 9 – I – 2016

Los días de la escarola,

piezas enormes, gigantescas,

doce kilómetros de ida

y otros tantos de regreso,

caminando, de noche,

con el frío silbando al oído

canciones desconocidas;

al mercado, a vender,

al trueque que pudiese surgir,

subsistir masticando el odio,

en silencio,

para alimentar a diario

a esa prole famélica

que del miedo vivido

hacía pura religión.

La gente con la que me cruzo por la calle

en esta mañana fría de mercado

se sorprende con mis lágrimas,

ésas que buscan el asfalto

y se mezclan disimuladamente

con el agua de la lluvia

que hoy mismo nos acontece.

Desconoce esa gente

el significado,

la semántica propia

que esas escarolas tan grandes

tienen para mi persona.

Fueron horas y más horas

al calor del brasero

aprendiendo de sus historias,

de su vida, de su lucha,

de su genio y su carácter,

de aquella mala hostia,

indómita,

rebosante de hoz y de martillo,

de vidas agazapadas

en bosques completamente oscuros.

¿Cómo no llorar,

si las escarolas me hablan

y me dicen:

“tranquilo, aquí sigue,

contigo, para que nunca

extrañes la genética perspectiva

del sentido de la vida

de la cual provienes”?

Y ahora regreso a casa,

con dos escarolas,

las más grandes,

y mi madre al verlas

llora conmigo

su ausencia ya lejana,

la de su propia madre,

a la que ni una rodilla maltrecha

ni una cadera en el límite

le impedían ir a Ponferrada

cada sábado, demasiado temprano

como para que el mismo día

hubiese ya comenzado,

tirando firme de su carretilla,

a vender escarolas,

las que ella misma

cultivaba:

 

Mi abuela.

(Nonna, la classe operaia continua la sua lotta!!)

VIAJES AL FONDO DEL ALSA (A DELOREAN COVER) – PARTE XVII

16 de septiembre de 2014

Aquellos trayectos Ponferrada – Oviedo de finales de los 80 pasado ya el puente del Pilar, tras finalizar la vendimia en Cacabelos. Hasta con ganas de estudiar llegaba a mi destino…

Como no éramos modernos, no utilizábamos tijeras, sino unas navajas pequeñas en forma de hoz. Los cortes en los dedos eran más que habituales. Un poco de jugo de uva, un trozo de hoja de vid y a seguir, tal y como me había enseñado mi abuela. Mi tío Amador, que hacía de cachicán, el que manda mucho y trabaja poco, una especie de capataz, me decía que lo mejor era mear directamente sobre las heridas. Él lo hacía, pero yo no me veía chorreando mi “lluvia dorada” sobre la carne recién abierta, llena de sangre que no paraba de manar, no era de “Milana” y menos de “bonita.” Ocho horas, diez, doce, catorce… puro agotamiento. Recuerdo aquellas empanadas de pulpo, de sardinas, de carne… que mi abuela cocinaba la noche anterior. Un buen trozo ente dedos pegajosos, negros, mezcla de sangre y zumo de mencía. Buscar cada tarde un rincón para cagar de campo, una placentera sensación que se veía enturbiada al final por la rugosidad de las hojas de vid al limpiarse una vez expulsadas todas las sobras del cuerpo…

Vendimia uvas cepas viñedos cooperativa cacabelos Peique /Luego estaba el trabajo en la Cooperativa Vinos del Bierzo, el cual desempeñé durante cinco años en época de recolección de la uva. Ganarse un buen dinero para pagar parte de los estudios en Oviedo… (bueno, y para disfrutar bien de la noche, para qué nos vamos a engañar.) Las orujeras, a cinco metros bajo tierra, aquella peste insoportable cuando llegabas a las ocho de la mañana y bajabas por aquella escalera de madera, con una mascarilla puesta, y ver caer por aquella trampilla hora tras hora todos aquellos restos de los racimos, a toda velocidad, sin pausa, y tú corriendo a hacer montones para luego apilar toda aquella masa de una manera más o menos uniforme… A veces bajaban paquetes de tabaco, plásticos, guantes… pero como nos decía el jefe, “da igual, que de todo se saca orujo al fermentar.” El trabajo en la bodega era mucho más cómodo, la verdad, esperar pacientemente a que se llenase una cuba y cambiar la manguera para que se empezase a llenar la siguiente…
Al llegar cada noche a casa, una cena ligera y a ver un poco la tele en modo zombi (sólo dos canales, recordad… y, en mi caso, sin mando a distancia). La apagaba de muy mala hostia cuando salía aquel anuncio que rezaba “por fin llegó la cosecha, llegó la cosecha hermano, que ya parieron sus frutos, regadíos y secanos”, porque me parecía ofensivo, atentaba contra mi dolor de espalda, de brazos, de piernas…

Recuerdo ahora mi último viaje de Ponferrada a Oviedo tras finalizar una campaña de vendimia: un autobús vacío, ya parado en la estación, y un conductor dándome voces, “¡chaval, que ya llegamos!”… “Imposible, si me acabo de subir”, y mirar acto seguido mis manos y pensar, “¿cuánto tiempo tardarán en volver al modo estudiante?”

Empieza la vendimia en mi pueblo. “¡Viva el vino!” (del Bierzo, que se le olvidó decirlo…)