¿QUÉ HA SIDO DE LAS VIEJAS COSTUMBRES?

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Recuerdo que, nada más salir de su casa, nosotros, el Aníbal y yo, esperábamos en el portal, y no subimos porque íbamos con mucha prisa, que quedaba sólo media hora para que empezara el partido y ya se sabe, los atascos de última hora y todo eso… Sí, sí, al grano, al grano, vale. Pues eso, que no hizo más que llegar abajo, y va y nos dice, el Antonio, ya saben, el otro colega, “¡hostias, si me he dejado las llaves puestas por dentro!”. Claro, no había tiempo para intentar lo de la tarjeta y todo eso, y menos para andar esperando allí a que llegase algún cerrajero de urgencias, de esos de veinticuatro horas. Ya trataríamos de solucionarlo a la vuelta del partido, que la UEFA nos estaba esperando y estábamos realmente nerviosos. (partidazo, sí. Un ambiente como nunca se vio. Saca el corner Lacatus y gol de Bango… 1 – 0).

Lacatus saca el corner

Lacatus saca el corner

Para celebrarlo en condiciones, y aprovechando que era San Mateo, ¡qué cojones!, decidimos irnos de copas, y como estaba todo hasta arriba de gente, más de diez mil del Génova, nos metimos en un bar en el que nunca antes habíamos entrado. Nos emborrachamos con unos cuantos desconocidos hasta casi perder el control. (Las copas, ay, las copas, que una acabada llama urgente a la siguiente; tienen imán las muy cabronas, que lo sé yo). Pero no es éste el momento de la venganza, y menos aún cuando, al parecer, me encuentro entre los sospechosos. No recuerdo casi nada, pero sí sé que yo no lo hice… Intentaré hacer memoria.

Nada. Es como ese lenguaje que utilizan los yonquis cuando viajan en un autobús urbano cualquiera en busca de su particular botín. Nada. Se vuelven trascendentes, filosóficos, casi gritando a los cuatro vientos su tremenda impotencia vital. Atemorizan inconscientemente a las señoras que vienen cargadas de la compra.

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Lo dicho, nada; nada de nada. De pequeño, tendría yo unos once o doce años, fui al cine de mi pueblo con unos amigos – la costumbre de todos los domingos, no importaba la película, que a esas edades todavía carecíamos de vanas pretensiones cinéfilas – a ver ‘Nueva York bajo el Terror de los Zombis’. Puro masoquismo visual que me impidió dormir en condiciones más de una semana. Recuerdo una escena en la que un zarrapastroso muerto viviente agarraba fuertemente por el cuello a una indefensa chica mona, que gritaba realmente asustada, para acercar su ojo – no recuerdo si el derecho o el izquierdo, y, la verdad, este dato no tiene relevancia alguna, pero es que yo soy muy tiquismiquis con estas pijadas –zombi2_astilla2 … eso, a lo que iba, que acercaba su ojo a una astilla que sobresalía amenazante del marco de una desvencijada puerta, lentamente, recreándose en todo aquel inhumano sufrimiento. La astilla se clavó hasta lo más hondo de su globo ocular. El cabrón del zombi, sabiéndonos ya con los ojos desorbitados, con el pulso a más de ciento cincuenta y las pupilas dilatadas por el terror más absoluto, dio marcha atrás al cuello de la bella señorita hasta desencajar por completo aquel ojo azul – vaya, ese detalle sí que lo recuerdo. Es curioso… -. Pues eso, a lo que iba, a lo de los yonquis. ¿Que a cuento de qué viene todo este rollo? Déjenme explicarme, que llegar llegaré, seguro. Un poco de paciencia. ¿Podrían darme otro cigarrillo? Gracias, muchísimas gracias. Lo estaba dejando. Es más, ya llevaba nueve días sin encender un puto cigarrillo, pero ahora, no sé, la tensión, la ansiedad que me provoca esta extraña situación. ¿Saben?, mañana tendría que hacer un examen en la facultad… Ya, ya, ya lo sé… Al grano. Ya voy… Cogimos el autobús para ir al campo. Todo el mundo con sus bufandas, con sus banderas y camisetas del equipo, preparados para disfrutar de nuestra primera comparecencia europea. Y allí estaban aquellos tres. Todo dios callado y atento al colmo del surrealismo que manaba de su conversación. Que si el Julio se había comprado unos playeros de cincuenta talegos – ¡ja! -. Que si la última vez estaba demasiado cortada. Que si el peluco del Matías era de oro, aun así el temblor me obliga a sentarme, que llevo día y medio sin ponerme. Recordé la escena de la astilla en el ojo de aquella chica rubia de ojos azules. Cerré los ojos e imaginé por un momento que aquel autobús no pararía nunca, y que aquellos tres heroinómanos se iban a comer todas nuestras vísceras mientras nuestro equipo ganaba por goleada a esos malditos italianos – no es que tenga nada en contra de los italianos, pero, como ya sabrán, esos malditos cabrones siempre ganan todas las putas competiciones europeas, que si el Inter, el Milán, la Juve, el Parma… qué sé yo -, y, eso, nosotros sin hígado, sin cerebro, sin páncreas… sin poder haber visto el partido. El Aníbal me despertó de mis ensoñaciones – mi padre siempre me decía que me pasaba todo el día soñando despierto – de un codazo en mi antebrazo; “mira a ése, tío”, me dijo sonriendo. Uno de los yonquis se acababa de sentar en el suelo, ¡en el puto suelo del autobús! “Qué gentuza”, pensé yo, “no son capaces de tener ilusión por nada, con todo lo que se estaba jugando nuestro equipo y ellos allí, a su bola, sólo pendientes de conseguir su dosis del día,  luego a dormir, y al día siguiente más de lo mismo”.

Creo que fue Antonio el que propuso lo del puti-club, y digo ‘creo’ porque no estoy del todo seguro. Todo se había vuelto oscuro, muy oscuro.8638421_1 Es como esa niebla que repentinamente se instala frente a tu campo visual y a duras penas te deja seguir tu camino. A pesar de la borrachera, aún no había encendido un solo cigarrillo. Ni siquiera me había acordado de comprar tabaco, ni de pedirle algún pitillo al Aníbal, que fumaba compulsivamente uno tras otro, como cada vez que salíamos de marcha. Lo estaba consiguiendo, pensé yo de repente mientras nos dirigíamos los cinco a la parada de taxis más cercana. (No fumar, no verme atado al puto tabaco. ¡Demasiao!) Sí, éramos cinco, aunque ahora no recuerdo el nombre de aquellos dos que se nos unieron al salir del bar… Esperen… Sí,  Pepe, me parece que uno de ellos se llamaba Pepe, bajito, pelo cano, con barba de varios días. Sí, sí, Pepe… Nos venía contando que su mujer era enfermera, y que esa noche tenía guardia en el hospital, lo que aprovechaba él para salir por ahí a su aire. Tenía bastante coca, y un mogollón de pasta en la cartera. ¿Que cómo lo sé? Porque preparé unas rayas en los aseos del bar, y él me entregó su cartera para que yo cogiese un billete e hiciese un canutillo para luego esnifarlas. Sólo había allí billetes de cinco y diez mil pelas. Un buen taco, bien gordo. Pagó, ahora lo recuerdo, la cuenta del bar, la de todo dios, y dijo que también pagaría él lo del puti-club. ¿Que si me suelo meter coca? No, no, qué va. Casi nunca tengo pelas, y sólo lo hago muy de vez en cuando, cuando alguien invita. Además, aquella noche, entre los tres… el Aníbal, el Antonio y yo, no debíamos tener más de tres o cuatro talegos para gastar. Ya saben, la dura vida del estudiante, del eterno estudiante. ¿Puedo?… Gracias. Ya le compraré un paquete de Winston cuando salga de aquí, que se lo estoy fumando yo todo.

Fuimos al puti-club en dos taxis. Debían ser casi las cuatro de la madrugada, o por ahí. Era la primera vez que yo entraba en aquel club, y me fijé muy bien en todo. Era un día de semana, y había más putas que clientes a esas horas de la noche. Tenían puesto en las pantallas de televisión un canal de esos musicales, y me senté en un taburete a ver un video-clip de Skunk Anansie… es un grupo inglés, con una cantante negra llamada Skin que se rapa la cabeza al cero… Ya, ya, pensé que igual les interesaría, o que quizá me preguntarían… qué sé yo.

El club no era demasiado grande, el espacio, me refiero, aunque eso ya lo sabrán ustedes. No, no, yo no estoy insinuando nada, jefe, sólo supuse que ustedes habrían tenido que actuar allí en alguna que otra ocasión, no sé, alguna redada, alguna pelea, y así me ahorraría yo las descripciones y todo ese rollo. Ya, es verdad, igual veo demasiadas películas… Perdón, lo siento… procuraré no pasarme de listo. Entendido. ¿Las putas? La mayoría eran sudamericanas, muy jovencitas, algunas se podría decir que casi niñas. La cocaína me había despejado un poco el pedo, aun así, casi no podía beber la copa de ron que amablemente me había traído Pepe. Tragos muy pequeños para luego olvidarla casi conscientemente sobre la mesa. Se nos fueron acercando algunas chicas. Al Aníbal se le veía tremendamente animado con una. Estábamos justo al lado de la entrada a las habitaciones. (Lo sé porque de aquella puerta no hacían más que salir señores acompañados de chicas.)
drinking_womenUna, llamada Andrea, supongo que sería su nombre de guerra, ¿no?, se acercó a hablar conmigo. Me dijo que era de Colombia, y cada vez se iba insinuando un poco más, pero yo no tenía ni las ganas ni el dinero suficientes como para irme con ella a la zona reservada al folleteo, aunque, como tampoco había muchos clientes, parecía estar a gusto charlando conmigo. Pepe se ma acercó y me dijo que no me preocupase, que si tenía ganas de tirarme a aquella tía él pagaría. Le respondí que no, que estaba bien allí tomándome mi copa – le di un trago para así ratificar mi respuesta -, y él se metió allá adentro con una brasileña de grandes tetas. Transcurridos diez minutos, me di cuenta de que yo era el único de los cinco que no había sucumbido a la tentación de follarme a alguna de aquellas putas. No sé, me estaba dando un poco el rollo ese de lo políticamente correcto, que si la explotación de aquellas pobres chicas y todo eso. Andrea, que se había largado unos minutos antes a hablar con uno de los camareros, regresó a mi lado y continuamos con nuestra anterior conversación. Me puse en plan periodista – pura curiosidad, no se crean -, y ella parecía contestar gustosa a todas mis preguntas. Me contó que ella no estaba allí a la fuerza, que era una forma fácil de hacer dinero, y que gracias a ella su familia en Colombia comenzaba a prosperar, a salir de la puta miseria en la que habían vivido generación tras generación. Se fue al baño un momento, y se me acercó una brasileña, sin contemplaciones, “¿quieres follar conmigo?”; “no”, le respondí yo muy seguro de mi mismo; “no serás maricón, ¿verdad?”, prosiguió ella mientras Andrea regresaba ya del servicio dirigiéndose otra vez a mi posición. No me dio tiempo a contestar a semejente insinuación, ya que la propia Andrea le envió a la brasilera una de esas miradas asesinas que son capaces de alejar a cualquiera. Eso me hizo sentirme bien. No me molaría nada tener que esperar allí yo solo a que mis cuatro colegas nocturnos acabasen cada uno de ellos con sus respectivos polvos. En ésas estaba cuando la vi. Salía del reservado con un paisano de unos cincuenta y pico años. Se me vino todo el mundo encima. Tenía que pensar algo, y rápido. No sé, acercarme a ella y decírselo directamente, para que se ocultase. Pero ella no me había visto, y ahora estaba tomando una copa invitada por el señor que acababa de salir con ella del reservado, tan tranquila. Andrea notó mi repentino nerviosismo, y yo no sabía qué decirle. Joder, ya no hubo tiempo para más, el Aníbal salió de allí con su puta y, para más inri, va y se dirige hacia la barra con ella… y se da de bruces con su madre, que se suponía estaba cuidando por las noches a una señora inválida desde hacía siete meses. Mi amigo salió disparado en dirección a la calle, su madre, Teresa, detrás de él, y yo a continuación, sin saber todavía por qué, ni para qué. Una reacción instintiva, supongo. Yo no la maté, y pondría la mano en el fuego por mi amigo Aníbal. Sí, sí, estaban discutiendo afuera, a gritos. Hacía bastante frío y ella estaba allí, en bragas y sujetador, frente a su hijo, diciéndole no sé qué sobre su hermano. Yo no sabía siquiera que el Aníbal tuviese un hermano… Ya estaba a punto de llegar a su altura, sin saber todavía qué coño hacer, en plan pacificador para tratar de evitar que aquella discusión materno-filial derivase hacia otro tipo de violencia más explícita, pero una mano me agarró fuerte de mi hombro derecho obligándome a darme la vuelta. Era uno de los matones. No me dio tiempo ni a abrir la boca, porque el tío aquel me soltó una hostia de campeonato; con esa aún fui capaz de levantarme, no así con la segunda, que me dejó ya inconsciente para un buen rato. Y ya no recuerdo nada más. Tan sólo pude hablar con el Aníbal ayer, diez minutos, aquí, en comisaría, antes que que el entrase para que lo interrogaran. Su hermano, un heroinómano que vivía en Madrid, estaba desintoxicándose en una clínica privada que costaba un huevo y la mitad del otro… Lo que yo decía, el terror de los zombis, lo del ojo de aquella chica rubia y la astilla… una puta mierda… ¿Creen que podré estar fuera para las ocho y media? Es que hoy es el partido de vuelta de la UEFA. Ya, ya sé que es casi imposible que pasemos, a pesar del uno a cero, pero siempre queda la posibilidad del milagro, aunque en Italia, ya se sabe, los árbitros que se acojonan y barren para casa, además de esa puta suerte que tienen siempre pegada a su puñetero culo. ¿Le importa que le coja otro cigarrillo?