RUBIA, EN EL GULAG INTERIOR

El martes anterior se cumplió el segundo aniversario de aquel día en el que un médico había estampado su firma de conformidad en aquel papel oficial que proclamaba que Gus había comenzado a distinguir a la perfección la ficción de la realidad. Al parecer, había superado con éxito una de esas enfermedades a las que denominan como “raras”.

Gus llegó a las doce y media pasadas del domingo 8 de febrero a la Lata de Zinc. Sabía que el concierto estaba programado para la una en punto, pero le apeteció pasarse antes por allí y conocer bien aquel sitio del que tanto y tan bien le habían hablado sus amigos. “Pues sí que mola, sí”, pensó tras haberlo recorrido todo, tras haberse fijado en cada detalle, en toda esa decoración tan deliciosamente deslabazada fruto del más puro de los reciclajes activos – sillas, sillones, mesas… todos diferentes pero bien hermanados, y felices por no haber terminado en cualquier vertedero como diana de cagadas de gaviotas. lata zinc xenteNo conocía al grupo que actuaba en esa sesión vermú, Rubia, pero se fió, como casi siempre hacía, de la recomendación de Pedro, su amigo y colega de la Facultad de Historia. “Tío, molan mogollón. Pop sesentero de muchos kilates, tío. Y las sesiones vermú de la Lata molan que te cagas, tío.” A Gus tanto “tío” le reventaba los tímpanos, pero era capaz de soportar con meditado estoicismo al pesado de Pedro, uno de los pocos que lo hacían y que sabían llevar su ritmo con esa extraña cadencia de soportabilidad que casi todo el resto de los mortales parecía no tener. Y luego estaba Mariola, claro. La noche anterior la había conocido, habían estado hablando varias horas, coincidiendo en casi todo, riéndose un poco más con cada copa, con cada cerveza. Un par de besos rápidos como toma de contacto y al rato unos morreos de los de verdad, de los de lenguas sueltas y salvajes, de los que Gus casi ni se acordaba, que el último había sido con Gema dos años y medio antes. “Me tengo que ir ya, lo siento… pero, oye, mañana quedé con éstas para ir a un concierto a la Lata de Zinc; es por la mañana, a la una, creo. ¿Nos vemos allí? ¿Te parece?” Le pareció, ¡vaya si le pareció! Sonriendo de pura felicidad se despidió de su grupo y se fue a dormir más pronto de lo habitual para ser un sábado, que tan sólo eran las tres y cuarto de la noche, de la madrugada. Gus no se imaginaba que Mariola, a no más de cien metros del portal de su casa, recibió un whatsapp de un tal Quique. Y decidió sin titubear desandar todo lo andado para irse adonde estaba ese tal Quique.

La una menos diez. Sara Íñiguez y su banda, Rubia, estaban apurando sus bebidas para empezar su bolo de la manera más puntual posible. Todos los instrumentos en su sitio con el teclado enfrente, presidiendo la escena. Mariola no llega. Gus ya está nervioso. El cosquilleo de sus entrañas se empieza a contaminar con un pútrido aliento de duda. Aparece Pedro. “¡Tío, genial, viniste! ¿Te pido una birra, tío?” Mejor, otra cerveza más que pueda engatusar un poco esa duda angustiosa. No se había acordado de pedirle el teléfono a Mariola. ¿Y ahora qué?Rubia

Llega Mariola justo cuando Rubia comienza su concierto lleno de “sunshine pop”. Gus la ve entrar, le hace un gesto a modo de saludo y de indicativo que diga “aquí estoy” Aunque… ¡Putamierda! No viene sola. Quique viene con ella, lleva su mano derecha bien asida a la izquierda de ella. “¡Qué tal? Justo a tiempo, ¡eh? Os presento, éste es Quique y tú… vaya, perdona, ¿cómo te llamabas que ahora no me acuerdo?”

Y Gus desconecta ipso facto y viaja rápido en dirección a su gulag interior; un gulag en el que habitan sus propias “prisioneras políticas”; no lo visitaba desde que acompañó a Gema allí en agosto de 2012. Deja a Mariola frente a la puerta del barracón y da media vuelta, y se aleja de allí para seguir viendo el concierto de Rubia, que le estaba gustando de verdad y lo estaba disfrutando con esa extraña intensidad que hacía tiempo que no sentía. Que ella, Mariola, disfrute ahora de ese su nuevo hogar, su “campo de trabajo correctivo”

ЕЛ ГУЛАГ ДЕ ГУС

“¡Abridme la puerta, por favor! ¡Abridmeeeee, que me muero de frío!”

Clak. Schñieeeek. Plonk. De par en par. Diecisiete personas entre niñas, adolescentes y alguna joven no mayor de 21 años miran en dirección a la puerta contemplando escépticas la silueta de la nueva. Una niña rubia pizpireta, con trenzas y un vestido malva de vuelo con tirantes se adelanta al grupo y se dirige hacia aquélla que parece haber quedado petrificada en el umbral sin atreverse siquiera a entrar.

“Hola, ¿quién eres? Me llamo Andrea y tengo nueve años.”

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