VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR, PARTE II: EL JALOGÜÍN

Como esa persona llena de paradojas que siempre ha sido, Indalecio siempre celebra el Halloween aunque no pruebe jamás una Coca-Cola. Se ríe jactancioso de esa gente que dice que “el jalogüín no es más que una tradición yanqui, que celebren allí el Xiringüelu y beban culinos de sidra, no te jode.” “Ay, ignorantes, ignorantes”, piensa él mientras recuerda como vaciaba de pequeño calabazas con su abuela Rudigundis llevando una sábana a modo de disfraz de fantasma por encima.20151101_000431-1 Este año, como cada 31 de octubre, se va en su moto a La Fresneda, a disfrutar con sus hijos del truco o trato, y más tarde al baile terrorífico que tiene lugar en la carpa de la plaza, a bailar, a ver si hay suerte y se liga a una de esas muertas estilo mexicano que tan guapas le parecen. Pero él mismo sabe que la verdad verdadera se remonta al curso 1983/84, aquél en que repitió tercero de BUP y dos chicas estadounidenses vinieron de intercambio todo el curso a su instituto desde el mismísimo Salem, en el estado de Oregon. Charlotte se llamaba la que se encargó de organizar aquella mítica fiesta de Halloween, la misma que desvirgó impaciente a Indalecio en los vestuarios aquella misma noche de los muertos de 1984 al ritmo del “Last Caress” de los Misfits.

Cuando hubo él terminado, a Glenn Danzig todavía le quedaban 19 segundos de canción. Mientras él se enamoró como un pardillo, ella se enrolló una semana después con su mejor amigo, Darío, amor que fue eterno hasta el final de aquel curso iniciático. Por eso, cuando Darío ya estaba en las últimas por culpa del maldito SIDA y aquella manía imbécil que tenía de compartir jeringuillas con cualquier gilipollas, a él no le dio nada de pena; “¡que se joda!”, se dice siempre para sus adentros cada vez que se acuerda de aquél que una vez fue su mejor amigo. Sabe que todos los santos que Darío le pintó, terminaron por volverse demonios, pero demonios de los verdaderos, nada de cuentos ni de disfraces.

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¿QUÉ HA SIDO DE LAS VIEJAS COSTUMBRES?

Recuerdo que, nada más salir de su casa, nosotros, el Aníbal y yo, esperábamos en el portal, y no subimos porque íbamos con mucha prisa, que quedaba sólo media hora para que empezara el partido y ya se sabe, los atascos de última hora y todo eso… Sí, sí, al grano, al grano, vale. Pues eso, que no hizo más que llegar abajo, y va y nos dice, el Antonio, ya saben, el otro colega, “¡hostias, si me he dejado las llaves puestas por dentro!”. Claro, no había tiempo para intentar lo de la tarjeta y todo eso, y menos para andar esperando allí a que llegase algún cerrajero de urgencias, de esos de veinticuatro horas. Ya trataríamos de solucionarlo a la vuelta del partido, que la UEFA nos estaba esperando y estábamos realmente nerviosos. (partidazo, sí. Un ambiente como nunca se vio. Saca el corner Lacatus y gol de Bango… 1 – 0).

Lacatus saca el corner

Lacatus saca el corner

Para celebrarlo en condiciones, y aprovechando que era San Mateo, ¡qué cojones!, decidimos irnos de copas, y como estaba todo hasta arriba de gente, más de diez mil del Génova, nos metimos en un bar en el que nunca antes habíamos entrado. Nos emborrachamos con unos cuantos desconocidos hasta casi perder el control. (Las copas, ay, las copas, que una acabada llama urgente a la siguiente; tienen imán las muy cabronas, que lo sé yo). Pero no es éste el momento de la venganza, y menos aún cuando, al parecer, me encuentro entre los sospechosos. No recuerdo casi nada, pero sí sé que yo no lo hice… Intentaré hacer memoria.

Nada. Es como ese lenguaje que utilizan los yonquis cuando viajan en un autobús urbano cualquiera en busca de su particular botín. Nada. Se vuelven trascendentes, filosóficos, casi gritando a los cuatro vientos su tremenda impotencia vital. Atemorizan inconscientemente a las señoras que vienen cargadas de la compra.

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Kurt Cobain & William S. Burroughs

Lo dicho, nada; nada de nada. De pequeño, tendría yo unos once o doce años, fui al cine de mi pueblo con unos amigos – la costumbre de todos los domingos, no importaba la película, que a esas edades todavía carecíamos de vanas pretensiones cinéfilas – a ver ‘Nueva York bajo el Terror de los Zombis’. Puro masoquismo visual que me impidió dormir en condiciones más de una semana. Recuerdo una escena en la que un zarrapastroso muerto viviente agarraba fuertemente por el cuello a una indefensa chica mona, que gritaba realmente asustada, para acercar su ojo – no recuerdo si el derecho o el izquierdo, y, la verdad, este dato no tiene relevancia alguna, pero es que yo soy muy tiquismiquis con estas pijadas –zombi2_astilla2 … eso, a lo que iba, que acercaba su ojo a una astilla que sobresalía amenazante del marco de una desvencijada puerta, lentamente, recreándose en todo aquel inhumano sufrimiento. La astilla se clavó hasta lo más hondo de su globo ocular. El cabrón del zombi, sabiéndonos ya con los ojos desorbitados, con el pulso a más de ciento cincuenta y las pupilas dilatadas por el terror más absoluto, dio marcha atrás al cuello de la bella señorita hasta desencajar por completo aquel ojo azul – vaya, ese detalle sí que lo recuerdo. Es curioso… -. Pues eso, a lo que iba, a lo de los yonquis. ¿Que a cuento de qué viene todo este rollo? Déjenme explicarme, que llegar llegaré, seguro. Un poco de paciencia. ¿Podrían darme otro cigarrillo? Gracias, muchísimas gracias. Lo estaba dejando. Es más, ya llevaba nueve días sin encender un puto cigarrillo, pero ahora, no sé, la tensión, la ansiedad que me provoca esta extraña situación. ¿Saben?, mañana tendría que hacer un examen en la facultad… Ya, ya, ya lo sé… Al grano. Ya voy… Cogimos el autobús para ir al campo. Todo el mundo con sus bufandas, con sus banderas y camisetas del equipo, preparados para disfrutar de nuestra primera comparecencia europea. Y allí estaban aquellos tres. Todo dios callado y atento al colmo del surrealismo que manaba de su conversación. Que si el Julio se había comprado unos playeros de cincuenta talegos – ¡ja! -. Que si la última vez estaba demasiado cortada. Que si el peluco del Matías era de oro, aun así el temblor me obliga a sentarme, que llevo día y medio sin ponerme. Recordé la escena de la astilla en el ojo de aquella chica rubia de ojos azules. Cerré los ojos e imaginé por un momento que aquel autobús no pararía nunca, y que aquellos tres heroinómanos se iban a comer todas nuestras vísceras mientras nuestro equipo ganaba por goleada a esos malditos italianos – no es que tenga nada en contra de los italianos, pero, como ya sabrán, esos malditos cabrones siempre ganan todas las putas competiciones europeas, que si el Inter, el Milán, la Juve, el Parma… qué sé yo -, y, eso, nosotros sin hígado, sin cerebro, sin páncreas… sin poder haber visto el partido. El Aníbal me despertó de mis ensoñaciones – mi padre siempre me decía que me pasaba todo el día soñando despierto – de un codazo en mi antebrazo; “mira a ése, tío”, me dijo sonriendo. Uno de los yonquis se acababa de sentar en el suelo, ¡en el puto suelo del autobús! “Qué gentuza”, pensé yo, “no son capaces de tener ilusión por nada, con todo lo que se estaba jugando nuestro equipo y ellos allí, a su bola, sólo pendientes de conseguir su dosis del día,  luego a dormir, y al día siguiente más de lo mismo”.

Creo que fue Antonio el que propuso lo del puti-club, y digo ‘creo’ porque no estoy del todo seguro. Todo se había vuelto oscuro, muy oscuro.8638421_1 Es como esa niebla que repentinamente se instala frente a tu campo visual y a duras penas te deja seguir tu camino. A pesar de la borrachera, aún no había encendido un solo cigarrillo. Ni siquiera me había acordado de comprar tabaco, ni de pedirle algún pitillo al Aníbal, que fumaba compulsivamente uno tras otro, como cada vez que salíamos de marcha. Lo estaba consiguiendo, pensé yo de repente mientras nos dirigíamos los cinco a la parada de taxis más cercana. (No fumar, no verme atado al puto tabaco. ¡Demasiao!) Sí, éramos cinco, aunque ahora no recuerdo el nombre de aquellos dos que se nos unieron al salir del bar… Esperen… Sí,  Pepe, me parece que uno de ellos se llamaba Pepe, bajito, pelo cano, con barba de varios días. Sí, sí, Pepe… Nos venía contando que su mujer era enfermera, y que esa noche tenía guardia en el hospital, lo que aprovechaba él para salir por ahí a su aire. Tenía bastante coca, y un mogollón de pasta en la cartera. ¿Que cómo lo sé? Porque preparé unas rayas en los aseos del bar, y él me entregó su cartera para que yo cogiese un billete e hiciese un canutillo para luego esnifarlas. Sólo había allí billetes de cinco y diez mil pelas. Un buen taco, bien gordo. Pagó, ahora lo recuerdo, la cuenta del bar, la de todo dios, y dijo que también pagaría él lo del puti-club. ¿Que si me suelo meter coca? No, no, qué va. Casi nunca tengo pelas, y sólo lo hago muy de vez en cuando, cuando alguien invita. Además, aquella noche, entre los tres… el Aníbal, el Antonio y yo, no debíamos tener más de tres o cuatro talegos para gastar. Ya saben, la dura vida del estudiante, del eterno estudiante. ¿Puedo?… Gracias. Ya le compraré un paquete de Winston cuando salga de aquí, que se lo estoy fumando yo todo.

Fuimos al puti-club en dos taxis. Debían ser casi las cuatro de la madrugada, o por ahí. Era la primera vez que yo entraba en aquel club, y me fijé muy bien en todo. Era un día de semana, y había más putas que clientes a esas horas de la noche. Tenían puesto en las pantallas de televisión un canal de esos musicales, y me senté en un taburete a ver un video-clip de Skunk Anansie… es un grupo inglés, con una cantante negra llamada Skin que se rapa la cabeza al cero… Ya, ya, pensé que igual les interesaría, o que quizá me preguntarían… qué sé yo.

El club no era demasiado grande, el espacio, me refiero, aunque eso ya lo sabrán ustedes. No, no, yo no estoy insinuando nada, jefe, sólo supuse que ustedes habrían tenido que actuar allí en alguna que otra ocasión, no sé, alguna redada, alguna pelea, y así me ahorraría yo las descripciones y todo ese rollo. Ya, es verdad, igual veo demasiadas películas… Perdón, lo siento… procuraré no pasarme de listo. Entendido. ¿Las putas? La mayoría eran sudamericanas, muy jovencitas, algunas se podría decir que casi niñas. La cocaína me había despejado un poco el pedo, aun así, casi no podía beber la copa de ron que amablemente me había traído Pepe. Tragos muy pequeños para luego olvidarla casi conscientemente sobre la mesa. Se nos fueron acercando algunas chicas. Al Aníbal se le veía tremendamente animado con una. Estábamos justo al lado de la entrada a las habitaciones. (Lo sé porque de aquella puerta no hacían más que salir señores acompañados de chicas.)
drinking_womenUna, llamada Andrea, supongo que sería su nombre de guerra, ¿no?, se acercó a hablar conmigo. Me dijo que era de Colombia, y cada vez se iba insinuando un poco más, pero yo no tenía ni las ganas ni el dinero suficientes como para irme con ella a la zona reservada al folleteo, aunque, como tampoco había muchos clientes, parecía estar a gusto charlando conmigo. Pepe se ma acercó y me dijo que no me preocupase, que si tenía ganas de tirarme a aquella tía él pagaría. Le respondí que no, que estaba bien allí tomándome mi copa – le di un trago para así ratificar mi respuesta -, y él se metió allá adentro con una brasileña de grandes tetas. Transcurridos diez minutos, me di cuenta de que yo era el único de los cinco que no había sucumbido a la tentación de follarme a alguna de aquellas putas. No sé, me estaba dando un poco el rollo ese de lo políticamente correcto, que si la explotación de aquellas pobres chicas y todo eso. Andrea, que se había largado unos minutos antes a hablar con uno de los camareros, regresó a mi lado y continuamos con nuestra anterior conversación. Me puse en plan periodista – pura curiosidad, no se crean -, y ella parecía contestar gustosa a todas mis preguntas. Me contó que ella no estaba allí a la fuerza, que era una forma fácil de hacer dinero, y que gracias a ella su familia en Colombia comenzaba a prosperar, a salir de la puta miseria en la que habían vivido generación tras generación. Se fue al baño un momento, y se me acercó una brasileña, sin contemplaciones, “¿quieres follar conmigo?”; “no”, le respondí yo muy seguro de mi mismo; “no serás maricón, ¿verdad?”, prosiguió ella mientras Andrea regresaba ya del servicio dirigiéndose otra vez a mi posición. No me dio tiempo a contestar a semejente insinuación, ya que la propia Andrea le envió a la brasilera una de esas miradas asesinas que son capaces de alejar a cualquiera. Eso me hizo sentirme bien. No me molaría nada tener que esperar allí yo solo a que mis cuatro colegas nocturnos acabasen cada uno de ellos con sus respectivos polvos. En ésas estaba cuando la vi. Salía del reservado con un paisano de unos cincuenta y pico años. Se me vino todo el mundo encima. Tenía que pensar algo, y rápido. No sé, acercarme a ella y decírselo directamente, para que se ocultase. Pero ella no me había visto, y ahora estaba tomando una copa invitada por el señor que acababa de salir con ella del reservado, tan tranquila. Andrea notó mi repentino nerviosismo, y yo no sabía qué decirle. Joder, ya no hubo tiempo para más, el Aníbal salió de allí con su puta y, para más inri, va y se dirige hacia la barra con ella… y se da de bruces con su madre, que se suponía estaba cuidando por las noches a una señora inválida desde hacía siete meses. Mi amigo salió disparado en dirección a la calle, su madre, Teresa, detrás de él, y yo a continuación, sin saber todavía por qué, ni para qué. Una reacción instintiva, supongo. Yo no la maté, y pondría la mano en el fuego por mi amigo Aníbal. Sí, sí, estaban discutiendo afuera, a gritos. Hacía bastante frío y ella estaba allí, en bragas y sujetador, frente a su hijo, diciéndole no sé qué sobre su hermano. Yo no sabía siquiera que el Aníbal tuviese un hermano… Ya estaba a punto de llegar a su altura, sin saber todavía qué coño hacer, en plan pacificador para tratar de evitar que aquella discusión materno-filial derivase hacia otro tipo de violencia más explícita, pero una mano me agarró fuerte de mi hombro derecho obligándome a darme la vuelta. Era uno de los matones. No me dio tiempo ni a abrir la boca, porque el tío aquel me soltó una hostia de campeonato; con esa aún fui capaz de levantarme, no así con la segunda, que me dejó ya inconsciente para un buen rato. Y ya no recuerdo nada más. Tan sólo pude hablar con el Aníbal ayer, diez minutos, aquí, en comisaría, antes que que el entrase para que lo interrogaran. Su hermano, un heroinómano que vivía en Madrid, estaba desintoxicándose en una clínica privada que costaba un huevo y la mitad del otro… Lo que yo decía, el terror de los zombis, lo del ojo de aquella chica rubia y la astilla… una puta mierda… ¿Creen que podré estar fuera para las ocho y media? Es que hoy es el partido de vuelta de la UEFA. Ya, ya sé que es casi imposible que pasemos, a pesar del uno a cero, pero siempre queda la posibilidad del milagro, aunque en Italia, ya se sabe, los árbitros que se acojonan y barren para casa, además de esa puta suerte que tienen siempre pegada a su puñetero culo. ¿Le importa que le coja otro cigarrillo?

A VER, VEN AQUÍ. (¿HAY VERBENA AQUÍ?)

Maldita la gracia que me hace ahora. Ni tan siquiera el simple hecho de verme en esta situación puede provocar en mí la más leve de las sonrisas. No sé cómo llegué a este pueblo, ni por qué razón lo escogí… ni qué cojones hago yo sentado en un banco de este parque y tieso como una puta malva. Un mal viaje, seguro. Puedo escuchar aún el bullicio de la verbena, también a la pareja del banco de al lado que ya está a punto de llegar a la fase de penetración. Es una putada; sí, una auténtica putada. Vas, te mueres, pero sigues oyendo, incluso pensando, aunque la sangre no llegue más a tu cerebro. (La verdad, es que a mí hacía ya unos cuantos años que no me llegaba una gota de sangre limpia, pura, libre de alucinaciones. Me mola esta sensación, vieja y nueva al mismo tiempo; pero ahora ya es tarde.) ¿Y qué hago yo ahora con estos doscientos gramos de mierda? Me jode que se la quede algún madero y que se haga unas pelas a mi costa. Y yo que venía a la fiesta a hacer mi agosto… ¡cagondiós!

– Eh, tú; a ver, ven aquí.

– ¿Yo?

– Sí, tú, yonqui, estás ante las puertas del paraíso.

– Y tú, ¿tú quién coños eres?

– Yo soy Dios Todopoderoso.

– Vete a la mierda.

… Parece que se ha largado con viento fresco. Vamos, hombre, que a estas alturas voy a ponerme yo a creer en Dios. Podré estar muerto, de fuga eterna por culpa de un viaje de lo más chungo, pero de ahí a creerme que ése era Dios. Ahí vuelve. Será pesado el tío. Pero… p-p-pero qué está haciendo. ¡No, hijo de puta! ¡No! ¡No te lleves todo el jaco, cabrón! ¡Acaso la inmortalidad te da derecho a meterte lo que te dé la gana? ¡Tú tienes que dar ejemplo, guiar a los que creen en ti, aunque no existas… aunque no existas más que en sus pensamientos! ¡Dios, qué injusticia!

La primera vez que me metí caballo fue con mi primo. Acababa de cumplir los quince; fumaba porros habitualmente – me salto el tópico, que mi hermano empezó con el chocolate a los trece y nunca pasó de ahí, y ahí sigue… casado, concejal, posición social, como vulgarmente se diría… ¿feliz? -. Fue el salto definitivo. Colocarse para encontrar tu paz interior. Todo de puta madre. El problema comienza en el nivel dos, cuando el colocarse pasa a ser tu trabajo, tu único trabajo. Ya no hablamos de diversión, de la tontería, de la edad, de las “amargas influencias” de tus “amigos”. La amistad deja radicalmente de existir. De repente, un día te levantas con el mono y notas una sensación punzante que martillea sin límites tu conciencia. Vas a la cocina, miras a tu madre sin atreverte a buscar la profundidad de sus ojos. Ella sabe pero no dice, y tú hasta te ves capaz de poner precio a su vida, de venderla si todavía existiesen los mercados de esclavos; pero tú eres el único realmente esclavizado… No hay guita, y mi cuerpo me pide heroína. No es fácil ser un yonqui. La droga cada vez pierde un poco más su pureza. La economía manda, y hay que cortarla más, y más, y más… Te metes auténtica mierda y ya ni te colocas; tienes que gastarte más pelas. Te acaban echando a patadas de tu propia casa, que de tuya no conserva ya ni el nombre que la parió. Reacción en cadena que me va llevando y llevando hasta el fin, la muerte, el frío aterrador de esta noche de marzo. No me quedó otra alternativa, tuve que meterme a camello. Por eso vine a este pueblo, a su fiesta de la Pascua de Resurrección. Joder, y encima va el hijo puta de Dios y me manga todo el material. Más me vale estar como estoy, muerto y bien muerto, porque si no me mataría el “Jaro” o alguno de esos yonquis tan patéticos que caminan a su lado, sin pisar siquiera su sombra alargada, como si no hiciesen más que seguir al sumo pontífice de alguna secta satánica. Da lo mismo, lo mire por dónde lo mire sólo veo muerte. Los de la pareja de al lado ya se han corrido, se han limpiado a continuación con un pañuelo de papel y se han largado a bailar. ¡Menuda moral la suya! Benditas fuerzas. Cuidado, alguien se acerca…

– Oye, tío, ¿hay verbena aquí?

(Lógicamente, no puedo contestar a su estúpida pregunta. Antes, cuando vino Dios, era todo mucho más fácil.)

– ¿No me oyes? ¡Que si hay verbena!

(Una de dos, o es gilipollas, o está sordo el macarra éste. El ruido de la orquesta es casi ensordecedor.)

– … Hostia, este tío está bien jodido. ¡Cagondiós!

(No soporto que me toquen, joder. Comprendo tu buena intención y todo ese rollo humano de ayuda a tus semejantes, pero ya no puedes hacer nada por mí. ¡Pasa de hacerte el ONG conmigo, tío! Eso, eso, lárgate y déjame en paz.)

Dentro de unos minutos vendrán por mí. Llamarán una ambulancia, y firmarán un poco más tarde mi acta de defunción en el hospital más cercano a este pueblo. Me da un poco de mal rollo que me metan en una de esas cámaras frigoríficas en las que guardan desnudos a los muertos. ¿Me harán luego la autopsia? Mi pobre madre descansará por fin. ¡¡¡Bieen!!! ¡A tomar por culo con todo!

No se me daba nada mal eso de estudiar. Las matemáticas eran mi fuerte. Nunca bajé del sobresaliente. Hasta mi viejo, antes de morir abrasado por el humo del tabaco, decía que yo tenía que dedicarme a las matemáticas, que ahí se encontraba mi futuro. De ahí debe venirme a mí esa innata e increíble exactitud para calcular los gramos y decigramos en cada papela; pocas veces recurría a mi balanza de precisión, tan pocas, que acabé vendiéndola. Si de algo puede presumir un heroinómano es de no tener el más mínimo apego a los bienes materiales. Sólo necesitas una cucharilla, un mechero, jeringuillas, limón, algo de ropa y ese polvo blanco que nos mata, que nos domina y hace subvertir nuestros propios monstruos hasta el límite de lo soportable. ¡A la mierda la música, la ropa buena, la codicia extrínseca a la maldita heroína! Yo ya sabía que tarde o temprano iba a acabar extenuado hasta la misma muerte. ¡Qué mal viaje! ¡Chungo, chungo de verdad! No puse mucha cantidad; no me parece que sea una sobredosis. Quizá la mierda estuviese mal cortada, o llevase demasiada cal. Quién sabe. Menos mal que aún no había empezado a venderla, (y, total, Dios, el ladrón, y su pandilla celestial son todos inmortales; a ésos no les va a hacer ningún daño). Tenía ya un par de contactos y todo eso, pero nada más. Hoy sábado empezaba la fiesta de Pascua con una verbena amenizada por la orquesta “Ciudad de Vigo”. Ahora están interpretando una canción que dice ‘desátame o apriétame más fuerte’… Es como si estuviesen hablando del mismísimo caballo.

Una vez intenté quitarme, pero la metadona es una historia igual, tan adictiva, tan inútil para gente como yo, perteneciente a las hordas de los sin voluntad, que pierde toda su supuesta razón de ser.

Me cago en la puta; es que no van a dejarme en paz… ¡Oh, no! ¡Qué cojones hace un grupo de tunos a mi lado! Vaya, joder, resulta que son de la tuna de Medicina de Salamanca. ¡¿Menuda suerte la mía?! No quiero oír lo que hablan, lo que comentan sobre mi estado. ¡¡¡No quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero… no, no, no, no, NOOOO!!!

Bueno, creo que os debo una disculpa. Pido perdón por no haberme muerto sentado en aquel banco. Salvaron mi vida. Llegó una ambulancia, me llevaron a toda pastilla a la Residencia de una ciudad cercana. Oxígeno, suero fisiológico, extracción de sangre… pero abrí mis ojos y no pude ver nada. La oscuridad se había apoderado de mí. Me había quedado sin luz, ciego por culpa de una rodaja de limón fuera de todo posible consumo. Pasé los mil y un monos. Fue terrible; sudor y pesadillas; recuerdos e imágenes; rasgos invisibles; ruido de mechero, líquido que hierve y se mezcla con tu desgracia eterna. Y yo no necesitaba otra cosa. Es lamentable, pero es lo que es y no le puedes dar la espalda así como así de la noche a la mañana.

Fui a visitar a un amigo…(bueno, de aquellos de los de antes) después de largos meses de rehabilitación, de estudio, de potenciar y entrenar al máximo el resto de mis sentidos. Aprender a caminar, a orientarse, a leer en braille, a apreciar la belleza a través de las yemas de mis dedos. Resucité y quería despedirme como empecé. Unos momentos de paz y adiós muy buenas. Es agradable recuperar la sensación de tu primer chute, saber que te han perdonado la vida aun habiendo perdido a manos del mismísimo Dios toda aquella mierda en aquel mundo tan extraño y desconocido para mí. Es agradable sobre todo saber que nunca más te vas a poner. Es agradable que tu madre te hable, que confíe en ti, tener incluso una pareja con la que vivir y morir. Con el cupón nos da para ir más que tirando, y leo más que nunca, y, no os vayáis a creer, que todavía me fumo mis canutitos cuando la ocasión es propicia. Me gusta fumarme uno con mi chica, Sara, justo antes de hacer el amor. No sé cómo explicarlo, pero estimula mogollón mi tacto, tanto que en alguna ocasión, al tocarla suavemente, incluso creo estar viéndola, viendo cada uno de los gestos que acompañan sus entrecortados suspiros. A veces me entran ganas de ir hasta aquel banco en el parque, en aquel pueblo, y comprobar si todo es mentira, si sigo allí sentado, muerto y hablando con un Dios inexistente. Me da miedo despertarme un día y que la luz ciegue mis ojos para siempre.