THAT ELEGANT MAZE

Time would never allow it,

I suspect,

Underneath this influence,

So save the best to the last,

Those ordinary voices

Walking north,

An experimental cure

For an acute sense

Of frozen absences.

Upstairs

They organized nothing,

Which reminds me

Actors began removing

Their pointless masks

From their ugly faces.

A pause,

And shadows appear now,

Black and white,

Ancient times

Which belong now,

To this screen

Filled with light again;

Eyes lingering a dry moment

On ours;

A compliment,

So motionless,

That she is watching me now,

And I look down.

I am the master of

The art of not condescending,

Expert bluntness

For dead periods

In an awkward

Prisoner-of-war camp.

No matter what,

My words are just meaningless,

A revised version

When they disappear

Inside the isolated trenches

Of these imperceptible holes

Of their true selves.

Not yet the other side

Of our infinite discontent,

Therefore, you glisten

As I stare, deeply amazed,

At the intense brightness

Of  the pendulum

That imposes

The atonement of your distance.

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CONVIC©IONES

Es increíble lo que me acaba de suceder… Si hace tan solo un día, un puto y mísero día, me llegan a decir que yo podría estar sumido en este lamentable estado les hubiese mandado a tomar por culo… como mínimo.

– ¿Por qué me quieres?

– No lo sé.

– Yo no me lo creo.

– Pues te jodes, que para eso has venido, ¿o no?

– ¡Ves, ya empiezas otra vez… !

– Ya he terminado, que es distinto.

– No, no has terminado; al menos hasta que yo lo diga.

– Tú decides, como siempre.

– ¡Anda y qué te follen!

– Así me gusta, que reacciones a tiempo, como los buenos caballos cuando ven perdida la carrera. Lo nuestro puede llegar a ser como el “Grand National”.

– Me largo, ya no te soporto más…

Y se largó. Se encaminó hacia su casa donde su marido la esperaba para que hiciese la cena. (Él, su encantador esposo, el que la mimaba en exceso cuando a ella le entraban los ataques de bulimia sexual.) Con cuarenta y seis años recién cumplidos no se deben perder las bragas detrás del primer niñato de diecisiete que te mire un poco obscenamente, ni con el segundo, ni con el tercero… ni con tu propio sobrino, puede que ni conmigo. Quince años de vida desde hace tan solo dos meses, y el “éxtasis” corre por sus venas como la insulina por las de un diabético. Y tú corres tras él, no sólo por las pastillas que te dan la fuerza necesaria para seguir, sino también por probar el suave tacto de una polla recién salida del cascarón, y siempre dura y dispuesta para taladrarte por cualquier agujero. No, no seré yo el primero en criticar tus actos. Tampoco el último. ¿Recuerdas cuando me masturbaste por primera vez? Yo sí. Ocurrió en tu habitación. Ese verano yo despertaba al mundo entre cervezas, porros poco cargados y morreos insulsos en lúgubres disco-bares. Gracias a ti comencé a lanzarme sin paracaídas delante de las chicas. Y alguna cayó, vaya si cayó… Pero yo estaba deseando en todo momento volver a perderme entre tus flujos vaginales. Llegue a no lavarme el dedo anular de mi mano derecha durante días. Necesitaba ese olor como ahora necesito la maldita nicotina… Resultaba gracioso bajo la ducha con mi dedo anular protegido por un trozo de látex que yo me había ocupado personalmente de cortar de un guante de los de la consulta de mi padre…

¿Ves? ¿A qué no resulta tan complicado?

– Joder. Tú no tienes toda la pierna escayolada. Y ahora me duele, me está doliendo mogollón.

– Siempre tan quejica.

– Ya, claro. Si te conformaras con chupármela, y que, mientras, yo te frotase a conciencia el clítoris…

– Pero ya sabes que yo necesito sentirla dentro, que se vaya abriendo camino en mis entrañas…

Ni siquiera la radiación ha hecho menguar ni un ápice tus ganas de conocer, de explorar nuevos cuerpos. Maldito cáncer. Los médicos dicen que tienes muchas posibilidades de superarlo con éxito. ¡Y una mierda! Al menos a mi no me engañan… ¡No quiero! ¡No soy gilipollas, hostia!

El otro día te vi por primera vez sin la peluca. No sentí nada especial… Bueno, sí que algo de curiosidad malsana invadió por un instante mi frágil pensamiento: ¿Te has quedado sin un puto pelo en todo el cuerpo? Nunca quisiste afeitarte el coño para mí…

– A los diecinueve años me operaron de apendicitis. Por aquella época yo salía con un amigo de mi hermano. Un buen chaval, pero un poco soso, muy parado. Yo quería acción, la estaba pidiendo a gritos. Y él nada, a lo suyo: a ver películas suecas, checas, ¡qué sé yo!, en el cine-club del barrio… Me tuve que follar al enfermero de guardia una hora y media antes de que me abriesen la barriga. No te quedes con esa cara, di algo al menos…

No recuerdo lo que te dije, pero seguro que fue alguna gilipollez. Mi novia no sabe nada. Se lo hubiese contado si… ¡Mentira!, lo nuestro no puede salir de nuestras bocas. Todavía me entran ataques de risa cuando te veo intentando fumar un porro utilizando tus labios vaginales; y hasta parecía que tragabas el humo y todo…

– ¿Es más importante ese puto partido que yo?

– No, claro que no… ¡Qué cojones! Sí, claro que es más importante que tú, al menos en este preciso instante…

– ¿Sabes lo que te digo? ¡Qué te folles al puto televisor, a ver si así de paso enculas a alguno de esos malditos futbolistas…!

– Más de uno lo agradecería, no te creas…

De entre todas mis aficiones, el fútbol, con la indescriptible pasión que despierta en todo mi ser, es la única que me separa por completo de las mujeres. Nunca he sido capaz de entenderlo del todo: ¿Por qué oscura razón una mujer siempre tiene que tocarnos los huevos cuando algo realmente importante está sucediendo en cualquiera de los campos o estadios de fútbol del planeta? ¿No habrá otros momentos para echar un polvo, o para hablar de cualquier pijada intranscendente tipo ‘me he comprado esto o lo de más allá’, o ‘hay que arreglar el grifo de la bañera, que pierde’?. ¡Cagondiós, también va perdiendo mi equipo y no tengo porque arreglar yo esa situación! Tú eras especialista en estos menesteres, la mas tocacojones del hemisferio norte, la más “hay-que” de todo el hemisferio norte… pero te quería, ¡vaya si te quería…!

– Creo que me apetece comprarme un gatito para tenerlo en nuestro apartamento.

– ¿Un qué? ¿Qué has dicho?

– ¡¡Un gato, joder, un puñetero gato!! Me haría mucha compañía cuando tú no vienes… cuando sales por ahí con esa zorra de Verónica.

– No te pases, que Vero no es ninguna furcia… no como…

– ¡Como yo…! ¡Anda, dilo! ¡Ten cojones para algo más que para joderme a mí, porque lo que es a esa estrecha! Virgen a estas alturas, en estos tiempos… ¡Ay! Quién los hubiera pillado con diecisiete años.

– Mejor cómprate un pekinés, que, según tengo entendido, lamen el coño de vicio… vamos, que así no tendrías porque lamentar mis ausencias.

– ¡Eres un hijo de puta…!

Puede que tu mala hostia haya provocado la metástasis. Te vas a morir y eso me jode en el alma. Veo a Verónica y no me reconozco en ella; sin embargo te veo a ti, con casi veinte kilos menos y con esa horrible peluca, y me entran unas ganas locas de metértela por el culo… No soporto la frigidez de mi mujer. No me tenía que haber casado con esta puta cabrona, que sólo ha sabido darme hijos que yo ni siquiera quería. Me dan ganas de mandarlo todo a tomar por culo. Si el cáncer fuese una enfermedad que se pudiese transmitir sexualmente, no dudaría ni un sólo instante antes de penetrarte sin haber tomado la más mínima precaución. ¡Ójala tuvieses el puto sida y no ese jodido cáncer de pulmón!

– ¿Qué es lo que sientes justo antes de metérmela?

– No sé… supongo que deseo, amor… ¡yo qué sé!

– Pero algo sentirás, algo concreto. Yo, por ejemplo, pienso en lo guapo y fuerte que eres, y me preparo mentalmente para sentir toda dureza de tu polla, todos los movimientos…

– La última vez estaba pensando en Verónica, y el domingo pasado en lo impresionante que había sido el gol de Romario… ¿Te vale?

– Si crees que así vas a ser capaz de fastidiarme, lo tienes claro.

– No, si yo no pretendo fastidiarte ni nada de eso, lo que pasa es que me defiendo de tu continuo ametrallamiento con preguntas… gilipollas, eso es, gilipollas hasta decir basta.

– Pero yo necesito saberlo todo de ti, y tú estás ahí, siempre tan callado, siempre leyendo o viendo la tele; en tu puto mundo.

(El día que me diagnosticaron cáncer de pulmón casi me muero. Acabábamos de dejar nuestra historia pasionalmente incorrecta dos semanas antes. Ya sabes que últimamente yo no me encontraba demasiado bien: me ahogaba entre tos y sofocos siempre que follábamos más de media hora… Y tú, grandísimo hijo de perra, después de cuatro meses ni siquiera te has dignado a llamarme para interesarte por mi estado. Ya, ya sé que hablas con mi marido, con tu jefe, que él te mantiene informado sobre la evolución de mi irreversible enfermedad… Pobre, él cree que me tiene engañada; piensa que yo no sé que me estoy muriendo un poco más cada día que pasa. ¡Qué les den por el culo a las putas sesiones de quimioterapia y también a las de radiación…! O ¿acaso la vida no es más que una carrera contra – reloj, una carrera infructuosa tratando de postergar inútilmente nuestras muertes…?)

– Tu coño tiene un sabor muy especial.

– ¿Sí? ¿A qué sabe entonces?

– Joder, a qué va a saber… ¡a tu coño!

– ¡Ya lo sé idiota! Sólo lo preguntaba para ver si, por una vez en tu puta vida, eras capaz de halagarme con algo a un nivel un poco más, más… poético, eso es, poético.

– ¡Vaya por dios, ahora se nos ha vuelto ‘fisna’ la ‘madame’!

– ¿Sabes…? Mi marido me escribía poemas cuando éramos novios.

– Ya, por eso ahora follas conmigo, porque él malgastó todas sus energías pensando esas cursiladas, y ahora no se le pone tiesa…

– ¡No seas tan injusto! Ramón me quiere… Me quiere a su manera… pero me quiere.

(Ninguno de los dos conoce la doble vida de Ramón, el siempre decente Ramón. Una vez, siendo un crío, su padre le arreó de lo lindo con la hebilla del cinturón porque lo había descubierto vistiendo a una de las muñecas de su hermana Marga. Desde ese día Ramón supo que estaba ‘enfermo’ y que debía intentar una curación progresiva que, se suponía, finalizaría el día en que contrajese matrimonio. Ahora esperaba como agua de mayo a que su mujer la palmase de una vez y para siempre para poder él dedicarse a su vida, a disfrutar como loco de su ‘enorme mal’.)

– Cada vez le pones menos entusiasmo al sexo, Ramón.

– Sí, ya lo sé.

– Con saberlo no basta.

– No.

– Y, claro, no piensas poner ningún remedio.

– … Es el trabajo, sabes que me estresa muchísimo.

– ¡Pues trabaja menos y fóllame más, que si no… !

Que si no me voy a liar con Roberto, tu secretario de confianza, el hijo de tu primo Jesús, el famoso cardiólogo. Si por algo se ha caracterizado nuestra vida en común ha sido por no saber nunca terminar una frase a tiempo. ¿Por qué esa desconfianza? ¿Por qué toda esa monotonía inacabada? De todas formas, yo te sigo queriendo… Sigo siendo ‘la chica más bonita del baile’… ¿O No?

– Vero, yo ya no puedo más, o lo hacemos… o me haces una paja.

– ¡Eres un obseso, siempre estás pensando en lo mismo!

– Joder, y tú, ¿en qué piensas? Porque algo pensarás, ¿no?

– Te he dicho una y mil veces que hasta que no nos casemos nada… nada de nada.

– Me la voy a sacar. Creo que si la vieras podrías cambiar de opinión.

Por supuesto que Verónica no cambió de opinión. Yo la deseaba – he de reconocer que la muy cabrona estaba que se salía de buena -, pero tuve que esperar hasta la maldita noche de bodas. ¡Vaya un mito más gilipollas…! La postura del misionero, y a correrse dentro de toda su frigidez. Casi salimos a polvo por hijo… y tenemos tres. Por eso tuve que llamarte nada más regresar del viaje de novios; por eso no soporto que tengas que morirte ya, tan pronto.

– ¡No quiero volver a verte más! ¿Me estás oyendo hijo de puta?

– Tú te lo pierdes.

– ¿Es eso todo lo que tienes que decirme?

– Sí, no hay más explicaciones.

– Pues entonces adiós… ¡Qué te den por culo!

– Lo mismo, pero que lo haga un negro con un buen rabo, que es lo que necesitas.

Aún no sé porqué te tuve que dejar. Reconozco que discutíamos más que jodíamos… pero es que eso me daba exactamente igual. Con mi sobrino Enrique no es lo mismo; es un chaval, son tan sólo quince años… y pasa de todo, tan sólo piensa en drogarse y en andar por ahí haciendo el imbécil con su monopatín… Además, nunca aguanta más de dos o tres minutos, no como tú, que eras capaz de estar dentro de mí una hora, una hora y media… ¡Qué bien me sentía al llegar a casa con mi coño todo irritado…!

– ¿Me llamaba, Don Ramón?

– Sí, pasa, hijo, pasa. Toma asiento. Quería que supieras que mi mujer tiene cáncer, no le queda más de un año de vida. Al principio nos dijeron que había esperanzas, pero ya ves…

– Lo siento… No sé qué decir.

– No digas nada, mejor no digas nada…

¿Por qué me contaba Ramón a mí todo esto? ¿Por qué no me llamaste y me lo contaste tú personalmente…?

El otro día, durante tu entierro tuve pensamientos necrófilos… y ahora me apetece matar a mi mujer. Me da la impresión de que tardaré un tiempo en superarlo… Puede que hasta le entre a saco a tu hermana Lourdes, tan parecida a ti, y que siempre me mira con ojos lujuriosos. Si al menos la chupase como tú lo hacías… (Me has querido antes, ¿me querrás ahora?)