EL NAZI REDIMIDO / ANIMALES HERVÍBOROS – PARTE II

20170203_150855Con el fósil de tu memoria

me masturbé

ochenta y ocho veces:

una vez a punto

de adentrarme

en la número

ochenta y nueve,

me di cuenta

de la realidad:

bajé despacio

mi brazo derecho;

tu encanto anterior

no era ya más

que pura arqueología.

y sigo queriendo, sí
habitar en la mansión
de los animales herbívoros,
alimentarme solo de hierba
y llenar el prado de mierda,
no sentir la lluvia
ni el frio;
alejarme de la historia,
escupir en los días
sin esconderme en el tiempo
y que mi humo
se acabe confundiendo
con esta niebla tan densa;
quiero recitar mis poemas
a burros y caballos,
a burras y yeguas,
que admiran mi palabra
sin apenas dejar de masticar
su total
y cuadrúpeda
indiferencia.

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LAS CHICAS GRANDES NO LLORAN

1- Ernesto

Sé que parte de mi mala suerte con las chicas se la debo a la canela; sí, a la canela, a esa especia que sirve para condimentar el arroz con leche, por ejemplo. Un buen amigo me cantó un buen día todas las alabanzas de la canela como puro y duro afrodisíaco, y, ya que estaba yo pasando por una fase de apatía sexual con mi pareja (más por su creciente inapetencia, que por la imaginación derrochada por mí en infinidad de juegos del arte de amar. Recuerdo que Jéssica al principio de nuestra relación se corría con el sólo contacto de mi anular con su clítoris, y eso me daba qué pensar; hacía que mi sentimiento de culpa aumentase un poco más después de cada conato de sexo mutuo. ¿La habría vuelto yo sexualmente inapetente con mis “malas artes”?, era la pregunta que martilleaba mi cerebro por esa época), decidí entonces que la canela sería nuestro remedio salvador. Tenía que darme un baño de canela. Nada de sales aromáticas para pijos; canela. Preparé concienzudamente aquella bañera: agua caliente, canela en rama por allí flotando, y todo un bote entero de canela en polvo por si la misma en rama no era suficiente condimento. Puse música relajante, y me hundí de lleno en toda la sensualidad de aquel baño místico. A los dos minutos, un picor insistente y pegajoso comenzó a invadir toda la superficie de mi piel, incluso mi cara y mi cuero cabelludo ya que, en un alarde de valerosa generosidad, también había hecho tres inmersiones en aquellas aguas teñidas de color marrón. Lógicamente, empecé a rascarme. Al principio suavemente, pero como aquello no había manera de aliviarlo, luego pasé a rascarme con fruición, casi con saña se podría incluso decir. Dejé de imaginarme a Jéssica en su quinto o sexto orgasmo, y abrí mis ojos para mirarme. ¡Qué susto, madre mía! Estaba absolutamente plagado de granos que se iban tornando pústulas en mi epidermis. Sin pararme siquiera a pensar, quité atorado el tapón de la bañera para que se alejase de mi ese dañino líquido, poción maldita que causaba efectos tan secundarios como malévolos en mi piel. ¡Dios mío, hasta empezaba a darme la impresión de que me iba a quedar ciego! ¿Sería aquello la peste, la muerte negra, la lepra…? Ya no me atreví ni a recoger todos los trozos de canela en rama que luchaban indefensos contra la fuerza de la corriente a las puertas del sumidero. Salí despacio de la bañera, intentando tranquilizarme. Creía esperanzado que al mirarme en el espejo unos segundos más tarde todo mi mal se habría disipado por completo. Secándome con sumo cuidado con la toalla, me acerqué sigiloso – temiendo ser hasta espiado por alguno que me estaba gastando una fea broma – hacia el espejo. ¡La hostia puta! Reflejado en el espejo aún se me veía mucho peor. No quedaba rastro de mis rasgos faciales entre tanto grano pustulento. Por un instante llegué incluso a pensar en la cámara oculta. “Ya sé. Ya sé. ¡Sois vosotros, hijos de puta!”, grité sonriente, triunfal, al espejo. Eran ellos, los cabrones de mis amigos (si es que en ese momento merecían ser designados como tales) los que me estaban gastando una broma en perfecto acuerdo y armonía con uno de esos tan “simpáticos” canales de televisión, de los que aderezan nuestra monótona existencia con programas tan sutiles, tan de ámbito intelectual con sabor a chorizo rancio y a tortilla de patatas reseca, como esos de la cámara oculta. Traté de limpiar el vaho del espejo con la esperanza de borrar de su superficie esas horribles manchas entre rojizas y amarillentas que me hacían parecer el Hombre Elefante. Pero no, John Merrick no se iba de mí mismo, y se aceleraba, se aceleraba mi terrible mutación. Recordé “La Mosca”, la película esa de David Cronenberg en la que Jeff Goldblum se transforma en un auténtico monstruo por culpa de una mosca, ¡de una puta mosca que se había colado sin permiso en su máquina de teletransportación! ¿Qué cojones podía yo hacer? No tenía ni puta idea de francés, y me encontraba en Eurodisney, en un hotel de lo más idiota, con “goofies”, “mickeys”, “sirenitas” y “reyes león” por todas partes. ¡Cómo lo odiaba! Odiaba a todos aquellos alienígenas que no eran más que Pierres, Françoises, Bernards o qué sé yo disfrazados de monstruitos para niños. Odiaba también a la cabrona de Jéssica, por haberme embarcado en aquel fatídico viaje al país de nunca jamás (porque nunca jamás pienso yo regresar a semejante esperpento de parque temático o cómo quiera que se denominen esos abominables sitios). Era mi regalo para ella; Semana Santa en Eurodisney. Era el gran disgusto de mi vida, y no ya por verme envuelto, literalmente, en tamaña metamorfosis, sino por el crédito que había tenido que negociar con los usureros del banco para poder realizar “su sueño”: Eurodisney. Y encima se había vuelto frígida. ¡Joder! Tardé casi cuatro años en solventar mi deuda con el banco. Con Jéssica sólo duré tres semanas más…C’est la vie!, que dirían los de por allí. Pero lo que sí que estaba yo viendo en aquellos momentos era a Ernesto Fernández Urrutia a las puertas mismas de la muerte. Me vestí cuidadosamente y bajé a recepción. Los del hotel se portaron de maravilla conmigo: un “apandador” que chapurreaba algo de castellano me acompañó hasta el departamento médico. Por suerte, el doctor se apellidaba González (Dios salve a los emigrantes), y me diagnosticó, tras hacerme una serie de análisis de sangre, una alergia bestial a la canela. Podía comer cualquier alimento aderezado con tal especia, pero no podía entrar ella en contacto con mi piel. Vale, de acuerdo. Cuando Jéssica regresó de su excursión parisina (ya sabéis, la Torre Eiffel y todo eso), yo ya me encontraba bastante mejor. Eso sí, apestando a canela. “Joder, ¿a qué hueles, tío?”, fue su agradabilísima frase de consuelo. No hicimos ni siquiera el amor en los cuatro días que duró nuestro periplo por tierras disneyanas. Para qué.

Dos semanas más tarde, cuando mi piel ya estaba limpia por completo, me llega Jéssica con la gonorrea. Bien, a medicarse tocaban. Ningún problema por mi parte, por mi inocente y gilipollas parte. “Toma, Ernesto; llama a todos éstos y diles que vayan al urólogo”, me dijo a la vez que me entregaba una lista con siete nombres masculinos y siete números de teléfono. Lo hice. “Buenas tardes, ¿está Fulano?”. “Sí, soy yo”. “Pues vete al urólogo que Jéssica tiene gonorrea”. Siete, ni uno más ni uno menos. Una semana después, (¡Sí, una semana…Qué pasa!) me di cuenta y la abandoné. Ya no era cuestión de celos; era por mi integridad física.

Ya no quiero saber nada más de las tías. Me conformo con mis amigos. No sé, me siguen gustando las tías y eso, pero no congenio con ellas. Di mucho y me desviví por ellas y nunca recibí nada a cambio. A ver si inventan una pastilla que transforme a los tíos en tías. Sales por la noche con tus amigos y, ¡zas!, llegado el momento le echas a uno una pastilla en la copa y se convierte en una tía de la hostia, pero sólo físicamente. El sábado pasado se lo comenté a mi amigo Darío, al que desde el instituto apodamos “Lagartija”, y me contestó que, llegado el caso, se volvería lesbiana. Habráse visto el tío desagradecido éste.

2- Darío

Yo siempre quise tener una novia. Ya sabéis, eso de ir de la mano por la calle, pasear abrazados por el parque, ir al cine a ver la película que ella eligiese…pero nunca he podido. Soy absolutamente incapaz. No duro más de unos días con cada tía que me enrollo. Envidiaba a Ernesto, tan feliz con Jéssica, tan seguro de que aquella era la relación de su vida, hablando incluso hasta de boda. Ahora creo que es mejor no darle más vueltas y seguir con mi vida tal y como va. No se deben forzar las circunstancias, y si yo no sirvo para ser novio, pues me jodo y no lo soy. No lo puedo evitar. Es superior a mi entendimiento; puede que mis glándulas vayan mucho más aprisa que mis sentimientos, pero eso no tiene operación, creo. Es mejor no engañarse a uno mismo. Sin ir más lejos, el último fin de semana me encontraba yo en un bar por la noche con mis amigos, cuando de repente apareció Carmen, una chica que me gusta desde hace ya unos meses. Me acerqué a ella y comencé a hablarle. (Le estaba entrando, que se diría sin más rodeos.) No sé cómo ni por qué, pero transcurridos unos minutos estaba yo prometiéndole casi amor eterno. Y ella parecía estárselo creyendo a pies juntillas. (A veces me entran ganas de dejar el ron, que no hace más que traicionarme a la mínima de cambio.) Perfecto: nos damos un beso, de ahí pasamos directamente a entrelazar nuestras lenguas y a juguetear con nuestras manos…Pero, ¡maldición!, ella va y dice que tiene que ir a mear. Como siempre, en los baños de chicas las noches de fin de semana se forman unas colas descomunales que convierten la actividad mingitoria en un juego de absoluta paciencia contra el crono. Tardó mucho. Ese fue su problema, que tardó mucho en regresar. Para entonces, ya había yo pasado a la acción con Cristina, una amiga de Ernesto que está cantidad de buena y que, según parece, anda que bebe los vientos por mi persona. No lo pude evitar: me enrollé con Cristina allí mismo. Aún tuvo tiempo la buena de Carmen para pasar a mi lado y soltarme un sonoro “¡Eres un cerdo hijo de puta!”. Ese es mi triste sino. Alguna cae, claro, aunque es difícil que me lo llegue a hacer más de una vez con la misma. ¿Será que no lo hago del todo bien? Porque, bah, creo estar bien dotado para el sexo; también me considero una persona imaginativa y con mucho que ofrecer en el ámbito sexual, pero debo ser un auténtico gilipollas cuando me rehuyen de esa manera. Joder con mi instinto de supervivencia. Joder con mis borracheras. Muchas veces no soy capaz de recordar qué habrá pasado al despertarme al lado de una tía, en una cama extraña, viendo toda mi ropa esparcida por el suelo de la habitación. En esas ocasiones, lo que hago es mirar a la chica durante un buen rato; luego me aprieto con fuerza contra ella y la voy despertando poco a poco a base de besos suaves en su espalda a la vez que voy haciendo notar en su piel toda mi erección. Pero esto sólo surte efecto en contadísimas ocasiones. ¡Vaya un desastre!

Por eso envidiaba a Ernesto, por ser capaz de tener y mantener una novia. Conocí a Ernesto en el instituto, y gracias a sus consejos – que yo pedí, he de reconocer – casi me quedo sin polla. Un día, en segundo de BUP, a mitad de curso, le pregunté muy preocupado a mi amigo Ernesto: “Oye, Ernesto, ¿tú te haces pajas?”. “Claro. Es lo normal, ¿no?”, me respondió él con su extraña sabiduría mundana. “¿Y a ti te baja toda la piel?”, seguí yo interrogando a mi amigo. “¿Que si me baja toda la piel y deja al descubierto todo el glande?”, contestó él, muy sorprendido, con otra pregunta. “Sí, sí, eso”, denotaba yo excesiva impaciencia ya. “Pues claro”, me dijo muy seguro de sí mismo. “A mí no. A veces incluso hasta me hace daño”, comenté apenado esperando la respuesta filosofal de Ernesto. “Es muy fácil. Lo que tienes que hacer es dar tirones muy fuertes al masturbarte hasta que baje del todo. Así lo hice yo. Así lo hacemos todos.” Dicho y hecho. Iba a ganarle la batalla a mi fimosis a base de fuerza bruta. Esa misma noche, pensando en la de matemáticas, conseguí que mi glande saliese por completo a la luz. Llamé por teléfono a Ernesto nada más correrme. “¡¡Ya está, tío!! ¡¡Ya está!!”. Pero en verdad no estaba. Sí, la piel había bajado, pero el problema ahora consistía en que debería subir otra vez. Y no lo hacía por más que yo tiraba con fuerza hacia arriba. A los dos días de mi masturbatoria hazaña, le enseñé aquello al bueno de Ernesto. “¡Hostia, pero si se te va a engangrenar!”, me dijo él muy asustado cuando vio tal desbarajuste genital. Mi polla, el glande concretamente, estaba totalmente estrangulado por mi fimosis; se había tornado morado, tirando ya a negruzco. “Tenemos que ir a urgencias”, proclamó Ernesto decidido. El urólogo arregló aquel desaguisado. Cortó, dio unos puntos, y asunto liquidado. Uno o dos días más y me quedo sin mi aparato. El mismo urólogo que operó de urgencia mi fimosis, me recetó unos medicamentos contra la gonorrea unos años más tarde. Un domingo, a eso de las dos de la tarde, me desperté en la cama de Jéssica. No recuerdo cómo sucedió. Sólo recuerdo que Ernesto se encontraba cansado, y Jéssica quería contarme el viaje que ambos habían hecho a Eurodisney. Dos, tres copas más y allí acabé yo la noche, en casa de la novia de mi mejor amigo. Cuando Ernesto me llamó el martes siguiente para contarme que Jéssica tenía gonorrea, y que le había hecho llamar por teléfono a unos tíos para comunicarles tal evento, no supe dónde meterme. Bueno, sí que lo supe: en la consulta del médico de cabecera, para pedirle un volante para el urólogo. Más vale que yo nunca tenga una novia.

3- Jéssica

¡Ya está bien de gilipolleces! No soporto que me atosiguen, que me agobien sin razón aparente, y Ernesto lo hacía constantemente. Que si un día un peluche, que si otro un ramo de claveles…Trataba de sorprenderme a diario, y lo único que conseguía era aburrirme de tan pesado como se ponía con sus “sorpresitas de mierda”. Un día le comenté que me gustaría ir a Eurodisney, algo sin importancia, desde luego. Es como si tú vas y dices que te gustaría ir a Australia a ver canguros, o qué sé yo, pero como algo que dices por decir, para que se lo lleve el viento, el recuerdo. Lo que ya carece de todo tipo de lógica es que a la semana siguiente te aparezca el otro imbécil con un viaje a Disneyland-París para dos personas. Qué podía hacer yo aparte de disfrutar de aquel regalo caído del cielo tan persuasivo que regentaba Ernesto. Lo de la canela fue otra historia, el colmo de su estupidez. (Cada vez que como algo que lleva canela me viene a la memoria el olor de aquella habitación de hotel en Eurodisney. Insoportable, sin más.) Ernesto es un puto obseso sexual. Al principio nos lo pasábamos la hostia de bien en la cama, en la mesa de la cocina, en el suelo, en la bañera, en…Con el ascensor comencé a mosquearme ya un poco… Los viernes venía a mi casa y me hacía tragarme las películas porno que pasaban por Canal Plus. Hasta ahí, de puta madre. Pero un día, activado por algún resorte escondido en un oscuro rincón de su psique, le dio por que imitásemos a los actores de aquellas aburridas e insulsas películas pornográficas. Inútil tarea, ya que ambos carecemos de la forma física necesaria como para plantearnos siquiera una gimnasia sexual de ese tipo; así como también carecemos, al menos yo, de la suficiente versatilidad genital como para andar con posturas de cangrejos, arañas o animales similares. Me gusta el sesenta y nueve, me gusta algo de variedad, por qué no; pero de ahí a tratar de emular la elasticidad de la Nadia Comaneci de Montreal ’76 conjuntamente con la potencia sexual de un Rocco Siffredi, por la parte que a él le tocaba, media un abismo… qué abismo, ¡una fosa abisal! Me aburría, para qué engañarnos. Ya no me cabían más peluches en la habitación. (Esos cabrones aceleraron mi alergia a la caca de los ácaros. Al día de hoy no conservo ni un puto peluche. ¡A tomar por culo los malditos ácaros en sus casas de ositos y animalitos variados!) El sexo, su mero disfrute, se iba alejando de mi lado. Aquél, como un poseso a mi vera; y yo, fingiéndome la más frígida de las mujeres tratando de hacer que todo terminase cuanto antes. Otros hombres comenzaron a llamar mi atención. Sentía la imperiosa necesidad de echar un polvo, un buen polvo, sin complicaciones exóticas, sin tener porque imitar lo que aquellas divas del porno hacían desde el fondo de mi televisor. Una noche que salí con mis amigas Sara y Mónica, así como a lo bobo, me lié con un tío en un pub, a las cuatro y media de la madrugada. Volví a correrme, a sentir lo que suponía un buen orgasmo, con suavidad, con cariño, aunque también con pasión, con fuego interno saliendo precipitadamente fuera de nuestros cuerpos. No recuerdo su nombre; quizá no tuve tiempo ni para preguntárselo. Iba yo a lo que iba: a lo mío y punto. Seguía con Ernesto, pero no era más que fruto de la inercia que nos lleva a favor de su vana corriente. En mi vasto peregrinar en busca del sexo perdido, acabé una noche llevándome a Darío a mi casa. Darío, el “Lagartija”, el mejor amigo de mi, por aquel entonces, novio formal. No hicimos nada; nada en absoluto. Él estaba demasiado borracho como para poner su aparente calentura en funcionamiento. Se durmió en apenas diez minutos. Al despertar, ya no me apetecía hacérmelo con él. La excusa resultó sencilla: Ernesto. Darío parecía un pelín despistado, como si no recordase nada de lo sucedido. Nada, precisamente nada. No quise ser su memoria perdida. Que piense lo que quiera.

Ernesto me dejó un día. No podría describir con palabras la tremenda sensación de alivio, de libertad, que invadió todo mi ser en aquel momento. Había jugado con tiento mis cartas para que él diese el primer paso, el paso definitivo, primero y último. Porque yo fui cobarde y no me atreví a ser yo la que abandonaba. Es más cómodo el papel de abandonada, sin duda. Le di un beso y le dije adiós. No lloré, y él se quedó allí, de pie, haciéndose un poquito más pequeño a cada paso que yo daba en dirección a mi casa.

TAPA DE CACHUCHA VS. CHELSEA GIRL

A Julián le brillaban los ojos, pero no por el motivo habitual de un fin de semana al uso, sino porque todavía no era capaz de dar crédito a la realidad que llevaba viviendo en primera persona esos últimos diez días. “Joder, si me viesen ahora los del pueblo”, pensaba cada poco como acto de mero pellizco para ir creyéndose que aquella chica tan guapa y carismática estaba por y con él. Imposible imaginarlo hace no demasiado tiempo, al hijo de Julián, el de la Regoxa, el rey de los bares más tristes del pueblo, paseando por el Soho londinense de la mano de Sharon, tan plena de cabellos rubios como de dientes de esos que iluminan las calles oscuras como si de luciérnagas se tratasen.

Cada día se miraba incrédulo al espejo de ese armario SILVERÅN que había comprado en el Ikea de Croydon por un precio muy razonable mientras Sharon se iba preparando para otro día de trabajo, otro día en ese papel de modelo que quiere triunfar a costa de todo lo que se pueda interponer en su camino, incluida, por descontado, la comida en cualquiera de sus apetitosas formas.

Julián sabía que el viaje al pueblo era la prueba de fuego, ese paso del umbral para una relación que podía avanzar hacia una normalidad que se presuponía era pretendida por ambos. Pero el pueblo era mucho pueblo, y los bares demasiado tristes y lúgubres para las retinas de la pobre Sharon, que huyó espantada al baño ante la primera tapa de oreja de cerdo, conocida coloquialmente en el pueblo como cachucha, con aceite de oliva y pimentón dulce que les pusieron en el Mesón del Rediós como acompañamiento a los dos cosecheros de mencía que habían pedido. Ni siquiera su familia pudo pasar el corte: demasiado ruidosos, demasiado olor a ajo, demasiados chorizos, botillos y lacones presidiendo cuadras ya vacías de animales y tan sombrías como el invierno más septentrional.

El regreso a Londres fue un canto reverencial a los sonidos del silencio. Dos semanas más tarde, Sharon se había mudado con una compañera de agencia a un piso de Chelsea, su barrio de toda la vida, menos bohemio que Crystal Palace, pero más cómodo para ella a nivel de credo, raza o religión, puede que hasta a nivel aromático, si la apuran. En menos de un año ya había conseguido dos portadas y había dejado de contestar los mensajes de whatsapp de Julián, al que, esbozando una mueca de asco con la cachucha en el recuerdo, bloqueó irremisiblemente tras haber follado aquella mañana de julio con Andy Giuliani, el fotógrafo más pijo, pendenciero y heterosexual de todo el Londres guay.

Julián sigue trabajando como profesor de español y francés. Se le da bien, le gusta y lo disfruta de un modo más que vocacional. Muchas tardes, al llegar a casa, saca de un cajón del armario del salón todos los recortes que va guardando de los reportajes y anuncios de Sharon, los extiende con un cuidado más que reverencial sobre la moqueta beige, y se masturba con fiereza sin apartar su vista de todas aquellas Sharons que lo miran enamoradas, con un deseo que él imagina infinito. Cuando la última gota asoma, va al baño, se lava y regresa al salón a hacerse un buen porro de maría, el cual fuma vehementemente con los ojos cerrados mientras escucha a todo volumen “Chelsea Girl”, de los Simple Minds, que no es que le gusten especialmente, todo lo contrario, que Jim Kerr siempre le pareció un gilipollas, pero esa es la única canción de ellos que le mola, porque era LA canción, SU canción, la de él y Sharon. Y jamás, así broten mil pandemias, jamás renunciará al sabor, a la textura gelatinosa de una buena tapa de cachucha. Acaba la canción, muere el canuto: la boca agua…

HABITUACIÓN, CUAL CEBOLLA RECIÉN CORTADA – PARTE VII

VII.

¿Quién si no yo abría las puertas?

¿Quién cortaba el viento en láminas finas

para que tú comieses de mis palmas?

¿Quién visitó las tinieblas,

quién los bajos fondos de tu entretenimiento,

y quién los vertederos de tus refranes?

¿Quién cocinó para ti suculentos platos

henchidos de ricas proteínas?

No me respondas, que no lo necesito.

No hables para soltar fuego por tu boca de dragón.

No me mires, que yo no puedo verte.

No me toques, que todavía hay sangre.

Microgameto en una pecera,

que nada y nada contra tu placenta.

Ictiófago en la sabana;

pero sólo se ve hierba seca,

también carne que huye,

y la sequía todo lo arrasa,

arruga la tierra,

la exprime y la mata.

Por suerte, mis microgametos no son ictiófagos,

son sólo camellos que cruzan el desierto

bien repletos de líquido,

bajo el sol,

libres de espejismos y de oasis malditos.

Si mi mano los malgasta,

será culpa de mi desenfreno,

de mi perspiración y de mis jadeos;

de tu desnudo atípico

y de mis ganas de salpicarte.

Me gustaría quedarme sin dientes,

sin encías, incluso.

Quisiera no poder tenerte

nunca más cerca de mi aliento,

sin dientes,

repito,

halitosamente podrido;

chimenea de mis malas digestiones.

Con un puré me basta,

con un vaso de agua me sobra;

con una caricia de perro corro a tu lado,

y con un silbido agudo, de urgente necesidad,

puedo hasta llegar al orgasmo;

hasta que se me llegue a partir la médula,

espinal, ficticia y mutante,

plastilina hecha bola entre las manos de un niño;

fado lisboeta saliendo airoso pero airado

de la garganta de una vieja borracha de fe;

persona sin rumbo.

Pessoa sin su “Brasileira”.

Niño negro sin su balón de reglamento.

Corazón independiente, gambeteo redundante;

Alfama vomitando coros de muertos vivientes.

Trapo enredado que entra por la mismísima escuadra.

Droga de inútiles y pasión de los débiles.

¿Cuándo se dignará llamar a mi puerta?