TRILOGÍA MANCHEGO-AUSTRALIANA, PARTE III: EN REALIDAD, ME LAMO SARITA

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Ante todo, quiero dejar claro, clarísimo, que mi nombre no es Gina. Yo me llamo Sarita, que es a las ovejas de Campo de Criptana, lo que María a la infinidad de mujeres de mi país de origen. No sé, lo de Gina me suena como a Vanesa, Lorena, Nerea o cualquiera de esos llamativos nombres tan horteras que muchas madres humanas han puesto en los últimos años a sus crías, perdón, hijas, quería decir hijas. Mi antiguo amo me asignó “Sarita” en honor a Sara Montiel, Saritísima, nacida, al igual que yo, en aquella insigne villa.

Echo mucho de menos mi tierra, a mis amigos, así como a nuestro buen pastor… Aún no me explico qué perra le habrá dado a este tío conmigo; así porque sí, mata al gurú, que en aquel preciso instante ejercitaba su ritual conmigo, y me lleva luego con él en un extraño vehículo para, al final, viajar durante horas dentro de un pájaro de hierro rodeada de perros, gatos, ¡y hasta un cocodrilo devuelto por el zoo de Madrid…! A mí, la verdad, no me importa seguir a otro gurú, pero es que éste debe ser agnóstico o algo por el estilo ya que nunca legamos al clímax que provocaba la liturgia de mi anterior pastor, tan sólo me mira y me acaricia con mucho mimo, nada más… Aunque a veces pienso, por su actitud, que va a dar el paso definitivo, eso nunca ha llegado a ocurrir. Como en el remedio está la alternativa, mi paso a continuación consiste en buscarme un macho de mi propia especie para así saciar mis ansias espirituales de cumplir devotamente con el rito ancestral que heredamos de nuestros antepasados, generación tras generación, desde los tiempos de Abel, el hermano de Caín, que fue el Gran Iniciador. El único impedimento sobreviene al intentar comunicarme con alguno de los corderos de estas tierras: todos hablan un idioma irreconocible para mí; pero al final, como creyentes en el simbólico ritual del falo, acabamos consumando todo el proceso.

En mi última ceremonia, la suerte me fue esquiva: me quedé preñada… y yo no lo pretendía. Me encuentro ahora activando un comité ovino pro-abortista, ya que considero que el parir debe ser una decisión meditada y unipersonal de la propia oveja embarazada. El mismo problema, el idioma supone una barrera momentánea que me impide, por ahora, llevar a cabo todos mis propósitos; pero me esfuerzo con tesón y voy aprendiendo su lengua poco a poco (“We have to fight against the male power!”). Incluso creo que ya he convencido a dos para que se unan al comité. No sé, ya veremos.

El año pasado estuve a punto de escaparme de la compañía de mi nuevo amo; para ello me infiltré, con la suficiente cantidad de barro de camuflaje cubriendo todo mi cuerpo, entre la multitud del rebaño. Casi lo consigo: al poco de emprender la marcha guiados por dos humanos, sirvientes del pastor Manolo, éste de repente llegó azorado hasta nuestra altura… y me encontró. ¡Me cago hasta en la leche de cabra! ¡Qué mala pata la mía! Aquí me tuve que quedar, sola, preñada y con un pastor ateo que no conoce los rituales de unión entre hombres y ovejas. ¡Vaya un plan de futuro…! Además, esta tierra es muy agreste, no se parece en nada a mi Campo de Criptana. Está plagada de animales rarísimos, totalmente desconocidos para una oveja de pueblo como yo – algunos llegarían a asustar incluso a Zeus, el perro que ayudaba al buen Graciano -.

El otro día, (y no estoy mintiendo, que conste) vi una mosca – supongo que sería una mosca – gigante, tan grande como un gorrión; ¡y volaba hacia mí para posarse en mi lomo y chuparme toda la sangre! Yo la llamo la chupa-ovejas. No, si yo aquí cualquier día aparezco tiesa, patas arriba y muerta, sino por la acción de una de estas criaturas salvajes, al menos de un paro cardiaco.

En estos días, sola con el interfecto éste, no me atrevo ni a salir del cercado. No ceso de preguntarme, ¿pero qué hace una merina como yo en un sitio como éste? Creo que la culpa la tienen estos locos homínidos que, a la mínima de cambio, se salen de sus casillas. El Manolo se carga a mi Graciano, y yo acabo viviendo junto a él sin comerlo ni beberlo; no, si ya lo digo yo: “están locos estos humanos”… Supongo yo que el ver el mundo desde las altitudes que ellos lo ven hará que el viento les afecte un poco más al cerebro, aunque reconozco que no a todos por igual, que mi anterior pastor era un ser muy coherente y, sobre todo, muy buena persona. Doy fe.

TRILOGÍA MANCHEGO-AUSTRALIANA, PARTE II: “GINA”

1955:  Italian film actress Gina Lollobrigida standing beside a row of suitcases which amazingly all fit into the boot of a Citroen DS 19.  (Photo by Charron/Hulton Archive/Getty Images)

Hasta hace dos años yo vivía en Madrid, no sé si felizmente o no, pero sí que se me podía considerar como un engranaje más de los que hacen girar la supuesta e hipotética civilización occidental. Ahora mismo estoy en Kalgoorlie, una pequeña ciudad sita en la zona suroccidental de Australia. Me gano la vida dedicándome al pastoreo de ovejas, y mi granja nos da para ir comiendo – y cuando digo “nos” estoy incluyendo a Gina -. Todo lo que ansío en esta vida lo encuentro en Gina. Ella es mi guía. Lo dejé todo por ella, llegué incluso a asesinar por ella, y por ésta, entre otras razones, huí en su compañía hasta llegar hasta aquí. No puedo facilitar mi nombre ya que aún padezco el temor a la justicia implacable de la raza humana; si os place podéis llamarme “Q”.

¿Y cómo llegó “Q” a Australia?, seguramente que os preguntaréis intrigados… Lo único que puedo hacer es contaros mi historia, mi versión, y que el tiempo dicte sentencia.

Yo trabajaba en un banco, en una sombría sucursal de un barrio de Madrid. Mi vida se estaba convirtiendo, sin apenas yo darme cuenta, en un ciclo totalmente previsible: trabajar, comer, ir a casa, hacer vida de marido y padre hasta la hora de acostarme, y así sucesivamente día tras día, semana tras semana… Me casé porque todo el mundo lo hace; tuve hijos porque casi todos los matrimonios suelen tenerlos; malgastaba mis horas en un trabajo rutinario y alienante porque tenía que mantener a una esposa y dos hijos. Ahora bien, he de confesar que no movía un solo músculo para cambiar mi situación, sencillamente me iba dejando arrastrar, como un vago salmón, por la hipócrita comodidad de la vida cristiana en familia. Pero un día todo empezó a cambiar repentinamente: sentí la imperiosa necesidad de nadar contra corriente, para bien o para mal, pero al fin había tomado mi propia decisión: ya podía elegir mi propio destino, y, es más, ahora creo firmemente que todos podemos hacerlo si nos lo proponemos, si nos paramos a pensar en nuestras vidas más de cinco segundos seguidos. Gina me despertó de mi letargo y me obligó a salir de mi covacha.

ovejas-en-campo-de-criptana-autor-bram-meijerUn domingo, como teníamos por costumbre en aras de autoengañarnos, al menos mínimamente, nos fuimos de excursión con unos amigos a Campo de Criptana, en la provincia de Ciudad Real. Mi mujer preparó un suculento pic-nic, mientras yo tan sólo me encargaba de llevar mis naipes para así organizar una buena partida de mus. Ante nosotros se presentaba un domingo de lo más entretenido, y he de reconocer que, por lo que a mi respecta, sí que lo fue.

Mientras caminábamos tranquilamente buscando una zona de sombra bajo la que cobijarnos del inhumano sol que por momentos nos abrasaba, apareció, como ninfa surgida de la nada, Gina, ella, la más hermosa. Pero no fue sólo su belleza física lo que me atrajo, también su indescriptible aura de romántico misterio me dejó fulminado desde el primer instante en que nuestras miradas se cruzaron.

Lo supe al momento: estaba enamorado… Ante mí tenía lo que inconscientemente yo había necesitado desde hacía ya mucho, muchísimo tiempo. No me quedaba otro remedio, debía actuar con extrema celeridad y, aunque hube de regresar ese mismo día para Madrid con todos los demás, eso hice sin más demora. El miércoles siguiente no me presenté en mi puesto de trabajo; mi coche me condujo de nuevo hacia el pueblo castellano-manchego en el que habitaba mi perturbadora musa.

La estuve buscando durante horas y horas, pero no la hallaba. Sí que pude ver muchas otras que guardaban cierto parecido con Gina, pero ninguna era ella, mi Gina – no es que éste sea su verdadero nombre, pero a mí me recordó desde el primer instante a Gina Lollobrigida, gran belleza inspiradora de mis años de púber onanista -. Por lo menos, dentro de la natural desesperación que comenzaba a invadirme, alguien se había apiadado de mí: un pastor llamado Graciano me invitó muy amablemente a comer garbanzos en su morada, una típica vivienda de aquellos parajes conocida como casa-cueva. Pero dejémonos ya de andar con rodeos y vayamos directamente al grano.

Una vez finalizado el almuerzo, me despedí del pastor y proseguí con mi ardua e intensa búsqueda. Cuando la más absoluta de las angustias existenciales rondaba por mis neuronas, la divisé desde lo alto de una loma. La alegría inicial se tornó ira al comprobar que no estaba sola, que tampoco estaba quieta… ¡Estaban abusando de ella, de su grácil inocencia! No tuve más opciones, no había alternativas posibles ante semejante conducta: tomé del suelo una buena tranca y, antes de pararme a pensar en lo que estaba haciendo, antes de recuperar mi lógica diferencial, asesté en la cabeza del violador tantos palos que su cráneo me recordó luego a un coco partido en varios trocitos, como esos que venden en las ferias, vamos. Después de haberlo matado, lo reconocí: era Graciano, mi anfitrión tan sólo unas horas antes. En ese instante, mi conciencia empezó a ejercer como tal… pero allí estaba ella, a mi lado y mirándome tiernamente, comprendiéndolo todo, que yo había asesinado para defenderla. Enterré el cadáver del pobre desgraciado entre la Ermita Cristo de Villajos y la Laguna de Salicor. Ya, ya sé que eso abarca mucho terreno, pero no quiero dar más pistas, que no pretendo yo ahorrarle el trabajo a nadie.

Dejé atrás mi vida, a mi familia, y me vine a Australia, lo más lejos posible, con Gina, mi fiel Gina. El largo viaje en avión se nos hizo especialmente duro ya que no pudimos viajar juntos – lo contrario levantaría sospechas; la sociedad, con sus limitados parámetros, seguro que no alcanzaría a entenderlo -. Sin embargo, una vez aquí, solos e instalados, comenzamos a sentirnos totalmente libres, y en ello estamos…

Hace un año me compré una granja en las afueras de Kalgoorlie; tengo dos empleados que se encargan de la labor de pastoreo, de cruzar este inmenso país con un rebaño de ovejas a su cargo, para regresar con cabezas nuevas después de transcurridos unos meses. Son lo que aquí llaman “drovers”, o pastores trashumantes.

Gina se queda siempre conmigo, aunque la última vez me llevé un buen susto: casi se la llevan con ellos… Menudo despiste. Todo este proceso me produce un poco de lástima porque Gina se pone muy triste cuando se van sus amigas, pero tiene que acostumbrarse, debe entender que ella es mía y sólo mía. Mi amor por Gina es puramente platónico, no mantenemos relaciones sexuales, tan sólo compartimos nuestras vidas sin pedir nada a cambio.

En la actualidad Gina está embarazada, creo que ya a punto de parir. Eso es bueno, siempre resulta gratificante que aumente el rebaño. No siento celos, ¡qué va! Reconozco que todos los seres vivos tenemos que cumplir con nuestras obligaciones biológicas, y el sexo es una más entre ellas, lo cual es también aplicable a mi persona: yo me acerco a Perth cada quince o veinte días para así poder vaciar mis rebosantes glándulas seminales.

No espero nada especial del futuro, sólo poder vivir lo suficiente para poder disfrutar de la grata compañía de Gina, aunque esto parece, en principio, una contradicción porque yo sé de sobra que una oveja envejece más aprisa que un ser humano. Eso me entristece… Pero ha surgido una luz de esperanza en el horizonte que aprovecharé cueste lo que cueste: gracias a “Dolly” podré tener a Gina hasta que mis días se acaben, bastaría con clonarla una y otra vez hasta que mi corazón deje de latir para siempre jamás.

TRILOGÍA MANCHEGO-AUSTRALIANA, PARTE I: “QUÉ TE CREÍAS, PUES”

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Todo lo que gano me lo gasto en putas. ¿Para qué complicarme la vida con una novia o algo así? No, no. ¡Qué va! Tengo mis amigos, con los que salgo de copas todos los fines de semana, y con eso me basta. Ni siquiera tengo familia. Soy hijo único. Mi madre murió en mi parto, y mi padre desapareció misteriosamente hace ya dos años cuando pastoreaba por los alrededores de Campo de Criptana. No sé qué habrá sido de él, y tampoco me importa en exceso ya que no nos llevábamos demasiado bien. Nunca alcancé a comprender sus aficiones zoófilas. ¡Si hasta decía que había una oveja mucho más guapa que las demás!

Ya hace once años que me vine a vivir a esta ciudad dejándolo a su suerte en el pueblo. Puede que se sintiera deprimido, que se hubiese muerto su oveja preferida, y que esa circunstancia le obligara a abandonar por completo su pasado para comenzar una nueva vida… No sé, no tengo ni puta idea de dónde puede estar este hombre, y tampoco me importa, para qué engañarnos.

En determinadas ocasiones, bajo la influencia del alcohol – y de alguna que otra sustancia que no voy a mencionar aquí por guardarme un poco las espaldas – me enrollo con una chica, me la llevo luego a mi casa para echar un par de polvos – cuando es posible, claro, ya que alcohol y sexo no suelen combinar muy bien -. Pero al final no sé qué coño les pasa que quieren quedarse a dormir o, si no, pretenden concertar una cita para ir otro día al cine o algo por el estilo. ¡No y mil veces no! No puede ser. Mi libertad la antepongo a todo; por eso es más sencillo ir con una puta: pagas, follas y además no tienes porque aguantar ninguna clase de histrionismo femenino ante lo que ellas pueden considerar como despecho. “Sólo me querías para follar”, suelen echarte en cara. “Sí, ¿qué te creías, pues?”, respondo extrañado ante semejante reproche, y sin ningún remordimiento de conciencia. Total, yo nunca prometo nada, son ellas las que se dan por aludidas sin que se les haya dado la vez.

El principal problema es que no gano mucho dinero, y con la inflación y todos esos líos, las tías no hacen más que subir los precios. El día que un partido político incluya en su programa electoral un proyecto de regulación del servicio de prostitución a través de la Seguridad Social, u organismo similar, entonces me decidiré a votar por primera vez. Otras veces lees en un periódico “Sexo Gratis”, llamas al número de teléfono que viene debajo de tan atrayente enunciado, y luego resulta que hay que pagar una cuota para que te manden teléfonos de señoras y señoritas que se lo hacen “por puro placer”. Una vez piqué y di veinte mil pesetas para que me enviasen, contra reembolso, un catálogo – si es que se podía denominar así – con una serie de teléfonos. Nervioso y sin más dilación, empecé a marcar el primer número: me contestó una señora con un tono de voz muy agradable – tanto que, sin yo percatarme conscientemente de ello, se me estaba empezando a poner dura – diciéndome que sí a todo lo que yo proponía… Pero faltaba la sorpresa final: “Mira, yo es que tengo problemas económicos; la empresa de mi marido fue a la quiebra, y bla, bla, bla”. Conclusión: había que aflojar la cartera. No te jode, así cualquiera monta un negocio de sofisticado proxenetismo. Lo más sospechoso es que la respuesta anterior se repetía llamada tras llamada… Se habían aprendido el guión de putísima madre.

Un día le comenté a un amigo que se me iba el sueldo en putas. “Juega a la quiniela, o a la primitiva… ¡Yo qué sé! ¡A mi que me cuentas!”; vaya una contestación viniendo de un supuesto amigo, ¿no? Pero seguí su consejo: comencé a cubrir quinielas con cuatro dobles y un triple. Al principio nada de nada: siete u ocho aciertos la vez que andaba más atinado. Puede parecer un poco absurdo, surrealista incluso, pero a mí el no ganar en lo que sea, en un juego, en un partido; en definitiva, en cualquier actividad que implique un mínimo de competición, me pone frenético. Ante mi creciente desesperación, y también por hacer un poco el tonto, decidí cubrir una quiniela al azar, sin mirar los partidos. Cuando terminé de rellenarla y me di cuenta de lo absurdo del resultado final, me entró tal ataque de risa que estuve en un tris de romperla y cubrir otra aplicando toda la lógica futbolística. Menos mal que en ese preciso instante sonó el teléfono y, después de una absurda discusión con los de la compañía del gas, se me olvidó por completo que debía rellenar otro boleto. Al final, por falta de tiempo, llevé a sellar aquel utópico papel del 1-X-2.

Pleno al quince; sí, así como suena: un pleno al quince. Y todo gracias a que el Celta ganó en el Bernabeu, el Oviedo en el Nou Camp, luego siete empates más y un dos, de los difíciles, en segunda división: el Langreo había derrotado al Sevilla en el Sánchez Pizjuán por uno a cuatro. La de dios, aunque a fin de cuentas una putada también: no era yo el único acertante, habían aparecido otros dos mamones que acababan de sisarme, así por el morro, casi setecientos millones. El caso es que, en total, recibí cerca de trescientos millones de pesetas… y ya no tengo ni un puto duro; ¡ni uno!

Otro buen amigo me explicó un día una especie de solución a mi adicción a las putas – al verme yo millonario ya las llamaba para que vinieran a mi casa, y casi siempre de dos en dos, y a veces hasta tres en un solo lote -. “Escucha, lo tuyo con las putas es como lo de un yonki con la heroína. Tú piensa, cada vez que tengas un impulso de ese tipo, que una puta es como un chute de caballo. Además, tío, ya sabes que ligar por ahí con una tía es hasta fácil hoy en día, y tú no estás tan mal, que sé yo de alguna que se metería en tu cama sin ningún problema… ¡Y gratis, tío! ¡Gratis!”

¡Ay!, el bueno de Joaquín… Intenté seguir su consejo al pie de la letra, pero no pude, al contrario, ahora no tengo dinero ni para pagarme una puta de setenta años… pero sí que soy un yonki de mierda que tiene que buscarse la vida cada día, en cada esquina. ¿Qué pasó con mi dinero? Preguntad a los toxicómanos y a las prostitutas de mi ciudad qué es lo que han hecho con él… aunque eso supongo que ya lo podéis intuir, que no sois bobos, ¿o no?

LAS CHICAS GRANDES NO LLORAN

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1- Ernesto

Sé que parte de mi mala suerte con las chicas se la debo a la canela; sí, a la canela, a esa especia que sirve para condimentar el arroz con leche, por ejemplo. Un buen amigo me cantó un buen día todas las alabanzas de la canela como puro y duro afrodisíaco, y, ya que estaba yo pasando por una fase de apatía sexual con mi pareja (más por su creciente inapetencia, que por la imaginación derrochada por mí en infinidad de juegos del arte de amar. Recuerdo que Jéssica al principio de nuestra relación se corría con el sólo contacto de mi anular con su clítoris, y eso me daba qué pensar; hacía que mi sentimiento de culpa aumentase un poco más después de cada conato de sexo mutuo. ¿La habría vuelto yo sexualmente inapetente con mis “malas artes”?, era la pregunta que martilleaba mi cerebro por esa época), decidí entonces que la canela sería nuestro remedio salvador. Tenía que darme un baño de canela. Nada de sales aromáticas para pijos; canela. Preparé concienzudamente aquella bañera: agua caliente, canela en rama por allí flotando, y todo un bote entero de canela en polvo por si la misma en rama no era suficiente condimento. Puse música relajante, y me hundí de lleno en toda la sensualidad de aquel baño místico. A los dos minutos, un picor insistente y pegajoso comenzó a invadir toda la superficie de mi piel, incluso mi cara y mi cuero cabelludo ya que, en un alarde de valerosa generosidad, también había hecho tres inmersiones en aquellas aguas teñidas de color marrón. Lógicamente, empecé a rascarme. Al principio suavemente, pero como aquello no había manera de aliviarlo, luego pasé a rascarme con fruición, casi con saña se podría incluso decir. Dejé de imaginarme a Jéssica en su quinto o sexto orgasmo, y abrí mis ojos para mirarme. ¡Qué susto, madre mía! Estaba absolutamente plagado de granos que se iban tornando pústulas en mi epidermis. Sin pararme siquiera a pensar, quité atorado el tapón de la bañera para que se alejase de mi ese dañino líquido, poción maldita que causaba efectos tan secundarios como malévolos en mi piel. ¡Dios mío, hasta empezaba a darme la impresión de que me iba a quedar ciego! ¿Sería aquello la peste, la muerte negra, la lepra…? Ya no me atreví ni a recoger todos los trozos de canela en rama que luchaban indefensos contra la fuerza de la corriente a las puertas del sumidero. Salí despacio de la bañera, intentando tranquilizarme. Creía esperanzado que al mirarme en el espejo unos segundos más tarde todo mi mal se habría disipado por completo. Secándome con sumo cuidado con la toalla, me acerqué sigiloso – temiendo ser hasta espiado por alguno que me estaba gastando una fea broma – hacia el espejo. ¡La hostia puta! Reflejado en el espejo aún se me veía mucho peor. No quedaba rastro de mis rasgos faciales entre tanto grano pustulento. Por un instante llegué incluso a pensar en la cámara oculta. “Ya sé. Ya sé. ¡Sois vosotros, hijos de puta!”, grité sonriente, triunfal, al espejo. Eran ellos, los cabrones de mis amigos (si es que en ese momento merecían ser designados como tales) los que me estaban gastando una broma en perfecto acuerdo y armonía con uno de esos tan “simpáticos” canales de televisión, de los que aderezan nuestra monótona existencia con programas tan sutiles, tan de ámbito intelectual con sabor a chorizo rancio y a tortilla de patatas reseca, como esos de la cámara oculta. Traté de limpiar el vaho del espejo con la esperanza de borrar de su superficie esas horribles manchas entre rojizas y amarillentas que me hacían parecer el Hombre Elefante. Pero no, John Merrick no se iba de mí mismo, y se aceleraba, se aceleraba mi terrible mutación. Recordé “La Mosca”, la película esa de David Cronenberg en la que Jeff Goldblum se transforma en un auténtico monstruo por culpa de una mosca, ¡de una puta mosca que se había colado sin permiso en su máquina de teletransportación! ¿Qué cojones podía yo hacer? No tenía ni puta idea de francés, y me encontraba en Eurodisney, en un hotel de lo más idiota, con “goofies”, “mickeys”, “sirenitas” y “reyes león” por todas partes. ¡Cómo lo odiaba! Odiaba a todos aquellos alienígenas que no eran más que Pierres, Françoises, Bernards o qué sé yo disfrazados de monstruitos para niños. Odiaba también a la cabrona de Jéssica, por haberme embarcado en aquel fatídico viaje al país de nunca jamás (porque nunca jamás pienso yo regresar a semejante esperpento de parque temático o cómo quiera que se denominen esos abominables sitios). Era mi regalo para ella; Semana Santa en Eurodisney. Era el gran disgusto de mi vida, y no ya por verme envuelto, literalmente, en tamaña metamorfosis, sino por el crédito que había tenido que negociar con los usureros del banco para poder realizar “su sueño”: Eurodisney. Y encima se había vuelto frígida. ¡Joder! Tardé casi cuatro años en solventar mi deuda con el banco. Con Jéssica sólo duré tres semanas más…C’est la vie!, que dirían los de por allí. Pero lo que sí que estaba yo viendo en aquellos momentos era a Ernesto Fernández Urrutia a las puertas mismas de la muerte. Me vestí cuidadosamente y bajé a recepción. Los del hotel se portaron de maravilla conmigo: un “apandador” que chapurreaba algo de castellano me acompañó hasta el departamento médico. Por suerte, el doctor se apellidaba González (Dios salve a los emigrantes), y me diagnosticó, tras hacerme una serie de análisis de sangre, una alergia bestial a la canela. Podía comer cualquier alimento aderezado con tal especia, pero no podía entrar ella en contacto con mi piel. Vale, de acuerdo. Cuando Jéssica regresó de su excursión parisina (ya sabéis, la Torre Eiffel y todo eso), yo ya me encontraba bastante mejor. Eso sí, apestando a canela. “Joder, ¿a qué hueles, tío?”, fue su agradabilísima frase de consuelo. No hicimos ni siquiera el amor en los cuatro días que duró nuestro periplo por tierras disneyanas. Para qué.

Dos semanas más tarde, cuando mi piel ya estaba limpia por completo, me llega Jéssica con la gonorrea. Bien, a medicarse tocaban. Ningún problema por mi parte, por mi inocente y gilipollas parte. “Toma, Ernesto; llama a todos éstos y diles que vayan al urólogo”, me dijo a la vez que me entregaba una lista con siete nombres masculinos y siete números de teléfono. Lo hice. “Buenas tardes, ¿está Fulano?”. “Sí, soy yo”. “Pues vete al urólogo que Jéssica tiene gonorrea”. Siete, ni uno más ni uno menos. Una semana después, (¡Sí, una semana…Qué pasa!) me di cuenta y la abandoné. Ya no era cuestión de celos; era por mi integridad física.

Ya no quiero saber nada más de las tías. Me conformo con mis amigos. No sé, me siguen gustando las tías y eso, pero no congenio con ellas. Di mucho y me desviví por ellas y nunca recibí nada a cambio. A ver si inventan una pastilla que transforme a los tíos en tías. Sales por la noche con tus amigos y, ¡zas!, llegado el momento le echas a uno una pastilla en la copa y se convierte en una tía de la hostia, pero sólo físicamente. El sábado pasado se lo comenté a mi amigo Darío, al que desde el instituto apodamos “Lagartija”, y me contestó que, llegado el caso, se volvería lesbiana. Habráse visto el tío desagradecido éste.

2- Darío

Yo siempre quise tener una novia. Ya sabéis, eso de ir de la mano por la calle, pasear abrazados por el parque, ir al cine a ver la película que ella eligiese…pero nunca he podido. Soy absolutamente incapaz. No duro más de unos días con cada tía que me enrollo. Envidiaba a Ernesto, tan feliz con Jéssica, tan seguro de que aquella era la relación de su vida, hablando incluso hasta de boda. Ahora creo que es mejor no darle más vueltas y seguir con mi vida tal y como va. No se deben forzar las circunstancias, y si yo no sirvo para ser novio, pues me jodo y no lo soy. No lo puedo evitar. Es superior a mi entendimiento; puede que mis glándulas vayan mucho más aprisa que mis sentimientos, pero eso no tiene operación, creo. Es mejor no engañarse a uno mismo. Sin ir más lejos, el último fin de semana me encontraba yo en un bar por la noche con mis amigos, cuando de repente apareció Carmen, una chica que me gusta desde hace ya unos meses. Me acerqué a ella y comencé a hablarle. (Le estaba entrando, que se diría sin más rodeos.) No sé cómo ni por qué, pero transcurridos unos minutos estaba yo prometiéndole casi amor eterno. Y ella parecía estárselo creyendo a pies juntillas. (A veces me entran ganas de dejar el ron, que no hace más que traicionarme a la mínima de cambio.) Perfecto: nos damos un beso, de ahí pasamos directamente a entrelazar nuestras lenguas y a juguetear con nuestras manos…Pero, ¡maldición!, ella va y dice que tiene que ir a mear. Como siempre, en los baños de chicas las noches de fin de semana se forman unas colas descomunales que convierten la actividad mingitoria en un juego de absoluta paciencia contra el crono. Tardó mucho. Ese fue su problema, que tardó mucho en regresar. Para entonces, ya había yo pasado a la acción con Cristina, una amiga de Ernesto que está cantidad de buena y que, según parece, anda que bebe los vientos por mi persona. No lo pude evitar: me enrollé con Cristina allí mismo. Aún tuvo tiempo la buena de Carmen para pasar a mi lado y soltarme un sonoro “¡Eres un cerdo hijo de puta!”. Ese es mi triste sino. Alguna cae, claro, aunque es difícil que me lo llegue a hacer más de una vez con la misma. ¿Será que no lo hago del todo bien? Porque, bah, creo estar bien dotado para el sexo; también me considero una persona imaginativa y con mucho que ofrecer en el ámbito sexual, pero debo ser un auténtico gilipollas cuando me rehuyen de esa manera. Joder con mi instinto de supervivencia. Joder con mis borracheras. Muchas veces no soy capaz de recordar qué habrá pasado al despertarme al lado de una tía, en una cama extraña, viendo toda mi ropa esparcida por el suelo de la habitación. En esas ocasiones, lo que hago es mirar a la chica durante un buen rato; luego me aprieto con fuerza contra ella y la voy despertando poco a poco a base de besos suaves en su espalda a la vez que voy haciendo notar en su piel toda mi erección. Pero esto sólo surte efecto en contadísimas ocasiones. ¡Vaya un desastre!

Por eso envidiaba a Ernesto, por ser capaz de tener y mantener una novia. Conocí a Ernesto en el instituto, y gracias a sus consejos – que yo pedí, he de reconocer – casi me quedo sin polla. Un día, en segundo de BUP, a mitad de curso, le pregunté muy preocupado a mi amigo Ernesto: “Oye, Ernesto, ¿tú te haces pajas?”. “Claro. Es lo normal, ¿no?”, me respondió él con su extraña sabiduría mundana. “¿Y a ti te baja toda la piel?”, seguí yo interrogando a mi amigo. “¿Que si me baja toda la piel y deja al descubierto todo el glande?”, contestó él, muy sorprendido, con otra pregunta. “Sí, sí, eso”, denotaba yo excesiva impaciencia ya. “Pues claro”, me dijo muy seguro de sí mismo. “A mí no. A veces incluso hasta me hace daño”, comenté apenado esperando la respuesta filosofal de Ernesto. “Es muy fácil. Lo que tienes que hacer es dar tirones muy fuertes al masturbarte hasta que baje del todo. Así lo hice yo. Así lo hacemos todos.” Dicho y hecho. Iba a ganarle la batalla a mi fimosis a base de fuerza bruta. Esa misma noche, pensando en la de matemáticas, conseguí que mi glande saliese por completo a la luz. Llamé por teléfono a Ernesto nada más correrme. “¡¡Ya está, tío!! ¡¡Ya está!!”. Pero en verdad no estaba. Sí, la piel había bajado, pero el problema ahora consistía en que debería subir otra vez. Y no lo hacía por más que yo tiraba con fuerza hacia arriba. A los dos días de mi masturbatoria hazaña, le enseñé aquello al bueno de Ernesto. “¡Hostia, pero si se te va a engangrenar!”, me dijo él muy asustado cuando vio tal desbarajuste genital. Mi polla, el glande concretamente, estaba totalmente estrangulado por mi fimosis; se había tornado morado, tirando ya a negruzco. “Tenemos que ir a urgencias”, proclamó Ernesto decidido. El urólogo arregló aquel desaguisado. Cortó, dio unos puntos, y asunto liquidado. Uno o dos días más y me quedo sin mi aparato. El mismo urólogo que operó de urgencia mi fimosis, me recetó unos medicamentos contra la gonorrea unos años más tarde. Un domingo, a eso de las dos de la tarde, me desperté en la cama de Jéssica. No recuerdo cómo sucedió. Sólo recuerdo que Ernesto se encontraba cansado, y Jéssica quería contarme el viaje que ambos habían hecho a Eurodisney. Dos, tres copas más y allí acabé yo la noche, en casa de la novia de mi mejor amigo. Cuando Ernesto me llamó el martes siguiente para contarme que Jéssica tenía gonorrea, y que le había hecho llamar por teléfono a unos tíos para comunicarles tal evento, no supe dónde meterme. Bueno, sí que lo supe: en la consulta del médico de cabecera, para pedirle un volante para el urólogo. Más vale que yo nunca tenga una novia.

3- Jéssica

¡Ya está bien de gilipolleces! No soporto que me atosiguen, que me agobien sin razón aparente, y Ernesto lo hacía constantemente. Que si un día un peluche, que si otro un ramo de claveles…Trataba de sorprenderme a diario, y lo único que conseguía era aburrirme de tan pesado como se ponía con sus “sorpresitas de mierda”. Un día le comenté que me gustaría ir a Eurodisney, algo sin importancia, desde luego. Es como si tú vas y dices que te gustaría ir a Australia a ver canguros, o qué sé yo, pero como algo que dices por decir, para que se lo lleve el viento, el recuerdo. Lo que ya carece de todo tipo de lógica es que a la semana siguiente te aparezca el otro imbécil con un viaje a Disneyland-París para dos personas. Qué podía hacer yo aparte de disfrutar de aquel regalo caído del cielo tan persuasivo que regentaba Ernesto. Lo de la canela fue otra historia, el colmo de su estupidez. (Cada vez que como algo que lleva canela me viene a la memoria el olor de aquella habitación de hotel en Eurodisney. Insoportable, sin más.) Ernesto es un puto obseso sexual. Al principio nos lo pasábamos la hostia de bien en la cama, en la mesa de la cocina, en el suelo, en la bañera, en…Con el ascensor comencé a mosquearme ya un poco… Los viernes venía a mi casa y me hacía tragarme las películas porno que pasaban por Canal Plus. Hasta ahí, de puta madre. Pero un día, activado por algún resorte escondido en un oscuro rincón de su psique, le dio por que imitásemos a los actores de aquellas aburridas e insulsas películas pornográficas. Inútil tarea, ya que ambos carecemos de la forma física necesaria como para plantearnos siquiera una gimnasia sexual de ese tipo; así como también carecemos, al menos yo, de la suficiente versatilidad genital como para andar con posturas de cangrejos, arañas o animales similares. Me gusta el sesenta y nueve, me gusta algo de variedad, por qué no; pero de ahí a tratar de emular la elasticidad de la Nadia Comaneci de Montreal ’76 conjuntamente con la potencia sexual de un Rocco Siffredi, por la parte que a él le tocaba, media un abismo… qué abismo, ¡una fosa abisal! Me aburría, para qué engañarnos. Ya no me cabían más peluches en la habitación. (Esos cabrones aceleraron mi alergia a la caca de los ácaros. Al día de hoy no conservo ni un puto peluche. ¡A tomar por culo los malditos ácaros en sus casas de ositos y animalitos variados!) El sexo, su mero disfrute, se iba alejando de mi lado. Aquél, como un poseso a mi vera; y yo, fingiéndome la más frígida de las mujeres tratando de hacer que todo terminase cuanto antes. Otros hombres comenzaron a llamar mi atención. Sentía la imperiosa necesidad de echar un polvo, un buen polvo, sin complicaciones exóticas, sin tener porque imitar lo que aquellas divas del porno hacían desde el fondo de mi televisor. Una noche que salí con mis amigas Sara y Mónica, así como a lo bobo, me lié con un tío en un pub, a las cuatro y media de la madrugada. Volví a correrme, a sentir lo que suponía un buen orgasmo, con suavidad, con cariño, aunque también con pasión, con fuego interno saliendo precipitadamente fuera de nuestros cuerpos. No recuerdo su nombre; quizá no tuve tiempo ni para preguntárselo. Iba yo a lo que iba: a lo mío y punto. Seguía con Ernesto, pero no era más que fruto de la inercia que nos lleva a favor de su vana corriente. En mi vasto peregrinar en busca del sexo perdido, acabé una noche llevándome a Darío a mi casa. Darío, el “Lagartija”, el mejor amigo de mi, por aquel entonces, novio formal. No hicimos nada; nada en absoluto. Él estaba demasiado borracho como para poner su aparente calentura en funcionamiento. Se durmió en apenas diez minutos. Al despertar, ya no me apetecía hacérmelo con él. La excusa resultó sencilla: Ernesto. Darío parecía un pelín despistado, como si no recordase nada de lo sucedido. Nada, precisamente nada. No quise ser su memoria perdida. Que piense lo que quiera.

Ernesto me dejó un día. No podría describir con palabras la tremenda sensación de alivio, de libertad, que invadió todo mi ser en aquel momento. Había jugado con tiento mis cartas para que él diese el primer paso, el paso definitivo, primero y último. Porque yo fui cobarde y no me atreví a ser yo la que abandonaba. Es más cómodo el papel de abandonada, sin duda. Le di un beso y le dije adiós. No lloré, y él se quedó allí, de pie, haciéndose un poquito más pequeño a cada paso que yo daba en dirección a mi casa.

WHERE WORDS FAIL, MUSIC SPEAKS.

Gramophone beach

Frey, que era uno de los cinco repetidores con los que le había tocado compartir grupo a Jaime en aquél su primer curso en el instituto de Cacabelos, lo había dicho ya al segundo día de clase, “con la de música os vais a descojonar de la risa, ya veréis”. Y sí, tenía razón, toda la razón que a veces proviene de la crueldad de un grupo humano en movimiento constante, de la influencia que una gente puede ejercer sobre otra sólo por el hecho de haber llegado antes a un lugar y casi sin haberse dado ni cuenta gritado “¡primer!” a sabiendas por ello de la autoridad que esa misma estupidez puede llegar a otorgar.

Pero vayamos a los hechos en sí, que yo os estoy narrando todo esto porque el mismo Jaime me lo contó el otro día en una larga sobremesa de tertulia plena de café con leche y algún que otro chupito de orujo. Doña Ernestina, sin estudios superiores que aportar a la causa de la enseñanza secundaria, había conseguido una plaza en el instituto de su pueblo, Cacabelos, el I.E.S. Bergidum Flavium, vía la Sección Femenina, esa Falange exclusiva para mujeres, eficaz promulgadora durante cuarenta años de aquellas ideas franco-machistas de “la pata quebrada y en casa” bajo un profundo nacional-catolicismo. Tras varios años dedicándose a la enseñanza de modales, de saber estar entre costureros y agujas de coser varias, le llegó la hora de impartir la música de 1º de BUP. El horror para aquella pobre mujer, todavía escandalizada por ese hecho “contra natura” que suponía la coeducación, la enseñanza mixta, tanta hormona suelta, junta, revuelta, ¡sexos distintos, oh no!… No podía con ello la pobre mujer, ya al mismo borde de la jubilación. Y ahí estaba ese nuevo grupo, a finales de septiembre de 1981, 1º B, 23 adolescentes muy inquietos, 14 chicos y 9 chicas; 5 repetidores, los más macarras de todo el instituto.

Jaime, que ahora ejerce él mismo como profesor (de inglés, concretamente), me contó varias anécdotas: que si firmaban los exámenes con un chorizo que tenían escondido en un armario, que si le estaban cambiando constantemente las revoluciones al tocadiscos, poniendo a 45 rpm los LPs que debían ir a 33, con el cachondeo que provocaba en la clase ese hecho al escuchar a las sopranos o a los tenores cantando como si fueran los mismísimos Pitufos; ocasiones en las que seis o incluso siete estudiantes entregaban el mismo trabajo, o el día que le dieron a la pobre señora con un garbanzo en las gafas, haciendo que el cristal de las mismas estallase – “¡aaaaaaahhhh, terroristas, que sois unos terroristas, que me queréis mataaaaar!”. Aún así, como decía mi abuela, “a veces uno es tan bueno, tan bueno, que parece bobo”, y en masculino, porque aún era predominante aquel hecho del genérico en masculino para todo, que no se había creado aún la corrección política.

  • Y sabes, Jose, aún siendo yo lo buen chico que fui durante toda mi época de instituto, me llegaron a expulsar para casa una semana – me dijo el bueno de Jaime mientras miraba fijamente al paragüero vacío.

  • ¿De veras? No me lo puedo creer… Cuenta, cuenta.

Se había estropeado la calefacción en el ala nueva del instituto, justo donde estaba el aula de música, por tanto, 1º B se queda ese día de primeros de diciembre, un lunes a primera hora, en el aula del grupo. “Jaime y Manolo, por favor, tomad la llave del aula de música y traéis el tocadiscos y dos discos que hay sobre la mesa”, ordenó Doña Ernestina a Manolo, el delegado, repetidor de camiseta de Leño, pelo largo y actitud siempre desafiante, por descontado, y al propio Jaime, que se sentaba muy pardillo a su lado. Y allá iban pasillo a la izquierda, casi corriendo en busca del tocadiscos y dos discos de música clásica, que la Seño no les ponía otra. Abren la puerta, encienden la luz y se acercan a la mesa de la profesora. El tocadiscos, un Philips bastante viejo, de aquéllos con tapa-altavoz que encajaba y se cerraba sobre la parte del plato giradiscos formando una aparente maleta, estaba en la mesa, en la esquila de la izquierda. “Jaimito, coge tú los discos que ya pillo yo el tocata”, le dice Manolo a Jaime. “Vale”, responde este último mientras se acerca a los dos discos que ve sobre la mesa fijándose en cuáles son, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y… ¡catacrock! “¡HOSTIAS!”, suelta Manolo el repetidor jevi tras ese ruido que indicaba que algo no había salido bien, que algo se había roto de verdad. La tapa que hace las veces de altavoz, que no estaba bien encajada. Jaime se agacha y recoge a la víctima del suelo con muchísimo cuidado, pero eso ya da igual, es un cadáver sin solución, sus constantes musicales se han ido en los cuatro trozos del brazo de la aguja que cuelgan del tocadiscos dejando varios cables a la intemperie. “Y… y… y… ¿ahora qué hacemos?”, pregunta el bueno de Jaime bastante asustado. “Joder, déjame pensar… a ver, rápido… ¡ya sé! ¡Dame ese tocadiscos para acá!”, y Manolo sube acto seguido la persiana que está justo al lado de la mesa de la profesora, abre la ventana, asoma la cabeza, sonríe y tira con un fuerte impulso el tocadiscos por la ventana. “P-p-p-pero, pero… ¡tú estás mal de la cabeza, tío! ¿Pero qué haces?”, el susto en Jaime era más que evidente. “Calla la boca, gili, y asoma y mira ahí abajo”, le contesta Manolo con una sonrisa que denota una seguridad que a Jaime se le escapa.

¿Y a qué hecho peculiar se debía tal actitud por parte de Manolo? Muy sencillo, justo al lado del aula de música seguían las obras de ampliación del instituto, y bajo la ventana había uno de esos tradicionales montones de arena de la que se echa en las hormigoneras para mezclar luego con cemento y agua. “¿Ves, pailán? Ahí ni se ve el tocata, y luego al recreo nos acercamos y lo tapamos bien con bastante arena y ahora volvemos a clase y le decimos a la Pelos que no lo encontramos. ¡Estamos?… ¡ESTAMOS?”, la vehemencia de Manolo extrae de la boca de Jaime un “estamos” que parece sonar firme y convencido pero que en el fondo denota sin remisión cuál va a ser el final.

Dos días más tarde, en plena clase de naturales con moluscos de por medio, aparece Don Julio, probablemente uno de los jefes de estudios que más terror haya infundido jamás al alumnado de un centro educativo. “Buenos días, Don Juan, chicos, chicas. Bodelón, Yebra, los dos conmigo a mi despacho, ahora”, dice de repente con aquella voz que habría acojonado al mismísimo Bela Lugosi en sus buenos tiempos. Bodelón era Manolo y Yebra era mi amigo Jaime. El plan de Manolo se había tornado finito mucho antes de lo que el propio Jaime había previsto. Las obras seguían, y palada a palada de los obreros allí apareció aquel cadáver electrónico aún sin descomponer. Una semana para casa en el caso de Jaime, y dos para Manolo por ser éste reincidente. Así eran las leyes, y así había que cumplirlas.

  • ¿Y qué os dijo Doña Ernestina de todo aquello?

  • ¿Doña Ernestina? Jajajajajaja. Cuando volvi el lunes tras mi semana de expulsión y vi en su aula aquel estéreo nuevo tan reluciente, que tan bien sonaba, supe que no me iba a decir nada. Tan sólo me sonrió, y con su mirada dirigió la mía hacia la posición de aquel Sanyo plateado tan espectacular mientras asentía con su cabeza en un gesto de mafiosa complicidad.

  • Entonces…

  • Sí, querido amigo Jose, así es. Como diez u once años más tarde, Manolo me lo confesó, lo había planeado todo con Doña Ernestina para cambiar aquel viejo tocadiscos que tan mal sonaba, que tan mal giraba ya. Y yo, pues yo no fui más que una parte de aquel plan para que todo resultara así más convincente. No se fiaba para nada de un jefe de estudios que militaba en el Partido Comunista, ya ves. Ni siquiera se había atrevido a levantar la voz para pedir un tocadiscos nuevo al equipo directivo.

  • Jooodeeer, increíble… Para alucinar.

  • Jajajajaja, pues sí, para alucinar… en estéreo, jajajajajaja ¿Otro café?

  • Jajajajajajajaja. Mmmhhh, vale, con leche, corto de café.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR, PARTE IV: BACK TO ONÁN

Sala de Juegos

Como hombre fiero de costumbres recias, Indalecio bajaba siempre que podía al garaje cuando el resto de la casa ya dormía. Una vez allí, se metía sigiloso en su coche, un Seat Ibiza, reclinaba lo necesario el asiento y ponía su canción, “The Promise You Made”, de Cock Robin, un grupo californiano de mediados de los 80 que sólo triunfó (relativamente) en Europa. Allí estaba inmerso su primer pensamiento onanista allá por 1985, Anna LaCazio, vocalista femenina del grupo. En Tocata había visto el vídeo-clip, y con las mismas se había enamorado febrilmente de esa chica que comenzaba a dar saltitos descalza a partir del minuto 1.19. Esas miradas de Anna eran para él, no para Peter Kingsberry; ese “pleeease teeeell me!!” era el gran conseguidor de polla en su máximo esplendor. Esos casi cuatro minutos de canción, el tiempo justo para una paja exprés. Y así había sido desde hace ya casi treinta años, algo más que una promesa hecha a los 15 años. Hoy no iba a ser menos, “un minuto y treinta y seis segundos, ¡ahí vamos! ‘If I gave you my soul for a piece of your mind…’ Hostias, no, que se me cuela Doña Visi (era su profesora de inglés en 1º de BUP, la que les explicó la segunda condicional casi a final de curso, aunque Indalecio ya se la sabía gracias a Anna)… ¡Mierda, apura, apura, joder! Ya, ya va… ‘help me out of the life I lead…!’ Vamos, vamos, ¡vamooooooos, Annaaaaa! Ufff, siempre a tiempo… Mierda… ¡Mierda puta, joder! ¿Dónde coño están los kleenex, hostia?”

EN COTIDIANO DECORO

2014-04-17 12.10.46

Por si acaso abrí la puerta, sólo por si acaso, porque no quería ver a nadie; porque lo único que me apetecía realmente en aquellos aciagos momentos era vegetar inerte dentro de mi edredón, dar vueltas sin fin dentro de mi cabeza y de la tortura de aquel dolor con el que todavía no me había acostumbrado a convivir. Pero ella entró – ¡vaya si lo hizo! – y comenzó a hablar como siempre suele hacerlo, a toda pastilla, casi sin vocalizar ni coger un poco de aire para dar paso a la frase siguiente. Daba la impresión de que las pausas, naturales en cualquier discurso hablado, no existían siquiera en su estrategia vital. Daba ya lo mismo, ni siquiera podía molestarme su presencia Dolby Digital. Puso música en mi equipo nuevo – ¡qué osadía! – y Bill Laswell Project, con sus hipnóticos samples persas y la voz de Nicole Blackman casi vomitando más que cantando una tremenda oda al hachís, por poco me obliga a resucitar.

Al menos sí que me entraron ganas de fumarme un buen canuto de ese costo culero que tan buen resultado me estaba dando. Abrí al fin mi boca para emitir algún que otro sonido. Habían transcurrido sesenta y cinco horas, treinta y siete minutos y cincuenta y tres segundos desde que yo había hablado por última vez. “Lárgate y déjame en paz de una puta vez”, casi susurrándoselo al oído, dándole un tono que bordeaba lo maquiavélico, metiéndole el susto en el cuerpo, intentándolo al menos. Y me había hecho caso, se había largado. Pero aquí estaba de nuevo, como si nada hubiese sucedido, como si ella fuese la eterna portadora de la inmunidad absoluta, la que da sin pedir nada a cambio; la sufridora lasciva; el reflejo de la eterna agonía del pensamiento que dicen femenino, de su inútil dependencia; la convergencia suma de todos los puntos cardinales. “¿Me pasas el costo y el papel? Están en el cajón del taquillón de la entrada. Ah, y dame un cigarrillo, que a mí ya no me queda tabaco.” Obedeció de inmediato. Era ella. Había venido para salvarme. Era Jesucristo Nuestro Señor con un buen par de tetas. El viento frío que viene del norte, el siroco mortificador, la Santísima Trinidad empezando a quitarse toda su ropa para así justificar física y filosóficamente ese peliagudo asunto del tres en uno. Me sentía como el gilipollas de Abelardo frente a una hermosa Eloísa, con toneladas de deseo centrifugando dichosas, prestas y dispuestas en algún rincón lejano de mi maltrecho cerebro, pero plenamente discapacitado para poder palear con fuerza todo el peso de aquel deseo. Estaba castrado, sí, y yo mismo había sido el autor de semejante fechoría. El canuto ya estaba hecho. Su primera calada llegó al rescate alveolar en el mismo fondo de mis pulmones – efecto broncodilatador que lo llaman -. Mi estómago protestó débilmente, y ella se puso presta mi albornoz y, sin decir nada – ya lo había soltado todo, se había quedado a gusto, y ahora ejercía de enfermera-criada sin pronunciar palabra – se dirigió con paso firme hacia la cocina. Era capaz de sacar una comida deliciosa de una despensa abastecida sólo al uno o dos por ciento. ¡Qué bien me estaba sentando aquel porro acompañado de aquella sinuosa banda sonora! ¡Qué bien olía lo que aquella hija de puta me estaba cocinando! Nada, tío, que el fracaso de los torpes debe ser inversamente proporcional al amor que por ellos sienten sus patéticas seguidoras. ¿Quién se está justificando ahora? ¿Quién trata de dar sentido a un comportamiento rayano al de un pretendidamente sensible y barbilampiño ser? (¡Qué bueno es este chocolate… sí señor!) En estos días de monstruos alucinantes yo parezco habérmelos tragado todos. Joder… y cuesta un montón vomitarlos. Venga, tío, ya está bien de gilipolleces, levántate y anda, que una buena comida te está esperando sobre la mesa de la cocina. Puede que hasta me entren ganas de follar una vez que mi estómago vuelva a su normal actividad digestiva. He de reconocer que su capacidad de aguante es infinita, que su amor es tal que parece no costarle ningún esfuerzo cumplir su papel de vertedero cuando a mí me llega la hora de vaciar toda la basura acumulada en mi interior. Mato el porro contra el cenicero y ya estoy  (Siempre acaba apareciendo de la más ignominiosa de las nadas la típica persona que pregunta extrañada, “¿pero de verdad que está saliendo con este tío?”)

 

C’MON PILGRIM! (WHERE IS YOUR MIND NOW?)

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  • Si nos dijeran ahora mismo que en un par de horas se acaba el mundo y que puedes elegir a una de esas tres tías que van delante para follártela, ¿a cuál elegirías?

Romualdo, que se encuentra en ese mismo instante haciendo el Camino de Santiago no ya por pura convicción religiosa, sino por unirse sin protestar a sus dos amigos del alma, Santi y Ernesto, que llevaban planeando una ruta Jacobea de amigotes unos cinco años, no se digna ni a contestar siquiera con un gesto de fastidio a la pregunta de Santi, que gusta de “amenizar” las jornadas con planteamientos tan estúpidos y de salidos como éste. Ernesto marcha rezagado con su rodilla izquierda un tanto maltrecha.

  • Pero así, eh, vistas por detrás, nada de elegir pudiendo verles las caras, ¿cuál, eh? Yo, sin duda alguna, la de la derecha, que se ve a leguas que ese culo está pidiendo polla a gritos.

Y con las mismas, Romualdo acelera el paso. “Espera tú a Ernesto, que yo tiró hasta el pueblo y ya os espero en el albergue”, y en breve adelanta a las tres chicas, las mira y las saluda con un educado “buen camino, peregrinas”, y luego sonríe porque se da cuenta de que la elección de su amigo Santi no habría sido la más acertada; “que se joda”, piensa mientras ajusta bien a la espalda su cargada mochila.

Romualdo llega al pueblo, sigue las indicaciones que le van llevando de concha a concha. Se siente cansado, ya son muchos días de caminar y más caminar bajo un sol abrasador, de esos que definen las olas de calor, acumulando una gran colección de ampollas en sus pies, algunas seguro que hasta repes, cree él, que ya ni sitio queda para una más. Pasa al lado de la iglesia de la Plaza Mayor silbando bajito “Blister in the Sun”, aquella canción de los Violent Femmes que siempre pinchaba en las fiestas del Colegio Mayor San Gregorio para indicar que acababa su sesión, como aviso para que Ernesto anduviese listo ya que a partir de ese momento llegaba su turno como DJ.

Ve el portón abierto y decide entrar, más que por el interés que el templo haya despertado en él, por poder pasar unos minutos en el agradable frescor católico de su interior antes de arribar al albergue, ducharse, cambiarse de ropa e irse a tomar unas cañas o unos vinos por el pueblo con sus inseparables Santi y Ernesto. Se queda al fondo, tras una columna, resoplando del alivio que el cambio de temperatura provoca en su ser. Observa como una peregrina japonesa se dispone a irse ya justo después de persignarse de una manera harto extraña, con genuflexión oriental incluida, piensa Romualdo, “o quizá sea que ya ni me acuerdo de cómo coño se hacía… o que se le mezcla a la paisana el gesto con el rollo sintoísta, ¡qué sé yo!”, acaba por reflexionar para dar por zanjado el tema. Como cree que ya estuvo bien de iglesia, se da la vuelta ya para enfilar directamente hacia la puerta, aunque, ¡PLONK!, no puede ser, ya que una señora aparece casi de la nada y va y la cierra de repente. Abre la boca Romualdo para emitir raudo un sonoro “¡ESPERE!”, pero de su boca no sale nada ya que escucha como desde el altar otra señora, de unos 70 años, grita “¡Eduvigis, ven aquí, anda, que hay que sacudir el mantón del Cristo, que está de polvo hasta los cojones!” La curiosidad, sí, la misma, le obliga a permanecer impasible tras una columna que, parece ser, lo oculta de la vista de las dos mujeres.

  • ¡Vooooy!
  • Y, oye, ¿qué habrá sido del hijo de Restituta, la del molino?
  • Ay, hija, yo no sé, pero me dijo mi Ramón que se había casado con otro hombre y se habían ido los dos a vivir a Holanda.
  • Jooder, ¡cómo está el patio, Eduvigis, ya no queda nadie normal!
  • Espera, coge por ahí, no se vaya a caer el Cristo y armemos aquí una cojonuda.
  • Ahí, ya, lo tengo, tira.
  • ¡Yastá!
  • Ay, Dios, ¡cómo está!
  • ¿Y tu hijo, sigue por Barcelona?
  • Sí, hija, sí. Llegó el sábado, va a estar un mes por aquí.
  • Vino también en febrero, para el entierro de Don Dositeo, ¿no?
  • Sí, sí. Yo no le dije nada, vino él porque quiso, que conste.
  • ¿Y tú crees que lo sabe?
  • ¿Qué sabe qué?
  • Lo de Don Dositeo, el cura, que era su padre.
  • Ah… Yo nunca se lo dije, pero creo que sí que lo sabe…
  • En el pueblo, aunque siempre se supo, también se respetó mucho eso, eh… que nadie nunca le dijo nada ni se metió con él por eso… Además, Don Dositeo mandaba lo suyo, ya lo sabes.
  • Lo sé, lo sé. Yo os estoy muy agradecida a todas por ello, lo sabes.
  • Ay, Remigia, que todo el mundo sabía muy bien como era Don Dositeo, que no fuiste la única… bueno, la única que tuvo un hijo suyo, sí, pero otras bien que subieron arriba a la aldea a quitárselo donde la compostora, que lo sé yo de muy buena tinta.
  • Es que era muy guapo, el cabrón, hablaba tan, tan bien… y desde ese confesonario te tiraba los trastos y caías, ¡vaya si caías! Tú no, claro, que ya tenías a Ramón, pero las demás, como tolas.
  • Ay… Bueno, esto ya está listo. Yo casi que me voy ya, que tengo que ponerle la cena a Ramón.
  • No, no, si yo me voy contigo, que aquí ya no hay nada más que hacer.

Poco antes de llegar al portón, Remigia se da cuenta de la presencia de una figura humana real que se agazapa contra una columna, a su izquierda.

  • ¡¿Quién anda ahí!?
  • P-p-p-peerdón. Soy un peregrino, Romualdo, entré aquí y al poco ustedes cerraron la puerta y…
  • No se preocupe, que ya le abro yo… ¡Hasta mañana, Eduvigis, ya cierro yo!
  • ¿Se quedará usted en el albergue, no?
  • Sí, sí. Hacia allí voy ahora.
  • Pues nada, buen hombre, buen camino… y mucha suerte.
  • Muchas gracias y buenas tardes, es usted muy amable.

Y con las mismas, Remigia observa al peregrino avanzar calle abajo en dirección al albergue, cierra con llave el portón de la iglesia y se va para casa por el callejón estrecho que se encuentra a la izquierda del templo.

  • Buenas noches, perdona.
  • ¿Sí? Buenas noches.
  • ¿Sabes si está aquí Romualdo, un peregrino…? Vaya, no recuerdo ahora sus apellidos.
  • A ver… Sí, aquí hay un Romualdo registrado, Aguirre, Romualdo Aguirre.
  • Ya sé que es tarde, pero es un asunto muy urgente, ¿podrías avisarlo?
  • No sé… sí que es un poco tarde ya, ¿no crees?

Y justo en ese mismo instante llega Romualdo al albergue, un poco ebrio, que se ha tomado más chupitos de orujo de los que en principio serían aconsejables…

Las noticias hablarán de un segundo caso de persona desaparecida mientras hacía el Camino de Santiago, Romualdo Aguirre, ambos casos sin resolver, ni la estadounidense Denise Pikka Thiem, desaparecida en Astorga tres meses y pico antes que Romualdo. Se reforzará la vigilancia a lo largo de la ruta Jacobea, policía a caballo, más controles, en fin, que no cunda el pánico, que el Camino da de comer a muchas familias… y estos casos que parecen como de película policiaca no vienen nada bien, ¡hostia ya!

Nadie sabe, ni sabrá jamás, que Romualdo Aguirre Olarticoechea duerme el sueño eterno en el panteón de la familia Quiroga-Yáñez, compartiendo ataúd, justo encima de Dositeo, aquél que había ejercido como párroco en el pueblo desde 1969 hasta 2003, y todo ello por gentileza de Andrés, el hijo de Remigia, la de los Chocolate, que se encontraba por allí, como suele hacer cada año, pasando el mes de julio. Bien lo saben en la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona, a Andrés Cifuentes Raimóndez, hijo único de Remigia Cifuentes Raimóndez, profesor titular de Fonética y Fonología de la lengua inglesa, al igual que le ocurría a su difunto padre, nadie le toca nunca los cojones.