A LA LUZ DEL DÍA LOS SUEÑOS SE VUELVEN POLVO

Barrio sin luz y cristales, señoras temerarias apurando las frenadas con carritos de la compra llenos de fruta de la frutería, de carne de la carnicería, de pan de la panadería, de un par de caprichos azucarados para los nietos; señores con cayados que empiezan su ronda mañanera, serán tan sólo cinco o seis vinos, en vaso de sidra, medio lleno; equipos que ganaron, equipos que perdieron, y el Real Oviedo, ahí, al acecho de una nueva alegría de ésas de orgullo, valor y garra, como cuando salí a la calle con doscientas pesetas aquel día de junio de 1988 en el que el Oviedo había empatado a cero en Mallorca y ascendía a la añorada Primera División; tenía examen al día siguiente, de Literatura del Siglo de Oro, pero me eché a la calle igualmente, con esos cuarenta duros en mi bolsillo y la compañía de Íñigo, un vasco de Bilbao que, aunque no compartía piso conmigo, siempre venía a estudiar con nosotros. La borrachera fue tan brutal como el suspenso en aquella asignatura: Colocón de Oro, Siglo de Mierda. No pasaba nada, que a la gente rezagada siempre nos quedaba septiembre. O febrero… O junio otra vez… O…

Sonó esta mañana el despertador, uno plateado digital que nos regalaron hace unos años con la renovación de la suscripción a la revista Time, que es ella como uno más de la familia y se ha convertido en un fenómeno paranormal y curioso en nuestra casa, ya que la revista sigue apareciendo en nuestro buzón sin que nadie haya pagado por ello en los últimos seis años. Pipipipi… pipipipi… pipipipi… pipipipi… y arriba. Ducha, vestirse, desayuno y comprobar que todo lo necesario está listo para un nuevo día. Escuchar la radio 20160424_202234y cagarse mentalmente en demonios siempre ajenos. Y David Hockney, que me mira desafiante desde la pared cada mañana, y yo que, por mera costumbre, siempre le hago un gesto que contesta ese desdén tan de autorretrato del que se sabe un genio en lo suyo: Feck off, David!! Hoy le saco la lengua; ayer le hice una peineta muy estética.

La gente de siempre en la parada del autobús: dos señoras cerca ya de la jubilación que fuman cada cigarrillo como si fuese el último de sus vidas, exhalando el humo con tanta vehemencia que a veces pienso que van a escupir un trozo de pulmón en el intento, y el barrendero, que anda muy cerca, que seguro que teme lo mismo que yo temo; un grupo de estudiantes de la ESO, primero o segundo, no más, con el uniforme de las Ursulinas, siempre hablando con el volumen a tope, riéndose de las típicas pijadas de las que hay que reírse cuando uno tiene 13 o 14 años, que la vida es risa a esa edad, y si no lo es, algo raro sucede. Subimos. Siempre dejo que pase todo el mundo porque mi prisa nunca es motivo de avasallamientos ajenos. No sabemos hacer colas como la gente británica, tan bien organizada para esos menesteres, y a la hora de llegar al punto de destino, surgimos de cualquier esquina hasta apelotonarnos sin control alrededor de la puerta del F1. Dejo hacer, pago mi 1,20 € y me siento al fondo, siempre al fondo. Son las 7.30 a. m. y miro como el día va adquiriendo luz a pesar de las nubes que siguen ahí, como diciéndonos “hey, no os confieis, que en breve escupiré sobre vuestras cabezas, panda de mortales creídos y confiados.” Y yo sin paraguas, pero me da igual, porque yo para eso de los paraguas parezco irlandés, que nunca me gusta llevarlo, y si llevo uno, siempre lo pierdo y luego digo que no me gusta llevarlo para no quedar como un gilipollas por haberlo extraviado, y así la gente te ve más interesante, más cool y más guay, porque da igual lo que digamos, nos gusta ser guays y que la gente nos vea como seres molones, seres que levitan unos milímetros por encima de los demás, espiritualmente hablando, pero sin darse un mísero pijo de importancia, quiero decir, si es que eso que denominan como espíritu existe, que yo creo que no, que nos hemos inventado dioses porque somos vagos y es más fácil que nos den todo hecho que tener que estudiar e investigar por nuestra cuenta.

20151030_075649Llego al IES Monte Naranco. Los amaneceres desde el departamento de inglés son espectaculares, de postal, de subir a Instagram y que la gente que te sigue comente, “qué maravilla de amanecer, qué luz tan espectacular!”, y tú contestes, “Así es @pimiento_amarillo, estos días de primavera dan unos amaneceres deslumbrantes. Muchas gracias por tu comentario”, y luego miras a ver quién narices es @pimiento_amarillo, porque ni te suena haber interaccionado antes con esa persona. Anda, otra escritora pesada, como yo. Somos legión. Bien.

Los pronombres relativos, luego los verbos que rigen gerundio y/o infinitivo, y para finalizar, vocabulario relacionado con las nuevas tecnologías en la página 65 del libro de texto, tan obsoleto como un MP3. Dos alumnas se encargan de actualizar todo ese vocabulario entre risas y chascarrillos. Dedos llenos de tiza, odiosa tiza, que tarda en desaparecer bajo el agua del grifo. Una buena meada; la cisterna del inodoro del medio sigue estropeada, con ese ruido que indica que siempre está cargando y echando agua. Café mediano al recreo acompañado de uno de esos pinchos vegetales con jamón cocido y queso mientras comento con una compañera lo poco que queda ya para que empiece la sexta temporada de Juego de Tronos, con lo que, así, a lo bobo, repasamos la quinta temporada incluso comparando serie y saga, que ambos hemos leído las novelas también, y en la emoción del momento, entre compañeros y compañeras que nos miran como si fuéramos frikis (que igual es así, ¡quién sabe? Si es que parecen todos unos Greyjoy la mar de sospechosos), suena el timbre que indica el final del primer recreo. Todo el mundo para clase. Yo no. Tengo hora de guardia, de las buenas, porque no falta nadie a cuarta hora. Cojonudo. Tiempo para corregir trabajos en la sala de profesores… o no, porque coincido con un compañero que me cuenta acerca de la amonestación que le acaba de poner a un alumno que tenemos en común, una de esas joyas con las que hay que saber lidiar tanto desde la pedagogía activa como desde la simple comprensión humana. Y yo, que soy un poco bocazas, comento sonriente aquella vez que me echaron de clase de filosofía. Hacia mí confluyen miradas reprobatorias desde todos los ángulos posibles de la sala de profesores. “¿Nunca os echaron de clase? ¿En serio?” Joder, pues que así es, en el serio más serio de entre el mundo de la ideas de los serios… Me siento, ahora sí, a corregir. Saco de mi bolsa molona mis auriculares chachis y busco música de esa especial para corregir. Portishead está bien. Ante mí, varias composiciones escritas, unas quince. No, No puede ser, que Beth Gibbons siempre me hace cantar con ella: es ese poso de desesperación en su voz, que me obliga sin intención alguna por mi parte a ayudarla en sus miserias del corazón, a darle fuego si hace falta, a seguir sus caminos retorcidos hacia el límite del dolor. Stop. Busco algo más adecuado… ¡Ya está! La Música Acuática de Haendel, nadie canta, como mucho puedo imaginarme escuchando la misma en un barquito sobre el Támesis, al lado de Jorge I, el rey Hannover… Obertura-Largo Allegro. Play. El tema de esa composición escrita, nivel 4º de ESO, una discusión que tiene como fin decidir qué invento es mejor, internet o los libros. ¡Venga ya, editoriales! Porlagloriademimadre… El boli verde se me escapa de las manos por momentos. Mi cabeza no está para estos trotes y desconecto el día. Goleada: internet 15 – libros 0. No esperaba otro resultado, ni siquiera el del honor.

¿Sabéis que Shakespeare inventó unas 1700 palabras de la lengua inglesa?” (Estoy ahora en el aula 204, con el primero de bachillerato de humanidades) “Pues no, Jose, ni idea. Aprovecho la tangente, y nos dedicamos hoy a buscar palabras que el inglés deba al bardo conocido como William Shakespeare. El alumnado se encarga de ir creando una lista con las que más les gusten. “Swagger!”, grita emocionada una alumna de primera fila. Claro, tía, el Wills tenía “swag”, joder, como dejó bien claro en la escena I del acto III del Sueño de una Noche de Verano:

What hempen home-spuns have we swaggering here, so near the cradle of the fairy queen?” – Puck

swagspeareY si no existe la palabra, pues la inventamos, ¡qué carajo! ¡Viva Swagspeare! Al menos la última clase del día consigue un cierto poso de satisfacción en mi labor como docente: uno de esos días de salir de clase señalándote el nombre en la parte trasera de la camiseta mientras corres por los pasillos mirando con superioridad a… nadie, como mucho esos trabajos de diversas materias que lucen lustrosos en las paredes del centro.

Vuelvo a casa y David (Hockney) me sigue mirando mal. Paso de él, prefiero mil veces a Frida Kahlo. Creo que voy a preparar un buen batido de fresas para toda la familia. Pero antes, como siempre que llego el primero al hogar, un poco de buena música al altu la lleva. Como no lo tengo nada claro, sigo la táctica habitual para estos instantes de indecisión musical: cierro los ojos y, tras hacer unos círculos con el dedo índice de la mano derecha, señalo un CD. Pues ha salido el Siamese Dream de los Smashing Pumpkins. Vale, hace un montón que no lo escucho. A veeer, uno, dos y tres. Play:

Tinoninoninoninononinoninoninoninononinoninoninoninononino pause ninoninoninononino…

Today is the greatest day that I’ve ever known…

VIAJES AL FONDO DEL TREN DE CERCANÍAS – LA BODA DE VICENTE Y GLORIA

Hace un mes, más o menos…

traan, tarará tra tra tra traaan, tarará tra tra traaa tinononino nino tinononino nino tinoninoninoninoninoniiii… God save the Queen, the fascist regime, they made you a moron, potential H-bomb… – la voz ronca de Lemmy Kilmister me avisa de una llamada entrante. Es Vicente, deslizo mi pulgar sobre la pantalla de izquierda a derecha:

– Hombre, Vicente, ¿cómo te va?

– ¡Qué tal, Josín?

– Sin novedad aparente.

IMG-20160117-WA0005– Te llamo porque me caso con Gloria el día 15, que ya son 16 años y ya va siendo hora…

– Joder, pues sí.

– Es para el sábado 16 de enero, una espicha informal para reunir a los amigos y celebrarlo.

– Genial, cuenta con nosotros.

– Informal, eh, nada de regalos ni de vestirse elegantemente. Es en Tudela-Veguín, en una sidrería, El Valle, a eso de las dos. Se llega perfectamente en el bus o en tren. Bueno, de regalo, algo manual, hecho con vuestras propias manos, un recuerdo…

– ¿Te vale un poema?

– Pues claro, un poema, cojonudo.

16 de enero de 2016

Pues sí. Se casaron el día anterior. Todo rodado, en perfecta armonía, salvo por un pequeño incidente con la salud de nuestro amigo Bernardino, que no fue a mayores. Por descontado, pasamos más que olímpicamente de aquella recomendación de “nada de regalos”, y decidimos (grupo de Whatsapp mediante, como mandan las tradiciones, y a pesar de mis meteduras de pata con las confusiones entre el llamado ‘Fiesta’ y el específico para el regalo.) ¿Vamos en el autobús urbano, línea L1, o en el tren de cercanías? Tras varias alternativas, decidimos ir un grupo muy “selecto” en el cercanías, que el bus son 30 paradas hasta llegar a nuestro destino final, El Valle.

Salimos a la 1,25 pm. Vamos en el tren comentando nuestras vidas y disfrutando de este maravilloso paisaje astur en un día de sol – raro porque la previsión meteorológica no era nada buena, que daban agua y más agua; alguien comentó que había sido gracias a Tom, que se había encargado de llevar los huevos a Santa Clara (de gallina, no los suyos) –. Nos íbamos también acordando del gran Tino Casal, originario de Tudela-Veguín, Nuria comenta lo que Paco Clavel dijo en el documental ‘Tino Casal: Más Allá del Tiempo’, de Pep Navarro, acerca del pueblo natal de Tino, algo como que cuando llegaron al entierro y vieron Tudela-Veguín comenzaron a comprender muchas cosas. Bajamos en la estación; sigue siendo impactante ese contraste paisaje – fábrica de cementos, ese combate en dura pugna entre la naturaleza y el más digno feismo tudela_643industrial. Caminamos intuitivamente en busca de nuestra sidrería, de nuestros amigos, pero como vamos más perdidos que encarrilados, acaba Álex preguntando a un paisano, que nos dirige con precisión y una sencilla indicación hacia el lugar correcto. Y entramos en la Sidrería El Valle, y allí nos reciben Vicente y Gloria muy contentos y emocionados (el propio Vicente rodilla en suelo con una cámara Go-Pro de ésas que lo va grabando todo desde tu cabeza; una imagen impresionante, de auténtico impacto). Abrazos, emoción, enhorabuenas, cervezas y sidra, y a esperar por el resto de invitados.20160116_150056 Como el día lo permite, vamos hasta la terraza que allí, con las vistas, la cerveza y la sidra entran mucho mejor.

El convite, entre risas, cerveza, calamares fritos, huevos cocidos, pastel de cabracho, tortillas y demás viandas típicas en cualquier espicha asturiana de pro, va avanzando, y llega el turno de los regalos, de que la pareja pronuncie esas palabras emocionadas que todos esperamos ya medio borrachos. Álex, perfectamente ataviada con pañuelo, guantes y bolso de azafata de Iberia de los años 70 IMG_20160116_190100(casualidad, ya que se lo habían regalado a Ana Emilia el día anterior), va entregándoles varios sobres (sí, lo sé, suena un poco mal, corruptamente hablando, pero hay que devolver al sobre de toda la vida su perdido prestigio, ¡joder!), y en uno de ellos va mi poema dedicado a ellos, y quien mejor que el propio Vicente para recitarlo a su manera, con gracia y retranca, como debe ser:

¡A MÍ, LOGARITMOS!

Nada de lenguas paganas,

infernales, impronunciables,

¡logaritmos neperianos!

Formulación mágica, obscena

de melenas resguardadas,

vestigios arqueológicos

de pelos Pantene del pijo,

de pasados impecables.

Ay, ¡qué sería de ti sin ella?

Ni la canela

sobre tu piel

esculpiría así tus poros.

No te acuerdes ya más

de la gnosis

del Samael aquel,

que de arcanos habla el tarao,

y no son neperianos, no,

en su “Matrimonio Perfecto”.

¿Y el comunismo redentor,

dónde quedó?

En el camino,

adoquín olvidado;

ni la hoz

ni el martillo,

tan sólo esta panda de rojillos.

Y si el mundo es un vampiro,

no os agobiéis,

que juntos, seguro,

mucho mejor;

ciencia y matemática,

unión mística, el puro fuego,

mochila y montaña…

y así será, cada día.

(Pero nunca olvides, amigo,

que si Neo fuese liberal,

Matrix habría sido

otra peli porno más.)

El baile posterior, el photocall autóctono e intransferible, más cervezas, chupitos, gin-tonics… todo aquel humo de tabaco que inundaba antiguamente los bares (como comentó Fernando al día siguiente, “hacía años que la ropa no me olía a tabaco a la mañana siguiente de salir”, casi un homenaje sin querer ni serlo a aquellos años llenos de humos varios en sitios míticos como el Monster o el Channel).20160116_180709-1IMG_20160117_231426IMG-20160117-WA0034

De la música, recuerdo estar como posesos bailando y cantando ‘Embrujada’, de Tino Casal. Ya lo dijo Nuria, “bailar a Tino Casal en Tudela-Veguín es como bailar a Elvis en Tupelo o a los Beatles en Liverpool”. En fin, una jornada memorable llena de buenos, de grandes amigos en torno a la pareja que hizo posible que tal día pudiese ser vivido y disfrutado a tope, Gloria y Vicente. Alguno se va pronto para Canadá (y no me refiero a los recién desposados), y aún no sabe si hacerlo en solitario o en compañía de su recién adquirida musa (“todo era derroche, reina de la noche…”); otros seguimos con nuestras vidas, felices o al tran tran, pero con muchas ganas de repetir una celebración similar bien pronto, que la vida corre y la muy cabrona lo hace mucho más de prisa que nosotros.

CAMPAMENTO LAXE – JULIO DE 1979

Y en éstas que va mi primo Pablo, y se olvida una cinta de cassette antes de regresar a Vigo para embarcar rumbo a mares muy desconocidos, al menos así lo eran para mí por aquel entonces; se trataba del Platinum de Mike Oldfield, y yo, harto de tanto Manolo Escobar a la hora del almuerzo, voy y lo pongo en aquel reproductor que teníamos encima de la nevera, un Sanyo de color negro, que lleno era de grasa. Suena no más de dos minutos la parte 1, el Airborne, porque mi padre insiste en que no se escucha música yeyé mientras se come, “¡cojones de Dios!”, recalca con un leve atisbo de inocente vehemencia. No pasa nada, lo escuché luego con detenimiento en mi habitación, una, dos, mil veces, tantas que, sin aún saber inglés por aquel entonces, finales de junio de 1979, era capaz de cantar de principio a fin “I got Rhythm”, como épico final al álbum, ignorando aún que no era más que una buena versión de la original que canta Gene Kelly en “Cantando bajo la Lluvia”,

I got sunshine

I got blue sky

I got my guy

Who could ask for anything more…?

¿Y qué significa para mí Platinum? Cada vez que hago un recorrido por mi colección de discos (lo acabé pidiendo al Discoplay, claro) y lo veo 20150927_173343ahí, tan gastado ya, esa portada con el color perdido, me acuerdo de aquel campamento de verano en Laxe, A Coruña, 21 días de julio de 1979, una odisea individual, grupal, un despertar casi total a mundos que permanecían agazapados, latentes dentro de mi todavía (poco le quedaba ya) infantil inocencia. ¿Qué significa ahora? No sé, creo que me hace ser consciente de que envejezco, de que aquel niño rechoncho, tímido y con tantas ganas de saber, de conocer ya no existe. Pero, ¡Qué hostias está pasando aquí? Fuck nostalgia, joder!! Ahora lo que en realidad  me apetece hacer es contar la historia de aquel campamento de verano, digno heredero de aquellos franquistas de la OJE, de los flechas que meaban sin remisión las colchonetas casi cada noche de verano.

A finales de mayo de 1979 varios niños de 6º de EGB (nosotros estábamos finalizando 5º) nos animaron a unos amigos y a mí a ir al campamento que desde el colegio público de mi pueblo, Cacabelos, el Virgen de las Angustias, promovían para las tres semanas finales del mes de julio próximo. Ellos ya habían estado el año anterior en el campamento que había tenido lugar en Burela, Lugo, y, al parecer, se lo habían pasado genial. Cinco miembros de nuestra numerosa pandilla nos apuntamos muy felices. A nuestras familias les parecía más que bien, ya que eso de perdernos tres semanas de vista les debía parecer algo así como un sinónimo de paraíso o algo similar.

Y allí que nos plantamos todos los de Cacabelos, un autocar de los de 54 plazas casi lleno, con niños (era sólo masculino, faltaría más) cuyas edades oscilaban entre los 9 y los 16 años. Viaje lleno de curvas, varias vomitonas y muchas canciones de la época, Carrascal, Un Flecha en un Campamento, la de los elefantes y la tela de araña… Aparte del conductor, nos acompañaba Eladio, un señor del pueblo, pero sólo con la misión de dejarnos allí y volverse ipso facto con el autocar. No teníamos muy claras las normas, tan sólo que teníamos que llevar cuatro camisetas blancas de rayas negras o azul marino, dos pares de pantalones cortos azules, o en su defecto vaqueros, dos pares de playeros (los Converse patrios de la época, marcas Tejuca o La Pérgola), una gorra y ropa interior. Ah, y un chubasquero por si llovía, que estábamos en Galicia, y otra chaqueta para el fresco de la noche o de la mañana; neceser completo y poco más. Nos reunieron a todos en el patio de lo que parecía un colegio como el nuestro. Yo calculo que seríamos más de cuatrocientos. Allí comenzó a hablar un señor de bigote en un acento Campamento 2gallego muy cerrado, mucho más que el nuestro, que era gallego-berciano. Nos daba la risa floja. Explicó que íbamos a dormir en grupos de 16, que había 8 literas en cada habitación y que cada una de las mismas tenía asignado un nombre de flor. Me tocó ir con Los Gladiolos, con otros 10 de mi pueblo (entre los que se encontraban dos de mis amigos de clase, Jose y Miguel), y cinco chavales desconocidos hasta el momento. Una monitora, la nuestra, Estrella se llamaba, nos acompañó a “nuestros aposentos”. Jose y yo caminábamos mientras analizábamos las caras y los gestos de los demás. Quizá había demasiados niños de los mayores, y eso acojonaba un poco. Menos mal que en el autocar ya habíamos hecho un frente común cacabelense, todos a una y, ante cualquier percance que pudiese tener uno de nosotros, allí estarían todos los demás al quite. Esa sensación de pertenencia que resulta tan gratificante, que luego uno es capaz de entender cuando ve cualquier película sobre la Mafia, éramos una familia, unos cincuenta Corleone de la villa del Cúa. Pocas explicaciones nos dieron. Recuerdo la primera, que consistía en proteger la servilleta de tela, una muy fea de cuadros azules y rojos, que nos habían entregado nada más terminar las arengas, con una condición indispensable para evitar cualquier posible castigo: no perderla en los ¡21 días! Que duraba la estancia, bajo amenaza de castigo implacable. Yo imité a los veteranos de mi pueblo, y me la até al cuello como ellos. La gama de olores que llegó a adquirir aquel trozo de tela es indescriptible, a pesar del recuerdo, que me dice “déjate de gilipolleces, que al cuarto día ya te habías acostumbrado a dormir con ese olor insoportable emanando de tu cuello” Mas de uno la perdió o se la robaron, y tuvo que pagar por ello con limpiezas de baños, pelado de patatas, series de veinte flexiones, etc. A mí, de hecho, me la robaron los Dalton, pero no duró en su poder más de cinco minutos, que raudos llegaron Omar, Roberto, Fran y Miguelón para recuperar mi servilleta de las manos de aquellos hijos de puta abusones. ¿Y quiénes eran los Dalton? Un grupo de ocho chicos entre 14 y 16 años, todos de Coruña capital, muy chulitos, hasta rubitos y con cara de lo que pocos años más tarde serían los Javis de Verano Azul. Se dedicaban a hacer la vida imposible a todo aquel niño que se interpusiese en su camino, eso sí, como buenos cobardes que eran, eso sólo lo hacían con los niños menores de diez años, que se encontraban solos, sin protección alguna por parte de chicos más grandes, de los de pelo púbico y vozarrón de paisano.

Un día normal consistía en lo siguiente: levantarse a las 8 en punto de la mañana bajo el sonido atronador de marchas militares que nos atacaban desde un número considerable de altavoces; ir corriendo al baño, mear, lavarse a toda leche, comprobar que la servilleta seguía anudada a tu cuello, vestirse, hacer las camas, recoger la habitación, fregar el suelo de la misma y situarse en fila al lado cada uno de su litera correspondiente esperando la inspección mañanera (por cierto, cada mañana el equipo de monitores y monitoras elegía un equipo ganador, el que fregaba más limpio. Nosotros éramos un desastre, sólo vencimos una vez, pero lo celebramos como si fuese el mejor triunfo deportivo de nuestras vidas. Siempre ganaban los capullos de Los Nardos, unos pelotas asquerosos presididos por dos de los Dalton, Quique “el Facha” y Josemari, al que llamábamos Jaimito por su gran parecido con el actor Álvaro Vitali, aquél de las películas italianas de Jaimito que tanta gracia nos hacían… no me Laxeexplico por qué, la verdad.) Luego dábamos un paseo por el pueblo, o hacíamos alguna ruta, hasta la hora de comer. Almuerzo, muy malo, descanso y tarde de playa o de ejercicios gimnásticos todos a una, uno, dos, uno, dos. Juego libre más tarde, y, para rematar el día, cena y algo de lectura o televisión en una sala-biblioteca reducida a su expresión más mínima en días grises de lluvia persistente. Bastante aburrido todo. Pero, ay, llegaban las noches, y empezaba el cachondeo sumo: concursos de pedos, de eructos, historias de miedo y de muerte, de cementerios, de ovnis, concursos de pajas que los mayores llevaban al más absoluto paroxismo competitivo. Yo no sabía aún de qué iba aquello, ya que los pequeños nos encontrábamos ubicados en las literas más cercanas a la puerta de entrada y así nos costaba ir aprendiendo, imagino que por si las moscas nocturnas vigilantes asomaban sus alas sin previo aviso, y lo hacían bastante a menudo. “¡Ya llevo cuatro!” “A ver, a ver… ¡De eso nada, monada, ahí no hay corrida, no se ve la leche, no cuenta, no vale!” Y así pasaban las noches, poco sueño, mucha diversión, y yo sin dejar de preguntarme de dónde narices sacarían aquellos chavales tanta leche… bueno, sólo la primera semana, que en la segunda ya nos lo habían explicado bien los veteranos.

Y esos recuerdos, selectivos a más no poder, van evolucionando en mi mente, claro. Me voy a quedar con varios momentos que, por la razón que sea, se han grabado ahí como platino líquido y viajarán conmigo hasta la eternidad de mi finita existencia.

El primero de ellos ya lo mencioné en otra historia, quizá el más determinante de todos, ya que, si me llego a ahogar, todo se habría acabado para mí. O quizá me ahogué y esté ahora “viviendo” en una dimensión diferente… El caso es que nos dejaban solos, sin vigilancia alguna, en muchos momentos a lo largo del día, y había una playa muy cercana, y nadie quería ir a darse un baño, que estaba fresco y la mar tenía muy mala pinta, y pasó esto: As If From a Distance

El segundo sirve como homenaje al mejor amigo que hice aquellos días (los demás, ya los llevaba “puestos” del pueblo), Andrés, al que llamábamos Regata porque cada vez que iba a mear decía a voces “¡vou meixar a regata do Miño!” Un chaval muy divertido, muy noble, de Mondoñedo, con el que me reí, nos reímos todo lo que quisimos y aún más, y al que nunca jamás volví a ver. Recuerdo una tarde que nos llevaron a todos a coger mejillones, y el Regata y yo casi nos caemos al agua porque allí se resbalaba mucho, y no llevábamos calzado adecuado para tal menester. El Regata me agarró por el brazo justo antes de que me escurriese en dirección al agua. Al menos aquella noche cenamos bien, a base de mejillones, claro.

El peor recuerdo está, ¡cómo no!, relacionado con aquella pandilla de cabrones maltratadores, abusones, cerdos hijos de la gran puta. Había un niño con un aspecto muy angelical que siempre andaba por ahí solo, se llamaba Ricardo, si no recuerdo mal. Un día de mucho sol, mucho bochorno, mientras los demás descansaban o dormían la siesta, yo salí un rato al patio, a jugar solo con unos bates de béisbol y unas pelotas que guardaban en un trastero adyacente al patio, y allí vi al niño aquel, en su mundo, sentado a la sombra con la espalda apoyada en la pared. Me acerqué y le pregunté si le apetecía jugar. “No”, fue su escueta respuesta sin tan siquiera mirarme a la cara. Más que triste, se le veía absorto, perdido en cavernas interiores a las que solamente él podía acercarse. Cuando regresé a nuestra habitación, comenté el hecho con mis amigos, hasta que Fran, uno de los mayores de mi pueblo me contó lo que los mierdas de Los Dalton le habían hecho. Según su versión, lo habían jodido con montones de perrerías, vejaciones, humillaciones, abusos. Mebullying bat quedó grabado aquello de introducirle “la pilila en la boca y luego mear…” “No te preocupes, Yebra, ya no lo van a molestar más, ya nos hemos encargado de eso.”, me dijo con el afán de tranquilizarme, sin conseguirlo. Por las noches, antes de quedarme dormido, me imaginaba a mí mismo asesinando de miles de maneras a aquellos seres deleznables, que seguro que más tarde llegarían a “algo en la vida”, porque eran de familias pijas, familias bien, de ésas en las que los trapos sucios ni se lavan siquiera porque para ellas no parecen existir actuaciones ajenas al orden que ellos llevan manteniendo tantos y tantos años. Puta escoria. Cuando en el jukebox del bar al que íbamos cada tarde alguien ponía “Psycho Killer” de Talking Heads, casi sin darme ni cuenta mi mirada se dirigía al rincón en el que se sentaba aquel niño, y sin aún saber inglés parecía cantarle telepáticamente eso de “run… run… run… run… run… run… run… awaaaaaaaaaaay”

Hablando de ese bar de pescadores de Laxe en el que nuestras horas muertas cobraban algo de sentido, allí gastábamos nuestros duros en canciones que nos ofrecía aquel glorioso jukebox. Había de todo, Umberto Tozzi y su inefable Te Amo, varias de Rafaella Carrá, Las Grecas, que nos amaban locamenti, y una que pedía siempre Omar, el de mi pueblo, un chaval grande y voceras que siempre ponía la misma canción, y si no le quedaba dinero, te pedía un duro, o te decía a gritos, “¡Yebra, ponme la de Apipapú!”, y yo se la ponía, y él se volvía medio loco y comenzaba a cantar aquel pegadizo “Apipapú”. A ver quién se atrevía a decirle que allí no decía nada de Apipapú, sino The Big Bamboo, pero él era de aquellas promociones que estudiaban francés como primera lengua extranjera, mientras yo, que ya iba a empezar sexto de EGB, ya estaba a punto de estudiar inglés, que la pérfida Albión parecía irse “with fresh wind” al mismo limbo irlandés que aquella Armada Invencible con la que tanto nos daban la vara en clase.

Y queda para el casi final la pequeña cooperativa que montamos espontáneamente unos cuantos de mi pueblo, con todo el ánimo de lucro que a esas edades se puede llegar a tener. El segundo domingo de nuestra estancia en aquel campamento cutre lux, vinieron casi todos nuestros padres, madres, alguna abuela, algunos tíos y algunas tías (dos autocares que contrataron entre todos, tremendo) a visitarnos, a comernos a besos y a asustarse al ver lo sucios que estábamos, a querer a toda costa nuestras madres arrancarnos aquellas servilletas de nuestros cuellos… En definitiva, que nos echaban de menos y todo. No sólo aparecieron con un cargamento enorme de comida para pasar aquel domingo hincando el diente sin pausa debido al hambre que llevábamos atrasada, sino que casi todos los niños recibimos como regalo para nuestros últimos nueve días de campamento unas gigantescas cajas de galletas y de pastas caseras. Casi no nos cabían en nuestros armarios de Laxe 1979 - los de Cacabelostanto que abultaban. Los niños ajenos a Cacabelos, con caras famélico-golosas de pura envidia empezaron a pedirnos galletas a todas horas, hasta que Roberto, un incipiente emprendedor, que se llamaría hoy en día en una programación LOMCE al uso, nos reunió a unos cuantos y dijo: “a ver, que parecemos gilipollas, joder. Estamos regalando galletas a todos estos fatos sin ton ni son. A partir de ahora, cada galleta a duro, que estos pijos tienen dinero de sobra. En esta caja vamos juntando todo y al final repartimos entre todos los que tenemos galletas y pastas. ¿De acuerdo?” “¡SÍ!”, gritamos todos al unísono con todo el entusiasmo que el negocio en ciernes nos estaba generando. Y generamos buenas colas, tras cada comida, hasta que se nos acabaron las viandas tres días más tarde. Aquella caja que trajo Roberto para hacer el reparto pesaba lo suyo. Tocamos a 185 pesetas cada uno. El jukebox no daba abasto con tanta canción en la cola, y el “Apipapú” acabo tan rayado, daba tantos saltos aquella aguja que la canción duraba casi un minuto menos, lo cual era de agradecer.

Queda tan sólo una anécdota más, la que recuerdo siempre con una sonrisa de oreja a oreja. No sé si quedó claro antes, pero nuestro único contacto con el agua, aparte de beberla, lógicamente, fue en forma de agua marina y alguna mojadura de lluvia que otra. El día antes de regresar, se nos ordena ir en turnos a la ducha. Los gladiolos vamos los segundos, hay cuatro duchas y nos asignan dos minutos a cada cuatro para un aseo rápido. Yo estoy entre los cuatro primeros gladiolos, casi agoto todo mi tiempo luchando por desanudar aquella maldita servilleta, por despegar aquella ropa de mi cuerpo (¡hasta dormía con ella puesta!). Unos chorros de agua templada tirando a fría y ya, a secarse un poco con una toalla ínfima que nos habían dado a cada uno, y vestirse de nuevo con aquella ropa apestosa (en mi mochila descansaban las otras camisetas, calzoncillos, etc. aunque casi podría decirse que más que descansar, fermentaban, o al menos eso indicaba el olor que de allí provenía.) Salimos de allí los cuatro juntos, pero Fran y yo nos “equivocamos” y, en vez de tirar en dirección al pasillo, a la izquierda, para dirigirnos a nuestra habitación, nos metemos por una puerta a la derecha que estaba entreabierta. “hostia, hostia, para, quieto”, me susurra Fran. “¿Qué pasa?”, pregunto yo en tono muy bajo y muy intrigado. “Mira”, me dice mientras señala con el dedo índice de su mano derecha hacia una puerta que da a un vestuario. Esa puerta está abierta, y al fondo del vestuario vemos una figura humana que parece estar desnuda. El instinto nos hace acercarnos y espiar desde el borde de esa puerta. Era Estrella, nuestra monitora, que se acababa de duchar y se estaba secando. Yo no sabía qué decir; Fran, sí, “Diosss, me van a reventar los huevos”. Y yo que me quedo muy intrigado, “¿por qué le iban a reventar los huevos a Fran? ¿Sería eso peligroso? ¿Acaso era la leche aquella que me habían explicado? Y, en ese caso, ¿qué se supone que debería hacer yo?” Salimos de allí con todo el sigilo del mundo, y, nada más llegar a la habitación, Fran se va en dirección a su cama, se mete bajo las sábanas, aquello se empieza a mover, y a los veinte o treinta segundos gime como loco y comenta, “¡ya está! Joder, no podía más. ¡Vaya tetas! ¡Vaya coño más peludo!” A partir de ahí ya se ve en la obligación de comentárselo a los demás, que nos felicitan como si fuésemos héroes que han vencido al enemigo en una guerra muy cruenta y acaban de llegar de regreso a su tierra. Algo empezaba a comprender, claro, que ya era el último día y había aprovechado a tope esos días de cursillo acelerado sobre la vida y sus menesteres, puede que no de la manera más apropiada, pero quizá sí que era la única posible en aquellos días, que en mi casa nadie me iba a enseñar jamás nada sobre temas sexuales, que esos suponían toneladas de tabúes plenos de pecados de todos los pelajes. A la fuerza te despiertan, sin remisión. Inocencia perdida, bienvenidas hormonas que ya estáis empezando a montarme ese lío interno que tanto te quiere como te hará sufrir. En fin,…

Y todo esto por culpa del Platinum. Aparte de alguna canción del jukebox aquel, no dejé esos veintiún días de tararear el álbum enterito, aunque, cuando me animaba y me venía arriba (casi siempre estando solo), me20150927_192934 hacía unos guitarrazos en el aire a base del Punkadiddle que no se los habría saltado ni el mismísimo Mike Oldfield, y hasta me quitaba la camiseta y todo, que hubo días de calor muy húmedo, demasiado pegajoso… Y veo ese rayo verde de verano que aparece de repente y se carga a aquellos malditos Dalton mientras la mariposa azul se torna violeta, consigue despegarse de ese platino líquido y huye rabiosa hacia mundos nuevos, quizá menos salvajes.