EL DEDO EN EL OJO…

21 de enero de 2016

Y la ‘Manta Ray’ estaba OK, que cantaban los Pixies… y desde aquellos indies años 90, sabemos que vivir de la música no es sólo tomar el dinero y correr. Festivales, conciertos, actuaciones patrocinadas por entidades poderosas que mandan todo lo que los políticos no pueden… o no quieren. El pueblo, sí, el pueblo, que somos más, muchas más personas, por desgracia, el común respira sin atreverse siquiera a molestar a esa nube tóxica que nos constriñe, que nos oprime, somos como un coche del Scalextric que va despacito para no salirse del carril porque su dueño aprieta ese mando con miedo, con poca fuerza y convicción…

Entonces,

Troleo épico.

Tensión previa.

Censuraaaaaaa.

¿Quién cojones pone el dinero?

O quitáis ese vídeo o no hay concierto.

Woody Guthrie?

Bueno, por eso paso…

This machine kills fascists,

el lema está en inglés, no molesta.

La gente espera fuera.

El Palau respira el silencio.

Más de mil personas.

¿Qué sucede?

Bueno, vaaaaale, joder

(mecagüensuputamadre, que se lee en su traductor)

45 minutos después,

por problemas técnicos…”

¡Ja!

Vamos.

Entre aplausos.

Nacho, Abraham, César, Luis, Eduardo…

Ánimo valientes, hoy sois brigada;

Mi amiga Arancha,

luchadora infatigable,

la del pantalón rojo

(imposible otro color)

a la izquierda,

Al Altu la Lleva, coro antifascista…

La imagen y la música del cello,

las dos sillas,

silbidos, fueras…

No han visto que la S es, en realidad, una $.

Conversaciones sobre el futuro,

Nacho Vegas y Fee Reega,

yo si te meto el dedo en el ojo,

te proporciono una experiencia vital extraordinaria.

Risas relajadas, tensiones fuera.

Versión de Los Golfos,

Qué pasa contigo, tío”,

fandango tradicional alemán…

No te quedes en casa, te la podemos quitar”

Sí, el troleo está siendo mítico.

Miembros de la PAH,

Stop Desahucios

Pero mejor me callo ya, y lo veis, que pone los pelos de punta, porque no sé si “¡Sí, se puede!”, pero está mucho más que clarinete que se tendría que poder, porque somos más, porque somos el pueblo aunque parece que la vida actual consigue a marchas forzadas que estemos olvidando eso sin cuestionar nada a cambio.

Y cantar a los que aúllan mientras haya un desahucio más…

(En abril del año pasado, a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa, viajé al fondo del alsa con Nacho Vegas, un trayecto de Madrid a Oviedo y Gijón, aunque él no lo sepa… Quizá fuese porque él iba leyendo muy concentrado el Rockdelux de aquel mes de abril de 2015, aquél cuya portada estaba dedicada a Christina Rosenvinge. Os podrá gustar, o lo podréis aborrecer. Os parecerá un cantautor estratosférico o un petardo agobiado y aburrido, lo que no se le puede negar jamás es su actitud y su compromiso.)

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AS IF FROM A DISTANCE…

– Entonces, ¿tú te vas a morir algún día?

– Pues sí, hijo, aunque ese “algún día”, por suerte, está muy, muy lejos. Todavía me quedan años y años contigo, mi amor.

La muerte aparece por sorpresa en una conversación entre un padre y su hijo de 8 años, que podríamos ser, casualmente, mi hijo pequeño y yo. Algo estalla dentro de uno cuando escucha la palabra muerte de boca de uno de sus hijos. Suena casi como a delito punible escuchar esa vocalización de la “m” seguida de la “u”, la “e”, la “r”, la “t” y otra “e”, algo similar a un disparo a cámara lenta en una película de Tarantino que sabes que te va a reventar finalmente el cráneo como un descomunal big bang.00 sorry dead Sabes que ya nunca podrás volver a ver de la misma manera “La Habitación del Hijo” de Nanni Moretti, porque la vas a sufrir como un puto perro. En fin, cada persona es consciente de lo finito del ser humano en mayor o menor medida. Yo no pienso casi en ello, la verdad, vivo al día y trato de dejar que las demás personas vivan sus vidas sin interferir negativamente en ellas. Lo intento, digo, a diario.

Death is not the End... or is it? Click on the image and Nick Cave (& frinds) will solve this dilemma.

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THE END?

No sé si la muerte es o no el final, pero mi primer contacto con ella fue a los cinco años, cuando se murió mi abuela paterna, Ramona. Un febrero muy frío aquel de 1973, tanto, que mi pobre abuelita, que vivía sola en Pieros, un pueblo a dos kilómetros del mío, Cacabelos, dejó la estufa encendida toda la noche (no recuerdo el día exacto, aunque sí que era un sábado) y un escape de gas butano la mató dulcemente. Como era tradición en aquellos años, el velatorio en casa, y toda la familia a rendir pleitesía a la muerta. 07Me obligó mi madre a acercarme a aquella señora ya amortajada y toda vestida de negro, pañoleta incluida, para darle dos besos de despedida. Cerré mis ojos y pensé en aquellos churros calentitos que ella me traía para desayunar cada domingo por la mañana, bien temprano, ya que madrugaba muchísimo y se echaba luego a andar en dirección a Cacabelos sin darle importancia a si llovía, nevaba o si había charcos congelados que pudiesen hacerla resbalar y caer. Pero abrí los ojos, allí no veía a mi abuela Ramona, y las palabras llegaron prestas a mi aparato fonador desde el susto de ver aquellos dos algodones insertos en sus fosas nasales, como rúbrica a un rostro frío e inexpresivo, desconocido para mí.

– Mami, ¿por qué la abuela tiene esos algodones en las narices?

Y, claro, colleja al canto de una de las que me crió (la otra fue mi abuela materna, con la colaboración desinteresada de sus hermanas, aquellas amigas de Perpetua).

– ¡Anda, sal de ahí, carallo, que están esperando tus primos pa darle un beso!

Tras varias noches durmiendo mal, entre sudores y pesadillas varias plenas de abuela, algodones, churros y pañoletas negras, logré superar aquel primer contacto con la levedad de la vida humana.

Un año y dos meses más tarde, ya en 1974, mes de abril para ser más exactos, volví a encontrarme con ella. Lo recuerdo porque eran las Fiestas de la Pascua en mi pueblo, y la musiquilla de los coches de choque invadía toda la plaza; bueno, eso por la tarde, poco antes de que las orquestas, casi siempre gallegas, nos deleitasen frenéticas con sus pasodobles verbeneros que todos bailábamos con mucha ilusión. Aquella mañana de Lunes de Pascua, Simón y yo corrimos a comprar petardos tras la siempre aburrida misa de doce. BICICLETA FUNERARIASimón y yo éramos amigos desde el primer curso de parvulitos, los mejores amigos. Salíamos juntos del colegio, nos dábamos mamporrazos con nuestros pizarrines, nos tirábamos a la cabeza las cartillas de Rubio, las tizas, corríamos sin ton ni son en dirección a nuestras casas con el hambre acumulada toda la mañana, con avidez de comer rápido y salir a jugar lo más pronto posible con todos los demás niños a la plaza, cargados de cromos, canicas, peonzas, dispuestos a coleccionar más moretones en nuestras piernas que se ventilaban frescas al aire libre hiciese frío o no. El futuro no existía porque nunca iba más allá de cada tarde de juegos infinitos, de risas y golpes variados, de enfados y peleas a pedrada limpia. Vivíamos el ahora con sensación de pura eternidad; éramos inmortales. Tras hacernos con una caja de petardos cada uno, que guardábamos como tesoros en nuestros bolsillos esperando la llegada de la verbena aquella misma noche, con la orquesta Los Satélites de La Coruña, unos clásicos de cada Pascua cacabelense, corrimos por la Avenida José Antonio (hoy de la Constitución), la Nacional VI por aquellos años 70, vacíos de autopistas y circunvalaciones, en dirección a la casa de Simón. Las aceras eran demasiado estrechas y para esquivar a toda la gente que nos íbamos encontrando de bruces decidimos dar un salto al borde de la carretera. Él iba delante y yo lo perseguía con toda la velocidad que se puede adquirir con unos zapatos de domingo, bastante nuevos, de los que aprietan de veras antes de adaptarse a tus pies. Llegamos a la altura del primer cruce, uno a la izquierda que iba a dar a las antiguas Bodegas Guerra. Simón sigue imprimiendo más y más ritmo, que me quiere ganar esa carrera. La última. De ese cruce apareció de la nada un camión que se llevó por delante a Simón. Dejé de correr. Oí gritos, aunque mi cabeza ya no estaba allí porque era absolutamente incapaz de moverme, de hablar, con seguir respirando era más que suficiente. 012dffb1004102dfca353542c34d89f0Alguien me agarró de la mano y me subió a la acera. No recuerdo siquiera quién fue. Allí estaba, sobre ese asfalto frío e irregular, el cuerpo sin vida de Simón. Cuando volvimos a clase tras las vacaciones de Semana Santa, el sitio de Simón estaba vacío. Don Vicente, el maestro, nos explicó una bella teoría sobre los angelitos que van al cielo que desde allí nos ven y hasta alguno que otro se convierte en ángel de la guarda. No me creí una mierda, sólo eran patrañas para alejar el susto de nuestras vidas. Sabía que jamás volvería a ver a mi amigo. Sabía que mis visitas al cementerio cada primero de noviembre estaban reservadas no sólo para mi familia, sino también para mi primer mejor amigo, ese ángel del que hablaba Don Vicente, el Ángel Simón.

Aunque no rezo, a veces hablo con él y le cuento historias que seguro que le resultan incomprensibles. No sé ni de qué equipo de fútbol era, ni qué tipo de aficiones tendría de no haber sido por aquel maldito camión. Sólo sé que la muerte me pasó muy cerca aquel día, y que, cuando casi me ahogo en la playa de Laxe estando de campamento allí en el verano del ‘78, vi a Simón mirándome entre los remolinos que provocaban aquellas olas tan enormes, las que me querían engullir irremisiblemente.17e Regiment Death and Glory, ca. 1928 Dejé de pelear contra ellas, me dejé ir. Estaba solo, nadie me vigilaba, eran otros tiempos, y cuando abrí los ojos en la orilla y comencé a toser, pude ver como mi amigo se alejaba mar adentro mientras me decía adiós con su mano derecha. Todavía llevaba los algodones en sus fosas nasales, porque él, desde su eterno ‘no futuro’ no necesitaba tanto la respiración como yo… Además, él jamás pudo aprender a jugar al ajedrez, y yo sí, so “here we are, stuck by this river…”

TUBULAR HEAD (OF STUDIES)

La única vez que me echaron de clase, con toda la razón de las galaxias, he de reconocer, fue en una lección de Filosofía. Yo, hasta aquellos días, había sido un niño la mar de bueno, el más obediente de mi casa (poco mérito, no penséis mal, que siempre he sido hijo único) – llegados a este punto, justo sería reconocer que nunca fui un empollón o un pelota, o un mísero chivato, al contrario, era capaz de llevar la omertá hasta el infinito de mi pueblo y más allá del Pajares…

A lo que iba, que divago, que miro por la ventana y estoy viendo al santo saludándome desde una nube con forma de avestruz.

Estábamos ya en la última evaluación, 3º de BUP, repasando algo de Ética con Charo, una profesora interina (por aquel entonces creo que se llamaban penenes por PNN – Profesores No Numerarios) muy joven, muy maja, muy buena, muy divertida dando clase. Como tengo más bien poca familia, a pocas bodas había ido hasta entonces, a lo sumo tres o cuatro, pero aquélla fue un despertar, un gigantesco paso del umbral. (¿Me sigo perdiendo, verdad? Do not worry, que al final todo concuerda en este puzzle tridimensional.) Acelero. El fin de semana anterior me había ido yo solo, sin padres vigilantes, a Briviesca, un pueblo de Burgos, que allí se casaba Fernando, un primo de mi madre, con una lugareña muy hippy, demasiado libre para los estándares de 1983, que no todos veíamos La Edad de Oro, rediós. Volví de aquel evento, lógicamente, siendo otro tras haber pasado las madres putativas de todas las resacas inventadas hasta aquella fecha, tras haber probado todo lo que se me ofrecía sin dudarlo ni un instante siquiera. Llega el lunes. Ni me molesto en desayunar porque mi estómago aún seguía en la fase de centrifugado. Voy a clase. La primera hora pasa casi desapercibida, que el de Lengua también estaba resacoso y nos dijo, “¡hala, a repasar, que hay mucho que poner al día!”, y con las mismas bajó la persiana que estaba al lado de su mesa, se sentó en su silla y se durmió en cuestión de segundos. No le hicimos ni puto caso, claro. Dormimos al igual que él, con nuestros ojos abiertos, intercambiando algún gesto cómplice entre los más afines. Segunda hora. Filosofía, Charo, con el sobrenombre de Charito Muchamarcha por culpa del Un, dos, Tres. Demasiada ética para una hora tan temprana. La bestia humana. Morir o matar.

Lo supe porque se había instalado un bichito macarra dentro de mí, alguien o algo me lo había contagiado en Briviesca el fin de semana previo. Diez minutos de clase pasaron y yo ya iba camino del despacho del Jefe de Estudios, Julio. Sí que nos daba miedo aquel hombre. Su gesto, su manera de hablar tan pausada, mirándote fijamente a los ojos sin pestañear siquiera nos acojonaba a todos. Llego a la puerta de su despacho en actitud “antes de que tú me mates, prefiero matarme yo.” Toc, toc. No hay respuesta, “¡bien, joder, que no está!” Repito un segundo “toc, toc”, esta vez más confiado, creyendo de veras que no se encontraba Julio, el enterrador, en su despacho.

  • ¿Sí? Pase, pase.
  • Eehhh… Hola, bue-buen-nos días. – un hilillo de voz tenue, muy tenue.
  • Hombre, Yebra, ¿a qué se debe su visita? – cara y tono de sorpresa.
  • Es que… Bueno, es que, a ver… Es que me ha dicho Charo que viniese aquí.
  • Pero, ¿pasa algo? ¿Algún problema?
  • Bueno, no… Sí, sí. Es que… es que me acaba de echar de clase.
  • … … … – uno de esos silencios que pueden incendiar un pueblo entero.
  • Es que me puse a tararear una canción.
  • Siga, siga…
  • Óscar, el de mi clase, que me dejó la semana pasada el disco ese, Tubular Bells, de Mike Oldfield, y no me lo puedo sacar de la cabeza.
  • ¿Y?
  • ¿Y?
  • ¿Que qué más, que sólo por eso no creo que le haya expulsado de clase?
  • Bueno, no sé… Sólo le dije “chao, Mayra”… dos… o tres veces.
  • ¿Y le parece bonito? ¿Cree usted que ella desconoce el mote que ustedes le han puesto? ¿Que yo desconozco el mío?
  • No, no. Claro que no. Es que se me escapó, de verdad… No lo vuelvo a hacer más, lo juro.
  • Me parece muy bien. De momento se queda usted en el recreo aquí conmigo, que le voy a dar tarea.
  • Es que…
  • ¡Ni “es que” ni nada! Una frase que empieza con “es que” es siempre una excusa. Venga, le veo luego. Cierre la puerta al salir.

Sigo su orden al pie de la letra. Antes de soltar el pomo de la puerta, escucho asombrado como empieza a tararear él mismo ese “tititninininoninoninonini” del Tubular Bells, ¡incluso dice impostando su voz, “grand piano”! “Joder, si hasta es un cachondo y todo”, pienso antes de irme de allí con una sonrisa gilipollas en mi cara.

La excusa del último “es que” era que teníamos partido de baloncesto, de los del campeonato interno por grupos que nosotros mismos organizábamos. Me lo perdí. Mi castigo consistió en ayudarle a ordenar papeles en su despacho. Para que la labor fuese más llevadera, puso el Tubular Bells en su tocadiscos estereofónico marca Cosmo (sí, así es, tenía uno en su despacho, y varios discos en una estantería). Pocas frases intercambiamos. No era necesario. A veces los gestos, las actitudes también sirven como consejo, como exorcismo incluso, que la banda sonora aportaba ese plus tan divertido como innecesario.

Me lo encontré años más tarde una mañana gris de invierno cuando ya estaba yo cursando tercero de Filología Inglesa. Por entonces él ya vivía en Oviedo, que había pedido el traslado desde Cacabelos un año antes. Nos tomamos un café y charlamos muy distendidamente entre el humo apestoso de varios Ducados, sin la distancia lógica de aquellos días de instituto.

  • Me alegra que te vaya también, Jose.
  • Bueno, podría ir mejor, para qué nos vamos a engañar.
  • Pero vas remontando, y acabarás la carrera, seguro.
  • Eso espero.

Un apretón de manos, y adiós para siempre. Nunca más me volví a cruzar con él.  Se ha quedado olvidado entre los surcos del Tubular Bells. Hasta tenía cierto parecido físico con Mike Oldfield… ¿O era con el Padre Karras?

Julio, el Jefe de Estudios, ¿habrá cavado un túnel desde Asturias al infierno…? ¿Se reirá ahora como un disidente?

Who knows?

Who the fuck knows!?