LOS INDICADORES Y LA MUERTE

fuck-schoolindicadores
de asomo real
de días ociosos
sin criterio
ni calificación disidente
(do you fuck your school?
do they fuck theirs?)
calamidad entre documentos
aprendizaje
y vendaval
autónomo de vuelo raso
sin creación aparente:
ausente
otro de esos estándares
que nublan un sol
que nunca iluminará
documentos ciegos
sin rabia
sin destino
(do you fuck your school?
do they fuck theirs?)
programas de refuerzo
de sudor
en tinta verde o roja:
la tierra baldía
coroneles en retorno
esfuerzo de nómina vacía:
competencias
la clave
de vuestro futuro…
¿futuro?
no future!
el anticristo asomó
y extendió su sulfato
azul y apestoso
sobre cosechas
en inútil barbecho
(do you fuck your school?
do they fuck theirs?)
libros culpables
¿me evalúas
y te doy
un paquete
de galletas,
María?
(no, I don’t fuck school
school is already
fucked up!)

neruda-rocksy no esperaste
porque no te gustaba esperar
y yo no soporto las esquelas
los pésames
los párpados que pesan
frente a un cura
que habla sin decir nada:
ante tu entendimiento
que pasa de largo

odio el ritual de la muerte
las convenciones sociales
los rostros compungidos
pálidos
y las ganas de no estar allí
mas tener que estar

y los recuerdos
nunca transferibles:
de emisión temprana
entre risas ya enlatadas;

odio los funerales
y a la iglesia católica
a todas las religiones:
imposiciones erróneas
lejos del innatismo
de espontáneas muecas
que sí dirían
sin vacilar
todo lo que habría que contar

y me odio a mí mismo
por no ser como los demás:
por intentar adivinar
desde aquí abajo
qué son
las vidas ajenas:
que la sociedad
me dé el guión
que yo lo estudiaré
y haré mi papel
ignorando hierático
esas voces insistentes
que cohabitan
en mi cabeza.

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CUT YOUR FINGERS, BUY A VIBRATOR

Otro viernes más. Las ocho menos veinte de la mañana, las ruedas del autobús giran y giran, giran y giran, siguen girando todo el día, al menos será así hasta las 23.30. Es el F1, que me lleva raudo hasta el Naranco, y a más velocidad que el MacLaren de Fernando Alonso, aunque eso es demasiado sencillo como para tenerlo en cuenta. Todavía está oscuro el día, y miro absorto por la ventana como otros seres zombificados se dirigen parsimoniosos a sus respectivos puestos. Canturreo para mis adentros aquella canción que decía “Friday, Friday, kicking down on Friday”, y me acuerdo de aquel videoclip tan, tan horriblemente malo que no podías dejar de mirarlo y alucinar con la letra, el ritmo, las caras de la gente, los escenarios elegidos. Demasiado pegadiza para sufrirla solo, y ahí estaba ese cachondeo en las redes sociales, que acaba convirtiendo como por arte de magia algo tan espantoso en una cosa buena, hasta de culto (“So bad, it’s good, people!”) Yo me curé del todo con la estupendísima versión death metal.

Rebecca Black, claro, no podía ser otra la que atacase de improviso desde ese paralelo subliminal con su Friday de destrucción masiva. Ya puestos (o sobrepuestos, según se mire), pienso ahora un rato en que para Rodrigo todos los viernes eran Black. Chollo libre de polvo y paja, de culpa venérea entre putas y varios. Debe ser la norma entre esa gentuza, reflexiono justo antes de apearme. Llego al instituto, el I.E.S. Monte Naranco, con tiempo más que de sobra para organizar mis clases del día. Dos alumnos estudian contra reloj muy agobiados mientras ocupan todo el ancho de la escalera. De 2º de bachillerato, lógicamente. Me dejan pasar con suma condescendencia sin darme siquiera un monótono ‘buenos días’ a pesar de lo atronador que debió sonarles el mío previo. Toda la sala de profesores para mí. Durante poco más de dos minutos ésos serán mis dominios, esa mínima Invernalia engullendo contenta todo el frío reciente de este otoño. ¡Ahí está el periódico de hoy! La Nueva España, ¡Cuál si no? Todo mío. Un recorrido rápido hasta que llego a las esquelas del día y me acuerdo de repente de aquel juego que hacíamos hace ya unos años en un instituto de la Cuenca del Nalón en el que trabajé muy a gusto. Tal juego consistía en que una persona escogía el nombre de pila de un difunto o una difunta de entre todas las esquelas, lo decía en alto y el resto tenía que intentar adivinar su edad. (Si no recuerdo mal, un compañero lo había visto en una película y lo había importado a nuestro contexto.) En este momento estoy jugando yo solo. Joder, no doy ni una. Llega una compañera.

– Buenos días.

– Buenos días.

– Parece que llegó ya el invierno.

– Así es…

Venga, una última esquela… ¡Al fin acierto una edad, carajo! I am the Champion, my mates!! Pero dura poco la alegría del ganador porque a mi mente llega ahora triste esa idea que me cuenta ufana que el pobre Edelmiro ya no podrá disfrutar hoy de esos maravillosos descuentos importados que nos proponen en el Black Friday… (¿o es más bien “Black Fraude”?). En El Corte Inglés lo echarán de menos, seguro; en Media Markt irán directos al grano y harán un póster póstumo en el que podamos leer “Edelmiro no era tonto.”

Vamos, ya poco le queda a este noviembre. Empieza el lío, el descontrol…

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XXXVI (DE RECUERDOS Y ESQUELAS)

Me acuerdo cuando de pequeño, estando con mi abuela en la cocina escogiendo lentejas, las campanas de la iglesia de la plaza de Cacabelos tocaban a muerto con su pausado ton… ton… ton… ton “Corre, José Luis, baja a ver quién murió “, me decía mi abuela Luisa, y yo corría a leer aquella esquela y memorizar aquellos nombres antiguos, Luciana, Pincio, Robustiano, Presentina… “Pues ni idea, como no ponen el apodo”, solía ser la respuesta de mi abuela, que es que antaño en los pueblos la gente se conocía por el mote familiar y no por los nombres reales. “Y tú, ¿quién eres?” “Yo soy José Luis.” “Pero, a ver rapaz, ¿de quién eres?” “Nieto de Luisa, La Golondrina.” “Aaanda, de La Golondrina, mira tú. Vaya buen mozo que estás hecho ya…” Y Luisa se fue a pasar aquel invierno de 1982 a Bilbao, con su hijo Saturno, mi tío, y yo, que estaba en clase el día que se fue, no pude despedirla. Y se muró allí en mayo de 1983, de repente, mientras desayunaba pan duro con café, como era su costumbre cada mañana. Por eso sigue conmigo, está conmigo, porque nunca la despedí y procuro hablar con ella cada día.