C’MON PILGRIM! (WHERE IS YOUR MIND NOW?)

  • Si nos dijeran ahora mismo que en un par de horas se acaba el mundo y que puedes elegir a una de esas tres tías que van delante para follártela, ¿a cuál elegirías?

Romualdo, que se encuentra en ese mismo instante haciendo el Camino de Santiago no ya por pura convicción religiosa, sino por unirse sin protestar a sus dos amigos del alma, Santi y Ernesto, que llevaban planeando una ruta Jacobea de amigotes unos cinco años, no se digna ni a contestar siquiera con un gesto de fastidio a la pregunta de Santi, que gusta de “amenizar” las jornadas con planteamientos tan estúpidos y de salidos como éste. Ernesto marcha rezagado con su rodilla izquierda un tanto maltrecha.

  • Pero así, eh, vistas por detrás, nada de elegir pudiendo verles las caras, ¿cuál, eh? Yo, sin duda alguna, la de la derecha, que se ve a leguas que ese culo está pidiendo polla a gritos.

Y con las mismas, Romualdo acelera el paso. “Espera tú a Ernesto, que yo tiró hasta el pueblo y ya os espero en el albergue”, y en breve adelanta a las tres chicas, las mira y las saluda con un educado “buen camino, peregrinas”, y luego sonríe porque se da cuenta de que la elección de su amigo Santi no habría sido la más acertada; “que se joda”, piensa mientras ajusta bien a la espalda su cargada mochila.

Romualdo llega al pueblo, sigue las indicaciones que le van llevando de concha a concha. Se siente cansado, ya son muchos días de caminar y más caminar bajo un sol abrasador, de esos que definen las olas de calor, acumulando una gran colección de ampollas en sus pies, algunas seguro que hasta repes, cree él, que ya ni sitio queda para una más. Pasa al lado de la iglesia de la Plaza Mayor silbando bajito “Blister in the Sun”, aquella canción de los Violent Femmes que siempre pinchaba en las fiestas del Colegio Mayor San Gregorio para indicar que acababa su sesión, como aviso para que Ernesto anduviese listo ya que a partir de ese momento llegaba su turno como DJ.

Ve el portón abierto y decide entrar, más que por el interés que el templo haya despertado en él, por poder pasar unos minutos en el agradable frescor católico de su interior antes de arribar al albergue, ducharse, cambiarse de ropa e irse a tomar unas cañas o unos vinos por el pueblo con sus inseparables Santi y Ernesto. Se queda al fondo, tras una columna, resoplando del alivio que el cambio de temperatura provoca en su ser. Observa como una peregrina japonesa se dispone a irse ya justo después de persignarse de una manera harto extraña, con genuflexión oriental incluida, piensa Romualdo, “o quizá sea que ya ni me acuerdo de cómo coño se hacía… o que se le mezcla a la paisana el gesto con el rollo sintoísta, ¡qué sé yo!”, acaba por reflexionar para dar por zanjado el tema. Como cree que ya estuvo bien de iglesia, se da la vuelta ya para enfilar directamente hacia la puerta, aunque, ¡PLONK!, no puede ser, ya que una señora aparece casi de la nada y va y la cierra de repente. Abre la boca Romualdo para emitir raudo un sonoro “¡ESPERE!”, pero de su boca no sale nada ya que escucha como desde el altar otra señora, de unos 70 años, grita “¡Eduvigis, ven aquí, anda, que hay que sacudir el mantón del Cristo, que está de polvo hasta los cojones!” La curiosidad, sí, la misma, le obliga a permanecer impasible tras una columna que, parece ser, lo oculta de la vista de las dos mujeres.

  • ¡Vooooy!
  • Y, oye, ¿qué habrá sido del hijo de Restituta, la del molino?
  • Ay, hija, yo no sé, pero me dijo mi Ramón que se había casado con otro hombre y se habían ido los dos a vivir a Holanda.
  • Jooder, ¡cómo está el patio, Eduvigis, ya no queda nadie normal!
  • Espera, coge por ahí, no se vaya a caer el Cristo y armemos aquí una cojonuda.
  • Ahí, ya, lo tengo, tira.
  • ¡Yastá!
  • Ay, Dios, ¡cómo está!
  • ¿Y tu hijo, sigue por Barcelona?
  • Sí, hija, sí. Llegó el sábado, va a estar un mes por aquí.
  • Vino también en febrero, para el entierro de Don Dositeo, ¿no?
  • Sí, sí. Yo no le dije nada, vino él porque quiso, que conste.
  • ¿Y tú crees que lo sabe?
  • ¿Qué sabe qué?
  • Lo de Don Dositeo, el cura, que era su padre.
  • Ah… Yo nunca se lo dije, pero creo que sí que lo sabe…
  • En el pueblo, aunque siempre se supo, también se respetó mucho eso, eh… que nadie nunca le dijo nada ni se metió con él por eso… Además, Don Dositeo mandaba lo suyo, ya lo sabes.
  • Lo sé, lo sé. Yo os estoy muy agradecida a todas por ello, lo sabes.
  • Ay, Remigia, que todo el mundo sabía muy bien como era Don Dositeo, que no fuiste la única… bueno, la única que tuvo un hijo suyo, sí, pero otras bien que subieron arriba a la aldea a quitárselo donde la compostora, que lo sé yo de muy buena tinta.
  • Es que era muy guapo, el cabrón, hablaba tan, tan bien… y desde ese confesonario te tiraba los trastos y caías, ¡vaya si caías! Tú no, claro, que ya tenías a Ramón, pero las demás, como tolas.
  • Ay… Bueno, esto ya está listo. Yo casi que me voy ya, que tengo que ponerle la cena a Ramón.
  • No, no, si yo me voy contigo, que aquí ya no hay nada más que hacer.

Poco antes de llegar al portón, Remigia se da cuenta de la presencia de una figura humana real que se agazapa contra una columna, a su izquierda.

  • ¡¿Quién anda ahí!?
  • P-p-p-peerdón. Soy un peregrino, Romualdo, entré aquí y al poco ustedes cerraron la puerta y…
  • No se preocupe, que ya le abro yo… ¡Hasta mañana, Eduvigis, ya cierro yo!
  • ¿Se quedará usted en el albergue, no?
  • Sí, sí. Hacia allí voy ahora.
  • Pues nada, buen hombre, buen camino… y mucha suerte.
  • Muchas gracias y buenas tardes, es usted muy amable.

Y con las mismas, Remigia observa al peregrino avanzar calle abajo en dirección al albergue, cierra con llave el portón de la iglesia y se va para casa por el callejón estrecho que se encuentra a la izquierda del templo.

  • Buenas noches, perdona.
  • ¿Sí? Buenas noches.
  • ¿Sabes si está aquí Romualdo, un peregrino…? Vaya, no recuerdo ahora sus apellidos.
  • A ver… Sí, aquí hay un Romualdo registrado, Aguirre, Romualdo Aguirre.
  • Ya sé que es tarde, pero es un asunto muy urgente, ¿podrías avisarlo?
  • No sé… sí que es un poco tarde ya, ¿no crees?

Y justo en ese mismo instante llega Romualdo al albergue, un poco ebrio, que se ha tomado más chupitos de orujo de los que en principio serían aconsejables…

Las noticias hablarán de un segundo caso de persona desaparecida mientras hacía el Camino de Santiago, Romualdo Aguirre, ambos casos sin resolver, ni la estadounidense Denise Pikka Thiem, desaparecida en Astorga tres meses y pico antes que Romualdo. Se reforzará la vigilancia a lo largo de la ruta Jacobea, policía a caballo, más controles, en fin, que no cunda el pánico, que el Camino da de comer a muchas familias… y estos casos que parecen como de película policiaca no vienen nada bien, ¡hostia ya!

Nadie sabe, ni sabrá jamás, que Romualdo Aguirre Olarticoechea duerme el sueño eterno en el panteón de la familia Quiroga-Yáñez, compartiendo ataúd, justo encima de Dositeo, aquél que había ejercido como párroco en el pueblo desde 1969 hasta 2003, y todo ello por gentileza de Andrés, el hijo de Remigia, la de los Chocolate, que se encontraba por allí, como suele hacer cada año, pasando el mes de julio. Bien lo saben en la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona, a Andrés Cifuentes Raimóndez, hijo único de Remigia Cifuentes Raimóndez, profesor titular de Fonética y Fonología de la lengua inglesa, al igual que le ocurría a su difunto padre, nadie le toca nunca los cojones.

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XXXVII (CACABELOS, PILGRIMS AND SOME GRASS WHICH SINGS)

En mi pueblo, Cacabelos, cada mes hay cuatro días de feria, o de mercado, como cada cual prefiera denominar el evento en sí, el primer lunes y también el tercero del mes, y además los días 9 y 26. La Plaza Mayor se llena de puestos ambulantes llenos de ropa, frutas y verduras, embutidos varios, mantelerías, etc. 20150720_130145Recuerdo de muy pequeño bajar muy contento con mi abuela a ese mercado a comprar queso gallego de tetilla (nuestro preferido por aquel entonces), cecina, centros deshuesados de jamón, algo de ropa (aquellos calcetines de lana que picaban tanto como quitaban el frío en los duros inviernos cacabelenses), y, si se terciaba, alguna chuchería de aquellas de antes, pipas que dentro traían cromos pequeños de cantantes que se pegaban en un álbum rectangular de tan solo dos hojas, o el ineludible botijo de plástico lleno de caramelos minúsculos de todos los colores conocidos hasta la fecha. Pero los tiempos cambian, nos arrastran irremisiblemente con ellos aunque nos queramos resistir (en nuestras cabezas todavía somos aquellos niños de los 70 que correteaban libres por las calles del pueblo). Lógicamente, sigue habiendo pandillas de niños y niñas que quedan cada tarde de verano en el río Cúa. Aparte de buenos baños, claro está, juegan a las cartas, comen todo tipo de basura imaginable, hacen rondos con un balón que se supone que nunca debe tocar el suelo; forman largas colas en el trampolín para luego saltar desde ahí de todas las maneras posibles, con todo tipo de piruetas y volteretas la mar de arriesgadas que, en ocasiones, acaban con un ¡SPLOSH! la mar de ruidoso, de ésos que terminan con la espalda enrojecida durante un buen rato entre cachondeo generalizado. Alguna novedad se manifiesta por momentos, y no sólo en forma de smartphones, como en ese grupo de unos ocho niños y niñas que, 20150709_183702antes de correr lo más rápido posible en dirección al mencionado trampolín, gritan casi al unísono, “¡el último o la última que llegue al trampolín, maricón o lesbiana!”, y salen ipso facto como propulsados (y propulsadas, no seré yo menos) por un gigantesco e invisible resorte camino al trampolín, ese dios de la diversión del Cúa. Tiempos nuevos, de inclusión a pesar de la ausencia de corrección política que puede caracterizar la vida de un pueblo como éste. Tampoco ha disminuido un ápice la cantidad de tacos por segundo cuadrado que se pueden escuchar en el río, en cualquier terraza de verano por boca de seres que no levantan más de un metro y treinta centímetros del suelo, cantidad de palabras malsonantes que, por otro lado, sigue siendo directamente proporcional a la inocencia con la que siguen siendo pronunciados.

Y ahora, vamos con otro recuerdo, la confesión del día previo a nuestra Primera Comunión, allá por mayo de 1975 (en varios casos, casi se podría decir que primera y última, ¡y por el mismo precio!), nos hacía ser más que conscientes de que no debíamos blasfemar ni pensarlo siquiera en ese intervalo de tiempo que iba entre la susodicha confesión y la hostia consagrada de la mañana siguiente… Pues no, fue salir de la iglesia de Santa María por la sacristía, coger el balón y comenzar a jurar en arameo antiguo, todos a una entre carreras a patada limpia en la pelota, batallas de pedradas y juegos varios como el mítico cintalabrea. Lo que no puede ser, ni lo es, ni cambia, por lo visto.

El caso es que, en la feria del pasado 9 de julio nos encontramos por sorpresa con un puesto en el mercado que para mí supuso una grandísima y emocionante novedad, ¡libros de segunda mano! ¡muchos de ellos en inglés! Un señor los vendía a 3 euros, que luego se quedaron en 2 cada uno al llevarnos seis de una tacada.20150721_183943 Con la ilusión de comenzar a leer cuanto antes “The Grass is Singing”, la primera novela de Doris Lessing, me cepillé “Neither Here Nor There” de Bill Bryson en mucho menos tiempo del que había previsto inicialmente. Vamos ahora con Doris y esa referencia a la “hierba que canta” tomada directamente de la “Tierra Baldía” de T. S. Eliot. La edición es de Penguin Books, “reprinted in 1976.” En la tercera página, esquina superior derecha, se puede leer un nombre, Jesús Millán, y una fecha, 8 – V – 1976. ¡Ya me han liado! Antes de comenzar la lectura con el asesinato de Mary Turner, mi mente viaja hasta ese nombre, hasta esa fecha. 20150721_183919¿Sería ese tal Jesús Millán un estudiante de Filología Anglogermánica y Francesa? Y si no era así, ¿por qué narices leía en inglés, en 1976? ¿Sería hijo de algún inmigrante berciano en la Gran Bretaña?

Ahora mismo estoy tumbado sobre la hierba recién segada que cubre la vera del río Cúa, a la sombra, escribiendo esto que estáis leyendo con un bolígrafo y un bloc de notas que he comprado hace un rato en la tienda de Aarón, una de las dos de chinos que hay en Cacabelos, en la cual conocí a Jimena, de cuatro años, su hija, que me interceptó justo cuando estaba llegando al pasillo dedicado a la papelería.

  • Hola, me llamo Jimena, tengo cuatro años, ¿por qué vienes a mi casa?
  • Hola, vine a comprar un boli y un cuaderno.
  • Ah, pues muy bien. Yo ya sé escribir, ¿y tú?
  • Ufff, complicado, muy complicado, pero en ello estoy, a ver si aprendo.

Y con las mismas me abandona para hacer frente a dos señoras muy voceras que vienen buscando un palo para fregona. Puro desparpajo. En fin, sin tecnología cerca ni nada que se le pueda aproximar, no puedo investigar sobre la identidad del tal Jesús Millán. En cuanto llegue a casa, entraré en ese oráculo llamado Google y teclearé ese nombre con algo de aderezo como información adicional, algo tipo ‘filólogo’, ‘berciano’ o lo que se me ocurra. Pausa, pues, intermedio o lo que sea. Visiten un bar y tómense unas cañas, que este calor las merece.

No, que no me convence ninguno de los Jesús Millán que he encontrado a través de Google. Uno es Catedrático de la Universidad de Valencia, el otro es procurador con página web personal y todo. Por tanto, he decidido inventarme su historia, una breve, muy concisa, a modo de currículum vitae existencial.

JESÚS MILLÁN NUNCA CAMINARÁ SOLO

Jesús Millán nació el 12 de noviembre de 1955 en la habitación matrimonial de sus padres, que vivían por aquel entonces en el número 27 de la calle Santa Isabel del pueblo berciano de Cacabelos. Pasó de la teta materna a una infancia brutalmente divertida. Destacó en los estudios sin apenas esfuerzo alguno, y decidió a los 17 años irse a Salamanca a estudiar Filología Anglogermánica y Francesa. Allí conoció a Román, un burgalés amante de la pintura, muy atractivo, estudiante de Bellas Artes que viajaba a menudo a Londres ya que allí vivía su hermano Herminio. Antes incluso de convertirse en pareja, Jesús le encargó a Román una 20150720_220012serie de libros en inglés que necesitaría para el curso siguiente, el cuarto ya para él, lecturas obligatorias en varias asignaturas dedicadas a la literatura en lengua inglesa, y ese hecho obligó moralmente a Román el 12 de abril de 1976 a acercarse a una librería de esas de segunda mano que abundan en Portobello Road. En la actualidad, Jesús vive en Melbourne con su amor, Román Urtubi, y ejerce como profesor asociado de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Melbourne mientras Román continúa pintando y pintando sin cesar sin importarle una mierda si su caché sube o no, se siente reconocido en su comunidad y con eso le basta y le sobra. Son felices porque muchas tardes se tumban sobre la hierba fresca del Royal Park y escuchan en silencio como la hierba les canta sin temor, sin estridencia alguna.

Y aquí se acaba la historia inacabada de Jesús Millán, un cacabelense ilustre que surge como figmento libre, y puede que hasta aburrido, de mi imaginación. Ahora, sigo leyendo, que mi molicie me lo está pidiendo a gritos.

THE END…

NO WAY!!

Dos anécdotas recientes antes de un “corto y cambio” que se prolongará un mes y pico más.

  • Cacabelos está en el Camino de Santiago. 20150717_110024-1El mes de julio supone un incesante goteo de peregrinos y peregrinas de montones de nacionalidades diferentes que van cruzando el pueblo en busca de una sombra, de unas cañas, del albergue de la iglesia de las Angustias… Un andaluz camina al lado de dos chicas estadounidenses altas, guapas, sonrientes. Van ya por la Calle Mayor y llegan ahora a la altura del Mesón Compostela, cuya especialidad es el pulpo a la gallega (y a muy buen precio, justo es reconocerlo). “Girls, here, here, this is a place for to eat… Ay dioh, ¿cómo cohone se dise…? Octopussy, eso, here eat octopussy.” Las dos chicas se miran y se ríen. Adelanto con mi trote cochinero a ese trío peregrinante mientras pienso, “¿habrán ido directamente a la referencia James Bond o se habrán quedado sólo con el añadido jocoso del ‘pussy’?”

20150711_141004Como los veo con ganas de juerga, los mando a la Bodega de El Niño, a filosofar un poco con los lugareños y lugareñas que allí suelen hacer la mañana. Además, por si siguen perdidos en la traducción, allí están a salvo, que “se hablan idiomas por señas.”

  • Vuelvo en alsa (¡por fin, albricias!) de Ponferrada a Oviedo. Son casi las tres de la tarde y en Fuentesnuevas suben tres chicas muy preparadas para una tarde de río o de piscina. A una de ellas le suena el móvil (un chunda-chunda que no reconozco), contesta, “qué hay, tía… no, no, pasamos de irnos a río de Molinaseca, que está lleno de viejos, nos vamos al de Cacabelos, que además los chorbos de Cacabelos están buenísimos… Jajajajaja, ya te digo. Sí, eso, nos vemos ese finde. Chaoooo.” Desde el fondo del alsa, me río para mis adentros mientras me acuerdo por momentos de aquel profesor que nos contó, allá por 3º de BUP, que en los tiempos de Bergidum Flavium, de romanos explotando la reserva aurífera de las Médulas, se llevaban hombres autóctonos hasta Roma (por cualquier camino, como bien sabemos) que una vez allí servían como sementales a la nobleza romana. Imagino que sería una broma local, porque nunca jamás he encontrado referencia alguna que mencione ese hecho… Vamos, aunque no dudo que llegara a ser cierto, faltaría más.