VIAJES AL FONDO DEL ALSA – LAS MICROAVENTURAS DE INDALECIO, EL CONDUCTOR – PARTE XVI -BELLE & SEBASTIAN MEET EL POETA PATÉTICO

  • ¿Y entonces, Indalecio, qué pasó?

  • Pues nada, amigu, que dejé de llamarla y, como las pillaba a la primera, se dio por aludida y no me buscó ya más. Aún la vi el otro día en el Carrefour, con dos guajes pequeños que no callaban ni un segundo. Me vio, que yo lo sé, pero se hizo la sueca.

  • Y eso que no fue en el Ikea…

  • Cagonrrós, lo tuyo ya no ye patético, ye lo siguiente.

  • ¿Y qué ye lo siguiente?

  • Ni puta idea. Eso ya lo busques tú, que pa eso yes poeta, aunque seas Patético.

En 2008 Indalecio tenía una novia formal, Rocío, de esas que sin querer consiguen provocar sonrisas diáfanas en las caras de las madres y las tías; de esas que, en una cena familiar, se levantan raudas a recoger los platos y se ofrecen sonrientes para fregar toda la cacharrada. ¡Si hasta se parecía un poco a Doris Day, carajo! El cumpleaños de Indalecio se acercaba, una nueva década, la de los cuarenta, y Doris… Perdón, Rocío, (¿en quién estaría yo pensando?), para no meter la pata, preguntó con delicadeza a su novio querido que qué quería como regalo. Él, desde su innata austeridad, pidió lo primero que se le vino a la cabeza en aquel momento.

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  • Felicidades, cariño. Aquí tienes, mi amor, mi pichurrín. ¡Ay, que ricu ye él, madre!– Y, además de un pellizco en la mejilla de intensidad media-alta, le entrega un paquete envuelto en un papel de regalo pelín cursi, con demasiadas flores para el gusto de Indalecio, y que le parece demasiado ancho como para contener lo que él había pedido… Lo abre entre intrigado y acojonao.

  • ¿Astur? ¡Qué cojones…? ¡Qué mi madre…! ¡Isabel San Sebastián? Joder, si no la soporto.

  • P-p-pero, fue lo que me pediste, amor, ¿no? Hasta lo apunté en mi agenda y todo para que no se me olvidara, mira… “el último de Isabel San Sebastián”

  • Joder, ye la hostia; hay que jodese… No dije eso. El último de Belle and Sebastian, que no lo tengo aún… El último de Belle and Sebastian…

Y allí quedó “Astur” sobre la mesa de un restaurante elegante de Oviedo que ya no existe hoy en día. No sabemos si Do… perdón, Rocío, lo llegó a leer o no, pero sí sabemos que su “life pursuit”, su búsqueda de la vida junto a Indalecio se acabó aquel día, porque Indalecio es un ser radical en sus principios, no admite casi errores. Quizá algún día el Poeta Patético, buen amigo suyo, se anime y le dedique la oda que Indalecio merece.

Mi amigo Indalecio

vive el amor

cual auténtico paramecio

que da vueltas y vueltas

sin poder agarrarse fuerte

a la barra del trapecio:

así es su circo,

ni Conan El Bárbaro

ni un pájaro

ni un avión,

a la vista salta:

otro más,

otro “cariñoso” cabrón.

A QUEER ONE FROM THE START

Era ésa su primera exposición importante tras haber ganado el prestigioso Premio Turner. Los carteles que habían preparado desde el Tate Modern para anunciarla no le gustaban demasiado, pero Louise se sentía feliz, con esa sensación de victoria sobre los elementos que navegaba plácidamente por su intestino delgado.

“¿Te crees mejor que los demás, eh?”, le espetó aquel día Ben Walker, el jefe de estudios que ejercía siempre como poli malo en Phoenix High School, como perro de presa acosador y abusón que saltaba como activado por un extraño resorte nada más oler sangre fresca de estudiante en apuros. “No, yo no soy mejor que nadie, tan sólo soy diferente”, le contestó Louise sin apartar sus ojos de la mirada vitriólica de los de Ben “Wanker”, un cambio de ‘l’ por ‘n’ ganado bien a pulso. Dos semanas expulsada del centro, por haber clavado uno de sus siempre bien afilados lápices en el antebrazo derecho de Mike Sutton, un bully demasiado arquetípico para ser real, tanto que años más tarde se dedicará a dar charlas por centros educativos de Londres y del condado de Kent sobre su experiencia como acosador escolar arrepentido, un exbully de pro que todavía sigue animando cada fin de semana a sus adorados Rangers del Queens Park. Que los chicos de su clase no dejaran de cantarle en tono burlón y cambiando la letra aquella canción de Human League, Louise, no le importaba en demasía, pero que hubiese el tal Mike destrozado todos sus trabajos para la clase de arte, no; eso ya no, no podía ser, y no era suficiente con el hecho de elevar una queja en jefatura, otra a la tutora, no, demasiada burocracia escolar tremendamente inútil; semejante afrenta requería una simple y diáfana acción directa: Mike está despistado, confiado, saco un lápiz de mi estuche y ¡zum! Se lo dejo clavado en el brazo antes de partirlo por la mitad y asestarle acto seguido un buen puñetazo en la mandíbula. Las lágrimas silenciosas caían al suelo una tras otra mientras Louise recogía del suelo los pedazos rotos de su busto en cerámica de Nico, la modelo alemana que tuvo el honor de ser reclutada por Warhol para cantar con la Velvet Underground. No hacía ni dos años que Louise la había visto actuar en el Preston Warehouse, tan puesta, tan colocada, todas las fiestas del mañana en una sola noche. Era 1982, seis años antes de caerse de la bicicleta en Ibiza, golpearse la cabeza e irse para siempre, Femme Fatale…

Los dibujos a carboncillo de Lou Reed y John Cale permanecían pegados a la pared del aula de dibujo, todos pintarrajeados; las caricaturas de Sterling Morrison y Mo Tucker, rotas en cientos de pedazos, como un confeti de lo más infame desparramados por el suelo. Louise lo recogió todo, con mucho cariño, con todo el amor que su pasión podía aún sublimar.

Años más tarde, cuando estaba trabajando como dependienta en el Debenham’s de la calle Oxford de Londres, no le quedó más remedio que atender a la esposa del imbécil aquel de Mike Sutton. Parecía maja, un poco barriobajera, de las de firme aspaviento y vocabulario soez entre dientes amarillos y chicle con demasiado azúcar. Mike hizo como que no la conocía, o puede que en realidad no la conociese, que Louise había cambiado muchísimo desde aquellos años aciagos de instituto. Y hoy, el día de la inauguración está ahí, entre el público, incluso se ha atrevido a enviar a Louise un leve saludo sonriente desde su posición entre aquella pequeña multitud. Eso la obligó a cambiar de estrategia. Ya no iba a dedicar tanto tiempo a leer aquel discurso tan monocorde y aburrido que había preparado junto a su manager. Era hora de actuar, tiempo de una de esas venganzas que tanto nos gustan cuando se nos presentan tan frías como de improviso.

“… En definitiva, todo lo que soy hoy en día, todo el reconocimiento por parte del público, de la crítica, de todo el mundo, se lo debo a una persona, un hombre que se encuentra hoy aquí… “, y Louise señala con el dedo índice de su mano derecha hacia la posición que ocupaba Mike Sutton, cabeza rapada como solución imposible a una alopecia que había dejado atrás lo incipiente, la misma cara y expresión de siempre. Todo el mundo clava su mirada en él, aplausos espontáneos y muy sonrientes… por poco tiempo. “Fueron cinco años de instituto, juntos, en el mismo grupo, casi las mismas asignaturas… Ufffff… aguantando sus comentarios despectivos hacia mí, hacia mi aspecto, mi aparente sexualidad ‘equivocada’; empujones, desprecios, todo tipo de insultos. ¡Muchas gracias por todo, Mike Sutton!” Silencio más allá del silencio. Dos personas despistadas comienzan a aplaudir y se paran al momento. Louise se aleja del micro, baja de esa tarima creada para el evento, y se dirige muy decidida hacia un petrificado Mike. Llega a su altura, le da un beso rápido, casi imperceptible, en sus labios; separa un poco su boca y luego le da un fuerte mordisco en su labio inferior. Mientras la sangre comienza a manar, le dice: “¿Qué se siente, Mike? ¿Qué se siente? ¿Lo sabes ahora? Y no, nunca he sido lesbiana, pero no sé si tú habrás sido o no un puto maricón en algún momento de tu vida. ¡Jódete! Espero que tu vida hasta este momento haya sido una puta desgracia tras otra… ¡Adiós, y no vuelvas a interponerme en mi camino, cerdo hijo de la gran puta!”

19 de noviembre de 1984, 12.35 pm, comedor de Phoenix High School, The Curve, Shepherd’s Bush, London, W12 0RQ

– Hey, you , Louise! Have you listened to the new Human League song? Hello, Louise, suck it to me? (¡Eh, tú, Louise! ¿Has escuchado la nueva canción de Human League? Hola, Louise, ¿me la chupas?) La letra de la canción decía “Remember me?” (¿Te acuerdas de mí?) en vez de “Suck it ro me?” (¿Me la chupas?)

Todas las expectativas, las esperanzas de una adolescencia masacrada por culpa de gente cuyo sadismo se convertía en pura basura, reflejo de una vida propia demasiado triste e inútil… Y ahora está aquí otro lunes, y te despiertas sabiendo que hay que ir al instituto…

UNDER THE INFLUENCE – CONMEMORACIÓN

Estúpido recuerdo, pútrido y maloliente; fantasía esquilmada y vicio de enganche que justificará odioso plagas venideras… Antes de cumplir los diez ya le decían el “triste”. No era para menos. (“¡Triste, triste, ahí viene el triste!”) Jamás una mueca similar a una leve sonrisa. Jamás un gesto de simple satisfacción tras uno de sus múltiples logros en el mundo átono y vulgar de los estudios. Paseaba siempre solo de vuelta a casa cargando casi impávido con su cartera de la escuela, tan vacía de libros como llena de ideas. Ningún amigo con quien comunicarse. Ningún padre, ninguna madre que abriese amistosamente sus brazos al final del camino andado cada jornada. (Ambos trabajaban, quizá demasiadas horas día tras día, y para el hijo sólo quedaban los momentos de cansancio postrados en un sofá frente a los estúpidos programas que pasaban por televisión.) Un peregrinar constante a vueltas consigo mismo y con los hirientes tornados de su cabeza… Hizo la primera comunión vestido con una túnica blanca cuando todos sus compañeros parecían recién sacados de la Juan Sebastián Elcano – y de Alférez p’arriba, que diría algún gracioso, que en todos los sitios abundan -. Treinta alféreces y un inmaculado peregrino escoltando a treinta y dos prototipos de católicas vírgenes vestales, con su misal a juego y todo; Simón del desierto atento a las múltiples tentaciones del mismísimo Satanás. La hostia quemaba en el paladar, lo mismo que la comunionsopa de cocido de la abuela, sólo que, a diferencia de la exquisita sopa rebosante de fideos, aquel pedazo de cuerpo de Cristo estaba frío, más frío que un polo de limón. Insípido también. Y le hacía sudar. Y allí olía a iglesia que apestaba. Y tenía unas ganas horribles de quitarse de encima aquella engorrosa túnica blanca, inmaculada y lejana como la nieve de la alta montaña. Desde el crucifijo que colgaba balanceante en su católico pecho, aquél supuestamente abocado a sufrir eternamente los dolores provocados por clavos oxidados atravesando sus pies y manos parecía mirarle a los ojos para insuflarle un poquito de fe. Tenía miles de preguntas que hacerle, pero estaba hecho de plata y no era capaz de hablar, ni siquiera de pensar. Sabía que volvería a acabar con su metálica osamenta enterrado en el cajón de algún armario ropero, que no le quedaría otro remedio que respirar ese asfixiante olor a alcanfor durante el resto de sus días, puede que incluso una pequeña eternidad condensada en unas cuantas décadas, entre algunas toallas, de esas bordadas que nunca se utilizan por resultar demasiado barrocas para ser impregnadas con nuestras diarias suciedades corporales. Dos semanas antes de recibir al mismísimo Dios dentro de su cuerpo, para que éste se mezclase definitivamente con sus glóbulos rojos, con sus plaquetas y sus propios excrementos, y así anidase incoherente en los más profundos temores que siempre perseguían al “triste”, Roberto había jugado a las canicas con otro niño. canicasPorque Roberto era su nombre verdadero, con el que había sido registrado y bautizado, y Roberto estaba ya harto de comprarse las canicas en la librería de Arturo el “exégeta”… y de jugar solo en la calle. Todos presumían de ganárselas a base de apostarlas jugando al gua. Él no podía ser menos, y en su clase había, presumiblemente, otro niño como él. Sí, como él, como Roberto García Lorenzana, el niño de la triste expresión, el de la parálisis facial libremente elegida. El incomunicado dentro de su aura, repleta de inexpresividad y carente de afecto por los demás. Pero perdió. Mala suerte. Las veinte que tenía. Y es que no es lo mismo jugar solo, contra uno mismo, como mero entrenamiento fantasioso, que hacerlo contra un rival, torpe, sí, pero acostumbrado al menos a jugar de vez en cuando con alguno de aquellos aguilillas que se sabían todas y cada una de las artimañas de todos y cada uno de los juegos infantiles. Y es que, al contrario que el “triste”, eran competitivos, siempre luchando por ganar, por ser el primero, el mejor; el más niño de entre todos los niños de la escuela. Jamás lo volvería a intentar. Para qué, si ello no haría más que ensanchar su propia celda. Hasta hacerla infinita. Hasta que pudiese perderse irremisiblemente en su lúgubre interior; aunque a él le diese la impresión de que cada vez se hacía más y más estrecha. O, ¿quizá era eso lo que estaba esperando, lo que le hacía levantarse de la cama cada mañana sin necesidad de que nada ni nadie lo despertase? Perdió veinte canicas, todas las que poseía. Nunca volvió a comprar más. Abrió la puerta de su habitación, tiró con auténtica desgana su cartera contra el suelo; sacó, a continuación, de uno de los cajones de su escritorio una peonza totalmente nueva, virgen, si se me permite la expresión, y la lanzó con rabia por la ventana. No más juegos compartidos. Autosuficiencia. A partir de ahora la autosuficiencia como método de supervivencia. Bastará con “mirarse al espejo y ser feliz.”

Ya el propio Einstein lo había predicho. Lo de los agujeros negros y todo ese rollo científico que sólo ellos son capaces de comprender. Más Allá. Jiménez del Oso. Estaba clarísimo. Algo tenía que esconderse tras toda esa capa de superficialidad que envolvía al mundo, que lo aislaba tras su aureola de papel de aluminio desde que a algún listo le dio por comenzar017 Boy with pigeons at [Circular] Quay, Sydney, 2261935  by Sam Hood “la Historia de la Humanidad”. Y el “triste” lo sabía, y como lo sabía, entró de lleno en un agujero negro, y pudo hablar con algunos de sus antepasados. Hizo amigos. Viajó y se divirtió a través del tiempo, porque Roberto, como todos los seres vivos hacemos, creció, y con él sus necesidades, incluida la de multiplicarse. Llegó hasta a enamorarse, de Albertina, la de los “curritos”. Lógicamente, ella no le hizo el menor caso, que desde hacía unos meses bebía los vientos por un chico tres años mayor que ella que la sacaba a bailar en la discoteca todos los domingos por la tarde. Pero al “triste” se le ocurrió una – él lo creyó así – brillante idea. Todos los domingos, a eso de las once de la noche, sus padres vegetaban catatónicamente frente a un programa de televisión de esa denominada, acertadamente, como basura. “¿Quién sabe cómo es el amor?”. Durante cualquiera de sus emisiones, por allí pasaban todos esos pequeños monstruos enamorados y despechados que alegraban la vida nocturna dominical de los padres del “triste” (y, al parecer, de otros tres millones de telespectadores). La parada de los monstruos, pensaba el “triste”, pasando totalmente desapercibido en una esquina del salón, ya libre de su túnica blanca de recibir-a-dios-en-tu-seno; “que si yo le pegaba unas hostias de campeonato, pero la quiero y no puedo vivir sin ella”, y viceversa, elevada ésta al infinito. Hacia ese submundo dirigió sus pasos el “triste”. Sin pensárselo dos veces. Y pasó lo que tenía que pasar, que llenó su enorme cesta con más kilos de calabazas. Y fue entonces cuando entró en el agujero negro para ya jamás salir de su interior. ¡Quién le había mandado beber de aquel extraño brebaje que los productores del mencionado programa de temática infra-amorosa ponían delante de cada invitado para que hiciese bonito ante la atónita mirada del estúpido presentador-actor de tan absurda trama celestinesca? ¿Acaso no se dio cuenta el “triste” de que aquel líquido de color azul celeste no podía contener nada bueno, nada terrenal, de este mismo mundo? De todas formas, siempre existen grandes remedios, y esa increíble capacidad mimética del “triste” logró el no va más. Se adaptó a su nueva vida en el agujero negro, su nuevo y acogedor ecosistema. Sus padres lloraron – poco, justo es reconocerlo, porque todavía eran capaces de encender la televisión después de cada jornada de trabajo, y ya había gente que se encargaba de limpiar la mierda de sus ojos desde las profundidades más abisales de la pantalla. Esta es la nueva vida de Roberto García Lorenzana: ha conocido por fin a Dios, y sabe que tiene los ojos almendrados, y que ha viajado hasta la tierra en más de una ocasión. Sabe también que hay muchos más como él y que no abundan en sentimientos, por eso los humanos se les escapan día tras día como agua entre los dedos. “Yo creo en Él… o en Ellos. Son toda mi vida, la luz que me guía sin preguntarme nada, sin pedirme nada a cambio. La verdadera religión… La vida eterna bajo un prisma distinto al terrenal, observando sus acciones, cada paso que dan, y resulta sumamente divertido visto desde aquí”. Un placaje frontal a todo atisbo de sentimiento, ahí radica el secreto de la vida eterna. Esa extraña hipocresía diaria cual barrera protectora de la propia estupidez interior. La extraña pareja se mira a los ojos al final de cada día, pero no para nadar relajado cada uno en las pupilas del otro, sino preguntándose cada uno a sí mismo: “¿por qué yo con éste?”; “¿por qué yo con ésta?”. Y todo vuelve a empezar. Y seguimos girando sin remisión hasta el final de los tiempos. No es lo mismo sin ti, aunque tampoco lo es contigo. ¿Por qué? Hijo mío, ten la bondad de explicárnoslo o nos moriremos sin saberlo. ¡Y tú, animal, apaga ya la maldita televisión, que tu hijo nos lo va a explicar! tumblr_m3nrzkf5hz1r3e62yo1_500“Puede que hubiese bebido un poco más de la cuenta… bueno, ¡qué cojones!, sí que había bebido más de lo aconsejable, mucho más. Y ella estaba cerca, tan cerca y tan frágil que yo, yo no tuve otra elección. Ya habían decidido por mí. Sólo debía dejarme llevar… Es como ir flotando suspendido en el aire a cámara lenta. No recuerdas su nombre y apenas eres capaz de atisbar sus rasgos. ¿Sería guapa, al menos? Qué más daba. Pero, es que no os dais cuenta, tan aletargados estáis dentro de vuestras inútiles vidas que no sois capaces de daros cuenta de que existen unos hilos invisibles que nos mueven. No somos más que unos putos teleñecos de mierda que vivimos vidas patéticas mientras ellos se ríen de nosotros. Cuando se hartan cambian de canal, lo que equivale a decir que, llegada la hora del The End, nos mandan a tomar por el puto culo. Ya, eso sería lo más fácil, la explicación más compasiva, pero no la verdad. Veréis… Sí, era guapa. Era simpática y comenzaba a generar en mí un ligero sentimiento parecido a la felicidad. Error. En ese instante se iniciaba la derivación visceral de todos mis porqués, todos los que yo me había planteado hasta la fecha. ¡Capullo de mierda! ¡Qué? ¡Qué? ¿Qué coño es eso de follar? ¿Qué significa eso de enamorarse? ¿Sirve acaso para empezar a morir? guatequeGracias a Él, que se encontraba a mi lado para llevarme con los demás, porque tras la luz azul se encuentra su mundo. Hablé con mi abuelo Esteban. El amor lo había matado. Sí, el amor, proclamo, porque aunque hubiesen condenado por su vil asesinato a su amigo del alma, el incombustible Nicanor el “ferrero”, no fue otro que el amor el detonante de su prematura desaparición del mundo de los vivos. No tenía porque ser nada malo, nada que hiciese enfermar a nadie, pero era mujer ajena (¿¡quién hostias sería capaz de explicar aquí y ahora y coherentemente qué significa ese concepto tan antinatural de posesión!? Ya veo, ningún voluntario…), la del propio “ferrero”, que de tanta herradura que fabricar se había olvidado de que le había tocado en suerte una hermosa mujer que ni siquiera necesitaba herraduras para…- ¿lo digo? No sé… bueno, sí, habrá que decirlo…- ser feliz. Y, claro, en el mundo azul no existen posesiones, nadie posee nada porque todos carecen… todos carecemos de sentimientos. Y se sobrevive. No me está permitido decir nada más.” No, porque es la hora de la pastilla para dormir. Roberto el “triste” debe dormir, o al menos eso es lo que dicen los médicos que estudian su caso. El Cristo de plata de su primera comunión sonríe esperanzado dentro del armario ropero. Ya no tiene brazos, ya no tiene piernas. Alguien, un buen samaritano, se las ha arrancado, y vegeta satisfecho a tres centímetros escasos de su enemiga la cruz de madera. Ya no sufre ni padece. No desea redimir a nadie porque su amo se ha ido lejos y ha perdido la fe. No desea ya salvar a ningún mortal porque ya no tiene sentimientos. Sabe que en el fondo “hay demasiado amor”, aunque muy mal repartido.