TRILOGÍA MANCHEGO-AUSTRALIANA, PARTE II: “GINA”

Hasta hace dos años yo vivía en Madrid, no sé si felizmente o no, pero sí que se me podía considerar como un engranaje más de los que hacen girar la supuesta e hipotética civilización occidental. Ahora mismo estoy en Kalgoorlie, una pequeña ciudad sita en la zona suroccidental de Australia. Me gano la vida dedicándome al pastoreo de ovejas, y mi granja nos da para ir comiendo – y cuando digo “nos” estoy incluyendo a Gina -. Todo lo que ansío en esta vida lo encuentro en Gina. Ella es mi guía. Lo dejé todo por ella, llegué incluso a asesinar por ella, y por ésta, entre otras razones, huí en su compañía hasta llegar hasta aquí. No puedo facilitar mi nombre ya que aún padezco el temor a la justicia implacable de la raza humana; si os place podéis llamarme “Q”.

¿Y cómo llegó “Q” a Australia?, seguramente que os preguntaréis intrigados… Lo único que puedo hacer es contaros mi historia, mi versión, y que el tiempo dicte sentencia.

Yo trabajaba en un banco, en una sombría sucursal de un barrio de Madrid. Mi vida se estaba convirtiendo, sin apenas yo darme cuenta, en un ciclo totalmente previsible: trabajar, comer, ir a casa, hacer vida de marido y padre hasta la hora de acostarme, y así sucesivamente día tras día, semana tras semana… Me casé porque todo el mundo lo hace; tuve hijos porque casi todos los matrimonios suelen tenerlos; malgastaba mis horas en un trabajo rutinario y alienante porque tenía que mantener a una esposa y dos hijos. Ahora bien, he de confesar que no movía un solo músculo para cambiar mi situación, sencillamente me iba dejando arrastrar, como un vago salmón, por la hipócrita comodidad de la vida cristiana en familia. Pero un día todo empezó a cambiar repentinamente: sentí la imperiosa necesidad de nadar contra corriente, para bien o para mal, pero al fin había tomado mi propia decisión: ya podía elegir mi propio destino, y, es más, ahora creo firmemente que todos podemos hacerlo si nos lo proponemos, si nos paramos a pensar en nuestras vidas más de cinco segundos seguidos. Gina me despertó de mi letargo y me obligó a salir de mi covacha.

ovejas-en-campo-de-criptana-autor-bram-meijerUn domingo, como teníamos por costumbre en aras de autoengañarnos, al menos mínimamente, nos fuimos de excursión con unos amigos a Campo de Criptana, en la provincia de Ciudad Real. Mi mujer preparó un suculento pic-nic, mientras yo tan sólo me encargaba de llevar mis naipes para así organizar una buena partida de mus. Ante nosotros se presentaba un domingo de lo más entretenido, y he de reconocer que, por lo que a mi respecta, sí que lo fue.

Mientras caminábamos tranquilamente buscando una zona de sombra bajo la que cobijarnos del inhumano sol que por momentos nos abrasaba, apareció, como ninfa surgida de la nada, Gina, ella, la más hermosa. Pero no fue sólo su belleza física lo que me atrajo, también su indescriptible aura de romántico misterio me dejó fulminado desde el primer instante en que nuestras miradas se cruzaron.

Lo supe al momento: estaba enamorado… Ante mí tenía lo que inconscientemente yo había necesitado desde hacía ya mucho, muchísimo tiempo. No me quedaba otro remedio, debía actuar con extrema celeridad y, aunque hube de regresar ese mismo día para Madrid con todos los demás, eso hice sin más demora. El miércoles siguiente no me presenté en mi puesto de trabajo; mi coche me condujo de nuevo hacia el pueblo castellano-manchego en el que habitaba mi perturbadora musa.

La estuve buscando durante horas y horas, pero no la hallaba. Sí que pude ver muchas otras que guardaban cierto parecido con Gina, pero ninguna era ella, mi Gina – no es que éste sea su verdadero nombre, pero a mí me recordó desde el primer instante a Gina Lollobrigida, gran belleza inspiradora de mis años de púber onanista -. Por lo menos, dentro de la natural desesperación que comenzaba a invadirme, alguien se había apiadado de mí: un pastor llamado Graciano me invitó muy amablemente a comer garbanzos en su morada, una típica vivienda de aquellos parajes conocida como casa-cueva. Pero dejémonos ya de andar con rodeos y vayamos directamente al grano.

Una vez finalizado el almuerzo, me despedí del pastor y proseguí con mi ardua e intensa búsqueda. Cuando la más absoluta de las angustias existenciales rondaba por mis neuronas, la divisé desde lo alto de una loma. La alegría inicial se tornó ira al comprobar que no estaba sola, que tampoco estaba quieta… ¡Estaban abusando de ella, de su grácil inocencia! No tuve más opciones, no había alternativas posibles ante semejante conducta: tomé del suelo una buena tranca y, antes de pararme a pensar en lo que estaba haciendo, antes de recuperar mi lógica diferencial, asesté en la cabeza del violador tantos palos que su cráneo me recordó luego a un coco partido en varios trocitos, como esos que venden en las ferias, vamos. Después de haberlo matado, lo reconocí: era Graciano, mi anfitrión tan sólo unas horas antes. En ese instante, mi conciencia empezó a ejercer como tal… pero allí estaba ella, a mi lado y mirándome tiernamente, comprendiéndolo todo, que yo había asesinado para defenderla. Enterré el cadáver del pobre desgraciado entre la Ermita Cristo de Villajos y la Laguna de Salicor. Ya, ya sé que eso abarca mucho terreno, pero no quiero dar más pistas, que no pretendo yo ahorrarle el trabajo a nadie.

Dejé atrás mi vida, a mi familia, y me vine a Australia, lo más lejos posible, con Gina, mi fiel Gina. El largo viaje en avión se nos hizo especialmente duro ya que no pudimos viajar juntos – lo contrario levantaría sospechas; la sociedad, con sus limitados parámetros, seguro que no alcanzaría a entenderlo -. Sin embargo, una vez aquí, solos e instalados, comenzamos a sentirnos totalmente libres, y en ello estamos…

Hace un año me compré una granja en las afueras de Kalgoorlie; tengo dos empleados que se encargan de la labor de pastoreo, de cruzar este inmenso país con un rebaño de ovejas a su cargo, para regresar con cabezas nuevas después de transcurridos unos meses. Son lo que aquí llaman “drovers”, o pastores trashumantes.

Gina se queda siempre conmigo, aunque la última vez me llevé un buen susto: casi se la llevan con ellos… Menudo despiste. Todo este proceso me produce un poco de lástima porque Gina se pone muy triste cuando se van sus amigas, pero tiene que acostumbrarse, debe entender que ella es mía y sólo mía. Mi amor por Gina es puramente platónico, no mantenemos relaciones sexuales, tan sólo compartimos nuestras vidas sin pedir nada a cambio.

En la actualidad Gina está embarazada, creo que ya a punto de parir. Eso es bueno, siempre resulta gratificante que aumente el rebaño. No siento celos, ¡qué va! Reconozco que todos los seres vivos tenemos que cumplir con nuestras obligaciones biológicas, y el sexo es una más entre ellas, lo cual es también aplicable a mi persona: yo me acerco a Perth cada quince o veinte días para así poder vaciar mis rebosantes glándulas seminales.

No espero nada especial del futuro, sólo poder vivir lo suficiente para poder disfrutar de la grata compañía de Gina, aunque esto parece, en principio, una contradicción porque yo sé de sobra que una oveja envejece más aprisa que un ser humano. Eso me entristece… Pero ha surgido una luz de esperanza en el horizonte que aprovecharé cueste lo que cueste: gracias a “Dolly” podré tener a Gina hasta que mis días se acaben, bastaría con clonarla una y otra vez hasta que mi corazón deje de latir para siempre jamás.