LOS TOREROS – ADVENTURE IN CRYSTAL PALACE


Jueves, 19 de mayo de 2016

Esta mañana estaba hablando con esta gente estudiante del 1º del bachillerato de humanidades sobre los símbolos que representan a cada cultura, país, pueblo, etc. De hecho, para casa tienen que elegir el símbolo que según cada cual representa a España (o a Asturias, que también di esa alternativa). La unidad 8 del libro de texto, Trends, de la editorial Burlington, se titula Culture Shocks. Saltándome por encima cual valla de atletismo los ejercicios allí propuestos, se me ocurrió contarles mi aventura como camarero de un bar de tapas de Crystal Palace, en la zona 4 de Londres, Los Toreros.

Año 2001, nos vamos Nuria y yo a trabajar como profesores a Londres, para lo cual con anterioridad habíamos, supuestamente, hecho todas las gestiones de convalidación de títulos y demás papeleos con el fin de poder solicitar nuestro correspondiente número de QTS 20160704_025401-1(Qualified Teacher Status – número de profesor cualificado), una especie de DNI indispensable, obligatorio para poder ejercer la profesión docente en Gran Bretaña. Y ocurrió lo que suele ocurrir siempre, o casi siempre, con la maldita burocracia, que exaspera a la persona más paciente con su inoperante lentitud: venga entrevistas y más entrevistas para justificar aspectos que a nosotros nos pueden parecer obvios, pero a ellos no. Valga el ejemplo que nos dice que para explicar que en España, al casarse, la mujer no pierde sus apellidos familiares originales tuvimos que ir ¡cinco veces! a entrevistarnos con las funcionarias de la Seguridad Social, que no eran capaces de entender un hecho tan sencillo como aquél; por no hablar del impreso con redacción incluida que tuve que rellenar para justificar que yo no era un tal José González que había vivido en la Isla de Mann ocho años antes, y que, al parecer, había dejado deudas por doquier. En la vorágine de este proceso, que vino a durar unos dos meses, fue cuando encontré este lugar increíble llamado Los Toreros, un bar de tapas situado en Westow Road, Crystal Palace, justo enfrente del Safeway, el supermercado más cercano que teníamos en el barrio. Un jueves, volviendo de la compra muy cargados, nos fijamos en un cartel que habían pegado en la puerta de Los Toreros, “Spanish speaking staff required” (se necesita personal que hable español), y, sin dudarlo ni medio segundo, entramos allí a preguntar, y ahí empieza una aventura que ahora, desde esta atalaya que crece con el paso del tiempo, me hace toda la gracia que maldita era por aquel entonces.

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(A ver, que voy a conectar ahora mismo este traductor simultáneo… Ajá, ya. Click.)

  • Hola, buenas, preguntaba por ese cartel que tenéis ahí en la ventana, el que dice quese necesita personal que hable español.

  • ¡Eh? Yo no saba nada. Preguntar Tula, dueña. Ahí datrás, restaurante. – la que me responde, de muy mala gana, por cierto, es Katya, una rusa que ejerce como manager mandamás de la zona de restaurante. Los Toreros se dividía en dos partes bien diferenciadas: el bar, justo en la entrada, y el restaurante, en la parte trasera, con 25 mesas y una barra que comunicaba con el bar, y otra a la que llegaban los platos desde la cocina.

  • Hola, buenas tardes, ¿Tula?

  • Sí, soy yo. ¿Qué deseabas?

  • Es por lo del trabajo, soy español y…

  • Puedes empezar esta noche si tienes una camisa blanca y unos pantalones negros

  • Eeeh, sí, claro, sin problema. ¿A qué hora tengo que estar aquí?

  • A las seis en punto. Cenas primero y ya te explica luego Katya lo que tienes que hacer.

Y allí estaba yo, a las seis menos cinco, un antitaurino de pro a punto de empezar a trabajar como camarero en Los Toreros, ¡ja! Al menos tenían la decencia de no abusar de la decoración basada en ese rancio mundo del toro. Aquello era un batiburrillo de fotos, figuritas varias de flamencas y de guitarras, y, ¡cómo no!, de esos sombreros mexicanos que tanto les gusta a los británicos traerse de sus viajes “culturales” a Ibiza o a Magaluf. Hispanidad en apuros, un mundo kitsch, casi de saldo. Nada más llegar, Tula, la dueña, griega oriunda de Faloraki, me presenta al resto del personal: Katya, la rusa, con la que ya había tenido “el gusto”, que me seguía mirando con demasiado recelo, como si le fastidiara que yo pudiese hablar bien inglés; Dariusz, un chico polaco de 20 años que sólo sabía decir “yes”, “table” y “hello”; Mimi, la manager del bar, de Islas Mauricio; Renato, peruano que tampoco hablaba casi inglés, y los dos cocineros: Hamed y Mulayzein, marroquí y argelino respectivamente. Impresionante. Lo primero, antes de que comenzasen a llegar clientes, cenar: una hamburguesa bastante rica con ensalada y patatas asadas. Mientras comíamos nos dijo Tula que fuésemos echando un vistazo a la carta del menú (Dariusz y Renato también empezaban a trabajar aquella tarde. Pánico en las calles de Londres… will customers hang the waiter? )

No sería jamás capaz de describir en detalle lo que suponía cada jornada de trabajo en aquel bar de tapas. En el menú, por ejemplo, ofertaban fabada entre sus múltiples opciones de platos típicos españoles, y esa primera noche me toca servir una cazuela de fabada, a 12 libras, a una pareja de enamorados que celebraba la petición de matrimonio del muchacho aquel tan colorao a una rubia muy sajona de las de minifalda con piernas a la intemperie, estábamos en pleno invierno, y tacones blancos. Ella dijo sí muy ilusionada, y nada mejor para celebrar aquel anillo tan pomposo que una tapa de ¿fabada? Ejem, eran simples fabinas de las suyas, de esas “baked beans” de HP o de Heinz, con algún trozo de salchicha roja por allí flotando despistado. Me sentí mal sirviendo aquello, no lo voy a negar… pero, ay, todavía faltaba la tortilla de patata. La tristeza se apoderaba de mí a cada paso que daba con aquella ¿tortilla? en mi mano derecha. Yo la miraba y cerraba los ojos acto seguido, porque, aparte de lo ridículo de su tamaño, el color tan rojo no aventuraba nada decente. Y así era, le habían echado pimentón…

A eso de las diez de la noche nos manda Tula a Dariusz y a mí preparar una mesa para ¡26 comensales (minerales)! Una despedida de soltero. El puto horror. Dariusz que desaparece totalmente de la escena “lost in translation”, y yo, pues a apechugar con aquel grupo tan hambriento como salvaje. Al menos me dejaron buena propina, que fui capaz de comprender a dos que me pedían ya medio borrachos una copa de “ponxavayerou”, y tras la tercera escucha llegué yo triunfal con la botella de Ponche Caballero mientras en mi cabeza sonaba el famoso Carros de Fuego de Vangelis.

Antes de irnos aquella primera noche, aparecen dos MILFs muy emperifolladas, muy rubias, de mucho volumen al hablar. Venían a esperar a los cocineros, y con ellos se fueron abrazadas a disfrutar de una buena noche de juerga en Londres.

gogogochLos sábados venía Rhys, un galés muy simpático de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, Llanfair para los lugareños (aunque a mí me gusta más, me pone más, ese final apoteósico en “gogogoch”), a dar recitales de guitarra española, la cual había aprendido a tocar, como no podía ser de otra manera, en Tokio. Gran bebedor de cerveza y un fan acérrimo de Camarón y de Paco de Lucía. No lo hacía mal, pero aquélla era mi profana impresión, que yo funciono con la música por puro y duro oído.

Vi pasar muchos más camareros y camareras, cocineros, sólo aguantó Katya allí al pié del cañón torero esos casi dos meses que trabajé allí. Un viernes, ya con mi QTS, fui a decirle a Tula que se había acabado, que ya no más Toreros ni fabadas engañosas, que me iba a trabajar de profesor a Phoenix High School. “Y si eres profesor, ¿qué narices hacías trabajando aquí de camarero?”, fue su pregunta desde la más absoluta y lógica extrañeza: una griega con mentalidad anglosajona tras 29 años viviendo en el Reino Unido. “Ay, si tú supieras de qué pueden llegar a trabajar los licenciados españoles llegado el caso”, fue mi pensamiento último antes de cerrar la puerta y salir de Los Toreros para siempre.

– ¿Jose, vale la sidra como símbolo de Asturias?
– Ehh… Vaya si vale, ¡pues claro!

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18 comentarios en “LOS TOREROS – ADVENTURE IN CRYSTAL PALACE

  1. ¡Vaya frikada!, me recordaste a mi hija, que trabajó en un club de golf de Dublín, la cosa era más finolis que este antro, sospecho, pero tenía compañeros de doce nacionalidades diferentes y una Katya tocapelotas. Uf, lo que se aprende a toda hostia y con un título de licenciado provisionalmente inútil, difícil que nos ganen en eso.

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    • En la inutilidad patria de licenciaturas y demás, no nos gana ni dios. Aquí es todo teoría y empollar, nada de trabajo, imaginación, colaboración o empatía a la hora de hacer una carrera universitaria… pero tampoco nos cortamos a la hora de realizar tareas para las que muchos nativos son demasiado tiquismiquis… Toda una agenda llena de contradicciones, aunque divertida en muchas ocasiones.

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  2. José, me encanta tu anécdota. Vale, que cuando toca hacer de todo, toca. Cuando llegué a Texas, mientras me validaban mi licencia de abogada, tuve que trabajar en Home Depot, una ferretería que tiene de todo o casi de todo. Trabajé de cajera y hasta un baile me inventé para que no me dolieran las piernas por estar ocho horas de pie. Vivía en un pueblito llamado Pipe Creek, que si pestañeabas se te pasaba y el trabajo era a 17 millas de dónde vivía. Imagínate una boricua metida en gringolandia y luego en una ferretería. Trabajé cinco meses y exacto como a ti, cuando me fui me preguntaron qué carajo hacía una abogada trabajando en una ferretería. Lo mejor era que se habían reído tanto de mi acento que por poco se mueren cuando supieron lo que yo ocultaba. Jajaja… Se siente divino cuando les dices adiós. Haznos otras historias de la época. Me apunto para leerlas.

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  3. Seeing your title drew my attention to the building that housed Los Toreros as I passed by the other day. Now host to a “vintage” clothing, bric-a-brac, and furniture bazaar, it is a small sign of the way nothing stands still in London. Long after you worked there, but still serving that peculiar mixture of food that could not really be described as Spanish, I went to eat there with a group of teachers at our end of year do. The Special Needs Coordinator had already drunk three bottles of white wine before leaving school, and had hidden two more under the table to supplement any shortage experienced during the meal. Plates of burned “patatas bravas”, onion rings, and deep fried whitebait arrived, along with more bottles of Australian “Chardonnay”. The SENCO was now more or less under the table after repeatedly calling the Art Teacher, “a fucking Catholic bitch!” In an attempt at appeasement, she was now singing IRA songs she had surreptitiously learned as a child growing up in a Protestant family in (London)Derry. Meanwhile, our Attendance Officer had left in a flood of tears after learning that her cat had been run over and killed outside her flat. Our previous Attendance Officer had been fatally stabbed back in the spring, by the jealous girlfriend of an ex-student she was having an affair with. It was an inauspicious end to a terrible year. That summer I holidayed in France.

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  4. That was a brilliant account of your exploits at Los Toreros. Bravo! I think the image of a horrified Asturian, shamefaced, serving a piece of red sausage floating in a bowl of tinned baked beans will stay with me forever.

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