ANTAGONISMO, 79 AÑOS HOY

No me miren asi,

Que llo no soy un animal,

Que si e echo lo que e echo

Es solo por la decencia

De esta, mi patria,

Que tiene tiera

Mas qe de sobra pa sepultar

Tanta escoria bolchevique.

Y que si lo mate,

Un rojo menos, un maricón menos,

Dos tiros en el culo                                                                                               

Pum, pum

Y a tomar por el mismo.

No me yega la escoria esa

A la altura de mi moral.

Banderas victoriosas…

¡Arrivaspaña!

Calor,

Demasiado calor el de la tierra

Que me cubre ahora.

¿Y qué culpa estoy pagando yo?

¿Qué odios son estos

Que matan sin preguntas,

Sin mano alzada

Que responda por actos

Que ellos ven deleznables?

¿Se acordarán de mí dentro de veinte años,

De cincuenta, de cien?

¿Seré el poeta olvidado

Mientras rosales ya secos

Se llevan la loa al poeta amado,

Querido y cantado por su pueblo?

Soy incapaz de despejar

De tierra mis fosas nasales.

A mi lado yacen hombres

Que ni siquiera conozco,

Y es muy tarde ya…

No hay campanas

Que toquen a muerto

Por ninguno de nosotros,

Sólo disparos, y sangre,

Más sangre que se derrama

Para que desborden de ira

Los ríos maliciosos

De vuestras caníbales conciencias…

No hay luz a lo lejos,

Y yo me apago,

Me dejo llevar

Por el arrullo de gusanos

Que se acercan golosos a mí.

Se despide un poeta de este mundo

Sin haber podido siquiera escribir

Sus últimos versos.

¡Que alguien toque para mí, por mí

Por mí ese piano de cola!

… DE LA VIDA XVIII…

Décimo novena entrega. Hoy viajamos al pasado, al contacto temprano con el fascismo y la muerte.

Ciclos de Mil Cabezas

XVIII.

Pedro estaba a punto de cumplir seis años. Ya estaba en primero de E.G.B., en clase de Don José Tejeiro, maestro por imposición institucional desde el año 41. Se pasaban los primeros diez minutos de la mañana rezando y cantando, a continuación, el “Cara al Sol”, himno entre los himnos durante los años oscuros del franquismo. Los castigos eran ejemplares, aunque a Pedro todavía no le había tocado sentir el dolor que producían los latigazos propinados con una vara de mimbre, perfectamente lijada, en las yemas de sus dedos. Era de los pocos elegidos que podían presumir de esa suerte. Entre los pelotas agraciados, también se encontraba su amigo Simón. Los dos, después de clase, solían jugar a la peonza o a las canicas en buena armonía, sin enfadarse nunca.

Un buen día, Simón no apareció por la escuela. Llegó Don José muy apesadumbrado; no rezaron ni cantaron el…

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