FUCKSIMIL


Noviembre de 1998

Frío, en aquellos lejanos parajes no cesaba de hacer frío, frío exterior, frío interior,   frío dentro de todos sus sentimientos. Campo del Agua, así se la conoce.

A Delfín le habría importado una mierda que ella se hubiese matado en el accidente; ni lo sabía, ni maldito era su interés en saberlo. Por ese motivo había decidido aislarse de todo el mundo y autocondenarse al exilio agreste de las montañas… Pero un principio de leve arrepentimiento (unido éste a la falta de material para poder pintar en condiciones, lógicamente) comenzaba a asomarse por sus cansadas retinas…

– ¿Sabes ya la fecha de la exposición?

– No. Todavía no es definitiva, aunque me han dicho que podría comenzar entre el quince y el veinte; depende del éxito de la de Barceló, que ahora está en esa sala. Yo ya lo tengo todo preparado.

– ¿Vas a incluir el cuadro de Sally?

– ¿A cuál de ellos te refieres? Sally suele ser mi modelo en casi todos los cuadros con temática femenina.

– ¡Joder, cuál va a ser…! El de la polémica, el que casi siempre te censuran por pornográfico.

– No sé qué coño tiene de pornográfico… sólo es una escena íntima entre Sally y su consolador. No le veo nada de particular.

– Ya, pero eso suele coartar a los posibles compradores. Casi todos los de la pasta son unos auténticos carcas retrógrados.

– ¡Qué se jodan todos los hipócritas…!

picasso-painter-model_0Delfín había estudiado Bellas Artes en la facultad de Salamanca. Allí conoció a Sally, una chica escocesa estudiante de Literatura Española en la Universidad de Sheffield, que se encontraba en Salamanca gracias a esas nuevas Becas llamadas Erasmus, que servían para que la juventud europea conociese otros países, otras gentes, otras juergas, nuevas culturas; que follasen los unos con los otros y las unas con las otras a tumba abierta, sin necesidad de pensar que al día siguiente volvería a amanecer, aunque todo ello con motivos educacionales, por descontado. Se enamoraron de una forma extremadamente química; dos años de pasión desatada entre lienzos y la obra de Francisco de Quevedo, sobre la cual ella elaboraba con inusitada pasión su tesis doctoral; pero gracias también a los efectos de la previsible química, el moho comenzó a cubrir todo su espacio tan envolventemente pasional; se pudrían por momentos, el uno pintando dieciséis horas al día, y la otra frente a su ordenador intentando reflejar en el procesador de textos todo su basto conocimiento sobre el archienemigo de Góngora.

El indicio de fama que ella pudo intuir en su amante comenzó a taladrar su incorregible ego. Delfín comenzaba a recibir buenas críticas por su obra; Sally, por el contrario, veía como su tutor no hacía más que amargarla día tras día: nunca estaba de acuerdo con el enfoque que ella trataba de dar a su obra, a su tesis… a su ‘hija del alma’, el hijo de puta, que quería ir más allá con su tutoranda pero jamás era capaz de vislumbar resquicio alguno en las sinceras sonrisas de Sally. Quizá la envidia la obligó a posar para él, o quizá ese sentirse tan puteada después de cientos de horas dedicadas a la pura y dura investigación literaria…Lo único seguro es que desde ese momento comenzaron las desgracias artísticas de su compañero de cama.

– Joder, Sally… no puedo entenderlo, es como un mal sueño, como una broma demasiado pesada… Puede que todavía sea una broma, ¿no?

I dinnae ken whit ye mean .

– Fuck you! ¡Hablame en castellano, hostias, que no estoy yo ahora para hablar inglés-escocés del tuyo, joder…! En este instante odio ese puto idioma… Odio a ese hijo puta galés a muerte. Odio mi puta vida.

– ¡Tranquilízate, Delfo, que ya verás como no será para tanto…! Envidias, no son más que envidias.

– Ya, puede que sólo sea eso, envidia, puta envidia. Voy a echar una siesta, a ver si así me relajo de una vez.

Delfín había sido acusado de plagio por un pintor galés llamado Scott Walker; alegaba que el cuadro de Delfín ‘Mujer con Vibrador’ era una copia de uno suyo titulado ‘Woman touching herself’ (Mujer tocándose), registrado y fechado tres años antes que el de Delfín.

El día que Delfín pudo ver por fin ese maldito lienzo de cinco por siete metros decidió que debía acabar con la vida de su, hasta ese día, estimada Sally. Por eso provocó el accidente; por eso se dio a la fuga tras resultar ileso en el siniestro; por eso se esconde de lo que pueda ser en una aldea casi abandonada de los Ancares bercianos.

– No sé, puede resultar un poco fuerte, ¿no crees, Sally?

– ¡Qué va! Al contrario, con la polémica que despertará seguro que acabas siendo famoso, muy famoso, y eso te allanará el camino. Tú hazme caso.

– Lo que no me acaba de convencer es esa manta de cachemira que has puesto encima del sofá. Demasiados colorines, demasiado cantosa. Ya sabes que odio tanta mezcla de colores. No es mi estilo.

– Arriésgate; cambia un poco tus formas, no seas tan cerrado, yo creo que está muy bien, que hará un gran efecto… no sé, algo similar a Klimt, a ‘Danaé’, por ejemplo… Déjate llevar, ya verás como aciertas de pleno.

– Joder, Sally, que a mí no me gusta Klimt. Yo siempre he sido más de Dalí.

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