VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XXI (THE CAMPY SIGN LANGUAGE AFFAIRE)

Y la chica miraba al suelo como si el asunto fuese un extraño alien completamente ajeno a ella. El chico disimulaba silbando una canción que no coincidía con la música que llegaba a sus oídos a través de sus auriculares; porque con su mente la miraba de reojo, porque, “si no me puede oír, al menos que capte mi telepatía.”

Un año y medio antes coincidía con ellos (chico y chica, sí, como el grupo) casi todos los martes en la estación de autobuses, esperando el alsa de las 6.30 de la mañana a Cangas de Onís. Comenzaron con miradas, a las que se fueron añadiendo sonrisas; al mes él se acercó a ella…

– Hola, vaya frío que hace esta mañana…
– ……… (Ella sólo esboza una sonrisa mientras le hace gestos que indican que no puede ni oír ni hablar)
– Ah, entiendo… PER-DO-NA…
Y se aleja de ella caminando con expresión incrédula hasta el final de la cola.

Los vi otra vez, hace poco. Él parecía haber adquirido cierta fluidez en el castellano de signos. Ella miraba sus manos, boca entreabierta, gesto indicativo de pura decepción. La vehemencia de él va aumentando por momentos. Ella no dice nada. Espera en silencio, en ensayada quietud. Saca un bolígrafo de su bolso, escribe algo, se lo enseña al chico. Él se calla ahora. Ella hace una mueca extraña con su boca y da media vuelta. Se larga con paso firme, sin girar siquiera su cabeza para comprobar si el chico sigue ahí. Él la sigue con los rayos asesinos que sus ojos parecen lanzar en su dirección. Suena un móvil, es el “Rock’N’Roll High School” de los Ramones, el del chico. Contesta presto la llamada.

– Berto, dime…
– No, no, iba para clase ahora, pero no… Vale… Sí, sí, ho…
– Es que es acojonante… Nah, lo de la tía esta sordomuda… sí, la del alsa, sí… Un puto gilipollas, Berto, un puto gilipollas; un año y pico estudiando la lengua de signos, perdiendo horas de lo mío, hasta cargando algún puto examen, para que me diga al final que no le mola nada como “hablo”… ¡Ya te digo!… Pero no te lo pierdas, tío, que va y me dice que tengo pluma, que haciendo los putos signos tengo pluma… No, no, si hasta me lo escribió y todo, que yo no sabía si lo había entendido bien… Vale, vale, luego te llamo o te mando un “guas” mejor… Esta noche lo vamos a petar… Eso, eso, ¡que se joda! ¡Cagonmiputísimamadre, sólo pensar en la cantidad de macflurries que le pagué en el Mac de Los Prados después del cine! Y sólo a ver pelis españolas, claro, que con las otras no podía leer los labios… Ya, ya, tío… Venga, hablamos. Chao, chaaao.

Para disimular que no se note que estaba escuchando demasiado atentamente, alzo la mirada hacia una de esas pantallas que hay en los alsas sin caer en la cuenta de que llevan meses, años, apagadas, estropeadas… “Con ese vozarrón y ese aire de leñador canadiense, ¿cómo cojones se puede tener pluma al utilizar el lenguaje de signos?”
Silbo resignadamente para mis adentros “I’m a lumberjack and I’m OK, I sleep all night and work all day”, ese himno tan pegadizo de los Monty Python y empiezo a subir los escalones del autobús, uno, dos, tres…

TUBULAR HEAD (OF STUDIES)

La única vez que me echaron de clase, con toda la razón de las galaxias, he de reconocer, fue en una lección de Filosofía. Yo, hasta aquellos días, había sido un niño la mar de bueno, el más obediente de mi casa (poco mérito, no penséis mal, que siempre he sido hijo único) – llegados a este punto, justo sería reconocer que nunca fui un empollón o un pelota, o un mísero chivato, al contrario, era capaz de llevar la omertá hasta el infinito de mi pueblo y más allá del Pajares…

A lo que iba, que divago, que miro por la ventana y estoy viendo al santo saludándome desde una nube con forma de avestruz.

Estábamos ya en la última evaluación, 3º de BUP, repasando algo de Ética con Charo, una profesora interina (por aquel entonces creo que se llamaban penenes por PNN – Profesores No Numerarios) muy joven, muy maja, muy buena, muy divertida dando clase. Como tengo más bien poca familia, a pocas bodas había ido hasta entonces, a lo sumo tres o cuatro, pero aquélla fue un despertar, un gigantesco paso del umbral. (¿Me sigo perdiendo, verdad? Do not worry, que al final todo concuerda en este puzzle tridimensional.) Acelero. El fin de semana anterior me había ido yo solo, sin padres vigilantes, a Briviesca, un pueblo de Burgos, que allí se casaba Fernando, un primo de mi madre, con una lugareña muy hippy, demasiado libre para los estándares de 1983, que no todos veíamos La Edad de Oro, rediós. Volví de aquel evento, lógicamente, siendo otro tras haber pasado las madres putativas de todas las resacas inventadas hasta aquella fecha, tras haber probado todo lo que se me ofrecía sin dudarlo ni un instante siquiera. Llega el lunes. Ni me molesto en desayunar porque mi estómago aún seguía en la fase de centrifugado. Voy a clase. La primera hora pasa casi desapercibida, que el de Lengua también estaba resacoso y nos dijo, “¡hala, a repasar, que hay mucho que poner al día!”, y con las mismas bajó la persiana que estaba al lado de su mesa, se sentó en su silla y se durmió en cuestión de segundos. No le hicimos ni puto caso, claro. Dormimos al igual que él, con nuestros ojos abiertos, intercambiando algún gesto cómplice entre los más afines. Segunda hora. Filosofía, Charo, con el sobrenombre de Charito Muchamarcha por culpa del Un, dos, Tres. Demasiada ética para una hora tan temprana. La bestia humana. Morir o matar.

Lo supe porque se había instalado un bichito macarra dentro de mí, alguien o algo me lo había contagiado en Briviesca el fin de semana previo. Diez minutos de clase pasaron y yo ya iba camino del despacho del Jefe de Estudios, Julio. Sí que nos daba miedo aquel hombre. Su gesto, su manera de hablar tan pausada, mirándote fijamente a los ojos sin pestañear siquiera nos acojonaba a todos. Llego a la puerta de su despacho en actitud “antes de que tú me mates, prefiero matarme yo.” Toc, toc. No hay respuesta, “¡bien, joder, que no está!” Repito un segundo “toc, toc”, esta vez más confiado, creyendo de veras que no se encontraba Julio, el enterrador, en su despacho.

  • ¿Sí? Pase, pase.
  • Eehhh… Hola, bue-buen-nos días. – un hilillo de voz tenue, muy tenue.
  • Hombre, Yebra, ¿a qué se debe su visita? – cara y tono de sorpresa.
  • Es que… Bueno, es que, a ver… Es que me ha dicho Charo que viniese aquí.
  • Pero, ¿pasa algo? ¿Algún problema?
  • Bueno, no… Sí, sí. Es que… es que me acaba de echar de clase.
  • … … … – uno de esos silencios que pueden incendiar un pueblo entero.
  • Es que me puse a tararear una canción.
  • Siga, siga…
  • Óscar, el de mi clase, que me dejó la semana pasada el disco ese, Tubular Bells, de Mike Oldfield, y no me lo puedo sacar de la cabeza.
  • ¿Y?
  • ¿Y?
  • ¿Que qué más, que sólo por eso no creo que le haya expulsado de clase?
  • Bueno, no sé… Sólo le dije “chao, Mayra”… dos… o tres veces.
  • ¿Y le parece bonito? ¿Cree usted que ella desconoce el mote que ustedes le han puesto? ¿Que yo desconozco el mío?
  • No, no. Claro que no. Es que se me escapó, de verdad… No lo vuelvo a hacer más, lo juro.
  • Me parece muy bien. De momento se queda usted en el recreo aquí conmigo, que le voy a dar tarea.
  • Es que…
  • ¡Ni “es que” ni nada! Una frase que empieza con “es que” es siempre una excusa. Venga, le veo luego. Cierre la puerta al salir.

Sigo su orden al pie de la letra. Antes de soltar el pomo de la puerta, escucho asombrado como empieza a tararear él mismo ese “tititninininoninoninonini” del Tubular Bells, ¡incluso dice impostando su voz, “grand piano”! “Joder, si hasta es un cachondo y todo”, pienso antes de irme de allí con una sonrisa gilipollas en mi cara.

La excusa del último “es que” era que teníamos partido de baloncesto, de los del campeonato interno por grupos que nosotros mismos organizábamos. Me lo perdí. Mi castigo consistió en ayudarle a ordenar papeles en su despacho. Para que la labor fuese más llevadera, puso el Tubular Bells en su tocadiscos estereofónico marca Cosmo (sí, así es, tenía uno en su despacho, y varios discos en una estantería). Pocas frases intercambiamos. No era necesario. A veces los gestos, las actitudes también sirven como consejo, como exorcismo incluso, que la banda sonora aportaba ese plus tan divertido como innecesario.

Me lo encontré años más tarde una mañana gris de invierno cuando ya estaba yo cursando tercero de Filología Inglesa. Por entonces él ya vivía en Oviedo, que había pedido el traslado desde Cacabelos un año antes. Nos tomamos un café y charlamos muy distendidamente entre el humo apestoso de varios Ducados, sin la distancia lógica de aquellos días de instituto.

  • Me alegra que te vaya también, Jose.
  • Bueno, podría ir mejor, para qué nos vamos a engañar.
  • Pero vas remontando, y acabarás la carrera, seguro.
  • Eso espero.

Un apretón de manos, y adiós para siempre. Nunca más me volví a cruzar con él.  Se ha quedado olvidado entre los surcos del Tubular Bells. Hasta tenía cierto parecido físico con Mike Oldfield… ¿O era con el Padre Karras?

Julio, el Jefe de Estudios, ¿habrá cavado un túnel desde Asturias al infierno…? ¿Se reirá ahora como un disidente?

Who knows?

Who the fuck knows!?

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XX (LA LA LOVE YOU!!)

3 de noviembre de 2014

Queridos a la par que amigos, este curso sólo veo los alsas pasar de largo ante mis ojos, los sigo con la mirada; hay viajeros que suben, otros que bajan, conductores conocidos que me saludan; en fin, nostalgia de esa parte del fondo que tantas siestas de ojos entreabiertos acogía en tiempos no tan pretéritos…
¡No pasa nada! He decidido seguir con estas historias haya autocar o no. Comparto espera en la calle General Elorza con mucha gente “alsera”, presto atención, soy todo oídos a sus historias… Ahí va una reciente de laísmo recalcitrante. Dos chicas que fuman como si el mañana fuese hoy mismo hablan a viva voz, gesticulando como mafiosas calabresas a las puertas de un golpe importante.
– Y mira que éramos buenas amigas…
– Ya, la vida es así, con sus sorpresas, con sus zarpazos.
– ¡Y me llamó loca… Y sinvergüenza! ¡Y la di una hostia bien dada!1chavettes
– Jodeeer… ¿Y ella qué hizo?
– Se me quedó mirando alucinada; la di otra hostia.
– Esta segunda sobraba, ¿no?
– Calla, calla, que va la tía y me llama hija de la gran puta, ¡a voces!… la di una tercera hostia, claro, pero ésta tan, tan fuerte que la reventé un tímpano. El escándalo que montó la muy cerda, casi haciéndose la muerta. A fingir, venga a fingir. ¡Pedazo de comemierda!
– Buufff…
– Ahora voy p’allá, al puto juicio en la Pola. ¡Que no se me ponga delante, que la digo cuatro frescas…! ¡Y la meto otra hostia más, no será por falta de ganas…! ¡La cabrona!

Mientras pienso por qué no ha dicho “le cabrona”, por seguir una lógica divergente, ¡pip, piiiiip!, me pitan con premura desde un coche. Es mi compañera de trabajo, que lleva un rato esperando en su coche a que me dé cuenta de su presencia… La miro (sí, ahí “la”) y me disculpo con un gesto justo antes de entrar apuradamente en el coche y contarle (contarla, según la de las tres hostias reales y la cuarta sólo en el deseo) ese diálogo tan bello y constructivo que acabo de escuchar.

AL PRINCIPIO…

(“Al principio, cuando íbamos ganando, cuando nuestras sonrisas eran genuinas…” – Manic Street Preachers, “The Everlasting”, 1998)

Rocío nació una fría mañana de noviembre. Nadie se alegró de ello. Era la séptima y tampoco sería la última. Nunca vio a su padre sereno. Jamás vio sonreír a su madre. Con diez años recién cumplidos lo que más deseaba en el mundo era poder tener una muñeca a la que vestir, a la que dar mimos y golpes a partes iguales, como habían hecho con ella misma. A los doce le vino la regla; a los trece dejó de ser virgen por culpa de Roberto, un amigo de su hermano Arturo. A los catorce se quedó preñada, pero no de Roberto, sino de su primo Joaquín. Embarazada de cinco meses, dejó de ir al colegio, y recibió una gran paliza de su padre, tan borracho como de costumbre. Casi aborta, aunque al final, su hijo, al que puso Ramón por un chico que le gustaba, vino al mundo en perfecto estado de salud. Poco antes de cumplir los dieciséis, se – por llamarlo de alguna manera – escapó de su casa con el tal Ramón. Robó algún que otro bolso, algún que otro coche siempre al lado de su amor. Lo que era, al  principio, una cuestión de mera supervivencia, se convirtió en intrínseca necesidad. Encinta por segunda vez probó la maldita heroína – Ramón llevaba casi un año prendido en sus pegajosas redes.

El día en que Rocío cumplió veinte años, daba de mamar a su tercer hijo, una niña a la que llamó como ella, Rocío. Estaba colocada, demasiada dosis para el primer chute del día. Su pequeña Rocío se le cayó de las manos y ¡zuuump! se mató contra el suelo. La enterró en silencio, aún bajo los efectos del caballo, en el vertedero municipal – le quedaba muy cerca de casa, si es que se podía denominar así a la chabola en la que habitaba -. Ramón llevaba ya seis meses en la cárcel. Ella estaba sola. No tenía dinero. Como sólo vio luz al final de una salida, se metió a puta y abandonó a sus dos hijos, de seis y cuatro años, frente a la puerta de un orfelinato. Como a casi cada puta, rápido se le presentó voluntario un chulo. Más palizas y cada vez peor caballo, más y más cortado, cada vez menos heroína y más polvo de relleno. Su chulo también era camello. En noviembre Rocío cumpliría veintidós, pero no llegó a verlos. Un impulso vital la obligó a saltar del puente de la autopista. Ahí comenzaría su nueva vida, porque ella, Rocío, sí que creía en Dios.

Fulberto de Torronchas

Imprescindible no perderse a Jaime Poncela. Cuando leáis algo suyo sabréis que, al menos, no habréis malgastado vuestro día.

Artículos de saldo / Jaime Poncela

Cierto día y después de comer tres platos de fabada, dos largueros de carne gobernada y una fuente de arroz con leche, amén de café, copa y puro, Fulberto de Torronchas aseguró haber visto a Dios. A Dios en persona, como el que ve a su madre fregando la escalera o a su novia poniéndose las medias. Ese fue el Dios hiperrealista visto por Fulberto,  no un Dios vestido con una túnica tipo batamanta y sito al final de un túnel del que emanase una cegadora luz. Dios estaba allí a su lado, sentado en una silla de tijera, apoyado en un velador de cafetín, vestido con un polo de Lacoste color burdeos unas bermudas color crema y un sombrero Panamá, cubriendo la quiniela y tomando un chupito de orujo de hierbas. Fue tan honda la impresión de Fulberto al ver a la divinidad en pose tan relajada y mundana…

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VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XIX (SING ALONG WITH THE COMMON PEOPLE)

15 de octubre de 2014

Es cierto que la vida te da sorpresas, que hay señoras que en vez de comentar los últimos chascarrillos del Sálvame, de hablar de la Pantoja y la Esteban, se ponen a comentar indignadas la actualidad de la corrupción patria. ¡Increíble! La conversación oída esta mañana en la cafetería del HUCA vendría a ser algo así:
– … y ese cerdo, amigo del rey.
– ¿De cuál? Como ahora tenemos dos…
– ¡De cuál va a ser, del Juan Carlos, del viejo!
– Pues seguro que el Felipe también es amiguín.
– Claro boba, eso fijo… A lo que iba, pues ése, que parece una mosquita muerta, y ¡hala, a gastarse les perres de todos en masajes filipinos!
– Menudo cabrón. Como les perres no eren de ellos… Seguro que iban todos de putas juntos, de fiesta… “¡pago yo!” “¡No, esta ronda de mi cuenta!”
– Unos hijosdeputa. Y el Rato, con esa cara de buenín que tiene, de mosquita muerta, el peor. A saber qué servicios pediría.
– Ufff, ni me lo mientes… ¡dame un ascu!
– Oye, y un masaje filipino, ¿en qué consiste?
– ¡Aylaviiirgén! Pregúntesme a mí como si yo lo supiera…
– Jajajajajajaja… Oye, nunca se sabe, que a veces yes un pozu sabiduría.
– Pregúntaselo al “Estoporno” esi, a ver…honestas_multinacionales
(Llegadas a ese punto, me da la risa, me oyen, me ven, dejan de hablar, me miran, me hacen una radiografía de arriba abajo en plan Terminator, y vuelven a lo suyo, ahora ya cuchicheando… Cagonrrós, ahora me pierdo el resto. Me quedo con “Estoporno” porque con el apellido así los masajes filipinos cobran mucho más sentido. Mierda, se me cayó el marcapáginas, ya no sé por dónde iba leyendo…)

17 de octubre de 2014

Hip! Hip!
Hoo… RAE!!

RAEDesde el spa envió un tuit indicando la subida del euribor aprovechando la opción del wifi gratuito. La birra olvidada, la observa mientras intenta no externalizar esa impostada positividad de coach mileurista. Se acuerda ahora de aquel amigovio blaugrana que se inyectaba bótox en la frente cada mes y medio. Tan sólo era un estúpido cagaprisas con el pelo enrulado, enganchado al pilates, amante ficticio de la multiculturalidad y obsesionado con congelar el pescado fresco nada más llegar a casa por culpa del maldito anisakis. Presumía de haber hecho un cameo en la precuela de “Star Wars”, de haber conseguido un jonrón en su primer año en la universidad de UCLA… Nadie podía llegar a imaginar que acabaría siendo el primer europarlamentario del establishment en cometer un feminicidio. Ya no podrá cajonear más. Aún no lo sabe, pero en la cárcel será el primero en apuntarse a batucada. Compartirá celda y risas con un famoso hacker…

22 de octubre de 2014

Pues resulta que hacer zapping es sano y nutritivo. Ayer noche, parada en Cuatro; emitían un programa llamado “Adán y Eva”, pura pedagogía activa con bífidus activo, alegato en favor de una enseñanza pública de calidad, no de la que ya existe, sino de la que sería necesaria.adam & Eve Deja clarísimo el programa que hace falta más profesorado. “Adán y Eva están en el primer fascículo de la Biblia”, soltaban aquellos seres lampiños en pelota picada. Ése es el nivel. Si otro día, por casualidades cabronas del zapping, vas y ves un rato de Gran Hermano, más te parecerá estar inmerso en un congreso sobre el existencialismo cristiano de Kierkegaard… (“¡Qué va, qué va, qué va!” podréis llegar a pensar, pero no, esa consigna ya está más que leída.)

¡EL HORROR! Propongo, desde mi humilde púlpito, un nuevo título para ese “rialiti chow”, “Chonis y Canis en Bolas, sin Pelo y sin Neuronas, en una Isla Desierta contra la Cultura General, sin Follar, pero Pensando Constantemente en Ello.” Pelín largo, sí, pero más aclaratorio, de una semántica más directa. ¡Qué bonita es la Alhambra de Córdoba, joder!

Venga, Jarvis, cántanos ahora aquélla que decía, “she came from Greece, she had a thirst for knowledge…”

CIEN AÑOS, NO UNA GUERRA

Que cien años parecieran

del tiempo haber desertado,

en tu rostro,

en tus pechos,

en tus manos,

a balazo limpio,

sin descanso,

como en los viejos tiempos,

como la carretera infinita

del hambre de tu visita.

¿Me querrás dentro de cien años,

muertos ya,

lejanos?

Uno,

tras otro…

tras otro…

tras…

otro

Ante nuestras pupilas

dilatadas,

ya agotadas,

se abrirá un bosque

de osarios infinitos.

(¿Alguien se atreve a rebobinar?)

VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XVIII (JIMMY SAVILLE’S FRIENDS)

3 de octubre de 2014

PRÓLOGO
Hasta Nabokov os habría escupido a la cara. Todavía hace calor. Las chicas van al instituto con pantalones de esos en los que ellas mismas meten tijera hasta las ingles. Dos paisanos que fuman y hablan sosteniendo el cigarrillo en la comisura de los labios se paran delante de una niña que lleva puesto ese tipo de pantalones, con medias negras rotas, un aspecto más alternativo que el habitual de las huestes veraniegas, cortadas ellas por el mismo patrón. Algo le dicen. La niña, de no más de 13 años, los ignora por completo mientras escucha música a través de unos auriculares que le dan un aire de Princesa Leia púber bastante pasota. el-piropo4Se aleja ella y esos dos aspirantes a Torrente se la quedan mirando a la par que hacen gestos y ruidos que, por culpa del susodicho Torrente, parecen impostados, muy de mentira, de muy malos actores… pero no, son reales. Observo toda la jugada caminando despacio, sin quitar mi vista de estos dos. En una terraza, la de la cafetería Milán, tres señoras toman su café mañanero rodeado de humo y de voces roncas, cavernosas de la muerte. Ellas son las que, habiendo visto semejante muestra de garrulismo pacón, toman las riendas de la situación. “¡Sois unos guarros, unos putos cerdos!” Ellos ni se inmutan, siguen su camino descojonados de la risa. Sigo ahora parado sin poder cruzar ese eterno semáforo del final de General Elorza, y están estos seres del pleistoceno cani llegando ya a mi altura. Mi mirada sigue fija en ellos.mujer Desearía tener súper-poderes para que mis ojos lanzasen rayos láser de ocho mil millones de putos megatones. Pero no, ¡cómo se puede ser tan cruel?, tremenda idea… Ahora cambio de plan y me imagino una mazmorra medieval llena de instrumentos variados cuya principal misión es fomentar el uso de la sutil persuasión (la tortura, vamos, que uno se contagia de esta era del eufemismo blanco). Mejor ir cortando cada una de sus pollas en finas rodajas e ir dándoselas a ellos mismos como alimento (es lo que tiene estar leyendo ya las últimas páginas de la última novela de Juego de Tronos, que da ideas). Llegan ya a mi altura, me ven ahí, quieto, mirándolos. Aceleran el paso, agachan la cabeza y tiran los dos el cigarrillo al suelo. Creen volver a parecer hombres serios y formales. ¡Ja! Por un instante casi creo ciegamente en la telepatía.

EPÍLOGO
Da igual que siga buscando por todos los bolsillos y oquedades ajenas a mi propio cuerpo, he olvidado coger la tarjeta roja de la CTA. ¡Mierda! Hoy toca pagar a tocateja. El conductor me sonríe mientras seguro que piensa, “menudo gilipollas”…

“Uno para Arriondas, por favor.”

COLAYORK BLUES, CONEXIÓN MANHATTAN

Si los de Mecano hubiesen conocido el refresco que se creó en mi pueblo, Cacabelos, hace ya muchos, muchos años, su rima consonante en aquella canción, ripio legendario donde los haya, habría cambiado poco, la verdad; si acaso, el jamón por la bebida autóctona de zarzaparrilla, más conocida como ColaYork.

“Me voy a Nueva York,

y los refrescos son de ColaYork.”

Antonio Díaz “Guerra” sí que la podía haber tarareado mientras paseaba a buen ritmo por la Quinta Avenida.monumento_antonio_diaz_-guerra

Puede que Antonio Guerra fuese el único habitante de todo El Bierzo que viajaba habitualmente a Nueva York en los años 20 y 30 del siglo pasado. Era de aquélla un viaje largo, muy pesado, de varias semanas de aburrida travesía marítima. Me lo puedo imaginar en medio de aquella locura que supuso la enmienda XVIII a la Constitución de los Estados Unidos de América, la Ley Seca, moviéndose como pez en el agua entre las mafias de Nueva York, de Chicago, de Atlantic City. Cuenta el escritor Raúl Guerra Garrido (cuyo padre era primo segundo del propio Antonio Guerra) lo que leyó una vez hojeando un cuaderno de la familia, “En el cuaderno del abuelo, con una letra más menuda de lo habitual, un inesperado informe sobre una por entonces exótica bebida llamada Coca-Cola: es zarzaparrilla. Refresco de zarzaparrilla que si llaman de cola es en virtud de un aditivo.” Entonces, ¿se hizo Antonio Guerra con ese aditivo, con la fórmula secreta de la Coca Cola? A mí me gusta pensar que así fue. Puedo imaginarme al señor Guerra haciendo negocios con un Al Capone o un Lucky Luciano cualquiera y, tras varias intentonas, con engaños y sobornos varios, guardando en el bolsillo interior de su abrigo de lana la tan codiciada fórmula… O no, puede que sea tan sólo mi imaginación cinematográfica, y que en Cacabelos diesen con una fórmula casi exacta a la del propio gigante americano (no conviene olvidar que el propio Antonio Guerra era un industrial farmacéutico con una gran visión de futuro, lleno de ambición.)

Julio de 1958, oficina de J. Paul Austin, todavía Vicepresidente ejecutivo de la corporación de exportaciones de Coca-Cola – un año más tarde llegaría al puesto de Presidente.J Paul Austin

  • ¿Y cómo dice que se llama?
  • Antonio Guerra, señor. Bodegas Guerra, en Cacabelos…
  • ¡Cacabelos? ¡Qué cojones…? Hmmm… ¡Qué cabrón! ¿Y me dice usted que nadie ha sido sobornado?
  • Nadie, señor. Hemos investigado a conciencia a todos los nuestros, interrogado desde el primero hasta el último de los ejecutivos que conocen el secreto de la fórmula, y nada.
  • Pues venga, me da igual. Llame inmediatamente a mis abogados y que empiecen a preparar una demanda contra la ColaYork esa. Guerra… Guerra… Si quiere guerra, la va a tener, vaya si la va a tener – El tal J. Paul Austin hablaba perfectamente castellano y francés, además de inglés, lógicamente.colayork 3El gran gigante, Coca Cola, se prepara a conciencia para demandar a Antonio Guerra, propietario de las Bodegas Guerra de Cacabelos, por comercializar una bebida, ColaYork, cuyo sabor es sospechosamente idéntico al de la Coca-Cola. Temen que en uno de sus múltiples viajes a Nueva York, el propio Antonio se haya hecho de manera ilegal (o no) con la deseada fórmula del refresco más famoso (y más mentiroso también) del mundo. El gran coloso tiembla, y con un ligero estornudo acabará de un plumazo con ColaYork.

Colayork 2Cuando era pequeño mi madre siempre me contaba que antes de ser peluquera (se fue a Vigo con 18 años a aprender el oficio en una peluquería de unas amigas de mi abuela) había trabajado en las Bodegas Guerra lavando botellas. El agua fría dejaba sus manos entumecidas en aquellos inviernos tan duros de Cacabelos. Yo recuerdo los inviernos de mi infancia. Salir de casa en dirección al colegio corriendo y, siempre que había ocasión, resbalando con puro equilibrio y precisión sobre los múltiples charcos congelados que me encontraba de camino. Las piernas amoratadas, que de cintura para arriba iba muy bien abrigado, incluso con verdugo y bufanda, pero, ¡ay!, el pantalón era corto, demasiado para la temperatura bajo cero que dominaba casi todo el invierno. Entre otras muchas razones, mi meta era llegar a los diez años de edad para poder llevar pantalones largos con el fin de que mis pobres piernas no quedasen nunca jamás negativamente discriminadas ante el frío.

Siendo yo muy pequeño, recuerdo haberme cruzado con el señor Antonio Guerra, muy elegante su gabardina de cinto y su sombrero de fieltro, ya encorvado, muy sonriente y siempre con un saludo amable para mi madre o mi abuela y un pellizco en los mofletes para mí. Recuerdo también las vías que recorrían gran parte del pueblo hasta terminar en su destino final, las Bodegas Guerra (hoy en día un supermercado de la cadena Familia). Había carteles de los de contrachapado con la leyenda ColaYork en muchos bares de Cacabelos. Ya no se podía vender, pero allí seguían (y siguen hoy en día), como recuerdo altanero de lo que pudo haber sido pero jamás fue, o si lo fue, tan sólo lo fue por un espacio de tiempo demasiado corto…a1Al final, hace ya más de 50 años, Bodegas Guerra fue denunciada por plagio nada más y nada menos que por la central de Coca-Cola en Estados Unidos. Los yanquis decían que el refresco berciano ColaYork tenía el mismo sabor que la Coca-Cola original. ¿Qué pasó, pues? Lo que siempre ocurre en estos casos, que el gigante trata de eliminar al pequeño “advenedizo” de un certero pisotón, y tras varios pleitos, la gran compañía no logró su objetivo de machacar al señor Guerra y su Colayork. Se podría incluso decir que Coca-Cola sólo logró en parte su objetivo al conseguir que la Justicia condenara al bodeguero berciano “por el uso de un envase similar al de Coca Cola”, pero no “por el refresco en sí”. Un, a la postre, pingüe triunfo moral. Sí, la Colayork dejó de comercializarse, pero no como se cree por el hecho de que la Coca-Cola hubiese ganado los juicios, sino por el simple hecho de que Antonio Guerra se arruinó, sin más.

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Hace año y pico leí con agrado la noticia que contaba que Bodegas Guerra, desde hace un par de décadas dentro de la Sociedad Cooperativa Vinos del Bierzo, S. A. de Cacabelos, estaba estudiando la posibilidad de recuperar a medio plazo el ColaYork (ya han vuelto a poner en el mercado el vermú Guerra, con una gran aceptación e incluso recibiendo premios internacionales de cierto prestigio), el refresco de zarzaparrilla que tanto asustó a la monstruosa multinacional americana. Es bien sencillo, ColaYork, “La Coca-Cola de aquí”, tiene sello propio, y la fórmula para su fabricación sigue siendo propiedad de la bodega, que la tiene bien guardada bajo custodia. Ya no hará falta viajar a Nueva York, y aunque los jamones sigan siendo de York, el refresco de cola ya no necesitara esa ‘coca’ delante para definirlo, bastará con añadir ‘York’ justo a continuación de ‘Cola’.

(Me condenaron a veinte años de hastío

por intentar cambiar el sistema desde dentro.

Ahora vengo a desquitarme.

Primero conquistaremos Manhattan,

después conquistaremos Berlín…)