Fulberto de Torronchas


Imprescindible no perderse a Jaime Poncela. Cuando leáis algo suyo sabréis que, al menos, no habréis malgastado vuestro día.

Artículos de saldo / Jaime Poncela

Cierto día y después de comer tres platos de fabada, dos largueros de carne gobernada y una fuente de arroz con leche, amén de café, copa y puro, Fulberto de Torronchas aseguró haber visto a Dios. A Dios en persona, como el que ve a su madre fregando la escalera o a su novia poniéndose las medias. Ese fue el Dios hiperrealista visto por Fulberto,  no un Dios vestido con una túnica tipo batamanta y sito al final de un túnel del que emanase una cegadora luz. Dios estaba allí a su lado, sentado en una silla de tijera, apoyado en un velador de cafetín, vestido con un polo de Lacoste color burdeos unas bermudas color crema y un sombrero Panamá, cubriendo la quiniela y tomando un chupito de orujo de hierbas. Fue tan honda la impresión de Fulberto al ver a la divinidad en pose tan relajada y mundana…

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