VIAJES AL FONDO DEL ALSA – PARTE XIII

23 DE JUNIO DE 2014

La llegada del verano hace que la espera sea más llevadera… o no. Son las 6.25 de la mañana. Hoy, en General Elorza, no estoy solo esperando la inminente llegada del ALSA, un chico muy sonriente se acerca a mí y comienza a hablarme. Fuma buen material, el aroma es inconfundible…

– ¿Para aquí el que va para la Pola?
– Sí, sí, aquí mismo…
– ¿Quieres? (me pregunta ofreciéndome un canuto perfectamente liado.)
– No, no, gracias. (A las 6.27 a. m. como que apetece poco ponerse a fumar un peta.)
– Joder, vaya fin de…
– … … …
– Vengo el sábado de tarde con los colegas, lo normal, a salir por aquí de tranquis… en principio, pero, claro, siempre hay liada al canto… ¡Cagonsuputamadre! Vamos pal “Salsi” a eso de las 6 y allí conozco a una tía y me acabo enrollando con ella. Nos vamos a desayunar, seguimos luego toda la mañana por ahí, muy guay; comemos unos pinchos y nos vamos para su casa. Buffff, vaya pasada… ¿De verdad que no quieres?
– No, no, que me voy a trabajar y no es plan. Todo tuyo.
– Pues eso, todo el domingo por la tarde y por la noche venga a follar, fumar petas, hablar, follar… ¡Me encanta esta tía! Vengo ahora de su casa. Vive en esa calle de ahí, la que da al Milán desde ese cruce (me la señala con el índice de la mano derecha, peta en mano; lo tira al suelo y lo pisa con ganas.)

A middle-aged couple kiss in a back alley in Durham.
– Muy bien. (Las 6.32; miro el reloj. Sé que ya sólo quedan dos o tres minutos para que llegue el bus.)
– Joder… ¡Joder, joder, jodeeeer!
– … … …
– ¡No me acorde de pedirle el móvil, tío!
– Pues vaya…
– Ni siquiera le pregunté su nombre… ¡Estoy apijotao, tío!

(Yo le asigno uno, pero sólo para mí mismo, Sugar Kane, ya que venía escuchando a Sonic Youth antes de que este chico ahora desesperado me hiciese quitarme los auriculares para poder atender a su historia en condiciones de mera normalidad…)

Llega el ALSA salvador. En tres pasos de “siete leguas” estoy frente a la puerta que ni siquiera ha comenzado a abrirse. Subo de un salto todos los escalones, paso la tarjeta – piiiip – y corro por el pasillo hacia mi asiento, el de siempre, sin mirar atrás. Me siento al lado de la ventana; pongo mi mochila en el asiento de al lado. Levanto la vista. Ahí viene. Ahora pasa muy serio a mi lado; ni me mira. Respiro aliviado y me acomodo. Se va al fondo y se tumba a la larga en dos asientos del final, las piernas colgando desde las rodillas; pone su cazadora a modo de almohada. Arranca el autocar. Frenazo pelín brusco en el primer semáforo que se pone en rojo, en la Tenderina. ¡PLONK! El ruido del chico que se lo había pasado tan bien el fin de semana al caer a plomo al suelo. Miro hacia atrás, más curioso que preocupado. Semáforo en verde, arrancamos. Transcurren unos cuantos segundos y me doy cuenta de que ese chico no se ha levantado. “Vaya”, pienso. Me dirijo ahora hacia sus asientos y le pregunto (mera educación y tal…), “¿estás bien?” “Eh… ¡Sí, hostia! ¡Vete a tomar por culo!”, contesta sin ni siquiera abrir los ojos. Regreso a mi asiento. Me da la risa… “¿Quién cojones me mandará a mí…?”